La riqueza de los indígenas

La opinión de….

Gabriel R. Sosa García de Paredes.

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La riqueza de los indígenas

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La palabra “indio” la utilizamos en términos generales para mostrar ignorancia y falta de educación, no valores y mucho menos cultura. ¡No seas indio! ¡Pareces un indio!, son expresiones racistas inconscientemente utilizadas, que degradan a la etnia indígena apartándola de la sociedad y minimizando sus derechos.

Me pregunto: ¿Cuántos se han cuestionado lo que piensan los indígenas de esta sociedad capitalista que los ha marginado y referido como pobres ignorantes? Sin apasionamientos y procurando no distorsionar la realidad, pienso que no se les puede catalogar en esos términos, pues disfrutan de una relativamente buena calidad de vida, aunque sufren los problemas crecientes de escasez de recursos por causa de un capitalismo salvaje, que se propone imponer un modelo de desarrollo único, motivando la degradación del hábitat para conseguir un modo de vida y un progreso que los pueblos indígenas no comparten ni consideran suyos por naturaleza.

Según los estándares y criterios de los economistas, los indígenas se encuentran en la categoría de pobres, incluso en la pobreza extrema, porque sus ingresos no superan el mínimo establecido de sus mediciones. Sin embargo, esa clasificación solo está basada en ingresos económicos, donde el acceso a servicios básicos como agua, electricidad, salud y educación forman parte coyuntural del estudio. Para la cultura indígena, estos criterios son tan solo circunstanciales. Por lo tanto, si esta realidad se midiese desde la perspectiva del indígena, desde el entorno en el que han vivido por milenios, notaríamos que gozan de todas las necesidades básicas en abundancia: un entorno natural y social acogedor, sobre todo, gozan de libertad, ese privilegio del que carecemos casi todos los que vivimos en esta competitiva sociedad capitalista del “qué dirán y del juega vivo”.

Si la pobreza no se midiera en términos de “estándares de vida” y la viéramos en términos de “calidad de vida”, de acuerdo con los niveles que los indígenas consideran satisfactorios –basados en sus necesidades y aspiraciones prioritarias–, tendríamos que reconocer que en realidad son bastante ricos. No los vemos obligados, como otros, a buscar comida en los basurales, mendigar en las calles o dormir en callejones por la miseria. Ellos son felices en su entorno, con sus costumbres, apegados a su tradicional cultura milenaria con abundante recursos naturales.

Puedo referir una experiencia personal que expone cuán apegados son a sus costumbres. Cuando mi padre, junto a otros inversionistas, procuró establecer una industria procesadora de cocos en la Comarca Kuna Yala, estimaron que adicional a la rentabilidad del negocio se brindaría empleos y beneficios humanitarios y económicos a la comarca. La logística del negocio era sencilla: se colocaron balsas en varias islas y los indígenas solo debían depositar allí la cosecha de coco. Sorpresivamente, pasaron los días y no colocaron un coco en las balsas. El motivo era que para ellos los cocos que caían de las palmas eran sacros, y solo se podían desechar los que al caer rodaban hasta el mar, y de esos había muy pocos. Esto obligó a la industria a cerrar operaciones a pocas semanas de haberse iniciado.

Como vemos, en sus intereses no está el tener una relación de negocio colectiva con el sistema capitalista, viven apegados a sus costumbres y creencias heredadas de sus ancestros, las que procuran dejar intactas a sus próximas generaciones. No aceptan funcionar de otra forma que no sea con sus propias instituciones sociales, económicas, políticas, jurídicas y espirituales, a través de las cuales regulan sus vidas y sus costumbres, basadas en su relación con la “Madre Tierra”. Una tradición cultural que debemos aceptar y respetar. Quien trate de cambiarla, creyente de estar auxiliándolos a salir de la miseria, se estrellará una y mil veces.

Para muchos, es incomprensible que prefieran vivir en un entorno selvático, o que no les interese participar en las comodidades del capitalismo. Debemos comprender que para los indígenas su cultura frente a la nuestra es como el agua y el aceite. Por supuesto que aspiran a tener ciertas comodidades y adelantos del desarrollo, pero eso no es prioritario, al menos para quienes no están acostumbrados a depender de ello. Lo que para nosotros parece ser insoportable o incómodo, no lo es en absoluto para quienes viven en ese medio.

Las dolencias modernas, como el estrés, la depresión y la angustia, son casi inexistentes en ellos. Pero, por supuesto, que tienen sus propios males, como la desnutrición, motivada principalmente por la falta de ingresos económicos para adquirir algunos bienes básicos, lo que podría remediarse si las instituciones cívicas o del gobierno resolvieran capacitarlos para que le den un mayor valor agregado a los recursos que abundan en sus territorios. No dudo que puedan lograr un desarrollo humano integral y económicamente sostenible, generando los recursos necesarios que ayudarán a remediar estas dolencias.

Creo, pues, que los criterios utilizados para la medición de la pobreza deben mostrar preocupación por la infelicidad de quienes no tienen nada y vegetan en barrios marginados, de los campesinos desnutridos, de los niños de la calle y de los indigentes ambulantes que requieren de una mejor calidad de vida.

Los indígenas tienen la tierra, donde desde un principio han vivido y crecido sembrando y cosechando, y que se mantendrá igual por las próximas generaciones. Aunque aparentan pobreza, en realidad son muy ricos.

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Publicado el 30 de octubre de 2009 en el diario LA PRENSA, a  quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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