Nosotros, los forasteros

Nosotros, los forasteros

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DAMIÁN BARCELÓ

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Yo, Damián Barceló, español de Mallorca, pedazo de magma que se volvió isla en el mar mediterráneo, entre Europa y África, es, hoy, estremecedora potencia turística asentada sobre cinco mil kilómetros cuadrados que conforma la isla mayor (Mallorca), otra que le sigue en dimensión (Menorca), la tercera es Ibiza —nombre que le puso Cartago cuando su potencia arriendaba incluso a la soberbia Roma. —Formentera la penúltima— frutal y rica en trigos, por lo que los romanos la llamaron Frumentaria. Queda la más chiquita, bautizada Cabrera por la Roma Imperial, paseada de cabras salvajes que toman poses de pasarela cuando se asoman a los altos riscos que otean el mar.

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España tiene una superficie de quinientos mil kilómetros cuadrados. Las Islas Baleares —conjunto de las cinco islas descritas— constituyen una centésima parte del territorio español.
Mallorca tiene un solo aeropuerto, que en 24 horas de temporada alta es suficiente para que en él aterricen mil setecientos aviones. Sirve a nueve millones de pasajeros. Tres o cuatro Menorca e Ibiza, que obviamente tienen aeropuerto cada una, pues, a las islas solo se accede por mar o por el aire.

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Esas migajas de territorio —el 5% de mi Patria— gobiernan más del 30% del turismo de España, que recibe más de 40 millones de viajeros al año.
No escribo esto para magnificar la potencia turística española ni para envanecer a la docena de mallorquines que han hecho el milagro, porque, y aquí está la gracia, el Estado fue el primer sorprendido por el éxito fulgurante de esa docena de personas —o menos de la docena— que en los veinte últimos años han hecho del Mar Caribe su “Posada y Fonda”.
Quiero honrar los nombres de Barceló Hoteles (Don Gabriel y don Sebastián), que sin paracaídas aterrizaron en la República Dominicana y crearon Bávaro. Les siguió don Luis Riu con sus hijos Luis y Carmen. Luego Sol Meliá, donde aún manda don Gabriel Escarrer Juliá. Le sigue don Miguel Fluxá —cuerpo y alma de Iberostar, Iberojet— y, para terminar con la gran saga, he de nombrar los hoteles Fiesta, surgidos de Abel Matutes, ministro que fue del Gobierno español cuando lo presidía Aznar.

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Los Barceló construyeron la carretera Higüey-Punta Cana y todos los demás la transitaron para ir poniendo huevos en el cesto de Bávaro primero y después se corrieron a otros bellos entornos de la isla dominicana. Sea bueno decir que Bávaro es obra de Dios descubierta por mí, que mantengo mi primacía de “veedor” de este espacio antes que nadie.

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De la experiencia dominicana saltó el anhelo de “más Caribe” y atisbos de Pacífico. La orillada caribeña se pobló de resorts que van desde Miami hasta la Patagonia, dando servicios a todo el mundo. Cuba ha sido rancho aparte y amerita un artículo en el que yo puedo decir más que algo.

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Para escribir las presentes cuartillas destinadas a Panamá quiero decir que su estatus hispano—gringo va a producirle cuantiosos réditos turísticos, por lo menos los cinco próximos años, que a mi juicio serán levadura para afincar definitivamente al país en la órbita de los enclaves más importantes del Caribe.

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Yo diría que “ahora o nunca” , recordando que se han de tomar los trenes a su hora si no se quiere estar “estacionado”.

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A mi juicio la hora turística de Panamá llegó por obra y gracia de la ampliación del Canal para multiplicar la oferta de servicios canaleros. La multinacional española Sacyr Vallehermoso y asociados ha de recibir más de cuatro mil millones de dólares por la ampliación del tajo y la adición de dos nuevas esclusas. Obra de gigantes en la que su ciencia y experiencia se multiplicará mediante subcontratas, que absorberán partes de la obra. A pie quedo hay no solo empresas españolas, sino italianas, japonesas, inglesas, chinas, etc., etc., querenciosas de catar el pastel del beneficio empresarial, que es tan lícito como rezar un Padrenuestro.

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Esos miles de técnicos, esas legiones que durante cinco años moverán todo el sistema del Canal, necesitarán hoteles para vivir y sestear, aventuras para recrear el cuerpo y el alma, restaurantes de toda especie, varios miles de trabajadores panameños desde el más ignorante al mejor preparado.

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Así podremos decir que “El canal somos todos” y en él, en su regiduría, veremos la magnitud del “cambio” que el pueblo soberano ordenó al nuevo presidente, repudiando conductas de políticos que tomaron al pueblo por rebaño y lo esquilaron sañudamente sin penitencia y sin rubor.

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Al costado de esa gran fauna se desplegaron bandas criminales que a la vida normal le pusieron susto y riesgo: raptos, violaciones, asesinatos encuadrillados, policías corruptos, ladrones que incluso desenterraban conductos eléctricos de cobre sin que la Autoridad pusiera remedio.

Hasta 30 toneladas de una composición estatuaria desaparecieron como por arte de encantamiento. El milagro del vuelo del cobre hecho arte sigue en los empíreos, en su forma artística o convertida ya en rebanadas o en lingotes.

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Cambio es que la anormalidad no sea normal.
Cambio es dotar a la Policía no solo de una inspección interior permanente, sino de elementos disuasorios que respondan con el mejor armamento a quienes sojuzgan la seguridad ciudadana.
Cambio es cumplir con las dos vertientes de la justicia, tal como las definiera el Rey español Alfonso X El Sabio: “Justicia es dar al bueno el premio del bien y al malo el castigo que merece el mal”.
Sepamos que premiar al bueno es insuficiente. La justicia se completa al castigar al malo. Si no, el cambio solo sería un medio cambio. No se votó eso.

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Digo lo que pienso como forastero de muchos años que ha atravesado el Océano Atlántico 234 veces y que, con tres años más, —si la muerte le concede esa tregua— habrá atravesado quinientas veces el océano que va desde Europa a América.

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Don Cristóbal Colón navegó esa singladura cuatro veces de ida y cuatro de vuelta. Yo llevo más de 40 viajando a Panamá, donde me siento colonense de lago y bosque. Pero no forastero, aunque lo sea.

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Publicado el 10 de agosto de 2009 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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