El 9 de enero de 1964

La opinión de…

 

Rimsky Sucre Benjamín

El cerro Ancón albergó el aparato operativo y administrativo francés y norteamericano del Canal de Panamá desde finales del Siglo XIX hasta finales del siglo pasado (XX).   El período norteamericano se inicia con un tratado firmado a espaldas de negociadores nacionales que, prontamente, fue calificado como ignominioso por las generaciones de panameños que sufrimos el injusto trato y protestamos, principalmente, su cláusula de perpetuidad.

Fue y sigue siendo “nuestro amado cerro Ancón” la inspiración, el símbolo y bandera de protestas y luchas generacionales en defensa de los derechos soberanos de Panamá, reclamaciones incesantes de nuestros mejores ciudadanos de todos los ámbitos sociales y regiones del país, desde que se tuvo conocimiento del contenido y alcance del Tratado Hay–Bunau Varilla de 1903.

Era yo estudiante graduando del VI–B del Instituto Nacional de Panamá, cuando luego del recreo de ese mediodía solicitamos permiso al profesor Roberto McNally, consejero del salón, para ir de aula en aula a manifestar nuestro deseo de izar esa tarde la bandera nacional de nuestro colegio, en la escuela secundaria de Balboa, situada en las cercanías del cerro Ancón, en respuesta a los recientes hechos de irrespeto por parte de los llamados “zonians” (que no se consideraban norteamericanos ni panameños, y luchaban muy unidos para perpetuar sus grandes privilegios en ambas naciones).

La solicitud original consistió en que los alumnos de mayor índice académico requiriesen al rector, profesor Dídimo Ríos, dicha bandera, considerada histórica por el plantel. Al unísono los salones se movilizaron, logrando esa misión; mientras otros improvisamos carteles y afiches con los pocos materiales que aparecieron en el aula de Artes Industriales y otras (papel manila, cartones, tempera, tiza y algunos restos de pintura).

En poco más de una hora partió el compacto, ordenado y cívico grupo de estudiantes, principalmente de los sextos, quintos y menores grados del segundo ciclo institutor, con consignas y letreros que se centraron en que “Panamá es soberana en la Zona del Canal”, sorprendiendo a la gendarmería y a los servicios de inteligencia del gobierno canalero (un gobierno extranjero dentro de nuestro territorio) y a todas las dirigencias de política estudiantil y oficial del país.

Conocido ya es el civismo y respeto demostrado por este grupo, que guardó silencio absoluto en el recorrido por el hospital Gorgas y cantó el himno nacional en la residencia del gobernador zoneíta, hoy residencia del administrador panameño del Canal;   en contraste con la desesperación y falta de coordinación de la policía militar zoneíta, del gobernador,   del director del Balboa High School College y los vejámenes a que fueron sometidos los seis estudiantes que, inicialmente, permitieron ellos –con la promesa de custodia y protección– cruzar al asta de la bandera de esa escuela.   Fueron traicionados por los agentes de seguridad norteamericanos, quienes no solo participaron en la golpiza y negaron la izada de nuestro pabellón, sino que también, cobardemente, lo rasgaron.

Los jóvenes estudiantes norteños fueron arengados por sus padres a lanzar todo tipo de improperios y agresiones físicas a nuestra escasa comitiva, para impedir que se cantasen las estrofas del himno nacional.    Sin embargo, lograron con los brazos erguidos cantar, impidiendo que nuestra bandera, con el escudo bordado en su centro, tocase el suelo.

El regreso al otro lado de la cerca limítrofe fue tumultuoso. El primer disparo hecho con arma corta y por un civil en las cercanías del actual gimnasio de Ancón, no causó daño aparente.   La noticia se esparció por la ciudad a medida que algunos deteníamos el tráfico en la Avenida de Los Mártires (hasta aquel día: Avenida 4 de Julio), y otros, de regreso al interior del alma máter, notificaban al rector, profesores y administrativos, a dirigentes estudiantiles de otros colegios, a la Universidad de Panamá y a los medios de comunicación.

Los hechos se precipitaron con lamentables pérdidas humanas y logrando la unidad nacional más monolítica de nuestra historia. Una lucha digna y magistral en el terreno internacional, que logró la condena universal de la política estadounidense, provocada –en última instancia– por la arrogancia de una generación de norteamericanos y sus descendientes que, como corolario, irrespetaron los acuerdos de la época sobre la izada de la bandera panameña en ese soberano territorio, pretendiendo perpetuar sus privilegios “sociales… y comunales…” en la Zona del Canal de Panamá.

No pretendemos, los de la generación de 1964, desconocer las luchas previas que nos inspiraron, ni las posteriores, con las que también hemos alcanzado el reintegro territorial y la casi plena soberanía; me es imposible revivir el llanto… Estamos convencidos de que la gesta del 9 de enero de 1964 convenció, finalmente, al Gobierno norteamericano de que las causas del conflicto permanente con Panamá debían y tenían que ser resueltas en forma definitiva y pacífica, quedando esto patente con las negociaciones fallidas en el período del presidente Marcos A. Robles, para el apodado “Tratado Tres en Uno”, y las del largo recorrido del Tratado Torrijos Carter.

Amado cerro Ancón, de Amelia Denis de Icaza, de Demetrio Korsi, del Nido de Águilas “Altivo a las faldas del cerro Ancón”, del negro Agustín Rodríguez, de Edwin y Dimas Castro, tuyo y mío, has sido y serás agua y sabia pura, memoria, historia, imponente y maravilloso monumento, mástil, bandera, reserva natural, pulmón de la ciudad y ensoñación. Sí, ensoñación, como versa la declaración de amor de mi padre a Eloísa, en la última página de su libro de dedicatorias… y que luego nos trajo a este mundo.

El 9 de enero, te rendimos pleitesía, sin rencores, sin resabios, con el testimonio dado de una vida constructiva, basada en ideales. Hacemos votos por tu conservación en beneficio de la historia, de tu fauna, flora y biodiversidad; por tus servicios ambientales a la ciudad, al país y al mundo, por tu belleza imponente.

Subamos juntos esa primera recuperada trocha. Toquemos el chorrito, maravillémonos con tus paisajes, su rica vida y olor a tierra mojada; con tus cuentos. Hablemos libres junto a Amelia, cantemos bajo nuestro imponente pabellón nacional y hagamos bueno el pensamiento de Omar, quien dijo: “pónganlo allí (el mástil), adonde no hay yerbita, para no dañar nada”.

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Este artículo se publicó el 8  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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