Servidumbre voluntaria

La opinión de…

 

Francisco Íbero

Etienne de la Boetie escribió su Discurso sobre la servidumbre voluntaria hacia 1552, cuando contaba 22 años y estaba a punto de terminar sus estudios de derecho.

El discurso circuló profusamente, pero no fue publicado en vida del autor. La primera edición es de 1574. Fue casi olvidado en el siglo XVII, y muy difundido en el XVIII. En el siglo XIX influyó mucho sobre el anarquismo pacífico. Actualmente es reconocido como un clásico de la filosofía política.

Pese a su formación de abogado, el autor argumenta sobre la base de la ley natural y la historia de la antigüedad griega y romana. Su método tiene cierta semejanza con el de Maquiavelo, pero sus objetivos son opuestos.

El autor expresa el objetivo de su discurso así: “Quiero averiguar cómo es posible que tantos hombres aguanten a veces a un tirano, que no tiene más poder que el que ellos le dan, y que no podría hacerles mal alguno sino en cuanto que ellos prefieran tolerarlo a contradecirlo”.

La Boetie cree que la libertad es natural, que hemos nacido en posesión de nuestra independencia y con inclinación a defenderla. Por ello los tiranos, inicialmente, se imponen por la fuerza o el engaño. Cita como ejemplo del segundo el de la ciudad–Estado de Siracusa. Ante el peligro, los ciudadanos pidieron a Dionisio que dirigiera el ejército. Retornó victorioso, se proclamó rey y luego tirano.

Una vez establecida la tiranía, el autor explica las razones que contribuyen a mantenerla. A continuación las reseño sin ningún orden en particular.

Primera: “Al principio la servidumbre es forzada, pero quienes vienen después hacen voluntariamente lo que los anteriores habían hecho por necesidad”. La Boetie identifica la costumbre como una de las raíces de la servidumbre voluntaria. La naturaleza en el hombre es ser libre y querer serlo, pero la costumbre influye más que la naturaleza. Las personas criadas en la servidumbre llegan a considerarla como algo natural.

Segunda: Esta se deriva de la primera. Bajo los tiranos la gente se vuelve cobarde. Ya Hipócrates lo observó en uno de sus libros. Junto con la libertad se pierde el coraje. Los siervos ya no sienten el ardor de la libertad. Tienen un corazón vil y flojo. Los tiranos lo saben y lo utilizan a su favor.

Tercera: Los tiranos hacen creer a las masas que son sabios, justos y benevolentes, preocupados por el bienestar del pueblo. Para ello suelen contar con la ayuda de muchos intelectuales. Muchos de los reyes antiguos se presentaban como de origen divino. Por ejemplo, los asirios y medos nunca aparecían en público para hacer sospechar al populacho que eran algo más que hombres.

Cuarta: “Los teatros, los juegos, los espectáculos, los gladiadores, las farsas, y otras drogas semejantes eran para los pueblos antiguos el alimento de la servidumbre, el precio de la libertad y los instrumentos de la tiranía”. Los tiranos romanos añadieron la distribución de alimentos y dinero. Nuestro autor comenta que la población no advertía que solo estaba recuperando una parte de lo suyo, que el tirano le había quitado previamente.

Quinta: La última táctica citada por nuestro autor es muy interesante. Se trata de la compra, por parte del tirano, de una multitud de adláteres que se ordenan en una estricta jerarquía. El tirano suele tener un pequeño grupo de cómplices y colaboradores. Estos, a su vez, tienen otros dispuestos a trabajar para ellos. Conforme bajamos en la jerarquía se va ampliando la cantidad de tiranuelos. Como escribe La Boetie: “Son tantos aquellos a quienes la tiranía parece ser provechosa como aquellos a quienes la libertad sería agradable”.

¿Es posible liberarse del tirano? Nuestro autor piensa que sí. Él no aboga por el tiranicidio sino por la resistencia civil pacífica. “El tirano se destruye a sí mismo con tal de que el país no se avenga a servirlo”.

El autor identifica dos factores que pueden contribuir a la caída del tirano. El primero es la existencia de un grupo de personas amantes de la libertad y capaces de comprender lo que está pasando. Este grupo puede instruir, convencer e inspirar a diferentes sectores de la población. El segundo es el de los servidores del tirano. Estos viven en un perpetuo estado de miedo porque nunca saben cuándo su amo se va a cansar de ellos y van a perder sus privilegios y sus vidas. Muchos estarán dispuestos a cambiar de bando apenas comiencen las dificultades.

Habrán observado que no he establecido paralelismo alguno entre el discurso y la realidad de nuestros tiempos. Estoy seguro de que ustedes lo han hecho mentalmente. En cualquier caso, les propongo un ejercicio: Examinar los 21 años de la dictadura militar a la luz de las ideas del discurso.

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Este artículo se publicó el 7 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Gobiernos grandes, ciudadanos pequeños

La opinión de…

 

Francisco Ibero 

La tendencia hacia el crecimiento del gobierno tiene su reverso en el empequeñecimiento del ciudadano. No pretendo decir que se trate de una relación causal automática. Tampoco sugiero que todos sucumban a este fenómeno. Lo que afirmo es que el crecimiento del gobierno genera incentivos negativos para la autonomía personal y la fibra moral de las personas. En este artículo me centraré en cuatro aspectos.

Primero: Se debilitan la responsabilidad e iniciativa personales. Quien no toma la iniciativa para lograr sus objetivos de vida, o no se considera responsable por sus acciones u omisiones, no tiene una personalidad saludable. La iniciativa y la responsabilidad se fortalecen cuando nos enfrentamos con decisión a las dificultades de la vida, que nunca faltan. Solo así podremos considerarnos como dueños de nuestro propio destino.

La vida es dura, y los políticos lo saben. Así que nos prometen que, si les damos el voto, nos resolverán todos los problemas. Y mucha gente se pasa la vida esperando al gobierno perfecto, que nunca llega. Mientras tanto, no toma la iniciativa para hacer lo posible. Por ejemplo, los alimentos están caros. ¿Cuántas personas cultivan vegetales y frutas en sus patios? ¿Cuántas consumen principalmente alimentos de temporada? ¿Cuántas sustituyen un producto que está caro en un momento dado por otro más barato? ¿Cuántas se informan y compran en el lugar donde haya mejores precios? ¿Cuántas dejan de comprar un producto si el precio es excesivamente caro? Sin embargo, se pueden lograr ahorros significativos con esas sencillas tácticas. Lo sé por experiencia.

Otro ejemplo sencillo. Cuando sube el precio de la gasolina, los conductores entrevistados hablan de todo excepto de qué van a hacer para reducir sus gastos. Nadie dice que va a hacer arreglos con algún vecino para compartir carro. O que va a reducir sus viajes de fin de semana. O cualquier otra cosa. Lo que nunca falta es la solicitud de que el gobierno haga algo. He puesto dos sencillos ejemplos, pero podrían ser muchos más.

Segundo: Se desarrolla una idea exagerada de los propios derechos, que es tanto más fuerte cuanto más se depende del gobierno. De aquí se derivan tres consecuencias negativas. Primera, cuanto más cree uno que puede exigir, menos trabajará para conseguirlo. Segunda, si uno cree que le deben mucho, no mostrará ningún aprecio. Tercera, cuando se exige mucho y no se logra, la consecuencia es la ira y la frustración.

Todo lo anterior es en buena parte una consecuencia de pasar de una concepción de derechos en sentido estricto a otra de aspiraciones, que se confunden con derechos. Pongamos el ejemplo del derecho al trabajo. Según la primera concepción, nadie puede utilizar la violencia o la coacción para impedirme trabajar. Según la segunda, alguien tiene la obligación de darme trabajo. Recuerdo que hace algún tiempo una persona decía en una emisora de TV que, según la Constitución, tenía derecho al trabajo y que, por tanto, el gobierno tenía que garantizárselo.

Tercero: Guerra de todos contra todos. Cuando los gobiernos manejan entre el 40% y el 50% del PIB, esto no nos debe extrañar. El pastel es grande y atractivo. Políticos clientelistas, empresarios mercantilistas, empleados públicos chantajistas y toda la gama miscelánea de cazadores de subsidios compiten con fiereza por su parte del pastel.

Yo escucho y leo a muchos cantar loas a la solidaridad con los que menos tienen, lo que sería conmovedor si fuera cierto. La solidaridad voluntaria con el dinero propio es digna de alabanza. Pero mucho me temo que estos solidarios no envían cheques mensuales por el 25% o 50% de sus ingresos a la Fundación pro niños del Darién, a Cáritas, o a cualquier otra institución benéfica. Lo que yo entiendo, y puede que sea mal pensado, es que están muy dispuestos a repartir el dinero de quienes tienen más que ellos.

Cuarto: Los gobiernos se meten cada vez más en la vida privada de la gente. Esto se está dando y se va a dar en muchos campos, pero solo tocaré uno relacionado con la atención de salud. Esta es costosa. Por otro lado, hay comportamientos que llevan tarde o temprano a desarrollar enfermedades.

Por ejemplo, abuso de licor, grasa, dulces, falta de ejercicio. Y como la gente no atiende a razones, hay que actuar coactivamente. Por ejemplo, en Japón se pasó una ley que obliga a quienes están entre 40 y 74 años a someterse anualmente a una medición de cintura. Los límites permitidos son 33.5 pulgadas para hombres y 35.4 para mujeres. Se supone que quienes exceden estas medidas tienen riesgo de diabetes y enfermedades del corazón. Los culpables tienen tres meses para entrar por el carril. Si no lo hacen, tienen que someterse a una reeducación obligatoria, y sus empleadores están sujetos a multas.

¿Cuánto tardará alguien en proponer acá una medida tan sabia y saludable como esta?

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<> Este artículo se publicó el 20 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Leyendo a Bastiat

La opinión de…

Francisco Ibero

Frederic Bastiat vivió entre 1801 y 1850. A partir de los 20 años leyó vorazmente sobre filosofía, historia, política, religión, literatura y economía. A los 25 heredó las tierras de su abuelo. Contrató un administrador para el negocio y siguió con sus lecturas.

En economía, estudió en profundidad a Smith, Say, Quesnay, Destutt de Tracy, Charles Comte, Turgot, Molinari y algunos otros. Le encantaba debatir con sus amigos, sobre todo individualmente.

En 1844 publicó en el Journal des Economistes su artículo “La influencia de los aranceles franceses e ingleses en el porvenir de ambos pueblos”. Luego publicó cuatro libros principales: Sofismas Económicos, Armonías Económicas, La Ley y Ensayos Selectos sobre Economía Política.

Respecto a la importancia de Bastiat como economista hay división de opiniones. Para Schumpeter fue el más brillante periodista económico de todos los tiempos, pero no un economista. Marx lo calificó como “economista pigmeo”.

En el lado contrario, según Francisco Cabrillo anticipó la moderna teoría de la elección pública y la búsqueda de rentas, así como el análisis institucional de la economía. Y Thomas DiLorenzo le atribuye contribuciones meritorias en temas como el proceso competitivo del mercado, la evolución del dinero, la teoría subjetiva del valor, y la futilidad de los controles de precios.

Yo comencé a leer a Bastiat unos 10 años atrás. Me gusta por su claridad, sencillez, precisión, elegancia e ironía. A continuación presento tres de los escritos que me parecen recomendables para quienes deseen iniciarse en el conocimiento de nuestro autor.

Primero:   Lo que se ve y lo que no se ve.  Este es un ensayo de unas 35 páginas.  Bastiat comenta que, en la esfera económica, los actos y leyes producen una serie de efectos; unos se manifiestan simultáneamente con la causa, se ven; otros aparecen posteriormente, no se ven. La diferencia entre el mal economista y el bueno es que el primero se limita al efecto visible, mientras que el segundo toma en cuenta los efectos que no se ven inmediatamente.

Esta diferencia es enorme. Casi siempre, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las ulteriores son funestas y  viceversa. Hay dos maestros que enseñan al ser humano esta lección, la experiencia y la previsión.   La primera enseña de manera eficaz pero haciendo sufrir. Bastiat propone sustituir a este rudo doctor por otro más agradable que es la previsión.   Para ello, aplica sus principios a 11 fenómenos económicos, desde una ventana rota a los intermediarios y las obras públicas. Por mi parte propongo al amable lector una tarea: identificar dos o tres consecuencias que no se ven en el programa gubernamental de “Cien a los setenta”.

Segundo: Petición de los fabricantes de velas a los señores diputados. Breve artículo de cuatro páginas en el que Bastiat se manifiesta como un maestro de la reducción al absurdo. Los fabricantes de velas de Francia piden protección frente a la competencia desleal de un rival extranjero que trabaja bajo condiciones más favorables en la producción de luz y que está inundando el mercado doméstico a un precio increíblemente bajo.   ¿El rival?   El sol. ¿El remedio solicitado? El cierre obligatorio de ventanas y demás. ¿El resultado prometido? El estímulo no solo a la industria de velas sino a todas las industrias relacionadas y a la economía en general.

Para mi sorpresa, Hayek señala que un conocido libro de texto francés de historia de la economía tiene la siguiente observación: “Debe notarse que según Keynes, sí existe desempleo y según la teoría del multiplicador, el argumento de los fabricantes es totalmente válido”.

Tercero: La Ley. Es un breve y condensado opúsculo de 35 páginas. Para Bastiat, la ley debe ser simplemente una organización pública eficiente para proteger los derechos de las personas. Si va más allá, no cumple su función.

Cuando se legisla a favor de unos y en contra de otros, unos tratarán de protegerse contra la usurpación y otros de aprovecharse de la misma.

Según Bastiat, ya en su tiempo la ley no era el refugio del oprimido sino el arma del opresor.    La ley se pervierte por el egoísmo no ilustrado y la falsa filantropía.   Sí los hombres pueden, vivirán a costa de los demás.   La fraternidad debe ser voluntaria, y si es forzada por la ley, entonces la ley avasalla tanto a la libertad como a la justicia.

Bastiat critica la idea madre del socialismo, es decir, que la humanidad es una materia inerte que puede ser moldeada por el poder.   No tiene ninguna simpatía por los “grandes hombres” que pretenden conducir a los pueblos como rebaños. Discute la idea de que las cosas que hace el Estado no se harían si el Estado no estuviera.   Finalmente concluye que la ley que va más allá de la justicia desemboca en la utopía impuesta por la fuerza. Los tres escritos pueden leerse en http://www.hacer.org

Buen provecho.

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<> Este artículo se publicó el 8  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/ibero-francisco-j/

Fallos del mercado y del Estado

La opinión de…

Francisco Íbero

Salvo anarquistas y comunistas, los segundos con excepciones, todos asignamos un rol legítimo al Estado y al mercado. Las diferencias están en las magnitudes respectivas.  Mis convicciones pueden sintetizarse así: Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario. Tengo preferencia por la interacción voluntaria, lo que no me impide considerar argumentos en contrario.

El mercado nos aparece engañosamente simple, pero es altamente complejo. Ambas circunstancias explican, en cierta medida, nuestra tendencia a fijarnos más en los fallos del mercado que en sus éxitos, y a esperar de la intervención del Estado lo que difícilmente puede dar.

Al discutir los fallos del mercado, merece la pena hacer algunas preguntas. ¿Cuáles son los estándares con los que juzgamos? ¿Exigimos la perfección, sea competencia perfecta, racionalidad perfecta o conocimiento perfecto?   El mercado es una institución humana, por tanto, imperfecta.   El asunto es si funciona mejor o peor que las alternativas.

En días pasados, un economista decía que, como había asimetría de información entre vendedores y compradores, el Estado tenía que suplir la brecha de información.   Su argumento no me convence.    Primero, el comprador tiene muchas formas de eliminar o reducir la asimetría.    Segundo, porque implica un ejército de funcionarios con sus costos respectivos.   Y tercero, porque el consumidor puede ejercer su iniciativa y formar asociaciones que respondan a sus necesidades.

Más preguntas que debemos hacer para evaluar el mercado. ¿Es razonablemente libre? ¿Existen leyes o regulaciones que hacen más difíciles o costosos los intercambios voluntarios? ¿Existe un sistema judicial confiable y rápido que resuelva los inevitables conflictos?   ¿Existen procedimientos burocráticos que hacen lenta o costosa la creación de empresas? ¿Interviene el Estado en la economía para crear ganadores o perdedores mediante subsidios, leyes preferenciales, impuestos diferenciales u otros mecanismos?  ¿Están bien definidos y protegidos los derechos de propiedad?

Veamos un ejemplo de la influencia de la legislación y las instituciones sobre el buen o mal funcionamiento del mercado. Durante los dos últimos años, muchos economistas, políticos y comentaristas locales han atribuido el contraste entre la crisis financiera en Estados Unidos y su ausencia en el mercado panameño al hecho de que aquí tenemos abundantes regulaciones y allí no. La realidad es la contraria. Nuestro mercado financiero tiene menos regulaciones y es más libre. No tenemos banco central que manipule las tasas de interés. Tampoco leyes que obliguen a dar préstamos a quienes no califiquen. No tenemos una compañía estatal que garantice los depósitos bancarios. Tampoco existen monstruos financieros con privilegios públicos. Y sobre todo, no hay ninguna garantía, explícita o implícita, de que el Gobierno rescatará a un banco si toma decisiones equivocadas.

Pasemos a los fallos del Estado. ¿Se aplican los mismos estándares de exigencia al Estado y al mercado para decidir sí están fallando? ¿Cuánto tiempo se necesita para concluir que hay fallos del Estado cuando éste realiza mal alguna de sus actividades? ¿Por qué los fallos del Estado se achacan a los gobiernos aunque todos ellos fracasen? ¿No se supone sin mayor prueba que ciertas actividades tienen que ser, no solo financiadas por el Estado, sino ejecutadas directamente por él? Recientemente un doctor afirmaba que la atención médica debía estar en manos del Estado porque, de otro modo, las ganancias de las aseguradoras la encarecerían demasiado. Dejo de lado que hay alternativas sin que participen las aseguradoras. Si el argumento del doctor fuese válido para la atención médica, habría que aplicarlo también a la producción de alimentos, la construcción de viviendas y prácticamente a todas las actividades económicas.

Si hay una actividad en la que el Estado panameño ha fallado consistentemente durante los últimos 40 años es la educación. Vale la pena preguntarse qué hubiera pasado si la educación hubiera estado en manos privadas con los mismos resultados mediocres que ha tenido el Estado.

Sin duda, se hubiera exigido su estatización. Sin embargo, lo poco que se hace para mejorar la educación estatal supone que el marco básico es el único posible. No lo creo. Pienso que los padres de familia deben tener libertad para quedarse en el sistema o llevarse su cheque escolar al sector privado, que podría dinamizarse con cooperativas de educadores o sociedades anónimas laborales. También, que cada institución privada debe ser libre para establecer su curriculum y otros aspectos del trabajo educativo. Este sería un comienzo para poner la educación en manos de sus legítimos dueños, los actuales convidados de piedra. Nos queda la última pregunta. Si falla el mercado ¿implica esto que el Estado lo haría mejor? No necesariamente. También podría hacerlo peor. A veces es más rápido pasar una ley que esperar un ajuste o corrección del mercado. Pero lo que hoy parece bueno, puede que mañana resulte malo.

<> Este artículo se publicó el 4  de octubre  de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Las aventuras de Fannie y Freddie

La opinión de….

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Francisco Ibero

Fannie Mae y Freddie Mac son, respectivamente, los nombres informales de Federal National Mortgage Association y Federal Home Loan Mortgage Corporation. Ambas fueron creadas como instituciones gubernamentales que posteriormente fueron traspasadas a inversionistas privados en 1968 y 1989. En este artículo pretendo mostrar que ambas jugaron un papel importante en la crisis subprime, papel que ha sido ignorado por muchos porque no cuadra con la “versión oficial” de la misma.

Aparentemente son empresas privadas, pero técnicamente son empresas patrocinadas por el Gobierno (government sponsored enterprises). Como tales, tienen varios privilegios: exención de impuestos estatales y locales; requisitos de capital de 2%–3% de los activos frente al 6%–8% de los bancos; línea de crédito de varios billones con el Tesoro, entre otros.

En la práctica, los estadounidenses las consideran como empresas públicas. Dan por supuesto que el Gobierno las rescatará en caso de problemas y quienes compran sus bonos de deuda cobrarán pase lo que pase.

Fannie y Freddie no conceden hipotecas a clientes. Solo operan en el mercado secundario. Compran hipotecas a bancos y compañías hipotecarias. Suelen conservar una parte importante y venden el resto en forma de títulos hipotecarios a diversos inversionistas. Hay que notar que, incluso cuando venden títulos, ambas cargan con el riesgo de que los clientes de las hipotecas originarias dejen de pagar. Pienso que esto es un error. En buena lógica y como sucede en el caso de los bancos, son los compradores de títulos los que deben correr y corren con el riesgo.

Nuestras dos compañías se financian mediante bonos de deuda que colocan con facilidad ya que el público considera que están garantizados por el Gobierno. Las ganancias que obtienen por cada hipoteca que conservan o cada título que venden son más bien pequeñas, pero los volúmenes que manejan son enormes. Por ejemplo, en el año 2003 tenían más del 50% de la deuda hipotecaria de Estados Unidos. Aquí hay otro riesgo importante. Si las hipotecas son de buena calidad, todo va bien. Pero apenas los préstamos malos llegan a cierto nivel, no muy alto, se comen fácilmente las ganancias.

En principio y en teoría, el objetivo principal asignado a Fannie y Freddie ha sido contribuir a hacer más accesible la vivienda propia para la gente de escasos recursos. Curiosamente, podían comprar hipotecas hasta de 417 mil dólares, cifra que se aumentó a 730 mil en diciembre de 2007. No hay que pensar mucho para concluir que estas no son hipotecas accesibles para familias de escasos recursos.

En 1992 el Congreso creó una institución reguladora denominada Office of Federal Housing Enterprise Oversight (Ofheo), adscrita al Ministerio de Vivienda, para supervisar la actuación de las dos compañías. El grupo supervisor comenzó con 200 funcionarios y un presupuesto anual de 65 millones. Los revisores nunca encontraron nada extraño, entre otras razones porque era el propio Ministerio de Vivienda el que obligaba a ambas a comprar hipotecas de dudosa calidad, por decir lo menos.

Es fácil entender que ambas compañías debían y deben satisfacer los intereses del Ministerio de Vivienda y del Congreso para subsistir. De hecho, el ministerio les imponía metas detalladas respecto al porcentaje de hipotecas de familias con bajos ingresos que debían comprar.

La inestimable contribución de Fannie y Freddie a la crisis subprime se dio por dos vías. Primero, ellas establecían de facto los estándares de crédito de los préstamos hipotecarios, ya que compraban al menos el 50% de los mismos. Los estándares se fueron relajando poco a poco en la medida en que el Ministerio de Vivienda las forzaba a comprar más y más hipotecas de baja calidad. La política respecto al abono inicial fue de particular importancia. Dicho abono se fue reduciendo progresivamente hasta que fue eliminado totalmente. En segundo lugar, al concentrar tantas hipotecas de mala calidad en dos compañías con requisitos de capital ridículamente bajos, el desastre estaba servido.

Ambas compañías comenzaron a comprar hipotecas subprime en 1993. Peter Wallison, ex consejero general del Tesoro, estimaba en 2008 que el 40% de las hipotecas en poder de ambas eran subprime.

Hubo quienes advirtieron a tiempo sobre los problemas potenciales. Lawrence Summers, secretario del Tesoro con Clinton, se quejó en 1999 del estatus anómalo de las compañías. Por su parte Lawrence J. White, que fue miembro de la directiva de Ofheo, defendió en 2004 que no deberían tener ningún privilegio.

Actualmente están intervenidas por el Gobierno. En el primer trimestre del año perdieron 18.5 billones. Hasta ahora, el Gobierno ha gastado 145 billones en su “rescate”. Según la Oficina Presupuestaria del Congreso, el costo final para los contribuyentes puede llegar a 380 billones.

La ley de reforma financiera recientemente aprobada tiene mil 500 páginas, pero no incluye nada respecto a Fannie y Freddie. Quienes crearon y alimentaron este desastre, pretenden saber cómo manejar todo el sistema financiero. Sería cómico si no fuera trágico.

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Este artículo se publico el 21 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a l autor,  todo el crédito que les corresponde.

Cavilaciones de un ‘accionista’

La opinión de…..

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Francisco Ibero


De vez en cuando, políticos y comentaristas, en algún arrebato lírico, nos comunican la buena nueva de que “los ciudadanos son los accionistas del Estado panameño”.

Yo, que soy ligeramente cínico, pienso que no tengo ningún certificado de acciones, ni recibo dividendos ni soy invitado a la asamblea de accionistas. Así que supongo que la frase debe ser entendida en sentido figurado. O sea, no somos accionistas pero podemos hacernos la ilusión de que lo somos. Y de ilusión también se vive.

Puesto a la tarea, estas son algunas de las cosas que propondría en una eventual asamblea de accionistas del Estado panameño:

Primero, crear una especie de cuarto poder, constituido por unas 10 personas elegidas por los ciudadanos.

Sus funciones serían, entre otras: juzgar al Presidente, diputados y magistrados de la Corte Suprema de Justicia; establecer los salarios de los altos funcionarios; nombrar los magistrados de la Corte Suprema, contralor, procuradores; aprobar cualquier endeudamiento estatal y cualquier impuesto adicional. Me inclino a pensar que los miembros pudieran ser jubilados y sin remuneración más allá de unas modestas dietas.

Segundo, cada Presidente debería presentar al país, durante los tres primeros meses de su gestión, su plan de trabajo para el quinquenio. Para cada dependencia del Gobierno, el plan debería incluir dos áreas, actividades habituales y nuevos proyectos. Los proyectos incluirían actividades, responsables, fechas y gastos estimados. Las actividades habituales tendrían sus estándares de desempeño y las metas específicas de mejoramiento para cada uno. El documento del plan debería entregarse a todos los hogares del país, además de ser publicado en internet.

Tercero, reducir el personal del sector público a lo estrictamente necesario. El exceso de personal no sólo genera gastos innecesarios sino procedimientos ineficientes que hacen perder tiempo y dinero a los ciudadanos. Mi propuesta es que la reducción de personal no se realice mediante despidos, sino simplemente no llenando las vacantes que se produzcan por diferentes razones. El proyecto total duraría unos 10 años, o sea, dos administraciones, y requeriría un acuerdo de los partidos políticos con posibilidades de gobernar. Los ahorros podrían dedicarse a mejorar salarios excesivamente bajos, a financiar la actualización tecnológica en la administración pública, o a otros fines. Creo que no debemos aceptar aumentos de impuestos hasta que esta tarea sea completada.

Cuarto, el proyecto anterior tendría dos escenarios diferentes. Primero, cuál es el exceso de personal con la tecnología y procesos actuales. Segundo, cuál sería el exceso si lográsemos mejorar la tecnología y los procesos. En este tema de reducción de personal hay que distinguir entre empleo y emplanillamiento. Alguien está empleado cuando realiza un trabajo valioso para terceros. Muchos de los puestos del sector público no cumplen está condición. Los funcionarios que los ocupan acuden diariamente a su oficina pero realizan actividades que no son valiosas para los ciudadanos. En cualquier caso, los empleos no son fines, sino medios para proveer servicios.

Quinto, hay que cambiar la forma de asignación de salarios en el sector público, que actualmente se basa en la capacidad de presión de los diferentes grupos. Es necesario que los puestos de valor similar tengan escalas de salario similares independientemente de la institución a la que estén asignados. Por otro lado, los salarios deben crecer según el mérito. Los años de servicio, disociados de la productividad, no tienen ningún valor y pueden ser contraproducentes. En adición no estaría mal utilizar las bonificaciones por logros extraordinarios.

Sexto, tal como he escrito en alguna otra ocasión, sigo creyendo que sería una buena idea repartir el 50% de los excedentes del Canal en forma de dividendos anuales a todos los ciudadanos. Esto de ser accionista y no recibir dividendos es un pésimo negocio.

Séptimo, vamos al tema de la deuda pública. En términos generales, va aumentando unos mil 500 millones por cada periodo presidencial. Por otro lado, incluso el 50% de los excedentes anuales del Canal superan al incremento anual de la deuda. En buena lógica, no deberíamos seguir endeudándonos, excepto para algún proyecto muy especial. El problema del endeudamiento es que resulta una opción demasiado fácil. Por ello, propondría que cualquier contratación de nueva deuda sea aprobada por la Asamblea y, por supuesto, por el cuarto poder.

Octavo, en cuanto a la Corte Suprema, sin minusvalorar la importancia del nombramiento de magistrados, pienso que el principal problema es un error estructural. Nuestra Corte Suprema es a la vez tribunal supremo, tribunal constitución y dirección del poder judicial. Es imposible que la actual Corte Suprema pueda realizar las tres funciones. Una buena solución sería crear una dirección del poder judicial separada y una sala exclusiva para los asuntos constitucionales.

Esto es todo por ahora. Sin duda, habrá mucha más tela que cortar.

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Este artículo se publicó el 5 de abril de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Entre definiciones y comentarios

La opinión de….

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Francisco Íbero

Esta es una mezcla heterogénea sobre expresiones y temas locales. En unos casos, discuto la definición comúnmente aceptada. En otros doy mi propia definición. Y en el resto hago algunos comentarios. Todo ello aderezado con un poco de humor, o al menos así lo creo.

Despidos masivos: Pleonasmo. En Panamá todos lo son.

Cocineras: Personas humildes cuyos hijos, no se sabe muy bien por qué, siempre terminan en la cárcel.

Todos nos conocemos: Si esto es así, alguien puede explicarme ¿por qué en el 95% de los casos siempre escucho opiniones contrarias sobre una misma persona?

Pueblo: Noción que me sume en una gran perplejidad. A veces parece que el pueblo somos todos los ciudadanos.

En otras, solo son los pobres, aunque también se incluyen individuos que no son pobres pero que parecen haber hecho méritos hablando sobre ellos. Y en otras, no son los pobres sino solo los miembros de un llamado “movimiento popular”, que me causa perplejidad adicional. Lo dicho, que tengo un lío de todos los diablos.

El que no la debe no la teme: Proverbio que no me convence en absoluto y que me tranquiliza menos todavía. Quienes lo proclaman dicen también que el sistema panameño de justicia no es de fiar. ¿No hay aquí una flagrante contradicción? Yo lo reescribiría de la siguiente forma: El que no la debe, será mejor que la tema, por si acaso.

Salvar el Seguro Social: Prolongar su vida por cinco o 10 años más.

Oligarca: Político rico que no pertenece al PRD. Si pertenece a dicho partido no es oligarca sino miembro de la burguesía nacionalista y progresista.

Comisión: Grupo que forma un gobernante cuando no quiere tomar una decisión que sabe que es difícil.

Hace falta una solución integral: Lo que traducido quiere decir que no sabemos muy bien lo que hay que hacer, pero no queremos confesarlo.

Rebeldía estudiantil: Admirable cualidad que se manifiesta en las actividades siguientes: abandonar el colegio en horas de clase, romper los vidrios de los autos que estén por ahí y lanzar piedras a los policías. Todo esto repetido año tras año con la más soporífera predecibilidad. ¿Se rebelarán algún día exigiendo más horas de clase, profesores más capacitados y exigentes, mejores libros de texto, exámenes más duros y, en general, una educación de más calidad? ¿No creen que sería un gran día?

Tierras baldías: Tierras que pueden haber sido cultivadas durante decenios o siglos, pero sobre las cuales no existe título de propiedad inscrito en el Registro Público.

Crecimiento económico: Si es del 2% es malo porque no es suficiente para reducir la pobreza. Si es del 10% también es malo porque no llega a todos.

Optimistas o pesimistas: ¿Son la mayoría de los panameños optimistas vergonzantes o pesimistas satisfechos? Como no lo sé, tendrán que explicármelo ustedes.

Se menciona: Una de las frases preferidas de quienes quieren nadar y guardar la ropa.

Sistémico: Parecido a “integral” pero mucho más sofisticado, sobre todo si se pronuncia con la solemnidad que la palabra merece.

Sacrificio fiscal: Dolor inenarrable que sufren los miembros del Gobierno cuando, en vez de gastar 11 mil millones de dólares para nuestro bienestar, solo disponen de 10 mil 900 millones.

Salario mínimo: Aparentemente, el Gobierno puede decretar salarios sin ningún problema. Lo que no me explico es por qué debemos contentarnos con 400 dólares cuando se puede decretar mucho más que eso. Y no sé si esto de crear salarios por decreto es un privilegio de Panamá o está al alcance de todo el mundo, en cuyo caso reducir la pobreza mundial sería un juego de niños.

Botellines: Empleados públicos que acuden puntualmente a su oficina y que cumplen alguna de estas condiciones: 1. No tienen trabajo que hacer; 2. Tienen trabajo para una pequeña parte de la jornada; 3. Tienen trabajo para toda la jornada, pero es un trabajo irrelevante; 4. Como el anterior, excepto que el trabajo es perjudicial para los ciudadanos, por ejemplo, contribuyendo a complicar los procedimientos.

Es una campaña: Respuesta común cuando alguien es acusado de algo. Para mí, es un indicio casi seguro de que la acusación es cierta. Una persona inocente respondería demostrando la falsedad de la acusación o mostrando que la misma no tiene pruebas.

Inconsulta: Con mucha frecuencia, no se trata de una ley o disposición que no ha sido consultada. Significa que no ha quedado exactamente como querían determinados grupos.

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Publicado el 22 de febrero de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito de les corresponde.