No me pinche, Sr. Presidente

La opinión de…

 

Roberto Quintero

Gracias a Wikileaks y los cables filtrados, nos enteramos de que la ex embajadora de Estados Unidos en Panamá advirtió a su gobierno que el presidente, Ricardo Martinelli, quería utilizar el programa de escuchas telefónicas de la DEA para perseguir a sus adversarios políticos, recurriendo a chantajes y amenazas con tal de obtener el discreto pinchazo del Tío Sam.

Pero más que desatar un escándalo, la revelación provocó un numerito circense protagonizado por los fieles voceros martinellistas y su creatividad ilimitada para recoger los platos rotos.   Lejos de esclarecer, transformaron la realidad nacional en una telenovela esquizofrénica en la que cada ministro dio una explicación distinta, demostrando que en Panamá es muy cierto aquel refrán popular que reza “Cada loco con su tema”.

Los más cautos dijeron que el gobierno estadounidense malinterpretó una genuina solicitud de apoyo para combatir el narcotráfico, la corrupción y el crimen organizado, porque lo que ellos querían era espiar solo un poquito para localizar a un niño secuestrado en La Chorrera.

Pero los más fieros pelaron los dientes y hablaron de rabia, amparándose en jubiladas teorías de conspiraciones internacionales y venganzas orquestadas por gringos entrometidos. Dijeron que entre el Presidente y la Embajadora existían diferencias. Ella le agarró tirria porque él “se le paró firme” cuando osó opinar sobre la designación del jefe de la policía y el manejo de la frontera con Colombia, abuso intervencionista ante el que nuestro mandatario reaccionó cual mártir del 9 de enero y gritó firme Yankee go home. Nacionalista de los que ya no quedan.

Cuando más turbia (palabra que está de moda) era la cosa, otro aseguró que se trataba de un mero asunto de carnicería y que a la embajadora “se le había ido la mano en pollo”. Y como si el exceso avícola fuese poca cosa, hizo otra revelación aún más curiosa.   Dijo que el programa de escuchas funcionaba de lo más bien, bajo supervisión del Ministerio Público y para los fines por los que se había creado, pero al día siguiente avisó que realmente hay dos pinchadoras perdidas y otra que está dañada. Y entonces ¿cómo es que funciona?

Ya cualquier cosa era posible. Y entonces dijeron que lo que faltaba era reformar la Constitución para incluir la reelección inmediata. ¿Qué tenía que ver aquello con los pinchazos? Quién sabe, pero funcionó maravillosamente porque ya nadie habla de otra cosa. Aún me pregunto qué fue del niño secuestrado.

Si por salvarlo terminaron aproblemados con EU, merecemos saber si lo lograron. ¿Dónde está, cómo se llama y quién lo secuestró? ¿Por qué la Embajadora no apoyó la heroica iniciativa? ¿Por qué no lo mencionó en el cable?

El jefe de gobierno, a quien le confiamos los designios de este país, no apareció en toda una semana. Y cuando finalmente dio la cara dijo “Jamás en la vida les pedí pinchar teléfonos”.   Menos mal. Y uno ingenuamente preocupado pensando que, en vez de trabajar, al Presidente le gustaba jugar al súper espía. ¡Pero haberlo dicho antes, hombre! Nos hubiésemos ahorrado tanta acrobacia gubernamental. En Panamá, la responsabilidad siempre es ajena.

 

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Este artículo se publicó el 6  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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La nueva amenaza ‘yeyé’

La opinión de…

Roberto Quintero

Ricardo Martinelli es el nuevo hombre fuerte de Panamá. Sin controles, él y los miembros de su gobierno ejercen el poder a sus anchas, como si ser presidente le diera licencia para moverse al margen de la ley. Ahora tampoco tienen que rendir cuentas para utilizar los fondos del Estado, que son nuestros, como mejor les parezca.   Mañana eliminará la Contraloría y dirá que nunca nos hizo falta.

El Órgano Legislativo ya no discute, analiza ni debate los proyectos que él propone. Los diputados aprueban en tiempo récord y antes de que nos demos cuenta del contenido de la ley.   Si no se ausentan, claro.   No hay voces ni mentes críticas. La Procuradoría General de la Nación y el Órgano Judicial parecen dependencias subordinadas al caprichoso ritmo del Ejecutivo que, por cierto, penalizó la protesta callejera y recrudeció la represión policial.

Tampoco hay oposición. Está aprovechando su poder para diezmar a la única fuerza política que podría oponérsele: el Partido Revolucionario Democrático. Sí, sé que los perredés tampoco se ayudan y hasta parece que ellos mismos se pusieron la soga al cuello. Pero además rechaza las candidaturas presidenciales independientes y amenazó con negarles todo futuro.

Y al mismo tiempo, otorgó asilo a una persona que está siendo acusada e investigada en Colombia, precisamente por utilizar un cuerpo de inteligencia estatal y sus recursos para perseguir a sus adversarios políticos, alegando que en Panamá ya hay tradición de servir como guarida de malhechores que hacen de las suyas y después huyen para no dar la cara. Sin ninguna vergüenza nos lanzó nuevamente al estanque del hazmerreír internacional. Como si los panameños realmente amparásemos el delito, cuando fue una arbitrariedad que decidió él.

¿Hacer patria no es poner el ejemplo, señor Presidente? Usted, que nos quiere hacer creer que los únicos patriotas son los que desfilan. Porque hace años que venimos tamborileando el 3 y 4 de noviembre, disfrazando a nuestros niños y adolescentes de militares de otro tiempo, sin saber muy bien por qué o cuál es el verdadero significado de esa forma de rendirle honor a Panamá.

No queda duda de que si antes se enorgullecía de estar loco, ahora está completamente fuera de control y aquí se hace lo que a él le da la gana. Solo le falta blandear el machete en alto, donde todos lo puedan ver, para reafirmar que es otro autoritario peligroso de los que ya tuvimos.

Como si nunca hubiésemos recuperado la democracia. La perdimos en un acto de travestismo político de antología. Porque crear un partido llamado Cambio Democrático y haberse hecho pasar por una suerte de paladín populachero de corte tropical –al ritmo del reguetón– para luego convertirse en nuestro primer dictador civil del siglo XXI en tan solo un año de gestión, merece ser recordado por siempre. Sino estaremos condenados a pasar por esto una y otra vez.

Panamá es el hogar de más de 3 millones de habitantes, no la finca de Ricardo Martinelli.

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<> Este artículo se publicó elel 1 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Panamá ha vuelto a la Edad Media

La opinión de…

Roberto Quintero

Octubre fue un verdadero mes de brujas. ¿Será posible que en pleno siglo XXI en Panamá sigamos discutiendo si se debe o no festejar Halloween, como si fuese urgente no dejar la decisión al libre albedrío, criterio y costumbres de cada panameño? Peor aún cuando se saltan la discusión y aparece un diputado que exige a la ministra de Educación un decreto para prohibir “los disfraces diabólicos” en los colegios en alusión a la fiesta de la calabaza.

Como si con prohibiciones y censuras pudiesen cambiar los códigos de valores, la pluralidad de opiniones y costumbres de tres millones de personas.

Lo que me asusta, y lo digo genuinamente, es que cuando se den cuenta de que las leyes no son efectivas para controlar el Halloween o cualquier costumbre que no aprueben, buscarán la forma de meternos presos o eliminarnos. Porque entre católicos y cristianos están instaurando en Panamá una dictadura fundamentalista religiosa, bajo el silencio de la gente pensante y la celebración triste y ruin de aquellos que no duermen de solo saber que existen otros que no pensamos como ellos ni vivimos bajo su moral.

Yo ya estoy un poco harto de este Estado que cree que tiene potestad para decirme si puedo o no disfrazarme de bruja o pintarme el pelo, y salir así a la calle a pedir pastillas con mi familia y amigos, y luego ir a bailar, como si yo no fuese ya mayor de edad y responsable de mis actos. ¿Acaso sospechan que los panameños somos una manada de ovejas a las que hay que decirles por donde andar?   O lo que es peor, ¿una sociedad tonta que por sí misma no puede decidir lo que le conviene?

Es tan grave este tema del Halloween en Panamá, que hasta intentaron, o lo lograron no sé, crear una Ley Anti Halloween. So pretexto de que es “pecado”, claro, y de que hay que exaltar las fiestas patrias.   ¿No hay otra forma de estimular el desarrollo de la identidad panameña y promover la discusión en torno a quiénes somos y cuál es el país que queremos construir?  Porque eso sí que es vital y urgente hacerlo. ¿Pero una ley contra los disfraces diabólicos? Es que parece un chiste.   ¡Con la cantidad de problemas reales que tenemos!

No quiero dejar de comentar que los organizadores de la Caminata Zombie 2010 en San Felipe, días antes de obtener los permisos, fueron amenazados por autoridades del área y la policía,  con que irían presos ellos y todos los que se aparecieran disfrazados.   Presos, sí, porque parece que es lo mismo disfrazarse de muerto viviente que ser asesino.   Es inaudito y reprobable. Pensar que usan mis impuestos para amedrentarnos y atentar contra las libertades que nos otorga la Constitución. Y sí, a mí también me parece ridículo defender el derecho a que los panameños se disfracen. Pero jamás renunciaré a mi derecho a ser ridículo y a caer en la tentación.

<> Este artículo se publicó el 2  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.