¿Competitivos o desechables?

La opinión de….

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Nimia Herrera G.


Durante los últimos días he estado meditando sobre lo acaecido hace casi 31 años, la gran marcha por la derogación de la Reforma Educativa, de la cual formé parte, porque escuchaba a los dirigentes magisteriales señalar que esa reforma nos iba a convertir en “diablos”, máquinas, militares y no recuerdo los otros argumentos.

Lo que ahora analizo es que nunca vi ni leí ningún documento o libro que me hiciera ver la otra cara de la moneda, para realizar el análisis.   Pero, todos como cantos de sirenas vitoreábamos su derogación y –reitero– nunca leí nada, pero lo que sucede es que quemaron los libros malignos tal como hizo el ama con los libros del ilustre manchego Don Quijote de la Mancha, porque habían enloquecido a su amo. Entonces, tenían que ir a la hoguera.

Un día le pregunté a un compañero el porqué ese proyecto quedó a la deriva y dijo, bueno, si no la quieren el tiempo será el que determine y juzgue esta acción.   Hoy, nuevamente, escucho a los líderes magisteriales hablar sobre la transformación curricular, igual como hace tres décadas, sin analizar, quizás, que ya los tiempos han cambiado y que vivimos en otra dimensión, pues las ciencias y la tecnología van con sus avances tan acelerados que será imposible alcanzarlos de forma simultánea.

Recuerdo una lectura de Gates donde decía que por primera vez el currículo no alcanzará a los cambios tecnológicos y –por primera vez– el alumno tendrá la sartén por el mango, ya que éste irá más aventajado, pues él domina la tecnología. Por tal motivo, la nueva responsabilidad del docente será mucho mayor.

No podemos olvidar que vivimos en una aldea global y no son ni los empresarios ni los gobiernos los que exigen la transformación, sino el momento histórico en el cual nos ha tocado vivir: es el siglo del conocimiento, pero también el de la depresión debido que si no podemos ganar para cubrir las necesidades básicas, la depresión, desintegración, pandillerismo y delincuencia irán en aumento, y se podrá dar una crisis social con un final impredecible.

La transformación curricular no puede dilatarse por más tiempo, porque cada año que perdemos es un año que le quitamos a los hijos del pueblo panameño, ya que quien puede envía sus hijos a los colegios particulares y ahí jamás hay huelgas, aunque parezca irónico, en algunos casos son los mismos docentes.

No entiendo tampoco el porqué en unos son excelentes y en otros deficientes; pero, este no es el tema, ahora la nueva sociedad del conocimiento exige el desarrollo de competencias, de habilidades, de nuevas carreras, de nuevas metodologías, de nuevos modelos, en síntesis: una transformación seria que coadyuve al desarrollo integral del ser humano.

Debemos ser conscientes de que no todos los egresados de la media ingresarán a las universidades, y es por ello que un gran grupo de ellos se pierde, no continúan, porque no saben qué hacer, pues aprendieron sólo a ser (médico, abogado, etc.) y no a hacer (empresario, agroexpotador, guía turístico, experto electromecánico con su taller propio, etc.).

Los enseñamos a ser empleados y no empleadores. Ese es uno de los valores de esta transformación: que el joven salga no sólo con el acervo académico, sino con alguna experticia que le permita desenvolverse y trabajar inmediatamente salga del colegio. No castigarlo a ir a la universidad, sino ser mano de obra competitiva, desde el momento que egrese.

La competencia es enorme, no podemos seguir con la brecha entre el que puede mandar a sus hijos a la privada y a quien no puede; entre el que domina la tecnología y el que no. Es un deber constitucional recibir una educación actualizada y de calidad. No podemos negarles este derecho a nuestros jóvenes, quienes se frustran cuando salen mal en los exámenes de admisión.

No, como docentes tenemos la responsabilidad de deponer muchos intereses y pensar en nuestra juventud, en nuestros hijos, en nuestros futuros gobernantes.

Negarle el derecho a ser alguien, a tener un mejor futuro es un crimen. Démosles un voto de confianza a este plan piloto, ya no podemos postergar más un cambio hacia la calidad, porque seremos competitivos o seremos desechables. La competencia es enorme.

Todos debemos reciclarnos, estudiar diferentes profesiones, ser lo mejor de lo mejor y así nuestro futuro estará asegurado. Este plan piloto que acaba de iniciarse, sólo con el décimo grado era necesario, lo difícil siempre es dar el primer paso, lo demás viene poco a poco. Seamos vigilantes de que se haga bien, con buena voluntad, pero no podemos seguir a la deriva.

Al ministerio, que cumpla con las necesidades básicas: laboratorios, expertos, alianzas estratégicas con empresarios, capacitación continua, seguimiento, evaluación y, lo más importante, que haya un diálogo entre todos los involucrados, pero sin olvidar que lo primero son nuestros estudiantes, ellos merecen un futuro mejor, ser competentes y ser mejores ciudadanos; ser empleadores y no sólo empleados.

Tenemos un gran reto por delante, sigamos y efectuemos los cambios necesarios; pero, no mirar hacia atrás, sino hacia un futuro lleno de esperanzas y con fe en un mejor mañana.

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Este artículo se publicó el  10  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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