El buen samaritano: II

La opinión del Empresario….

 


RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net

Recibí muchos comentarios la semana pasada sobre mi columna acerca de la parábola del Buen Samaritano y decidí retomar el tema, precisamente porque nos encontramos en una época que permite y facilita la reflexión.

En los tiempos antiguos existía la incertidumbre sobre el término prójimo. No se sabía a ciencia cierta si se refería a los del propio clan familiar, a los amigos, a quienes pertenecían al pueblo de Dios, etc. Había diversas respuestas. Por eso, el doctor de la ley le pregunta a Jesús: ‘¿y quién es mi prójimo?, ¿con quién debo tener esas muestras de amor y de misericordia?’.

A través de esta bellísima parábola, se nos explica el significado y alcance de la palabra prójimo: el prójimo es un hombre, un hombre cualquiera, alguien que tiene necesidad de mí. No se hace ninguna especificación de raza, amistad o parentesco. Nuestro prójimo es cualquiera que esté cerca de nosotros y tenga de necesidad de ayuda. Nada se dice de su país ni de su cultura, ni de su condición social: homo quidam, un hombre cualquiera.

En el camino de nuestra vida vamos a encontrar gente herida, despojada y medio muerta, del alma y de cuerpo. La preocupación por ayudar a otros nos sacará de nuestro camino rutinario, de todo egoísmo, y nos ensanchará el corazón guardándonos de caer en la mezquindad. Encontraremos a gente dolorida por falta de comprensión y de cariño, o que carece de los medios materiales más indispensables; herida por haber sufrido humillaciones contra la dignidad humana; despojada, quizá, de los derechos más elementales: situaciones de miseria que claman al cielo. Por eso, una persona que dice ser cristiana nunca puede pasar de largo, como hicieron algunos personajes de la parábola.

También encontraremos cada día a ese hombre al que han dejado medio muerto, porque no le enseñaron las verdades más elementales de la fe, o se las han arrebatado mediante el mal ejemplo, o a través de los grandes medios modernos de comunicación al servicio del mal. No debemos olvidar en ningún momento que el bien supremo del hombre es la fe, que está por encima de todos los demás bienes materiales. Y procuraremos dar, junto a los bienes de la fe, todos los demás: los de la cultura, la educación, la formación del carácter, la moralidad en las costumbres, el anhelo de justicia social, expresiones vivas y concretas de una caridad rectamente entendida.

Las personas no deben desatenderse del bienestar humano y social de tanta gente necesitada, y tampoco deben dejar en un segundo plano esa preocupación por iluminar las conciencias en cuanto a la fe y la vida espiritual.

Y continúa la parábola: lo vio y pasó de largo. Los que pasaron de largo no hicieron un nuevo daño al hombre malherido y abandonado, como terminarle de quitarle lo que le quedaba, insultarle, etc. Iban a lo suyo —quizá cosas importantes— y no quisieron complicaciones. Dieron más importancia a sus asuntos que al hombre necesitado. Su pecado fue ése: pasaron de largo.

Dios nos pone al prójimo, con sus necesidades concretas, en el camino de la vida. El amor hace lo que la hora y el momento exigen. No siempre son actos heroicos, difíciles; con frecuencia son cosas sencillas, pequeñas muchas veces, pues esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino ante todo, en la vida ordinaria. En prestar un pequeño servicio, en dar un poco de aliento a quien hemos encontrado desalentado, en una palabra amable en la que mostramos nuestro aprecio, en una sonrisa, en indicar con amabilidad la dirección de una calle que nos han pedido, en escuchar con interés.

Los quehaceres de este buen samaritano pasaron por unos momentos a segundo término, y sus urgencias también: empleó su tiempo, sin regateos, en auxiliar a quien lo necesitaba. Es decir, no solo debemos estar dispuesto a compartir nuestro tiempo, sino también nuestras aficiones personales, nuestros gustos deben ceder ante las necesidades de los demás.

Y la parábola concluye con una lección cordial dirigida al doctor: Ve y haz tú lo mismo. Sé el prójimo inteligente, activo y compasivo con todo el que te necesita. Es una lección que apunta directamente a todos nosotros, para que acabemos con la indiferencia y las discriminaciones. Ya lo sabemos: ¡el prójimo es cualquiera!

 

 

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<> Este artículo se publicó 28  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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