La violencia delictiva nos desangrará

La opinión del pintor panameño….

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PACÍFICO CASTRELLÓN SANTAMARÍA

¡Por Dios y por el bien de la Nación, hagamos algo para detener la sangría que ha empezado! No esperemos a que la violencia delictiva nos convierta en un país inviable y se apodere de nuestras vidas. Es necesario evitar que nos acerquemos peligrosamente a una escalada sin retorno. Tomemos conciencia de la magnitud del problema, sin ocultar la realidad, hay que combatirlo inteligentemente, desde sus raíces, con toda nuestras fuerzas; pensando siempre en dejarle un mundo mejor a nuestros hijos.

Éste no es un problema simple, es verdad y debido a su naturaleza no se resolverá de un momento a otro; tal parece que tiene vida propia y un comportamiento sistemático, que puede ser emulado. Es una vorágine que todo lo daña a su paso y hasta podríamos considerarlo como un ente peligroso, que no puede ser ocultado, aunque su accionar se produzca bajo el manto de la oscuridad; no necesariamente de la noche, pero al amanecer los resultados están a la vista: muertes por todos lados.

Ya no podemos concebir este tipo de violencia como algo insignificante y lejano, que normalmente ocurre en otros países; está entre nosotros, en nuestras calles, y mal haríamos en pensar que pertenece a un mundo aparte, cuando en realidad se apodera de nosotros y empezamos a sentir un ligero temor; pues ya nadie está a salvo, nos constriñe y coarta nuestra libertad. Y, lo peor es que puede llegar en cualquier momento a la tranquilidad de nuestros hogares, de manera trágica y sin importar que seamos inocentes.

En mi familia el luto y dolor tocaron a la puerta hace unos días; mi sobrino, el único hijo de uno de mis hermanos, fue asesinado de un disparo cobardemente mientras conducía un taxi y no sabemos por qué ni quién lo hizo. Dolidos y angustiados, saboreando el amargo de la impotencia, seguimos a la espera de que la Policía resuelva el crimen y la justicia haga lo propio: castigando con todo el peso de la ley a quienes le quitaron la vida, pero no podemos quedarnos sumidos en el dolor ni emprender la venganza personal, en vez de ello es nuestro deber contribuir para que otras familias no vistan de luto también, como una manera de honrar la memoria de nuestro familiar.

A diario, hay quienes pierden la vida absurdamente, de un disparo o de peor manera; ya sea porque desencadenaron el hecho o fueron víctimas inocentes; al parecer, no solo se trata del instinto criminal de algunas personas, sino de un sistema de vida que se está enquistando en nuestra sociedad, que es peor: irónicamente podríamos decir que se están formando el mal hábito de resolver los problemas a tiros, en vez de hacerlo razonablemente. Y, ¿qué decir cuando se trata del crimen organizado?

Si quisiéramos encontrar las raíces del problema, sin ir muy lejos, bastaría con remontarnos al pasado cercano, a las contradicciones permanentes que ha experimentado nuestra sociedad, que con el tiempo se han convertido en el caldo de cultivo de la violencia y que hoy prevalecen. Sin que sea necesario teorizar sobre la violencia, basta recordar que los sectores marginados de la sociedad han crecido en la angustia permanente y la desesperanza, ante la mirada indiferente de todos nosotros.

Hoy, llegamos al extremo de convertir a los menores de doce años en personas penalmente responsables, lo que cuestiona nuestra esencia y nos alarma, porque tan grave es que los menores cometan crímenes como penarlos; lo que es un círculo vicioso con el agravante de que en la cárcel se especializarán y terminarán convertidos en fieras llenas de odio; hombres, sin esperanzas ni ilusiones y lo peor, sin que alguien haya sido capaz de hacer algo por ellos. Cuando la violencia delictiva involucra a menores de esta edad, tenemos un problema grave en el seno de nuestra sociedad y debemos ser conscientes de ello, así como enfrentarlo.

¿Qué dudas caben? Hemos visto el problema llegar y es poco lo que hemos hecho, pese a las advertencias y nos hemos esperanzado en que el Gobierno lo resuelva, pero a él se le ha salido entre los dedos y lo vemos tirando palos de ciego, recrudeciendo penas, poniendo alambradas descomunales en los penales, pidiendo consejos a los que tratan la violencia con violencia, pensando en construir ciudades penitenciarias y hasta en reeditar la isla del diablo o la jaula de los tigres y, también, pidiéndoles a los medios que oculten la violencia o, como ahora, acercando a la cuna la edad en que las personas son penalmente responsable, entre otras ideas descabelladas, en lugar de emprender un programa de rehabilitación de detenidos e ir a las raíces del problema en lo profundo de la sociedad.

Por todo ello, debo insistir en que la sociedad tiene que tomar las riendas y lidiar con el monstruo. Para ello, es necesario declarar en emergencia nacional al país debido al problema de la delincuencia y crear una autoridad superior, que planifique, dirija y coordine todos los esfuerzos que se hagan para resolver el problema, en donde estarían representadas las agencias del Estado, las organizaciones representativas del sector privado y la sociedad agremiada en su conjunto y en especial, los institutos, las agrupaciones especializadas en el tema, los entendidos en la materia y los grupos religiosos, porque también el problema es de espiritualidad; esquema, que se multiplicaría en todo el país, porque todos tenemos la responsabilidad de enfrentar el problema.

Hay mucho que hacer, se necesita hacer un trabajo de rehabilitación efectiva de la persona encarcelada. Se necesita darle al hombre que falta a las reglas la esperanza de resurgir como un hombre nuevo, que pueda ser incluso agente de cambio.

Si hacemos una distinción de la procedencia social de las personas que incurren en la violencia delictiva, de las causas y naturaleza de las mismas, estaríamos en mejores condiciones de enfrentar el problema y de aplicar el remedio, aunque se sabe que en la dispersión social de las ocurrencias esta puede llegar a niveles insospechados. De cualquier manera, podríamos diferenciar entre la violencia doméstica o cuando es influida por la importada, que al igual tendría un componente significativo. El punto es que opera a distintos niveles de la sociedad y que hay sectores más afectados; tal vez los marginales de siempre, que son los propicios como caldos de cultivo del mal y es allí donde habría que empezar.

Estas personas necesitan mejores condiciones de vida, en especial la juventud, la que debe ser atendida integral y prioritariamente. No es preciso que lo diga, pero aparte de alimentación, vivienda, salud, educación, cultura, bienestar físico, recreativo y deportivo, necesitan trabajo, formación profesional y convertirse en personas productivas; en suma, en seres positivos que se valgan por sí mismos y enaltezcan la Nación. ¡Hay, pues, poco tiempo y mucho que hacer!

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Artículo publicado el 11 de marzo de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el credito que les corresponde.

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Violencia delictiva, ideas para enfrentarla

La opinión del pintor panameño….

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PACÍFICO CASTRELLÓN SANTAMARÍA

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Violencia delictiva, ideas para enfrentarla

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A riesgo de referirme al “Tema de las prisiones en nuestro país” sin conocerlas, porque las sentí ajenas y distantes; como le debe ocurrir a la mayoría de los panameños, para quienes de improviso se convierte en preocupante, debido a la agudización del “problema de la delincuencia” que azota el país, como dan cuenta los medios de comunicación.

Qué duda cabe, el tema no me es ajeno, porque permanecí once años y medio en una prisión peruana; valga la aclaración: por razones políticas ya conocidas, pero al igual, viví en sus entrañas y sufrí en carne propia los rigores y estuve expuesto a los peligros que normalmente ocurren en ella.

Al transcurrir el tiempo, quedan en el pasado los días del mítico “ Pedro Navaja ” y ahora, la delincuencia se torna violenta y alarmante e infunde severos temores en la sociedad, pero por fortuna aún es previsible y puede ser tratada.

Es inquietante leer en los medios sobre el daño que causa en nuestro país. Y, cómo no entender la impotencia de los indefensos, que piden severidad en la aplicación de las leyes y hasta castigos extremos para los delincuentes, aunque no sea ésta la solución del problema.

De hecho, no hay justificación para disponer de la vida de las personas y quienes cometan tales delitos deben ser enjuiciados y privados de la libertad en señal de justicia; sin olvidar que la finalidad de la pena es también el logro del arrepentimiento sincero y la redención del delincuente; en beneficio propio y de la sociedad.

Mientras se agudiza el problema, pareciera que hay un desconcierto, porque la raíz del problema no está en la persona encarcelada ni en las cárceles; ellas son solo una consecuencia del mismo. Al igual, que recrudecer las penas, incluso a los menores, no ayuda, al igual que la espantosa idea de crear prisiones para ellos; así como la aplicación del toque de queda, que no es una solución; como no es bueno ni deseable, agredir a la sociedad atentando contra la privacidad al espiar las comunicaciones de los ciudadanos, con el pretexto de encontrar conductas delictivas en ellas y perseguir a la delincuencia.

La violencia delictiva no se desalienta con la violencia opuesta, por disuasiva y justificada que parezca; como dan a entender algunas autoridades, al igual que quienes comentan sobre los artículos de opinión, buenos y oportunos por cierto, que se publican en los medios sobre el tema.

Es pues, el momento de pensar que tal violencia no apareció espontáneamente ni de improviso y que sus raíces, como el motor que la impulsa, estaban allí a la vista de todos pero la indolencia, por decir lo menos, fue mayor: a la vez que el mal evolucionaba, nos dedicamos a disfrutar de las bondades y los beneficios de nuestro sistema de vida mientras ignoramos el problema e hicimos poco por los que sufren las consecuencias de la marginalidad y hasta cierto punto, por el bienestar de la sociedad en su conjunto. Así que valdría la pena preguntarse si no vendimos la cuerda que tenemos al cuello.

De modo que si deseamos enfrentar el problema de la delincuencia, debemos hacerlo de manera integral y con el concurso de todos:

El Estado, con sus agencias, atendiendo inmediata y prioritariamente las necesidades de salud, educación, infraestructuras y empleos, entre otras carencias de los sectores deprimidos y marginados; al mismo tiempo que se previene el delito y se rehabilita a los delincuentes, mientras se emprende la tarea de implementar un plan a mayor plazo, tendiente a reducir gradualmente las causas de la delincuencia, ya conocidas y consecuentemente, a si misma.

De la misma manera, tanto el Estado como la sociedad en su conjunto, deben prestar atención e impulsar el desarrollo de las actividades, que contribuyen de manera efectiva al bienestar individual y colectivo; entre ellas, las deportivas, recreativas y culturales, por ejemplo o como vías alternativas conocidas para la superación personal y profesional incluso.

Por su lado y de manera especial, sería deseable que se enfatizara en todo lo concerniente a la cultura, que no debe ser confundida con espectáculos, uno de los elementos determinantes en la formación de nuestra personalidad como sociedad y ahora, de la superación en los sectores marginados, para bien de la Nación. Y por ello, entre otras razones, debe entenderse además a la cultura como una manera de luchar contra la pobreza, la exclusión social y por qué no, contra la delincuencia. Y, para semejante tarea, es, pues, necesaria la creación del ente competente para asumir tal responsabilidad, como lo sería el Ministerio de Cultura.

Si bien, el Estado, debe jugar el papel fundamental en la lucha contra la delincuencia, pero éste no estaría completo y pocos serían sus logros, si la sociedad en su conjunto no participa activamente en ello; dada la naturaleza y la complejidad del problema. Como se sabe, no es suficiente la represión policial para corregirle y poco podrá hacer el instituto penitenciario si es más represivo que rehabilitador, como en el caso que conozco, que parecer ser una tendencia. Y, qué decir de la “ mora judicial ” en la atención de los procesos y la poca justicia que implica el hacinamiento de las prisiones; debido a la tendencia a encarcelar, en vez de encontrar soluciones alternativas en los casos que lo ameriten.

Hay, pues, que tender la mano a los necesitados y todos tenemos la obligación moral de hacerlo, pero en concierto. El problema, al parecer, se desliza entre los dedos de las autoridades, por lo que se hace cada vez necesaria la creación de un ente superior, que comprenda tanto al Estado como a la sociedad, en la persona de las organizaciones representativas y competentes, de donde emanen no solo las políticas y coordinaciones, sino las acciones concretas que correspondan, incluso.

El problema de la delincuencia, en sus distintas manifestaciones, afecta sin excepción a toda la sociedad y su accionar no es exclusivo de los nacionales, tiene sus influencias y componentes externos, así como la participación concreta. Hay que hacer todo lo posible para que aminore gradualmente la criminalidad; disminuya, sino eliminar literalmente el narcotráfico y en especial, tratar el problema de las pandillas, con su particularidad e implicaciones, hasta reducirlas a su mínima expresión; evitando en particular, las injerencias externas conocidas.

Esto, no esperemos que lo haga el Estado por sí solo o sus agencias, separadas, descoordinadas y con poca comprensión del problema más allá de sus efectos o con políticas y acciones impulsivas que atenten contra los derechos humanos; en tal empresa, se necesita de la participación de toda la sociedad en sus distintos niveles o formas de agrupación y en especial, del ente con el dominio del tema, el accionar y la capacidad de implementar la lucha contra la delincuencia en el marco de la Ley y el respeto a los derechos humanos e incluso, hasta con el grito de guerra representativo de: “ Panamá contra la delincuencia ”.

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Publicado el 10 de septiembre de 2009 en el diario La Estrella de Panamá; a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.