Acuerdo inconsulto e improcedente

La opinión de…

 


RAFAEL CARLES
lifeblends@cableonda.net

Como ciudadano de la comuna capitalina y empresario que quiere lo mejor para Panamá, rechazo el Acuerdo que nos quiere imponer el Alcalde y su banda de asesores legalistas. El Acuerdo es inconsulto e improcedente porque fue anunciado de manera unilateral y arbitraria sin que la Alcaldía de Panamá hubiese presentado una rendición de cuentas a los residentes y contribuyentes de la ciudad capital.

Por tal razón, los empresarios se oponen y rechazan estos gravámenes que el alcalde pretende imponer sin siquiera haber probado eficiencia y efectividad en hacer un buen uso de los recursos que actualmente recibe.

Históricamente, la Tesorería Municipal presentaba a los interesados y afectados un proyecto de aumento tributario antes de ser llevado al Consejo Municipal, para poder así presentar ideas y ofrecer aportes al documento. Por eso planteamos enérgicamente nuestra posición de solicitar la derogación inmediata del Acuerdo hasta que el mismo sea discutido y analizado responsablemente. Sabemos que por lo inconsulto e improcedente del mismo, este Acuerdo ha encontrado el rechazo unísono de todos los gremios del sector privado del país, así como también del Ejecutivo y el resto del Gobierno Central.

En particular, nos preocupa temas como los conceptos de contribuyente y agentes de retención, además de que se introduce la figura de la declaración mensual de impuestos. También aflora la figura de alícuotas, sin tomar en cuenta si hay pérdidas o ganancias. La Cámara de Comercio, Industria y Agricultura de Panamá, por ejemplo, considera que este Acuerdo inconsulto e improcedente introducirá aumentos excesivos al sector privado capitalino, afectando a sectores económicos que realizan importantes aportes tanto al fisco nacional como a la Alcaldía de Panamá. Incluso, su Centro de Estudios Económicos (CEECAM) realizó un estudio pormenorizado del nuevo esquema de impuestos, encontrando un idéntico parecido al extinto CAIR.

Igualmente, el aumento que se hace a distintos sectores económicos es desmedido, llegando a representar en algunos casos hasta más del 3,000 por ciento, lo que pudiese llevar a muchas empresas a considerar cambios drásticos en sus operaciones, además de emigrar a otro distrito o peor aún de reducir personal.

Insistimos que se trata de un impuesto inconsulto e improcedente, del tipo de cascada que finalmente afecta a los consumidores, dado que le se le aplica a productos que actualmente no pagan impuestos.

En otras palabras, es un nuevo patinazo del alcalde por querer recaudar sin conocer de antemano los efectos y consecuencias de sus acciones. Las modificaciones presentadas en el Acuerdo demuestran que existen errores en la base sobre la que se formularon las alícuotas, reflejo de que no es una propuesta seria ni sustentable para los efectos de recaudación.

A los empresarios se nos invitó para que acudiéramos antes de abril a realizar el ‘Pronto Pago’ y así evitar el gravamen producto del nuevo Acuerdo. Es decir, corran que si no los agarra Bosco. Señores, en estos asuntos hay que ser más serios y responsables.

Otra preocupación es la creación de un fondo de inversión y asistencia social, donde supuestamente se beneficiarán las 21 Juntas Comunales de un fondo de US$4.7 millones, e igualmente se establece un aumento en las Asesorías al Municipio del 66%; es decir, US$ 1.4 millones más que el año anterior.

Con este esfuerzo el Alcalde ha perdido hasta su buen sentido de humor, y ya raya en lo malcriado. En su última comparecencia ante los empresarios, irrespetuosamente se retiró sin responder los cuestionamientos del sector privado. Lo que sí buscábamos era que él, nuestro alcalde que devenga un salario de nuestros impuestos, explique en qué pensaba cuando se le ocurrió semejante exabrupto. Si se hubiera mantenido en el recinto y contestado nuestras dudas, no hubiera tenido la necesidad de entablar la exorbitante campaña publicitaria que él y su banda de legalistas han concebido para atacar a la empresa privada, dando así un claro ejemplo de su capacidad de despilfarro y un mal manejo de los fondos de los contribuyentes.

Y sobre su frase de que no dará marcha atrás, le recuerdo que al último que tuvo la osadía de decir tal estupidez, hoy se encuentra postrado entre barras y sin saber a dónde ir. Mucho cuidado que cuando las autoridades, sean quienes sean, hacen las cosas por terquedad, siempre terminan igual: solos y olvidados.

 

Este artículo se publicó el 25 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,
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El mundo de los gordos

La opinión del Empresario…

RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net

No importa donde usted viva, en la ciudad o en el campo, si observa detenidamente revelará una dolorosa realidad: la gente es cada vez más gorda. Lo cierto es que las enfermedades relacionadas con la obesidad representan actualmente más del 15% de los costos en cuidados de salud, lo cual es importante comprender qué hay detrás de esta epidemia mundial y cómo puede detenerse antes de que produzca una crisis mayor en el sistema de salud pública. Afortunadamente, al igual que en otras áreas críticas de la sociedad, la ciencia de la economía puede darnos algunas soluciones.

Por ejemplo, el aumento de la obesidad se atribuye principalmente a la reducción en los precios de muchos productos de consumo y al incremento en el costo de consumir calorías, ambos subproductos de avances tecnológicos. Por un lado, el precio relativo de la comida y, por ende, de sus calorías es cada vez más bajo debido a las innovaciones en la industria agrícola en los últimos sesenta años. Y por otro, el peso de las personas es cada vez más alto como consecuencia de la reducción del esfuerzo físico en el trabajo y el hogar. La automatización ha creado riquezas y ayudado a aumentar los ingresos, pero también ha disparado el costo de quemar calorías. La revolución del ‘jogging’ en los años 70 y las sesiones aeróbicas en los 80 cambiaron el esfuerzo físico de una actividad laboral a una de diversión y entretenimiento, pero sólo para aquellas personas que disponían del tiempo y de recursos. Paralelamente, han surgido nuevas modalidades sedentarias como la televisión, los juegos de vídeo y otras actividades en la internet que contribuyen ahora con la obesidad en niños y jóvenes.

La economía puede explicar a través del modelo de incentivos la causa y los patrones de obesidad, así como también sus recientes aumentos. Los cambios en los precios marcan los patrones de consumo, y los demás factores como los biológicos, psicológicos y sociológicos influyen en la magnitud del cambio. Es improbable que en el futuro los precios relativos de comida suban o que en el trabajo requieran de mayor fortaleza muscular, pero es muy factible que los salarios sigan ascendiendo. Los países desarrollados con altas tasas de obesidad son precisamente aquellos donde las tecnologías hicieron que la comida fuera abundante y la gente sedentaria.

Igualmente, los programas educativos gubernamentales diseñados y dirigidos para reducir la obesidad no han tenido ninguno de los resultados esperados, porque sólo enfatizan en los peligros de la obesidad y en los mecanismos para evitarla. Las dietas y el ejercicio físico siempre han existido, y en el mercado abundan los programas de control de peso, y ninguno ha logrado los resultados que prometen. Lo que esto nos dice es que la falta de conocimiento no es la causa principal de la obesidad sino la falta de incentivos.

Lo que nos trae al punto inicial, que sólo a través de un cambio tecnológico podremos aspirar a solucionar la crisis de la obesidad. La Investigación y el Desarrollo (I&D) en el campo médico ha demostrado en el pasado ser una herramienta efectiva para el control de enfermedades cuando los cambios en conducta parecen ser costosos, como por ejemplo el reemplazo de cuarentenas por vacunas o de dietas bajas en colesterol por medicamentos. Los incentivos para lograrlo son inmensos y solamente hay que aprovecharlos. Hasta ahora, los inventos se han producido en la forma de cirugías especializadas, tales como el ‘bypass’ gástrico y las vendas estomacales, que han resultado ser las vías más rápidas para enfrentar los casos más críticos de obesidad, pero que aún necesitan perfeccionamiento y menos riesgos. Las nuevas tecnologías pudieran incluso reemplazar el mercado de $17 mil millones anuales del Lipitor, el medicamento más vendido en el mundo y que supuestamente disminuye los niveles de colesterol. Pero los obstáculos son muchos. La droga Onexa, fabricada por la casa Vivus, fue recientemente rechazada por la FDA y deja aún pendiente la entrada al mercado del primer medicamento para reducir la obesidad. De nuevo, los cambios tecnológicos, los mismos que originaron el problema de la obesidad, parecen ahora tener las mejores probabilidades de reducirlo, mucho más que cualquier fuerza de voluntad de los mismos obesos que han sido incapaces de resolverlo por su propia cuenta, cambiando hábitos de alimentación y haciendo ejercicios regularmente.

Este artículo se publicó el 2 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La mota en el ojo ajeno

La opinión del Empresario….

 

RAFAEL  CARLES
lifeblends@cableonda.net

Con frecuencia se nos advierte que no nos fijemos en la paja del ojo ajeno sin antes vernos la viga que está en el ojo nuestro. Esto ayuda a evitar el juicio negativo y frecuente que injustamente hacemos sobre los demás. Y es que por nuestra soberbia, las faltas pequeñas que afectan a otros se ven aumentadas, mientras que, por contraste, los mayores defectos propios tienden a disminuirse y justificarse. Es más, tendemos a proyectar en los demás lo que en realidad son imperfecciones y errores nuestros.

La humildad, por el contrario, ejerce positivamente su influjo en una serie de virtudes que permiten una convivencia humana y sana. Sólo las personas humildes están en condiciones de perdonar, de comprender y de ayudar; de ahí que traten al prójimo a la hora de juzgar con comprensión, disculpando y perdonando cuando sea necesario. Debemos aprender a excusar los defectos, quizás patentes e innegables, de quienes tratamos a diario, de tal manera que no nos separemos de ellos ni dejemos de apreciarlos a causa de sus fallos o incorrecciones. Si nos ejercitamos en ver las cualidades del prójimo, descubriremos que esas deficiencias en su carácter, esas faltas en su comportamiento son, de ordinario, de escaso relieve en comparación con las virtudes que posee. Esta actitud positiva, justa, ante quienes tratamos habitualmente, nos ayudará mucho a cercarnos más unos con otros, pues creceremos en caridad y humildad.

Ante las deficiencias de los demás, incluso ante las murmuraciones y los juicios errados de la gente, hemos de adoptar una actitud positiva. Y para tal efecto, siempre se recomienda orar en primer lugar por ellos, ejercitar la paciencia y la fortaleza, y ayudarles lealmente con la corrección fraterna. Esta ayuda fraterna, por ser fruto de la buena voluntad, ha de hacerse humildemente, sin herir, a solas, de forma amable y positiva, haciendo comprender a ese amigo, colega o vecino, que aquello daña a su conciencia, al trabajo, a la convivencia y a su propio prestigio humano.

Si tomamos como norma habitual no estar pendiente de la mota en el ojo ajeno, nos será más fácil no hablar mal de nadie. Si en algún caso tenemos la obligación de emitir un juicio sobre una determinada actuación, sobre el proceder de alguien, haremos esa valoración purificando la intención y cuidando las normas elementales de prudencia y de justicia. ‘No me cansaré de insistir en que, quien tiene la obligación de juzgar, ha de oír las dos partes, las dos campanas’, decía Monseñor Escrivá de Balaguer.

Y si tenemos que ejercer la crítica, ésta ha de ser siempre constructiva, oportuna, salvando siempre a la persona y sus intenciones, que no conocemos sino parcialmente. La crítica buena no hiere, y se manifiesta llena de respeto y de comprensión. Quien juzga lo que no conoce, emite un juicio que podría convertirse con facilidad en detracción o difamación. Debemos cuidar de no convertir en juicio inamovible lo que ha sido una simple impresión, o en transmitir como verdad el ‘se dice’ o la simple noticia sin confirmar, y que quizá nunca se confirme, que daña la reputación de una persona o de una institución.

Si la caridad nos lleva a ver los defectos de los demás sólo en un contexto de virtudes y de cualidades positivas, la humildad nos conduce a descubrir tantos errores y defectos en nosotros mismos que nos moverán, sin pesimismos, a comprender que los demás tengan alguno y a poner empeño en mejorar. Para esto, debemos aprender a recibir y a aceptar la crítica positiva de esas personas que nos conocen y aprecian, y a evitar dejarnos llevar por la soberbia que impide que toleremos ninguna advertencia de quienes, llevado de la caridad y de la mejor amistad, nos quieren ayudar a superar un defecto o a evitar que repitamos un mal proceder. Entre los muchos motivos para estar agradecidos por este año que empieza, ojalá podamos contar también con el de tener personas a nuestro lado que sepan decirnos oportunamente lo que hacemos mal y lo que podemos y debemos hacer mejor, en una crítica amiga y honesta.

 

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<> Este artículo se publicó el 4  de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

El buen samaritano: II

La opinión del Empresario….

 


RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net

Recibí muchos comentarios la semana pasada sobre mi columna acerca de la parábola del Buen Samaritano y decidí retomar el tema, precisamente porque nos encontramos en una época que permite y facilita la reflexión.

En los tiempos antiguos existía la incertidumbre sobre el término prójimo. No se sabía a ciencia cierta si se refería a los del propio clan familiar, a los amigos, a quienes pertenecían al pueblo de Dios, etc. Había diversas respuestas. Por eso, el doctor de la ley le pregunta a Jesús: ‘¿y quién es mi prójimo?, ¿con quién debo tener esas muestras de amor y de misericordia?’.

A través de esta bellísima parábola, se nos explica el significado y alcance de la palabra prójimo: el prójimo es un hombre, un hombre cualquiera, alguien que tiene necesidad de mí. No se hace ninguna especificación de raza, amistad o parentesco. Nuestro prójimo es cualquiera que esté cerca de nosotros y tenga de necesidad de ayuda. Nada se dice de su país ni de su cultura, ni de su condición social: homo quidam, un hombre cualquiera.

En el camino de nuestra vida vamos a encontrar gente herida, despojada y medio muerta, del alma y de cuerpo. La preocupación por ayudar a otros nos sacará de nuestro camino rutinario, de todo egoísmo, y nos ensanchará el corazón guardándonos de caer en la mezquindad. Encontraremos a gente dolorida por falta de comprensión y de cariño, o que carece de los medios materiales más indispensables; herida por haber sufrido humillaciones contra la dignidad humana; despojada, quizá, de los derechos más elementales: situaciones de miseria que claman al cielo. Por eso, una persona que dice ser cristiana nunca puede pasar de largo, como hicieron algunos personajes de la parábola.

También encontraremos cada día a ese hombre al que han dejado medio muerto, porque no le enseñaron las verdades más elementales de la fe, o se las han arrebatado mediante el mal ejemplo, o a través de los grandes medios modernos de comunicación al servicio del mal. No debemos olvidar en ningún momento que el bien supremo del hombre es la fe, que está por encima de todos los demás bienes materiales. Y procuraremos dar, junto a los bienes de la fe, todos los demás: los de la cultura, la educación, la formación del carácter, la moralidad en las costumbres, el anhelo de justicia social, expresiones vivas y concretas de una caridad rectamente entendida.

Las personas no deben desatenderse del bienestar humano y social de tanta gente necesitada, y tampoco deben dejar en un segundo plano esa preocupación por iluminar las conciencias en cuanto a la fe y la vida espiritual.

Y continúa la parábola: lo vio y pasó de largo. Los que pasaron de largo no hicieron un nuevo daño al hombre malherido y abandonado, como terminarle de quitarle lo que le quedaba, insultarle, etc. Iban a lo suyo —quizá cosas importantes— y no quisieron complicaciones. Dieron más importancia a sus asuntos que al hombre necesitado. Su pecado fue ése: pasaron de largo.

Dios nos pone al prójimo, con sus necesidades concretas, en el camino de la vida. El amor hace lo que la hora y el momento exigen. No siempre son actos heroicos, difíciles; con frecuencia son cosas sencillas, pequeñas muchas veces, pues esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino ante todo, en la vida ordinaria. En prestar un pequeño servicio, en dar un poco de aliento a quien hemos encontrado desalentado, en una palabra amable en la que mostramos nuestro aprecio, en una sonrisa, en indicar con amabilidad la dirección de una calle que nos han pedido, en escuchar con interés.

Los quehaceres de este buen samaritano pasaron por unos momentos a segundo término, y sus urgencias también: empleó su tiempo, sin regateos, en auxiliar a quien lo necesitaba. Es decir, no solo debemos estar dispuesto a compartir nuestro tiempo, sino también nuestras aficiones personales, nuestros gustos deben ceder ante las necesidades de los demás.

Y la parábola concluye con una lección cordial dirigida al doctor: Ve y haz tú lo mismo. Sé el prójimo inteligente, activo y compasivo con todo el que te necesita. Es una lección que apunta directamente a todos nosotros, para que acabemos con la indiferencia y las discriminaciones. Ya lo sabemos: ¡el prójimo es cualquiera!

 

 

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<> Este artículo se publicó 28  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

El Buen Samaritano

La opinión del Empresario….

RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net
La parábola del Buen Samaritano es una de los relatos más bellos y entrañables de las Sagradas Escrituras. Y aunque no está directamente relacionada con la época de Adviento, nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo se ha de vivir durante todos los días del año: Un hombre bajaba de Jerusalén y cayó en manos de unos salteadores que después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto.

 

Muchos seguidores y escritores cristianos antiguos identifican a Jesús con el Buen Samaritano; el hombre que cayó en manos de ladrones es una figura de la Humanidad herida y despojada de sus bienes por el pecado original y los pecados personales. Los salteadores del camino son el demonio, las pasiones que incitan al mal y a los escándalos. El levita y el sacerdote que pasaron de largo simbolizan la antigua alianza, incapaz de curar. La posada era el lugar donde todos pueden refugiarse y representa la fe.

La parábola del Buen Samaritano además aconseja acercarnos a nuestros semejantes para remediar sus males materiales o espirituales, con compasión para que nunca pasemos de largo ante el sufrimiento ajeno. Debemos aprender a pararnos, sin prisas, ante quien, con las señales de su mal estado, está pidiendo socorro físico o espiritual.

Pero la clave de la parábola está en la pregunta de un doctor de la ley, que se cuestiona ¿Quién es mi prójimo? Para que a todos les quedara claro, Jesús hizo desfilar ante el herido diversos personajes. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; y viéndole pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceites y vino, lo hizo subir en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.

La parábola nos enseña que nuestro prójimo es todo aquel que está cerca de nosotros y necesite nuestra ayuda, sin distinción de raza, de afinidades políticas o de edad. Es decir, compasión efectiva y práctica que pone remedio oportuno a cualquier persona que encontremos lastimada en el camino de la vida. Estas heridas pueden ser muy diversas: lesiones producidas por la soledad, por la falta de cariño o por el abandono; necesidades de cuerpo: hambre, vestido, casa, trabajo; la herida profunda de la ignorancia…; llagas en el alma producida por el pecado.

Debemos estar atentos a remediar estas situaciones de indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas y psíquicas. Recordemos que la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra la Humanidad desde sus orígenes y que cuando nos acerquemos a quien padece hemos de hacerlo con caridad y compasión.

La parábola del Buen Samaritano nos indica cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con respecto al prójimo que sufre, y nos pide que no pasemos de largo, con indiferencia, sino que paremos junto a él. Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de cualquier otra persona, No siempre son actos heroicos y difíciles; por el contrario, muchas veces las circunstancias solo nos piden una sonrisa, una palabra de aliento, un buen consejo, saber callar ante una palabra molesta o impertinente, visitar a un amigo que se encuentra enfermo o un poco solo, ejercitarnos en las muestras de educación habituales, como el saludo, dar las gracias, etc.

Hay profesiones que son una continua obra de misericordia, como en el caso del médico o de la enfermera, del abogado, del carcelario o del policía comunitario.  Pero cualquier oficio exige un trato atento, compasivo y respetuoso con las personas con las que el trabajo nos pone en relación. A todos hemos de acercarnos en sus necesidades, pero debemos dirigirnos de modo muy particular a quienes están más próximos, porque Dios los ha puesto allí —familia, amigos, vecinos, colegas— o porque ha querido, a través de las circunstancias de la vida, que pasemos a su lado para cuidarles.

La lección de esta parábola es muy clara, y ahora debemos saber que cuando encontramos a una persona herida a nuestro lado, hemos encontrado algo que vale más que un tesoro: el poder cuidarlos. No dejemos pues de hacerlo, especialmente en esta época de Navidad.

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<> Este artículo se publicó 21  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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¿Es usted consumidor o consumista?

La opinión del Empresario….

RAFAEL  CARLES
rcarles@cableonda.net

He aquí una pregunta que todos debemos hacer. Como es tradicional, durante esta época de fin de año, tanto los consumidores como consumistas se vuelcan hacia los centros comerciales, como consecuencia principal de la avalancha publicitaria dirigida principalmente a captar la mayor parte de los recursos económicos de las personas que por meses han ahorrado o cobrado en sus quincenas o en la tercera partida del décimo. Pareciera que el lema de la Caja de Ahorros, ‘no se lo gaste todo’, ha quedado relevado por un pregón más pegajoso de ‘no se quede atrás y gásteselo todo’.

Promover las ventas navideñas, de manera masiva y tempestiva, es una facultad racional de los comercios y empresas. Pero como orientadores de la opinión pública, consideramos indispensables el exhortar a la población a discernir claramente entre todo lo que se ofrece, aquello que realmente es necesario y pueda adquirir.

No se trata de limitar drásticamente los deseos y las metas de las personas, por los cuales se han sacrificado en ahorrar parte de su dinero, sino de ponerle coto al consumismo excesivo y voraz que afecta negativamente el presupuesto familiar y es producto de una conducta compulsiva y obsesiva que se degenera en una condición altamente adictiva.

Según estadísticas del consumo per cápita del panameño común, cada año las cifras aumentan considerablemente en todos los niveles demográficos, y ya el país está catalogado como consumista. De allí la impostergable necesidad de implementar y fomentar fórmulas educativas para todos los sectores de la sociedad.

Por un lado, un consumidor responsable es una persona realista de su presupuesto y que no compra todo lo que le ofrecen o le ponen a su alcance, siempre medita antes de comprar y analiza si aquello es un capricho o una urgente necesidad. El consumista, por otro lado, nunca compara precios ni se fija en la calidad, y se cree que todos los baratillos y ofertas hay que aprovecharlos, y así adquiere bienes innecesarios y no toma en cuenta su grado de endeudamiento o situación económica.

De allí la importancia de frenar y desincentivar a los consumistas a que se conviertan en presa fácil para los bancos, financieras o casas de empeño. El consumismo es una enfermedad que poco a poco causa un gran daño al bienestar, tranquilidad y salud de los consumidores. Sugerimos seguir el sabio consejo de no gastarlo todo. El consumo responsable se aprende con la práctica. Y lo mejor es no comprar con apuros, no dejar todo para última hora; la prisa crea confusión y no ayuda a decidir sobre la conveniencia de comprar o esperar. Es vital hacer una lista de las necesidades reales y cotejarla con los ingresos y ahorros, eliminando aquellas cosas que no generan un valor importante para la vida. Y finalmente, hay que comprar y comparar tanto precios como calidad.

Cada año se construyen en Panamá nuevos centros comerciales, y este año los ‘malls’ ocupan más de 195 hectáreas en todo el territorio nacional. Por supuesto, son lindas tiendas con bellos pasillos, adornados e iluminados con las más altas y modernas técnicas de atracción comercial, pero que conllevan un costo, y es que allí los precios son, por lo general, más altos que en otros lugares. Y aunque no nos oponemos a la construcción de los centros comerciales, sí hacemos el llamado de atención para que los consumidores utilicen sus herramientas y no se conviertan en parte del consumismo mundial.

Por eso, hay que hacerse siempre la pregunta inicial: ¿es usted un consumidor responsable o un consumista irracional? Y la mejor respuesta se obtiene analizando y contestando las siguientes cuatro preguntas: ¿Admite usted su impotencia cada vez que compra?, ¿acepta usted completamente el hecho de que los intentos por parar de comprar han fallado?, ¿está usted consciente de que su consumismo lo ha convertido en una persona que no quiere ser?, ¿cree usted realmente que ha fracasado como consumidor responsable?

Ojalá que si en verdad usted es lo suficientemente honesto para aceptarse como consumista, encuentre un espacio en su ocupada agenda navideña para pedir ayuda y dejarse ayudar. Porque sólo sabemos que solo no puede.

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<> Este artículo se publicó el 14  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Consumismo rampante y sonante

La opinión del Empresario….

 

RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net

El consumismo es la nueva enfermedad del siglo XXI y es padecida por millones de personas que resultan impotentes ante la tentación de comprar lo innecesario y gastar insaciablemente en productos sin ningún valor para la economía personal y familiar. Es una forma de estimulación no necesaria, propia del capitalismo voraz, destinada como mecanismo de sostenimiento de una actividad improductiva creciente.

Con esta definición podemos sentenciar que en la actualidad la sociedad panameña se ha convertido en un caldo fértil de consumistas. Panamá es un país donde su gente entre más tiene, ¡más quiere! Y este consumo rampante y compulsivo involucra a personas enfermas que no responden a sus necesidades como individuos, sino más bien a una adicción similar a la de las drogas, que entre más lo hacen y de más maneras, más difícil es detenerlas.

La enfermedad del consumismo está siendo tipificada por la Organización Mundial de la Salud con respecto a sus síntomas y tratamientos. El consumista, por ejemplo, tiene una conducta irracional, es insaciable con rasgos caprichosos y se autoestimula al comprar por comprar. Se le encuentra principalmente en centros comerciales, aunque ya hay muchos que adquieren su cuota de adrenalina a través de las compras por Internet. Generalmente se justifican de los baratillos y ofertas, racionalizan su comportamiento con la adquisición de nuevas tarjetas de crédito y obtienen una inmensa satisfacción con el ruido de las cajas registradoras.

Para ellos no hay crisis ni excusas. Consumen por todo y por nada. Incluso, hay muchos que viajan al exterior para conseguir lo último en la moda y supuestamente pagan precios más económicos. Los hay de todos los tipos, raza, procedencia social y credo. Son verdaderamente unos animales compulsivos, obsesivos y egocéntricos, y nada los detiene.

Solo una aceptación del problema puede dar luces para su solución. Pero mientras tanto, son una pesadilla para la familia y una buena fuente de ingreso para los comercios. Sus funciones mentales y emocionales más elevadas, como la conciencia y la capacidad de pensar, son seriamente afectadas por su consumo enfermizo. El arte de vivir se reduce a un nivel de monotonía: salen de sus casas de manera desenfrenada a consumir salvajemente lo que encuentren. Son esclavos de sus impulsos y no piensan sino en comprar, comprar y comprar. Algunos se endeudan y cometen fechorías para mantener el vicio, y con el tiempo hasta el ‘shopping’ se les convierte en una experiencia de desesperación. Se encuentran entonces en las garras de una enfermedad que los obliga a comprar para vivir y a vivir para comprar. Manipulan a las personas y tratan de controlar lo que les rodea. Mienten, roban, engañan y se venden, si es necesario. Tienen que comprar a toda costa, y el fracaso empieza a invadir sus vidas. Parece una exageración, pero muchos llegan a estar en este estado mental.

Es una lástima que las fiestas navideñas, más allá de su significado y alcance religioso, constituyan la época privilegiada del año para enaltecer las actitudes consumistas. En estas fechas, las empresas sacan sus productos al mercado y bombardean al consumidor con sus mejores ventajas y cualidades envueltas en celofán brillantes de la publicidad. Es imposible no caer en las redes del consumismo y comprar solo los productos alimenticios que se necesitan para las cenas y comidas navideñas. Al final, con las largas listas de regalos para familiares, amigos, clientes, proveedores y colegas, se desvirtúa el propósito principal y el mes de diciembre nos pasa como un torbellino, y lo único que deja son gastos y deudas.

Durante este período, los establecimientos y grandes centros comerciales se abarrotan de público en horarios que dan la vuelta al reloj, y los consumistas caen presa del momento dejándose llevar por la publicidad y la ansiedad de adquirir más productos de los que necesitan. Y es que las Navidades son las fiestas consumistas por excelencia y son pocos los que preguntan si alguien todavía se acuerda del significado de las celebraciones de Adviento, de los villancicos y posadas, del nacimiento del Niño Dios o del sentido religioso de la Noche Buena. Aparentemente, todo está servido para que la gente compre, gaste y siga consumiendo, porque todo el mundo ahora quiere comprar y regalar.

Definitivamente, son muchos los que sufren esta enfermedad que tiene manifestaciones antieconómicas que dificultan su detección, diagnóstico y tratamiento. El consumismo de los panameños refleja además una sociedad inmadura, incapaz de elegir libremente, que se ha transformado en esclava y que la convierte en un juguete manipulado por intereses espurios y comerciales.

 

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<> Este artículo se publicó 7  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.