Posicionando a las instituciones del Estado

La opinión del  Empresario….


RAFAEL CARLES

A raíz de una opinión publicada recientemente en esta columna, sostuve una conversación con amigos periodistas de medios de comunicación sobre el impacto y el alcance del discurso del presidente Martinelli de cara a la inauguración del IV Foro de Agencias Gubernamentales de Defensa del Consumidor,  y su perspectiva para el posicionamiento favorable de las instituciones del Estado en la mente de los ciudadanos del país.

Sin duda, el esfuerzo de muchos funcionarios y la implantación oportuna y efectiva de políticas estratégicas contribuyen para que la población reconozca y califique a algunas instituciones de manera positiva. Pero esto no debe mirarse, bajo ninguna circunstancia, como la culminación de una etapa o el logro de algún objetivo específico.

Al contrario, llegar a ser instituciones reconocidas, aceptables y productivas del país simboliza el inicio de una nueva etapa de trabajo que se enfoca en la atención decisiva y en la solución inmediata de los problemas que más aquejan al país. Porque así como las encuestas arrojan cifras positivas y alentadoras, en ausencia de mecanismos eficientes de respuesta y de actitudes asertivas y de atención a la sociedad, también estas evaluaciones pueden dar un giro y reflejar lo contrario. Y tratándose de percepción, no hay segundas oportunidades.

Para explicar mejor el asunto sobre el posicionamiento de una marca, siempre me gusta referirme a lo que por medio siglo hizo que todos pensáramos que Volvo era la marca de auto más segura del mundo. El punto clave aquí es que nunca nadie preguntó, ¿por qué es el más seguro? La respuesta no tiene nada que ver con el diseño de cajón que representa al Volvo, ni la calidad de los materiales con que se fabrican, ni nada parecido. Entonces, ¿por qué su fuerte posición en la categoría de autos seguros? Todo inicio hace años cuando se realizó un estudio comparativo para determinar qué autos sufrían menos accidentes, y resultó que los Volvo estaban de primero en la lista, y se dedujo entonces que los Volvo eran más seguros. Por supuesto, los expertos del marketing no esperaron y tomaron rápidamente la idea y la colocaron en la mente de la gente. ¡Excelente!

Pero eso no es la verdad. El estudio anterior no contemplaba el análisis demográfico de los conductores de los autos. Y solo al extraer esa información —muchos años después—, se descubrió que la gente que compra un Volvo es estadísticamente de edad adulta y, por consiguiente, conducen más cuidadosamente. Esto es muy diferente a señalar que la seguridad de los Volvo es consecuencia de su diseño, de los materiales de fabricación o de cualquier otro proceso tecnológico que Volvo quiera aducir en sus campañas publicitarias de que sus autos son los más seguros. Pero ya es tarde: en la mente de la gente, Volvo sigue siendo el auto más seguro.

Igualmente ocurre en otras áreas donde la gente se hace ideas sobre personas, empresas o instituciones, y son estas percepciones las que al final cuentan a la hora de opinar o consultar. Por ejemplo, entre las instituciones con mayor credibilidad en el país se mencionan a la Iglesia Católica y algunos medios de comunicación. Históricamente, se han realizado encuestas que confirman lo anterior, y no importa qué ni cuánto hagan sus detractores, siempre marcan sólido en esa categoría específica. Lo mismo ocurre en el segmento negativo, en donde siempre la Asamblea Nacional y los partidos políticos marcan mal. Repito, esa es la percepción de la gente y al final eso es lo que cuenta.

Por tanto, es conveniente que las instituciones del Estado se posicionen en una categoría que impacte favorablemente la institucionalidad del país. Para ello, sus funcionarios deberán cumplir las leyes, trabajar con honestidad, dar la milla extra, procurar la equidad y la transparencia, crear mecanismos eficientes de trabajo, aumentar el bienestar de la sociedad, fortalecer el comportamiento competitivo del mercado, eliminar el juegavivo, defender los principios básicos de moralidad y decencia, y respetar los derechos de los consumidores. Solo así la gente percibirá y hablará bien de quien trabaje en y para el Estado.

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<> Este artículo se publicó el 30 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Antes de criticar, primero hay que saber

La opinión del Empresario…

RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net

 

Son muchos los que infundadamente se oponen a la Resolución No. 41,039 de la Junta Directiva de la Caja del Seguro Social, que establece la obligatoriedad del Plan de Prevención y Gestión de Riesgos Profesionales en todos los centros de trabajo del país.  Y tanto la han contrariado y argumentado que, a la fecha y a casi dos años de su promulgación y publicación en Gaceta Oficial, aún se resisten a implementarla y cada día la dilatan y postergan más.

Lo trágico es que aquellos que se oponen lo hacen por desconocimiento y pasan por alto que un Plan de Riesgos consiste precisamente en analizar y revisar los sistemas de trabajo para buscar nuevas y mejores formas de producción y operación, utilizando la innovación, la creatividad y el consenso como herramientas claves para el rediseño de los procesos.

Y es dentro de este contexto que surge la figura obligatoria del Plan de Prevención de Riesgos, la cual enfatiza que la salud del trabajador es importante en la cadena productiva y plantea la seguridad ocupacional no desde un punto de vista de costo financiero, como se hace actualmente, sino en torno a las múltiples oportunidades que tiene el propio trabajador que las ejecuta para producir resultados favorables para la empresa. Es necesario aclarar que este tipo de Plan no se contrapone a la calidad total o a ningún otro método que maximiza la productividad laboral, sino que examina cada proceso y es capaz también de contribuir sustancialmente al logro de los objetivos financieros y organizacionales de la empresa.

En el ámbito mundial y nacional, las incapacidades por accidentes de trabajo constituyen un problema por los costos que generan a la seguridad social. Actualmente existen estudios que permiten proponer estrategias para mejorar dichos problemas; se sabe, por ejemplo, que el déficit de la seguridad social tiene su origen, entre otras causas, en el impacto del pago de las incapacidades.

En Panamá las incapacidades representan un problema deficitario para la CSS, quien debe destinar parte de los recursos a la atención de daños a la salud y a la prestación económica correspondiente.

Los accidentes de trabajo repercuten en el aumento de los días de incapacidad, las consultas clínicas y urgencias, los auxiliares de diagnóstico y la rehabilitación, con lo cual se elevan los costos de atención médica. Según los resultados de algunos informes históricos acerca de los accidentes laborales según el tipo de industria o actividad económica, cada día ocurren con mayor frecuencia y mayor gravedad, lo que afecta también la relación de la calidad de la atención médica con respecto al número de incapacidades, las características del asegurado y el tipo de padecimiento.

Existen otros factores que se han asociado con las incapacidades, en los que se involucra tanto al médico como al patrono y al asegurado, y que reconocen y sustentan la pérdida de bienestar económico del trabajador y de rentabilidad de la empresa cada vez que ocurren accidentes de trabajo. Desafortunadamente, los detractores de la Resolución No. 41,039 no investigaron esta realidad y obviaron los cálculos sobre la prevalencia de los accidentes de trabajo en Panamá y de los factores de riesgo relacionados, donde fácilmente se observa que la magnitud de los riesgos profesionales es consecuencia de las condiciones inseguras existentes en los lugares de trabajo.

Igualmente, esta misma conclusión se obtiene cuando se contrasta la resistencia de los empleadores y su limitada vocación hacia la salud e higiene ocupacional, con el número de accidentes de trabajo, el número de enfermedades profesionales, la cantidad de defunciones y de incapacidades permanentes. Es decir, el tema de oponerse porque sí a la obligatoriedad del Plan de Prevención y Gestión de Riesgos Profesionales refleja una actitud inmadura que ralla en lo intransigente, que además pasa de la mera ignorancia a un estado de total negligencia.

Ante esta problemática y temeraria postura, es oportuno recordar que el objetivo esencial de la Resolución No. 41,039 es la implantación obligatoria de un Plan de Prevención y Gestión de Riesgos Profesionales que ayude a los empleados a tener un ambiente seguro y saludable de trabajo, que permita a las empleadores alcanzar niveles de rentabilidad como resultado de mejoras a sus procesos y sistemas productivos, y que garantice a las autoridades de la CSS la obtención de información oportuna que promueva la atención efectiva de incapacidades por causa de accidentes y enfermedades de trabajo.

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<> Este artículo se publicó el 23 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Lecciones de Termodinámica para consumidores

 

La opinión del Empresario….

RAFAEL CARLES  
rcarles@cableonda.net

Son dos mil trescientos cincuenta pasos desde la puerta de mi casa hasta la entrada del supermercado más cercano, el cual me suministra los doce meses del año una abundancia modesta de vegetales, verduras y frutas de todas las clases.   Sin duda, no existe argumento válido en contra de los placeres y las ventajas que tiene para el paladar, el espíritu y la mente el consumo de productos locales, frescos y de temporada.

Pero la globalización y las formas modernas de producción y distribución de alimentos ha dado pie al surgimiento de reglas arbitrarias y sin ninguna base científica real, de parte de organizaciones ecológicas que utilizan la palabra sostenibilidad a su antojo, y desconocen la ciencia de la energía y del uso de la tierra.   Como resultado escuchamos todo tipo de señalamientos absurdos como, por ejemplo, que es un pecado comprar una papa importada de Idaho, por aquello del exceso de energía consumida en el transporte desde Estados Unidos, y alegremente señalan que es más amigable para el ambiente comprar una cultivada en Tierras Altas de Chiriquí.

Las estadísticas de estos defensores del planeta son utilizadas muy selectivamente y tienden a ser engañosas. Una cifra muy mal usada es la de 40 calorías de energía de combustible fósil requerida para transportar una caloría de alimento desde California al puerto de Balboa.   No solo comparan manzanas con peras, o peor, aún manzanas con rocas, sino que el petróleo no se come y la comida no se quema. Un número utilizado de esta manera es una mala representación de la realidad, porque refleja el costo de la energía total en toda la cadena productiva a partir de la siembra de la semilla, no solo la consumida durante el transporte. Los estudios demuestran que se requieren 3000 calorías de energía para producir una libra de lechuga, independientemente de que ésta sea cultivada en California o en Tierras Altas, o si es orgánica o convencional. Y teniendo en cuenta el nivel de eficiencia de los trenes y camiones, el envío de una cabeza de lechuga de California a Panamá aporta casi nada a la factura energética total.

Lo cierto es que una cucharada de diesel es suficiente para mover una libra de carga tres mil millas por ferrocarril, lo que representa unas 100 calorías de energía. Si se moviera por camión serían unas 300 calorías, aún una cantidad insignificante considerando que el transporte representa el 14 por ciento de la energía total consumida por el sistema alimentario mundial. Igualmente, la cuota de energía de los fertilizantes y productos químicos utilizados en la agricultura moderna es aún menor, alrededor del 8 por ciento. La verdad es que el consumo real de energía no está en la agricultura, sino en el consumo:   la preparación y el almacenamiento representan el 32% del uso total de energía en nuestro sistema alimentario, el componente más grande.

El viaje de 2 kilómetros en auto al supermercado más cercano me consume fácilmente unas 5 mil calorías de energía de combustible fósil. Tener el refrigerador conectado por una semana consume 9 mil calorías de energía. Estufas, lavaplatos y congeladores (más del 25% de los hogares panameños tienen uno) constituyen más del 20% de todos los gastos de energía en Panamá.

La agricultura, por otra parte, representa tan solo el 4% del consumo de energía de nuestro país.   A cambio, más de tres millones de personas son alimentadas y no olvidemos el hecho de que la superficie total de tierras productivas ha permanecido casi sin cambios desde hace más de medio siglo, a pesar de que hemos tenido que alimentar a tres veces más panameños y exportar más de 10 veces lo que hacíamos en 1960.

La mejor manera de sacar el máximo provecho a la agricultura es cultivar alimentos en los lugares donde crecen mejor y con las tecnologías más eficientes, y luego pagar el costo de energía relativamente pequeño para llegar al mercado, como hacemos con cualquier otra mercancía en la economía. A veces eso significa que el cultivo se siembre y coseche en el patio trasero o en el huerto comunitario, y a veces eso también significa comprar frutas y vegetales cultivados en California o en Chile.   La energía que se gasta en la agricultura moderna es una de las inversiones más sabias que podemos hacer, cuando se examina honestamente lo que devuelve a nuestra economía, nuestro entorno y nuestro bienestar.

 

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<> Este artículo se publicó el 16 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Los pecados de omisión

La opinión del Empresario….

RAFAEL  CARLES
rcarles@cableonda.net

Existe una parábola en la Biblia en donde Jesús hace un llamado a la vigilancia, así como a la responsabilidad de los dones y las gracias recibidas.   Y nos dice que un hombre rico se marchó a su tierra y, antes de partir, dejó a sus siervos todos sus bienes para que los administraran y les sacaran rendimiento. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad.

El talento era una unidad contable que equivalía a unos cincuenta kilos de plata, y se empleaba para medir grandes cantidades de dinero. En tiempos bíblicos, el talento era equivalente a unos seis mil denarios; un denario aparece en los Evangelios como el jornal de un trabajador del campo.   Aún el siervo que recibió menos bienes (un talento), obtuvo una cantidad de dinero muy grande.   Una primera enseñanza de esta parábola es que hemos recibido bienes incontables de parte de Dios.

Se nos ha dado, entre otros dones, la inteligencia, el tiempo y bienes materiales, todos para que nos sirvan de instrumento para sacar adelante obras buenas, a favor de la familia, de la sociedad, de los más necesitados. En otro plano, incomparablemente más alto y de más valor, hemos recibido la vida, una herencia de la que nos pedirán cuenta al final de nuestros días. Es decir, no somos dueños sino administradores de unos dones divinos.

De nosotros se espera una bien administrada hacienda y un buen rendimiento de lo recibido. Y el premio será inmenso: esta parábola enseña que lo mucho de nuestra vida en la tierra, es poca cosa en relación con el premio del Cielo. Así actuaron los primeros dos siervos, cuando hicieron buen uso de sus talentos y ganaron la felicidad eterna.

El tercero de los siervos, por contraste, enterró su talento en la tierra y no negoció con él: perdió el tiempo y no sacó provecho.   Su vida estuvo llena de omisiones, de oportunidades no aprovechadas, de bienes materiales y de tiempo malgastados.   Fue su existencia un vivir inútil en relación con lo que realmente importaba; quizá estuvo ocupado en otras cosas, pero no llevó a cabo lo que realmente se esperaba de él.

Enterrar el talento que nos han confiado es tener capacidad de amar y no haber amado, poder hacer felices a quienes están junto a nosotros y dejarlos en la tristeza y en la infelicidad; tener bienes y no hacer el bien con ellos; poder hacer productivos los fines de semana para cultivar la amistad y dejarse llevar de la comodidad y del egoísmo en un descanso parrandero. Sería triste en verdad que, mirando hacia atrás, contempláramos una gran avenida de ocasiones perdidas y que viéramos improductivas la capacidad que nos han dado por pereza, dejadez o egoísmo.

Hay que convencerse de que no basta ni es suficiente no hacer el mal, sino que es necesario negociar el talento y hacer positivamente el bien. Para el estudiante, hacer rendir los talentos significa estudiar a conciencia, aprovechando el tiempo con intensidad, sin engañarse neciamente con la ociosidad de otros, ganando buenas notas con constancia y esfuerzo. Para el profesional, hacer rendir los talentos significa realizar un trabajo ejemplar, intenso, en el que se tiene presente la puntualidad y la productividad. Para el funcionario público, hacer rendir el talento sería actuar con transparencia, servir al país con honestidad, dar la milla extra y no aprovecharse de su despacho para realizar negocios turbios. Dios espera igualmente una conducta intachable de nuestros gobernantes, para que se apeguen a las leyes, al respeto a la vida, la educación, la familia, etc.

Poner en juego los talentos recibidos abarca todas las manifestaciones de la vida personal y social. Hemos de ejercitar esas cualidades en la iniciativa para vencer falsos respetos humanos y provocar una conversación que anima a nuestros semejantes a mejorar en su vida espiritual o profesional, en su carácter o en sus deberes familiares. Miremos si verdaderamente nos sentimos administradores de los bienes divinos que nos han confiado, si sirven para el bien o si, por el contrario, los empleamos en compras inútiles, innecesarias o incluso perjudiciales.

No sabemos hasta cuándo se prolongarán esos días que forman parte de los talentos recibidos. Pero mientras tengamos vida, asegurémonos de que en cada jornada saquemos mucho rendimiento a los dones que se nos han puesto en nuestras manos.

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<> Este artículo se publicó el 9 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Por sus frutos los conoceréis

La opinión del Empresario….

 

RAFAEL   CARLES
rcarles@cableonda.net

La historia está llena de falsos profetas que han llevado a muchos a la ruina espiritual. En la Biblia, por ejemplo, se hace referencia a los malos pastores que engañaron y desorientaron al pueblo de Israel, descarriándolo con mentiras y jactancias. En la actualidad, también existen estos llamados falsos doctores y se les encuentra sembrando malas semillas, causando desconcierto, creando peligro, y ocupando altos cargos públicos y de prestigio.

Pues, hay que tenerles cuidado, porque se acercan con piel de oveja y por dentro son lobos rapaces. Además, causan mucho daño en las mentes y las conciencias de las personas, y los que se acercan a ellos en busca de luz encuentran oscuridad, y los que buscan fortaleza hallan incertidumbre y debilidad.   No en vano desde los tiempos antiguos nos dicen que tanto los verdaderos como los falsos enviados se conocerán por sus frutos: ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?

Por eso hay que estar vigilantes de las doctrinas engañosas de estos profetas falsarios, pues no siempre será fácil distinguirlos. Mi sugerencia es que cada persona fortalezca su conciencia, practique una vida ejemplar, quiera la verdad sobre todas las cosas, comprenda y atienda al prójimo, y sea gente de bien. Una vida así, de abundancia espiritual, siempre trasciende en beneficio de los demás.

Si por alguna razón, este estilo de vida se descuida y las personas se descarrilan, sus corazones se reducen a nada y sus frutos se tornan amargos e indignos de ser compartidos. No es suficiente entonces dar consejos ni profesar doctrinas vacías, cuando en el fondo el mensaje anda a ras de tierra y carece de fundamento.   Cuando las personas no practican los principios de honestidad, convivencia y esperanza, y carecen de fe, por ejemplo, su piedad personal desaparece y no producen las obras buenas que se esperan de cada una de ellas.

Así como el hombre que excluye de su vida a Dios se convierte en árbol enfermo con malos frutos, la sociedad que pretende desalojar a Dios de sus costumbres y de sus leyes produce males y gravísimos daños para los ciudadanos que la integran. Sin una vida interior rica en valores es imposible que sean buenas las costumbres de un Estado. Surge al mismo tiempo un fenómeno parecido al paganismo que quiere suplantar la moral basada en principios trascendentales, por ideales y normas de conductas meramente humanos, que acaban siendo infrahumanos y descabellados.   A la vez, tratan de relegar a Dios al interior de las conciencias y se ataca, con agresividad y rabia, a la Iglesia, al Papa y a quien sea que huela a bueno.   Y es en este contexto que florece una corriente de aprovechadores, cuya manifestación negativa siempre la disimulan en torno a una doctrina de supuesta salvación o liberación.

No es raro entonces que en estos tiempos muchos políticos descarados, doctores resentidos o dirigentes frustrados queden dando discursos o escribiendo mensajes, y logren sustraer al hombre, a la familia y al propio Estado del influjo regenerador de un Poder Superior.   No es de extrañar entonces que aparezcan señales cada vez más evidentes de la corruptora falsedad del viejo fanatismo. Esas señales son contundentes también en muchas familias de gran tradición y raigambre religioso, que reflejan un apego a lo insano a través del aumento alarmante de divorcios, abortos, agresividad, desprecio de la moralidad pública, corrupción, consumismo, etc. Y ni hablar de aquellos que al salir del armario, exigen aceptación e igualdad, cuando en la realidad lo que buscan, Natura no se los puede dar.

Al entrar en este círculo vicioso incontenible, el hombre y la sociedad se deshumanizan y se degradan hasta lo más hondo de la inmoralidad, apartándose del amor y de todas las leyes que sirven para la conservación de la naturaleza humana.  Antes frutos tan amargos, nuestra responsabilidad es responder a la llamada de un Dios y convertirnos en sal y luz allí donde estamos, por pequeño que pueda ser o parecer el ámbito donde se desenvuelven nuestras vidas. Esa es la única forma en que vamos a encontrar nuestra propia dignidad y alcanzar el fin para el que fuimos creados.

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<> Este artículo se publicó el  2  de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Instituciones sólidas, desarrollo sustentable

La opinión del Empresario….

RAFAEL   CARLES

Todo plan de desarrollo sustentable debe basarse en una profunda comprensión de las reacciones humanas ante los incentivos económicos que reciben. La conducta económica humana está íntimamente asociada a su percepción de los efectos de las políticas económicas vigentes.

Hace unos años participé en un debate de la Universidad de Northwestern en Chicago sobre los posibles efectos de un cambio en la cultura gerencial en General Electric. Jack Welch, el presidente saliente, creía firmemente en un liderazgo basado en decisiones consensuadas con el apoyo de numerosos comités y asesores, mientras que su reemplazante creía en líneas de mandos directas y en decisiones personales de sus ejecutivos. Suprimió los comités, despidió a la mayoría de los asesores y comunicó a los ejecutivos remanentes que en un año la mitad de ellos no estarían en sus puestos. Conforme con este mensaje ordenó su retransmisión a todos los empleados de la empresa. Todos los participantes del seminario expresamos indignación por esta última forma de liderazgo, aparentemente tan poco humana. Welch se retiró posteriormente aclamado como uno de los mejores ejecutivos en la historia de los Estados Unidos.

Estos ejemplos muestran lo complejo de tratar de encasillar las respuestas humanas ante los incentivos económicos que reciben. La falta de comprensión de este tema ha oscurecido tradicionalmente el debate económico en Panamá.

El interés en el análisis del comportamiento económico humano es muy antiguo y formó parte originalmente del estudio de la ética. El estudio de la economía como ciencia independiente es reciente. La teoría económica dominante plantea que el ser humano actúa en forma racional frente a los incentivos económicos, buscando maximizar sus niveles de bienestar y de ganancias, y que en la búsqueda de su propio interés individual —en condiciones de competencia perfecta— logra el bienestar colectivo.

A pesar de que la evidencia empírica ratifica en forma contundente este comportamiento económico por parte de la mayoría de los individuos, el ser humano rechaza con indignación que su comportamiento económico sea egoísta, frío, calculador y codicioso. Busca siempre postular sistemas económicos alternativos, aparentemente menos egoístas.

J. Schumpeter planteó, hace ya más de medio siglo, que los problemas del capitalismo no surgían de su ineficiencia, sino de su ‘falta de mística’. Sin embargo, comportamientos individuales racionales pueden no llevar al bienestar colectivo cuando rige la ‘ley de la selva’. W. Pareto postuló a principios del siglo XX que los seres humanos se dividían entre aquellos que dedicaban su tiempo a la producción y transformación de bienes y los que lo dedicaban a apropiarse de dichos bienes. Estos últimos compiten entre sí para expoliar a los más débiles y, en el equilibrio final, determinados grupos ‘protegen’ a sus víctimas de las agresiones de otros. Esta ‘protección’ tomó a través del tiempo muchos nombres: señores feudales, señores de la guerra, mafias, etcétera.

Las instituciones son los límites diseñados por el hombre para estructurar la interacción humana y reflejan la reacción de los pueblos para protegerse de la acción de estos grupos. Ese es el Estado de Derecho y las instituciones forman la estructura de incentivos de una sociedad al ser las determinantes subyacentes del desempeño económico. El funcionamiento eficiente de un sistema legal que proteja los derechos de los habitantes y la realización de acuerdos contractuales es un prerrequisito para el funcionamiento eficiente de los mercados y contribuye al logro del bienestar colectivo.

La experiencia panameña a través de los años muestra cómo se han ido destruyendo, una a una, muchas de las instituciones y el Estado de Derecho, afectando en forma perversa el funcionamiento tanto del mercado como de la sociedad en su conjunto. Restaurarlas es condición necesaria, pero no suficiente para alcanzar el desarrollo sustentable. Modificar conductas, eliminar la ‘viveza criolla’, fortalecer la educación y aplicar políticas económicas adecuadas constituyen elementos esenciales de todo plan de desarrollo. Es necesario liberar las capacidades creativas del ser humano.

Por razones de especialización, los empresarios deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a hacer lo que mejor hacemos: producir en la forma más eficiente posible, incrementando la competitividad, creando empleo, maximizando las ganancias y cumpliendo con nuestras obligaciones legales —sin engaños— en un marco competitivo. Y los gobernantes, a su vez, deberían cumplir con sus funciones, y enmarcarse a la letra y el espíritu de la Ley. Esto es lo que ha demostrado ser lo más justo y eficiente para resolver los problemas económicos y sociales que enfrenta un país.

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<> Este artículo se publicó el 26 de octubre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Decisivo apoyo a todos los consumidores

La opinión del Empresario….

RAFAEL CARLES

Desde que Ernesto Pérez Balladares creó la CLICAC, en 1996, a través de la Ley 29 y Martín Torrijos la fortaleciera en 2007 por medio de la Ley 45,   ningún presidente de la República había sido tan elocuente y enfático con su responsabilidad de proteger el bienestar de los consumidores como sucedió con Ricardo Martinelli durante la reciente inauguración del IV Foro de Agencias Gubernamentales de Protección al Consumidor.

En esta ocasión, al presidente Martinelli no le faltaron municiones para declarar la guerra a las grandes corporaciones que históricamente han abusado de la buena fe de la población.   Y en el camino felicitó a los directivos y funcionarios de la ACODECO por el buen trabajo que realizan en defensa de los consumidores y la libre competencia.

El presidente Martinelli dio cátedra y mostró su experiencia en el tema al recordar a la audiencia sobre la existencia por muchos años de los cárteles del azúcar y de la harina, y de la gran cantidad de comerciantes e industriales que se ponían de acuerdo para fijar precios y orquestar el mercado. ‘Lo normal era que en la Cámara de Comercio, en un Club Rotario o en cualquier actividad social se compartiera información de precios para luego arreglar las cosas’, en clara alusión a lo que se hacía en Panamá antes de 1996 y a una cita célebre de Adam Smith de su libro ‘La Riqueza de las Naciones’, escrito hace más de doscientos años.

Y en acto seguido, Martinelli se dirigió a Pedro Meilán, administrador de la ACODECO, quien se encontraba a su flanco izquierdo y le advirtió ‘cáigale a todos ellos, porque en este Gobierno no hay ni fuero, ni privilegios, bien sean los más ricos o quienes tengan que ser, o bien sean los que se creen que están por encima de la ley.   No tenga miedo y cáigale a todos esos que usted crea que debe caerles’.   Con apoyos directos como éste, además de hacerlo público delante de un par de centenares de asistentes foráneos y en medio de la máxima autoridad de los otros dos órganos del Estado, nuestro amigo Meilán tiene luz verde para proceder por el camino de la fiscalización (‘enforcement’), y resolver de una vez por todas los males que causan que miles de panameños reciben tratos injustos y condiciones abusivas por parte de agentes económicos en el mercado.

Además, las palabras del mandatario son claves, porque nos ayudan a entender el punto exacto en el que Panamá se encuentra actualmente y permite a los funcionarios de la ACODECO acercarse a una solución definitiva del problema. Porque es cierto que el verdadero impulso del crecimiento y del desarrollo del país se logra como consecuencia del flujo de la inversión privada, pero también es cierto que las leyes se crean para cumplirlas, porque también permiten una atmósfera de trabajo, de producción y de productividad.

Allí es donde está la verdadera clave del discurso del presidente, en destacar el valor de la competencia como instrumento para transformar nuestra sociedad. Y que los comerciantes comprendan que no deben realizar combinaciones ilegales para burlar la relación de consumo, que no deben limitar la información que permite la comparación y la selección de productos, que no deben engañar ni incitar a los consumidores a comprar bienes innecesarios, que no deben colocar imprecisiones en las etiquetas, que no deben desatender las garantías de los productos, que no deben acaparar mercancía ni tampoco deben inflar, ni manipular los precios.    Es decir, Martinelli nos invita a que todos participemos de una cultura cuya visión se enfoca fundamentalmente en la transparencia y la equidad.

Pero para que esto florezca, debe existir primero un compromiso ineludible por parte de las instituciones llamadas a defender y proteger el bienestar de los consumidores. Muy acertadamente lo expresó el presidente estadounidense Kennedy en 1962, cuando se refirió a que los consumidores son el grupo económico más grande en la economía, afectando y siendo afectados por casi todas las decisiones económicas públicas y privadas… pero son el único grupo importante… cuyos puntos de vista a menudo no son escuchados.   Considero que con el espaldarazo que Martinelli le dio esa mañana inolvidable a la ACODECO, no queda ninguna duda de en qué lado se encuentra el péndulo del poder en estos momentos.

 

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<> Este artículo se publicó el 19  de octubre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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