Navidad: ¿celebración cristiana, fiesta pagana o atraco comercial?

La opinión de…

 

J. Enrique Cáceres-Arrieta

Cada año el mundo occidental celebra Navidad o el nacimiento del niño Jesús, según el cristianismo neotestamentario, el Hijo de Dios.

¿Nació Jesús un 25 de diciembre?   No. Nació en el mes de Etanim o Tishri. Entre septiembre y octubre del siglo I de nuestra era.   Lo extraordinario no es en qué mes nació el Señor, sino que nació y hay ¡39! fuentes extrabíblicas que lo reafirman. (También existen innumerables e irrefutables evidencias de la confiabilidad de los 66 libros canónicos de la Biblia)    Esto es, no solo los testigos oculares y los que consultaron fuentes de primera mano (testigos presenciales) para escribir el Nuevo Testamento lo registran, sino que también ¡39! fuentes seculares confirman la historicidad del Señor Jesucristo. Hoy, ningún historiador serio niega tal hecho histórico.

¿Se originó la Navidad en fiestas paganas? Mucho indica que sí. Sin embargo, la valía de la Navidad está en que el niño Dios nazca, desarrolle y crezca en mí y el prójimo lo vea a él en mi estilo de vida y palabras.    Sin eso, ¿qué cristiano soy y qué Navidad celebro?    No veo inconveniente en un arbolito, pesebre, villancicos. Observo con preocupación a Papá Noel por usurpar el lugar del hijo de Dios. Y percibo falsedad y materialismo en celebrar el cumpleaños del Señor Jesús olvidándose del cumpleañero y siguiéndoles el juego a los comerciantes ansiosos por estafar.

Dado que el nacimiento de un Niño es razón esencial de la Navidad, ¿es veraz la narración del nacimiento virginal de ese Niño? ¿Hablamos de un mito registrado en otras religiones o de un hecho histórico que está más allá de mente y laboratorio naturalistas? C. S. Lewis sostiene: “Si él [el crítico] me dice que algo en el Evangelio es leyenda o romance, quiero saber cuántas leyendas y romances ha leído, cuán bien está su paladar entrenado en detectarlos por su labor; no cuántos años se ha pasado en el Evangelio”. Añade: “He estado dedicado a leer poemas, romances, literatura visionaria, leyendas y mitos toda mi vida. Sé cómo son. Sé que ninguna de ellas [narraciones evangélicas] es así”.

Sin pasar por alto que cada rama de la ciencia tiene su campo de estudio y límites en el vasto conocimiento humano para su comprensión y así evitar sesgos y disparates, es interesante notar que la teoría de la relatividad de Einstein no descarta los milagros, sino que el universo está abierto a todas las posibilidades.   Ya no hay absolutos y todo intento por establecer una ley universal de causalidad (causa y efecto) está condenado al fracaso. Además, hasta ahora, los descubrimientos de la física cuántica no obstaculizan en absoluto la fe trascendente, sino que está abierta a posibilidades metafísicas.   Dios y los milagros son posibles en un sistema abierto.   Expresar lo contrario es filosófica y científicamente irresponsable.

Humanamente es improbable que una mujer conciba sin la intervención del espermatozoide del varón. Pero… ¿quién dijo que Dios es humano?   Es sobrehumano. Vive en lo sobrenatural, mas interviene en lo natural y hace milagros (hechos sobrenaturales), porque tiene tal facultad y sus leyes son superiores a las naturales. Un milagro está sobre leyes naturales. Si no lo creo, es mi problema y decisión.

Pero ello no invalida que Dios hace milagros, interviene en la vida de las personas y si tiene que pasar por encima de leyes humanas y naturales, lo hace por tener leyes superiores. Si Dios no pudiese moverse por arriba de las leyes que utilizó para crear el universo y la vida, ¿qué clase de dios sería? No fuese Dios sino –como creen algunos– “invención”, “espejismo”, “ilusión” o “producto de neurosis humanas”.   Si no trascendiéramos leyes naturales, no podríamos volar en avión, cohete y transbordador ni combatido enfermedades. Si el humano ha conseguido trascender leyes naturales, ¿qué hay de raro que el sobrehumano Dios traspase límites naturales o humanos para auxiliarnos porque nos ama?

Ante el interrogante cómo quedar embarazada si “aún no conozco varón”, Gabriel responde a María:   “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual el santo ser [engendrado] será llamado Hijo de Dios”. (San Lucas 1:35)

María sabía que la “Shekiná” del Altísimo se había manifestado como nube al posarse sobre el Tabernáculo, el Templo y los servidores de Dios. Cada vez que Dios se presentaba había manifestación ilimitada de su poder. Hoy sabemos que dicho poder provocó el Big Bang, que confirma que alguien activó el gatillo que dio origen al cosmos. Desde entonces, tal energía sustenta al universo y la vida. (Hebreos 1:3) Ahora, ese ser de infinito poder descendería sobre María para engendrar en ella un niño que era y es el Hijo de Dios y puede salvarnos y liberarnos de nuestra naturaleza pecaminosa.

La conclusión lógico-filosófica debe ser: si ese ser con poder omnipotente e inmensurable fue capaz de crear el cosmos y la vida, teniendo leyes superiores a las de la naturaleza, ¿le sería imposible engendrar a su hijo en el vientre de una virgen sin los elementos naturales esperma y óvulo? ¡En ninguna manera!   La imposibilidad no está en el Supremo sino en la incapacidad de la finita mente humana para captar los actos del omnipotente.

Los límites no los tiene Dios. Están en las ciencias naturales que no han podido ni podrán crear vida humana genuina sin el espermatozoide y el óvulo. Sospechoso es que se considere normal y científico que el humano descubra leyes que trascienden leyes naturales. Pero se rechace que Dios tenga leyes superiores a las naturales. “Es más fácil destruir un átomo que un prejuicio”, escribió Einstein.

Los avances naturalistas sobre creación de vida en laboratorio parten todos de vida preexistente porque la vida, el nacimiento virginal del niño Jesús y la celebración auténtica de la Navidad tienen un autor: el Dios de la Biblia.

¡Feliz Navidad y próspero año 2011!

<> Este artículo se publicó el 23 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Entre la libertad de expresión y la calumnia e injuria

La opinión del Periodista…

J. Enrique Cáceres-Arrieta

Mi asesor de tesis de periodismo manifestaba que “los médicos entierran sus errores, pero los periodistas publicamos los nuestros”. Dificulto que todo error médico sea causal de muerte. Mas, es indiscutible que el periodista publica sus meteduras de pata, y el efecto inmediato suele ser denuncias por calumnia e injuria del afectado y la mofa de la competencia.

Ha habido innumerables casos en los cuales el periodista y el medio han tenido que disculparse por el manejo irresponsable de la información. No vivimos de rumores, creencias o suposiciones, sino de hechos reales, y es un irresponsable quien se adelanta a los hechos por “tener” la primicia.

A periodistas y medios nos perjudican en demasía las meteduras de pata porque erosionan nuestra confiabilidad. Y la negligencia en la utilización de la información ha provocado la pérdida de credibilidad de la prensa. La credibilidad construida a lo largo de toda la vida puede colapsar en cuestión de segundos y nunca reconstruirse.

El periodista debe ser autocrítico. Investigador en pos de la verdad para transmitirla sin limitarse a una fuente, por muy “garganta profunda” que parezca. Deberá escudriñar otras fuentes, dependiendo de la gravedad de lo descubierto. No hacerlo es irresponsable porque la prensa es el cuarto poder en el engranaje socio-político y económico de un país, y el daño causado por noticias falsas, inexactas o manipuladas jamás es completamente subsanado.

En la libertad de expresión subyace la responsabilidad que protege tal libertad. Esto es, la responsabilidad es una precondición de la libertad. El periodista responsable no tiene por qué preocuparse por demandas o réplicas serias. Por otra parte, el derecho de la reserva de la fuente es para proteger fuentes fidedignas, no para encubrir calumniadores y demagogos. Tal prerrogativa no disculpa informaciones irresponsables ni exime al periodista de constatar los hechos.

Nadie tiene derecho a calumniar e injuriar. Quien lo haga y se demuestre (muchas veces no se evidencia y se viola el principio de presunción de inocencia del periodista) que lo hizo, debe atenerse a consecuencias legales. No se puede jugar con la honra de las personas y salir inmune.

“El periodismo es el oficio más bello del mundo”, afirma García Márquez. Pero debe estar sujeto a leyes no para amordazarlo, sino para que haya una atmósfera de respeto a la dignidad de las personas y a la verdad periodística. La sabia ley de prensa no censura al periodista, sino que le garantiza el ejercicio de la profesión y salvaguarda a terceros de irresponsables escondidos detrás del periodismo para calumniar e injuriar, e incluso para lucrar al vender su conciencia y su pluma.

A ello se debe que la ética periodística lleve al medio y al periodista a tomar conciencia del poder de la página impresa, la pluma y la palabra. Como toda profesión, el periodismo se rige por ética, respeto y amor al prójimo, aunque ciertos prójimos se porten mal con los dineros del pueblo y/o el poder. El que no la debe no la teme, mas buena parte de los políticos teme porque la deben. De ahí su afán por crear leyes mordaza.

¿Te has preguntado la razón del aborrecimiento de los dictadores o pichones de dictadores a la prensa libre? Al sentirse acorralados por la crítica inteligente (constructiva) solo atinan acabar con el periodista o cerrar el medio. Por ello el interés de silenciar o comprar conciencias. Si no se venden, serán blanco de persecuciones e historietas gubernamentales. Recuérdese, el primer fruto agusanado del dictador de derecha o de izquierda es la intolerancia a las críticas. En Panamá, los tiempos de calumnia e injuria quedaron atrás con los terroristas de la pluma y del verbo de la dictadura militar.

No obstante, me preocupa la comunicación sensacionalista y utilitaria vestida de sangre, novelas, chistes y programas propios de cantinas, violencia, excesos religiosos y superchería astrológica en televisión. Asimismo la prensa amarillista, crónica roja y pornografía. Me inquietan programas de opinión donde panelistas se irrespetan y casi se lían a bofetadas. Me alarma el estilo brusco, desafiante e irrespetuoso del intolerante con las creencias religiosas del prójimo. Al ejercer su derecho de expresarse, el crítico conculca derechos ajenos, cayendo en intolerancia y dogmatismo criticados. La razón para comunicar su verdad le nubla el entendimiento. Para las gentes, sus creencias son sagradas. Más las religiosas. Para denunciar fanatismos hay maneras y maneras. Insensato es arrojar piedras al avispero y no esperar picaduras.

Ahora bien, el periodismo está entre las profesiones más sacrificadas y mal remuneradas. Un apóstol del periodismo es digno de respeto y admiración. ¿Qué otro profesional arriesga como el periodista? Pocos. El periodista compromete su vida, familia, carrera, buen nombre y credibilidad. Cada año periodistas y comunicadores son asesinados, perseguidos, expatriados, y la mayor parte de los casos queda impune, para complacencia de los enemigos de la libertad de expresión.

¿Nace o se hace uno periodista? El periodista no solo se hace sino que además nace. Si no hay vocación, si no corre por mis venas amor y respeto a la verdad y a la ética periodística, mejor es que cambie de profesión.

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<> Este artículo se publicó el 13  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/caceres-arrieta-j-enrique/

Pollito, una anécdota familiar

La opinión de….

J. Enrique Cáceres-Arrieta

El Día del Niño de 2007, mientras los niños celebraban su día en las escuelas, mi hijo Jonatán ganaba un pollito en una tómbola escolar.

No era la primera vez que los mellizos regresaban con pollos de la escuela. Hacía un par de años me habían preguntado si podían llevar unos pollitos al apartamento. No objeté y su madre tampoco lo hizo. De manera que varios pollos fueron acogidos en la familia.

El pollito ganado por Jonatán era diferente. Pasaron semanas, y Pollito (así lo llamaba su dueño) creció; y junto con un conejo, unos pececillos y una perrita contribuían a la alegría del hogar.

Una noche, me informaron que Jonatán y David (los mellizos) lloraban porque Pollito estaba moribundo al ser golpeado por la puerta de la cocina. Mientras iba para ver qué pasaba, un zarpazo de sentimientos y emociones encontrados trajo a mi memoria una escena en la cual lloraba ante las plumas de mis periquitos que un gato había devorado. El dolor fue indecible. De modo que sabía muy bien lo que sentían los mellizos, especialmente Jonatán, dueño del pollito. Quizá para alguien sea tontada escribir sobre un pollo, y hasta pensará que el problema se habría resuelto comprando otro.

Uno de los errores más recurrentes de los padres es invalidar las emociones de sus hijos y abandonarles física y afectivamente, criándose sus hijos como niños huérfanos de padres vivos. No se trata de consentir o ser indiferentes, sino validar apropiadamente las emociones de nuestros hijos.

Al llegar al apartamento, encontré a Jonatán llorando a lágrima viva y a Pablo (mi hijo mayor) abanicando al pollo. Abracé a Jonatán y le pregunté qué sucedía. Entre sollozos contó lo sabido. Quería que al expresarlo fuese terapia para él y sintiera que papá estaba interesado en sus cosas.

El pollo se veía muy mal.  Supuse que moriría, y me dispuse preparar a mis hijos para lo peor.   Me equivoqué.   Mientras consolaba a Jonatán, David salió llorando del cuarto donde oraba por el pollo.   De repente Pablo exclamó que el pollo estaba vivo.

Contra mi diagnóstico, el pollo sobrevivió; los mellizos lo atribuyeron a un milagro. Decían que Dios había escuchado sus plegarias.   Cierto o no, el pollo se recuperó gracias al cuidado de los niños.

El 20 de agosto, Jonatán por accidente atropelló a Pollito con un carrito que montan los niños pequeños. Pollito estaba muerto y Jonatán lloraba a cántaros. Traté que el chico no se sintiera culpable, y en medio de todo sintiera mi consuelo, amor y empatía.   En ningún momento insinué reprimir el llanto sino que convalidé sus emociones y le animé a expresar su dolor.

La tarde del 20, fuimos aenterrar a Pollito. Camino al entierro, Jonatán advirtió: “De ahora en adelante no tendré más mascotas tan frágiles”. Me partió el alma al externalizar Jonatán el profundo cariño que tenía al pollo, al preguntar: “Papá, ¿los pollos van al cielo?”. Respondí no recordar si la Biblia decía algo al respecto. Además, aseveré a mis hijos que la muerte de Pollito era una lección para que viéramos la brevedad, unicidad y fragilidad de la vida.   A solas con mis pensamientos y meditando en la pregunta de mi hijo, recordé que la Biblia revela que en la Nueva Jerusalén habrá animales pero las bestias salvajes no harán daño ni al niño de pecho,   y “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará”.

A propósito del cielo, ¿es “perversa” la creencia del cielo?  Perverso es adulterar (para confundir) la esperanza del cristiano con fanatismo religioso que ve al cielo como recompensa por dañar al prójimo.    Si el cielo fuese una creencia falsa (según el cientificismo, toda verdad para ser verdad debe pasar por el filtro de las ciencias naturales, creyéndolas omnímodas e infalibles), prefiero ser soñador que un matador de sueños.

A pesar de las muy merecidas críticas al fanatismo religioso, Ravi Zacharias sostiene que “solo la religión permanece como bastión de esperanza frente a la muerte, tanto para el difunto como para su dolorida familia”.   Luego de acariciar el suicidio y desistir, León Tolstoi escribió en su autobiografía: “La mayoría de las personas tiene una vida más difícil que la mía y, sin embargo, la encuentran maravillosa.   ¿Cómo lo logran?   No con explicaciones, sino con fe”.

Cada uno cree lo que quiere y lo que le conviene, pero ¡qué cómodo es decir ser ateo cuando estamos sanos y no hay enfermos en la familia cercana, hay buenas finanzas, profesión y empleo prometedores! La puerca tuerce el rabo en situaciones extremas o toques de fondo. Ahí se sabe en realidad qué creo y cuáles son mis convicciones; y, para frustración y rabia de algunos, en esos momentos los resentimientos y odios irreligiosos suelen esfumarse.

Pues bien, al ver la tristeza y el amor de mis hijos por su muerto y sepultado pollo, las lágrimas brotaron y quedamos llorando todos por Pollito, el pollo que el Día del Niño vino a formar parte de la familia y del corazón de tres niños.

<> Este artículo se publicó el 16  de octubre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/caceres-arrieta-j-enrique/

Sobre la atención al cliente

La opinión de…

Enrique Cáceres–Arrieta

La atención al cliente suele ser tan mala que el extranjero y el nacional jurarían ser familia del hombre invisible porque pareciera que no los vieran.    Llegas a un almacén y te cansas de esperar que te atiendan, hasta que te das cuenta de que los empleados están somnolientos o charlando sobre el extraño andar del cangrejo.

“Diga”, es la clásica palabrita con la cual “atienden” muchos. Distinta a “buenos días”, “buenas tardes”, “¿en qué le puedo servir?”, “a la orden”, expresados en otros países.

Innumerables vendedores de tiendas tienen solo educación media o proceden de capas sociales bajas. Igual en otros países. Mas, la atención allá es muy diferente. Es cuestión de cultura.

La mala atención al cliente no está presente solo en tiendas sino también en oficinas públicas y privadas y consultorios de toda índole. Hay corporaciones (sobre todo bancarias) que de tanto cuidarse más allá de lo razonable y lógico se les obnubila el entendimiento en lo más simple.

O no les da la gana ayudarte porque representas poco para su lucro.   No les importas como individuo sino como dólares y propiedades.   Ignoran que ante su gran tamaño y el sinnúmero de sus servicios y planillas el cliente promedio tiene la impresión de ser pequeño e insignificante. De ahí que deberían hacerte sentir importante.

En efecto, eres importante pues sin clientes no hay utilidades. Y por muy pequeño que sea un cliente aporta ganancias a una empresa. Por consiguiente, es falso que “la casa pierde y se ríe”. Ríe debido a que es raro que la empresa pierda en una transacción con un cliente. Y sin importar los millones de dividendos obtenidos, la insensibilidad humana es pobreza espiritual.  Al fin y al cabo, la riqueza espiritual es fortuna que ni la polilla ni el moho destruyen, los ladrones no hurtan y cuya “bolsa” no cae. No se trata de que las empresas sean organizaciones benéficas sino que no hagan acepción de clientes.

¿Qué pasa con la atención al cliente en Panamá? ¿Por qué ese personal en compañías transnacionales en otros países atiende de maravillas y aquí la atención es frecuentemente fatal? Es cuestión de cultura. Aquí, llegas, coges un número, haces cola, saludas con un “buenas” (si alguien responde, date por oído). Después de 45 ó 60 minutos, la persona del otro lado del escritorio te mira con cara de escopeta recortada como si fueras a pedir limosnas o asaltarle. Es urgente subsanar la atención al cliente porque de ella depende el progreso del país, el crecimiento empresarial y el tener existencial de empleados y empresarios. ¿Será que algo tan lógico se sabe? Si se sabe, ¿por qué se hace lo opuesto?

Al querer pagar un servicio público hallas una fila inmensa con uno o dos cajeros. Si reclamas, la contestación consabida es que “no hay más personal” o “están almorzando”. (¿Será que tú no almuerzas?) Debes esperar no menos de una hora para que te atiendan. (Es excelente terapia si eres impaciente;   te sugiero que lleves un buen libro para redimir el tiempo y relajarte). A las mil y 50 te atienden no como un cliente importante, sino como un limosnero.

¡Urgente! ¡Urgente! ¡La atención al cliente en Panamá está herida de muerte! Los empresarios deben capacitar a su personal pues más que un gasto es una inversión. El servicio al cliente en Panamá necesita oxígeno, un trasplante de corazón y transfusión de sangre porque, como está, extranjeros y turistas se llevan una distorsionada creencia del país. Y por ahí aseguran que la primera impresiónes la que vale.

Una vivencia ilustra mejor la desatención al cliente: estando en una tienda en diciembre, vi un amplificador de audio y decidí abonar uno.    Mucho antes de que se venciera el plazo del abono, fui a retirarlo. ¡Lo habían vendido!

Luego de varias horas de espera, me dijeron que traerían uno de otra tienda. ¡Dos días después me lo entregaron!; al intentar prender el aparato en casa no encendía.  Al día siguiente lo llevé a cambiar y después de aguardar más de una hora me dijeron que no había más.   Quedé con una nota de crédito, rabia y frustración.

¡Tres días después! volví a la tienda y no había nada; tuve que ir a otra a buscar un segundo aparato que tampoco funcionó.    Regresé a casa sin el amplificador pero con mi plata. No seas mal pensado… estaba comprando un amplificador de marca, no era “gallito”. En este caso, no era ni “pollito”.

Moraleja: aunque quieras algo, lo abones y vayas a retirarlo a tiempo, es probable que no lo tengas por la horrible atención al cliente que frecuentemente dispensan en Panamá.   Tampoco esperes una excusa del gerente o encargado del negocio. Esa palabra es inexistente en su vocabulario. Es cuestión de cultura. Pero después hay quejas de que los extranjeros “quitan” el pan a los panameños.   Si los migrantes tienen papeles en regla, no usan gafas “juega vivo”, laboran mejor que nosotros y vienen a enseñarnos a atender al cliente, son… ¡bienvenidos!

<> Este artículo se publicó el 17 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa,  a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Desde Salomón y Maquiavelo hasta Panamá

La opinión de…

J. Enrique Cáceres-Arrieta

Tengo el hábito de poner fecha y mi nombre en la primera página de mis libros leídos; subrayo y coloco apostillas a lo interesante, atinado o absurdo. La cuestión es que al ver tanto descontento en calles, medios y foros, recordé lo resaltado en lecturas de Salomón y Maquiavelo. El primero puede leerse esencialmente en Proverbios y Eclesiastés; el segundo en El Príncipe, su obra principal. Salomón casi siempre es visto como religioso y mítico, pero era mucho más que un político religioso; fue el hombre más sabio de su época, un estadista. Maquiavelo fue un asesor que sugería al gobernante astucia, doblez y perfidia con el fin de atornillarse en el poder. Con todo, daba buenos consejos.

¿Será posible que en medio de tanta crítica, frustración y oposición    el Gobierno no se dé cuenta de que las cosas no se han hecho como se prometieron?

¿Tocará a los medios desempolvar entrevistas para que recuerde lo que con tanto ímpetu propagandístico prometió en campaña?

Más pesan las meteduras de pata, las intromisiones en los otros poderes del Estado y la soberbia que los cambios a favor de unos pocos.   No se puede quedar bien con todo el mundo y es ingenuo esperar el aplauso de todos, pero sobre intereses partidistas y deseos del ego de sobresalir e imponerse, los gobiernos democráticos son deudores de la voluntad del pueblo que los eligió.   Los partidos políticos son situacionales; los países, de larga duración, y el ego inflado e inflamado es pésimo consejero.

Hacer las cosas porque me da la gana o tengo el poder no es democracia; es prepotencia y autoritarismo.    Conforme a nuestra Constitución, el Estado panameño es unitario, republicano y representativo, democrático. Democracia imperfecta e injusta con el menesteroso, el indígena y la niñez; una democracia donde los panameños tenemos el derecho de disentir, pensar y creer diferente, con las responsabilidades legales cuando se atente “contra la reputación o la honra de las personas o contra la seguridad social o el orden público”.

El Gobierno con demasiada frecuencia interpreta la Constitución y las leyes para beneficio propio. Arremeter contra los medios, hostigar y perseguir periodistas, sindicalistas, docentes y miembros de la sociedad civil porque critican o no piensan igual que el Gobierno es intolerancia estatal.   Primer fruto agusanado del gobernante tirano de derecha o de izquierda. “Por sus frutos los conoceréis”, enseña el Maestro.

Es inconstitucional meter la mano en otros Órganos del Estado.  Reprimir manifestaciones volándoles los sesos y los ojos a los manifestantes, es brutalidad estatal.   Aprobar leyes a tambor batiente sin consultar a los posibles afectados y porfiar en ello, es soberbia e imposición por muy “necesarios” que sean los cambios.   De humanos es errar; de sabios es reconocer el yerro y meter reversa si es preciso. ¡Humildad y sensatez, cuánto las necesitamos!

Panamá no es propiedad privada de nadie.   Fuimos colonia de España, nos unimos voluntariamente a Colombia, nos ocupó el Ejército estadounidense por cuestiones canaleras y después fuimos invadidos por ese mismo ejército.    Pero desde hace años somos una nación soberana e independiente, habitada por un poco más de 3 millones de seres humanos dignos de respeto y procedentes de familias que luchan; cada uno de los miembros de esas familias es libre de pensar, decidir y creer lo que considere de su interés sin dañar al prójimo.

Pretender imponer voluntades y políticas al país (formado por familias) es ir en contra de los intereses de la nación y de incontables voluntades. El gobierno que pulsea con su pueblo es crónica de un fracaso anunciado, y el tirano permanece en el poder gracias a las armas, los cómplices y al pueblo temeroso.

Una de las amonestaciones de Salomón y Maquiavelo que vi resaltadas en mis lecturas es que los gobernantes no deben hacerse odiar de su pueblo.   Salomón afirma que “el gobernante que juzga con verdad a los desvalidos afianza su trono”; pues “en la multitud del pueblo está la gloria del rey; y en la ausencia del pueblo, la debilidad del príncipe”. Políticos: ojo con las encuestas. Maquiavelo dice que “… un príncipe debe tener poco temor a las conjuras cuando goza del favor del pueblo; pero si es enemigo suyo y lo odia, debe temer de cualquier cosa y de todos”.

He notado que -entre otras chifladuras- el gobernante dictatorial padece manía persecutoria. Cree que el mundo conspira contra él; en el más sencillo ciudadano, ve un potencial enemigo; en el más pequeño grupo, una conjura.   Tan arraigada es la manía que cree ser burlado por su eco y perseguido por su sombra.    Siguiendo a Maquiavelo, diríamos que aunque el buen político nunca estará de paños y manteles con todos, debe evitar “ser odiado por el pueblo” porque los pueblos suelen explosionar -cual olla a presión- cuando se les toca el bolsillo o el estómago.

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Este artículo se publicó el 12 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

De niños maltratados ….

La opinión de…

J. Enrique Cáceres–Arrieta

El maltrato al menor es un grave problema. Mientras escribo y tú lees, no pocos pequeños son maltratados o asesinados por sus padres o tutores. El maltrato infantil es tan abarcador y sutil, que es probable que tú y yo hayamos caído en eso sin darnos cuenta. De ahí la preocupación de los tribunales de familia y organismos internacionales dedicados a salvaguardar la integridad del menor.

¿Qué empuja a un padre a maltratar a su hijo? ¿Qué lleva a un padrastro a golpear a su hijastro? Creo que la razón principal es la ira. No saber controlar el temperamento colérico y carácter volátil que tienen. Permitir que la ira controle lo que dicen y hacen. Quien tiene un hijo con déficit atencional e hiperactividad debe saber y entender que es un niño difícil de tratar. Su inquietud no es conductual, sino cerebral. Saberlo y tener paciencia y mucho amor son fundamentales para no estallar en ira. Esa información está a la mano de nosotros que leemos mucho o poco. Pero, ¿quién la transmite o educa al grueso de la población?

Por naturaleza, el menor es necio, curioso e inquieto. En verdad, eso es síntoma de salud, pues el niño quieto a lo mejor está enfermo o tiene problemas. Estar consciente de ello es importante para estar claro qué tipo de niño o jovencito tenemos en casa. Algunos sicólogos infantiles sugieren que los padres estudiemos el temperamento de nuestros hijos, a fin de conocerles y orientarles mejor.

Hay innumerables casos de niños quemados, marcados, encadenados, violados, abofeteados, encerrados, golpeados… por sus tutores. Razón por la cual los juzgados de familia se preocupan por proteger al menor. ¡Enhorabuena por ello! Sin embargo, se les va la mano al considerar que la más mínima corrección es maltrato. Debemos evitar el maltrato, pero también la permisividad. Esto es, los extremos.

De la indefensión del menor ante la brutalidad parental se ha pasado a la sobreprotección, de tal manera que ahora los niños y jovencitos amenazan a sus padres con denunciarlos si les pegan. Sabido es que hay hijos que han denunciado y testificado contra sus papás porque les corrigieron o les impidieron hacer lo que querían. Otro motivo del maltrato al menor es la frustración parental de no conseguir empleo o su pérdida. El papá responsable siente impotencia y rabia ante necesidades existenciales insatisfechas, y revienta con el niño y lo golpea; o se irrita y explota por todo. Patea al gato (exterioriza la ira), maltratando al menor.

El padre alcohólico o drogadicto es otra causal de violencia intrafamiliar. Si no hay violencia física, el menor vive bajo un régimen de terror. Buena parte de los que no saben (y no pueden) controlar el alcohol o utilizan drogas (por negar el problema no buscan ayuda) golpea a los hijos y a su mujer. Ahí todos son culpables, salvo él.

Ser padre no es para cobardes, y pocos saben cómo tratar con los hijos. Yo aprendí y aún estoy aprendiendo mediante tropiezos y chichones. Me parece genial la idea de formar escuelas para padres porque a nadie le enseñan a ser padre, a pesar de ser una de las tareas más preeminentes e intrincadas de la vida.

En la relación con los hijos, insisto, hay extremos que evitar: no a los gritos, golpes e insultos. Pero tampoco permitir que nuestros hijos hagan lo que les da la gana, como creen algunos equivocadamente que propusiera Benjamín Spock. “No hay un método más ineficaz para controlar a los hijos que el control, la irritación y la ira”, sostiene James C. Dobson. Por otro lado, la permisividad no toma en cuenta que el niño por su naturaleza rebelde necesita límites claros y definidos. Un pequeño que se siente amado por sus progenitores no se resiente por nalgadas merecidas. En cambio, el que no es amado o recibe un trato de indiferencia y desamor detesta cualquier disciplina.

No todo amerita corrección física, pero de vez en cuando es saludable una nalgada de padres amorosos para que el chico sepa que hay una autoridad a la cual debe respeto y obediencia. A medida que crecen los críos, el contacto físico debe desaparecer, pues los hijos deben haber asimilado la disciplina con amor. Si un niño no aprende obediencia en sus primeros años, es mentira que obedecerá y respetará autoridades fuera de casa. Al final de sus días, Spock confesó: “He llegado a la conclusión de que muchos de nuestros problemas se deben a la carencia de valores espirituales”. Con esas palabras, para algunos tardías, el que fuera el más influyente pediatra estadounidense reconoció que su devota madre cristiana tenía razón.

En cuanto a creencias y valores, ¿por qué son importantes las creencias en la familia? Porque ellas forjan valores y estos determinan conductas. Dicho de otro modo, nuestro estilo de vida es fiel copia de nuestras creencias. Somos lo que creemos. Actuamos conforme a nuestras creencias ciertas o falsas. A ello se debe la importancia de que nuestras creencias familiares sean ciertas. Y nadie tiene el monopolio de la verdad y el conocimiento. ¿Es cierto o falso el sistema operativo de creencias que tenemos en casa? De eso depende la conducta de nuestros hijos y nuestro trato con ellos.

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Este artículo se publico el 5 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

¡Cuidado, ‘niño’ al volante de un ‘carrito loco’!

La opinión de….

J. Enrique Cáceres-Arrieta

Cuando era niño, me gustaba ir al parque de diversiones a manejar “carritos locos”, así los llamaban en Barranquilla. Al llegar a Panamá, seguí el placer de montar los “carritos chocones”.  La vivencia viene a cuento porque es raro el conductor que no crea que su medio de transporte o de trabajo sea un “carrito loco” o un “carrito chocón”.

“Carrito loco” debido a que calles y carreteras son “autopistas” para correr como loco. Como un niño. Y las aceras, líneas de seguridad, entradas de garajes e isletas son para montarse, destruir e impedir el paso de peatones y autos.   Por ello la sugerencia a la ATTT que retome el eslogan que en los 70 veíamos en sus patrullas, motos y oficinas: “Controle sus emociones”.

Obvio, cuando niño la adrenalina repudiaba restricciones al manejar el “carrito loco”, y conducirlo no representaba mayor peligro. Hoy, manejar como si condujera un “carrito loco” sería vivir en el estado del yo niño. Llamado así en el Análisis Transaccional de Eric Berne, porque el niño interior suele gozar la vida y ver todo como diversión sin responsabilidad. Toca guiar el automóvil con el estado del yo adulto, que capta la información del padre (primer estado del yo, según Berne), la organiza y toma lo que cree conveniente. Es decir, es un deber conducir el auto con inteligencia emocional, no con las emociones en ebullición de un niño.

El carro es una bendición. También una potente arma para suicidarse, matar o dañar. Correr es el negocio de los corredores de autos. Por consiguiente, controlar las emociones es vital si no quiero perder el control del auto. ¿Acaso tenemos idea de las estadísticas de muertes y gente lisiada por accidentes automovilísticos que pudieron evitarse? Rompe el alma saber de niños muertos o postrados en cama o silla de ruedas por la estupidez de un conductor irresponsable. Apoyarnos en exceso de confianza para correr o conducir ebrios o drogados es una burrada. Muchos hoy están tres metros bajo tierra, creyendo que se las sabían todas.

Un sinnúmero de adultos y jóvenes (niños emocionales) entiende que su vehículo de transporte o de trabajo es el juguete que no tuvieron en la niñez. De ahí el perenne afán, el manejo infantil y los insanos deseos de esconderse detrás de vidrios polarizados y autos sin placa o papelillos “excusas”.

Por ser “dueños” de las calles, ¡pobre peatón, motociclista o ciclista que se “atraviese” en su “autopista”! El conductor informado y con tres dedos de frente sabe que la velocidad promedio en la ciudad es 40 ó 60 km/h. Al entrar o pasar por pueblos y barriadas debe disminuir la velocidad, ser precavido y no sobrepasar los 40 km/h. Cerca de hospitales, parques, escuelas y colegios debe reducir la velocidad y no superar los 40 km/h ni tocar bocina como un desaforado. La sensatez es infaltable aun en autopistas. (En Panamá solo hay tres, pero para los Schumacher locales cualquier callecilla es “autopista”) Hay lugares prohibidos para estacionarse. La luz amarilla es señal de aminorar la velocidad, no para acelerar. Al salir o entrar de edificios o casas toca hacerlo con cuidado. Ante niños, embarazadas y ancianos, la prudencia y cortesía son invaluables… Si lo sabe, ¿por qué hace lo opuesto y se justifica? Porque necesita al guardia de tránsito para obedecer.

A diario ocurren atropellos, muertes, choques, vuelcos y estrellados. Temo que más del 90% de las desgracias sea por exceso de velocidad. Esas ganas de que las llantas traseras rebasen las delanteras son insania pura. Persiste la inmadurez emocional colectiva en el manejo. Por tanto, precisamos guardias de tránsito que nos cuiden y sean honestos y firmes ante una licencia “caliente” (billete en mano) y las amenazas de los que “están” sobre las leyes.

Para otros que milagrosamente no se chocan, vuelcan o atropellan al prójimo (algunos chocan o atropellan y se dan a la fuga), también todo es corredera y pito ensordecedor. Pareciera que tuviesen afecciones estomacales. La premura trae cansancio y suele matar del corazón. Pero el conductor suicida o asesino en potencia lo pasa por alto.

Insisto, las emociones controladas son ineludibles si no queremos matarnos, matar al prójimo o quedar en silla de ruedas. Verdad es que el peatón irresponsable o despistado cruza calles como si caminara por un parque, cree que hay que cederle el paso cuando no lo tiene, arriesga su vida en vías de fluido rápido y por pereza pasa por debajo del paso elevado peatonal. No obstante, el exceso de velocidad, la sangre alcoholizada o drogada, el desorden y descuido en el manejo y la descortesía son las mayores causas de tragedias y desgracias en avenidas, calles y carreteras.

Los tiempos de los “carritos locos” o “chocones” pasaron y ya no somos niños. Cuidemos no enlutar a nuestra familia ni al prójimo. ¡Así sea!

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Este artículo se publico el 14 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a l autor,  todo el crédito que les corresponde.