Indulgencias

La opinión de…

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Adrienne Samos


Saludable y muy necesaria es la discusión pública, desencadenada en todo el mundo democrático, acerca de la actual crisis de la Iglesia católica. Alegra saber que Panamá no es la excepción, como lo han demostrado estas páginas en las últimas semanas.

Quiero aprovechar el momento para citar a Hendrick Hertzberg, lúcido analista político que escribe con frecuencia en la revista New Yorker. Sus observaciones en torno a la conducta inadmisible del poder eclesiástico me parecen clave para entender la gravedad histórica de este dilema.

“La crisis no tiene que ver con la doctrina, al menos no directamente. Tiene que ver con la administración, con la estructura de poder en el seno de la Iglesia católica, con la cultura insular y autoprotectora del clero. Y, por supuesto, como casi todas las controversias que preocupan y asedian a la Iglesia –el aborto, la investigación con células madre, los anticonceptivos, el celibato, el matrimonio, el divorcio y la orientación afectiva– tiene que ver con el sexo”.

“Tiene que ver también con la indulgencia: la indulgencia institucional –cambiante pero sistémica– hacia la explotación sexual de niños por curas. Este patrón saltó a la conciencia pública hace un cuarto de siglo en Estados Unidos, cuando un cura de Louisiana se declaró culpable de 33 cargos delictivos contra niños y fue sentenciado a prisión.

Desde entonces se han dado miles de casos similares, tanto civiles como criminales, involucrando a muchos miles de niños y redundando en acuerdos extrajudiciales que suman más de dos mil millones de dólares y que han llevado a varias diócesis a la quiebra. En 1992, Richard Snipe, un psicoterapeuta católico e investigador, que fue cura y monje benedictino durante 18 años, dijo en una conferencia de víctimas que las “actuales revelaciones de abuso son la punta de un iceberg, y si el problema se investiga hasta sus cimientos, el camino llevará a los pasillos más altos del Vaticano”.

“Estos últimos años han visto una cascada de revelaciones en muchos países (…) y en estos últimos meses la cascada se ha convertido en un diluvio. La predicción de Snipe demostró ser verdad”.

“La Iglesia católica es una institución autoritaria modelada por las estructuras políticas del Imperio Romano y la Europa medieval (…) Es monolítica. Sus líderes están protegidos por una nube de misterio, pompa, santidad y, en el caso del Papa, infalibilidad (…) La jerarquía de una institución como esta naturalmente se resiste a admitir su inmoralidad y considera todo escándalo sórdido como una amenaza mortal. Igualmente importante: el gobierno de la Iglesia es por completo masculino”.

“No es ‘anticatólico’ suponer que estas cosas se relacionan con la extraordinaria dificultad que tiene la Iglesia para lidiar con el abuso sexual perpretado por el clero. Las injusticias que ahora enturbian a la Iglesia católica son más vergonzosas que las que tanto indignaban a Lutero [quien hace medio milenio protestó contra las indulgencias papales, entre otros abusos].

Pero la sociedad en la cual se incrusta la Iglesia se ha vuelto mucho más libre. En la medida en que la Iglesia logre purgar su vergüenza –sus pecados, sus crímenes– tendrá una deuda de gratitud con los abogados, los periodistas y, sobre todo, con las víctimas y sus familias, quienes han tenido el coraje de perseverar, en contra de una tremenda resistencia, hasta obligarla a hacerse responsable. Sin esos esfuerzos, el sufrimiento de miles y miles de niños todavía sería un secreto. El mundo moderno –en buena medida democrático, laico, liberal y pluralista– contra el cual la Iglesia se ha enfrentado tan a menudo, ha resultado ser su mejor maestro… y el salvador, podría decirse, de sus comulgantes más vulnerables y confiados”.

Amén.

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Este artículo se publicó el  9  de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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