Egipto, adiós al futuro

 

La opinión del Politólogo…

MARCEL SALAMÍN CÁRDENAS
msalamin@yahoo.com

 

 

H ace poco visité Egipto, uno de los pilares de la civilización occidental, el puente fecundo que enriqueció y trasladó el patrimonio de las civilizaciones asiáticas a la Acrópolis ateniense y a las siete colinas romanas, para desde allí, sembrarla en las comarcas fecundas de Hispania, Galia, Britannia, Sajonia, Germanía, Lusitania, Mauritania, Cyrenaica, Aegiptus, Arabia Petraea y el Regnum Parthicum.

Fue una zambullida profunda y estremecedora en más de 6,000 años de historia de la Humanidad. Me faltaba ese eslabón en la comprensión de ese largo camino que desde el Imperio Celeste y del Imperio de Bharata, nos llevó a Alejandro Magno y a los Ptolomeos, para luego pasar por Julio César, Marco Antonio y Napoleón, hasta traernos a nuestros tiempos.

Todas las claves están allí, unas más enterradas que otras, y algunas que solo se pueden intuir, o adivinar, entre las dunas, siguiendo los rastros dejados por la antigua sabiduría de los augures. Arte y cultura milenaria que han logrado sobrevivir al paso, doloroso cuanto demoledor, de los conquistadores de todas las cualidades que desde la Mesopotamia y el Mare Nostrum Occidental —persas, griegos, macedonios, romanos, turcos, mamelucos y europeos— le quebraron la columna vertebral al Imperio de los Faraones, le impusieron a hierro y fuego sus creencias, valores e instituciones, y le asignaron una función político—militar tan perversa en sus matrices de dominio geopolítico y de estabilidad estratégica regional, que todo le debe ser sacrificado, vida, democracia y libertad, para preservarla.

La experiencia de esa visita me desgarró el corazón y me alertó de una falla estructural y sistémica en los muros de contención construidos por terceros en el Egipto contemporáneo para detener el tsunami del fundamentalismo islámico. Junto a los vestigios de pirámides, esfinges, tumbas, palacios y necrópolis, como congelados en el tiempo y apartados a empellones por millones de turistas, los egipcios siguen atrapados por el pasado remoto, mirando hacia atrás a la búsqueda de un camino y viviendo una vida tan miserable, tan llena de penurias, enfermedades, suciedad, indefensión y abandono, que juro nunca haber experimentado tanta incomodidad, desazón y rebeldía ante las evidencias de ese costo tan insoportable como humillante.

El Cairo, es una ciudad sobrepoblada, sin agua, sin cloacas fuera del perímetro histórico, contaminada a morir, atrapada en las garras del desierto, ajetreada y maltratada por la faena inacabable del grueso de sus ciudadanos, pobres en todos los sentidos y desempleados, que para sobrevivir a toda costa, venden cuanto pueda tener algún valor, piden con escopeta, sustraen todo lo que quede mal colocado y, de la misma manera que tiran todo desperdicio y excrecencia a los meandros del Río Nilo que lo cruzan una y otra vez, son capaces de bañarse en sus terribles aguas, jugarse la vida contra el cólera en cada apretón de mano y pescar junto a una vaca muerta que flota en sus estancadas aguas.

Túnez es la chispa de una explosión que no ha llegado a su máxima combustión, pero que se mueve veloz e indetenible hacia el Oriente del Norte Africano conmoviendo desde sus cimientos a Egipto, para pasar a la Península de Arabia y de allí saltar al Asia Central, talibán y chiita.

Si Egipto implosiona, como ‘la singularidad de un hueco negro’, arrastrará a su vórtice a todos los gobernantes que en esa región optaron por sacrificar a sus pueblos a cambio de un teléfono rojo o blanco en el comando de los centros de rescate y control de daños colaterales del colonialismo, del neocolonialismo y de la globalización salvaje.

La paradoja que implosiona es la insostenible pobreza de millones frente a la impúdica e inmoral riqueza de un puñado de sátrapas corruptos y prestos a saltar empijamados al avión. Y si bien Jordania ya tiene que correr a emparapetar su maltrecho régimen monárquico, esa, ni la monarquía saudita, son ni remotamente el núcleo de la masa crítica.

El acelerador es Afganistán y el núcleo de la masa crítica es Pakistán, con su centenar de bombas nucleares a un tris de caer en manos del fundamentalismo islámico.   Y no nos engañemos. La ruptura del dique que abrirá paso a esta crisis involutiva regional es el golpe de Estado que le dieron a Mubarak.   El verdadero tornillo maestro es la fuerza armada egipcia, que no abrirá fuego, mientras tengan la certeza de que conserva el dominio de los resortes geoestratégicos del poder.

Esta crisis está por modificar radicalmente la correlación de fuerzas militares y políticas de ese inmenso bloque regional. Y si ello es así, éstas deben ser horas muy tensas y dramáticas en Israel.   Si se desploman sus ‘cómodos enemigos’ y el fundamentalismo islámico, la única fuerza estructurante en la región, se toma el poder, que ellos se acerquen al Muro de los Lamentos y que cada uno de nosotros se agarre de su Santo Patrón.  Son los remanentes de la civilización occidental los que han llegado a su fin en Egipto.

 

Este artículo se publicó el 15 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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La última tarea de Carlos Andrés… II parte

La opinión del Politólogo….

 
MARCEL SALAMÍN-CÁRDENAS
msalamin@yahoo.com

La segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez lo enfrenta al formidable reto de derrotar esa cultura, recuperar la competitividad productiva y corregir las muchas inequidades que la bonanza petrolera había puesto en evidencia. Las fuerzas conservadoras que desató —desde la izquierda hasta la derecha— fueron inmensas y definitivamente Carlos Andrés sobreestimó el compromiso democrático de esas fuerzas. Para preservar sus prebendas y negociados, no solo se alzaron los cogollos políticos y los económicos, sino que se amancebaron en una alianza expúrea.

Quienes hoy lloran en el exilio la propiedad de los enormes oligopolios de los medios de comunicación y de la industria transformadora, son los mismos que junto a los políticos resentidos, quebraron la confianza de los venezolanos en la democracia cuando más la necesitaban. Fueron ellos los que alentaron un odio devastador contra la política y las instituciones democráticas.

Carlos Andrés fue enjuiciado sin pruebas, fue separado, destituido y encarcelado en abierta violación de la Constitución vigente. Pero no se arredró. No salió huyendo. No dio un paso atrás para renunciar al mandato constitucional que le entregaba una partida presupuestaria cuyo uso, por razones de seguridad nacional, era secreto y discrecional. La sentencia irrisoria y ridícula que cerró ese juicio, es el mayor monumento a su inocencia.

Panamá le debe mucho a Carlos Andrés. Su contribución a la democratización de nuestro país ha sido invaluable. Forjó con Omar Torrijos una relación y una amistad profunda y sincera, que le permitió sellar el compromiso de levantar todas las restricciones a la actividad partidaria y regresar la República a la plena vida democrática una vez lograda una solución negociada de la causa patriótica panameña.

Todos aquellos que insisten en atribuir a la presión gringa ese paso estratégico, desconocen que fue con Carlos Andrés —ante quien Omar Torrijos no sentía que arriaba ninguna bandera soberana— con quien selló ese compromiso. En los archivos personales de Carlos Andrés reposa la carta que el general Torrijos le envió como respuesta. También reposa allí, la carta extraordinaria que la madrugada del 20 de Diciembre de 1989, le enviara a George Bush protestando indignado por esa herida innecesaria y artera que se le infligía a la más indefensa de las repúblicas americanas.

Intentó por todos los medios a su alcance que Noriega renunciara para ahorrarle a Panamá y a América Latina la vergüenza y la tragedia de la invasión. No le unía a Noriega amistad ni complicidad política y tuvo que soportar desplantes, insultos y vejaciones a mano de los perros cancerberos de Noriega.

Ningún opositor de esos tiempos encontró oídos sordos ni puertas cerradas en Miraflores. El Canal es hoy nuestro, porque estadistas como Carlos Andrés endosaron todo su capital político en la solución negociada y respaldaron al general Torrijos en la hazaña diplomática más refinada de nuestros tiempos. Sin él, sin sus opiniones fuertes y francas, sin su fino olfato político y su sentido del honor y la dignidad, no hubiéramos llegado a donde nos encontramos hoy.

Queda una última tarea: restituirle la democracia a Venezuela. Somos muchos para quienes no importa dónde se entierren o dispersen nuestras cenizas. Pero las de Carlos Andrés Pérez, el bachiller tachirense que se ganó el corazón de todos los demócratas del mundo, esas cenizas solo pueden reposar en su Venezuela querida.

Si su ausencia hoy le hace brillar más que nunca, su viaje de retorno debe ser la fuerza que reúna bajo el viejo pendón, la vieja constitución y el viejo escudo de armas, al bravo pueblo de Venezuela.

Hacia allí hay que llevarlas y cuando así suceda, veremos tambalearse a quien hoy manda pésames cargados de hipocresía y no pudiendo contener su naturaleza torva, aprovecha para vejar a quien ya no puede ripostarle. Tenemos que terminar la faena, Carlos Andrés. ¡Manos a la obra!

 

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<> Este artículo se publicó el 1 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La última tarea de Carlos Andrés… I parte

La opinión del Politólogo…


MARCEL SALAMÍN-CÁRDENAS
msalamin@yahoo.com

Una vida entera dedicada al desarrollo y fortalecimiento de la democracia, la libertad y la justicia social en Venezuela, en América Latina y en África. No hay lugar de la geografía política que no tocara en su constante peregrinar, con o sin la banda presidencial, para llevar una voz de aliento a aquellos que luchaban; para abogar por ellos ante sus gobiernos, o darles refugio y apoyo cuando se cerraban las puertas.

Su opinión franca y sin dobleces en defensa de la democracia y la libertad lo enfrentó a gobernantes y líderes de izquierda y de derecha, pero ni los reveses menguaron su proverbial terquedad para desbrozar el camino a las fuerzas democráticas ni nunca, como buen taurófilo que era, se rindió o tiró el capote hasta terminar la faena. Desde Rubio, su pueblo natal en los Andes tachirenses, joven imberbe aún, se lanzó a la lucha clandestina contra la dictadura de Juan Vicente Gómez y no paró nunca más. Su huella temprana está en aquel breve eclipse democrático que llevó a la Presidencia de Venezuela a Rómulo Gallegos en 1948; esa impronta se evidencia en el derrocamiento del dictador Marco Pérez Jiménez en 1958 y de manera clara y prominente en la victoria democrática de Rómulo Betancourt que abrió Venezuela a la vida democrática por cuarenta años.

Sumergido en la lucha clandestina, hombro con hombro con Rómulo Betancourt, organizaron y construyeron ese formidable partido popular y social-demócrata que durante más de seis décadas fuera Acción Democrática. En los setenta años de su intensa vida política, Carlos Andrés Pérez fue blanco de persecuciones, atentados, carcelazos, conspiraciones y vivió largos períodos de exilio y nunca, ni siquiera bajo el fuego granado de los golpistas de 1992, cedió a la tentación de echar por la borda su profunda y conmovedora fe en la democracia. En esa ocasión, con el Palacio Presidencial tomado por los golpistas, desembarcó del extranjero y se tomó el Palacio de Miraflores con su pistola en mano y al mando de sus fieles soldados y amigos. Chávez prefirió quedarse escondido cuando se enteró del arrojo y la valentía de su víctima.

Como secretario privado del presidente Betancourt y luego como su ministro del Interior, le tocó enfrentar a los muchos destacamentos guerrilleros del archipiélago ideológico de la izquierda radical venezolana. Los derrotó política y militarmente. Pero no los vejó, ni los humilló. En parte porque el grueso provenía de desprendimientos de Acción Democrática, en parte porque entendía las razones que les llevaron a la montaña, aunque no compartiera los medios.

Y salvo pocas excepciones —naturales en la turbulencia de los enfrentamientos militares contra la insurgencia civil y las intentonas golpistas castrenses que nunca cesaron— los máximos dirigentes de esa aventura militar, incorporados exitosamente a la vida democrática, han reconocido posteriormente que tuvieron en Carlos Andrés un contendor valiente, firme y decidido, pero gallardo, respetuoso del orden jurídico y dispuesto a un diálogo y a un entendimiento que permitió luego finalmente cerrar este capítulo de la historia de Venezuela.

Dos veces fue Carlos Andrés Pérez elegido con abrumadora mayoría a la Presidencia de la República. En la primera, nacionalizó la industria petrolera y la de los minerales básicos, poniéndolas bajo la propiedad y gestión del Estado. La OPEP es una criatura tan suya como lo es el plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho, motor del enorme salto de calidad de la educación y la cultura de la Venezuela de nuestros días.

Las consecuencias sociales, políticas y económicas de ese acto, todavía hoy son determinantes para entender la Venezuela contemporánea. El orden social conservador y autoritario de la Venezuela agraria —que había parido tantos dictadores— se derrumbó y abrió el paso a uno nuevo, modernizante, progresista y democrático. Los saltos de calidad se expresaron a lo largo y ancho de toda la actividad de los venezolanos, aunque no pudieron borrar ni superar todas las deformaciones del viejo orden social.

Así como las drogas fuertes, si son mal manejadas, pueden producir adicciones rápidas y crisis sistémicas, el monto sin precedentes de los ingresos petroleros ciertamente que enriqueció a los venezolanos y transformó toda la infraestructura nacional, pero el descuido en su administración y dosificación, derivó en el surgimiento de una poderosa cultura clientelar y de corrupción que lentamente hegemonizó el quehacer privado y público hasta arrastrar la República a la crisis en la cual se debate.

Sigue mañana…

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<> Este artículo se publicó el31 de diciembre de 2010   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

De embudos y ministerios de seguridad

La opinión del Politologo….

MARCEL   SALAMÍN

Hace poco un alto funcionario estadounidense llamó la atención pública sobre una realidad que a la mayoría de los panameños pasa completamente desapercibida, a pesar de que nos salpica de sangre a un ritmo cada vez más creciente: Panamá es la parte más estrecha de un embudo por el que circulan, entre el Sur y el Norte del Hemisferio, flujos delictivos de inmenso poder.

Por simples leyes de la dinámica, si en el punto más ancho del embudo hay turbulencias, en su parte más angosta, la más débil estructuralmente, se están acumulando presiones de un poder destructor inimaginables. La experiencia de nuestros vecinos predice nuestro futuro.

Falso, dijeron unos.   Sabrá Dios si es verdad, dijeron los más ingenuos. De aquel fogonazo, parece que solo germinó la incredulidad que fue rápidamente aderezada con exclamaciones destempladas de patrioterismo barato:   ‘¡Ya vienen los gringos con sus pendejadas para justificar bases militares!’.   El resto lo hizo el silencio de nuestros medios de comunicación, prestos a chotear y a darle vuelta a la hoja.   Como fuego calcinante, el silencio consumió la advertencia.

Pero esa realidad sigue allí, crece, se afianza, su vaho se siente por encima del fragor de los goles del mundial y los del patio y allí seguirá, enconando, pudriendo nuestra economía, con el aroma embriagador del mango maduro. Pero pudriéndose.

Cabe preguntarse por qué los de afuera ven con claridad esa realidad y nosotros no! Pudiera aducirse que sufrimos de una ceguera histérica: los panameños no queremos verla porque nos causa horror. No soportamos verla. Pero pudiera también aducirse que la sordera —que se ha sumado a la ceguera y a la incapacidad de oler— es ya el síntoma maligno del vórtice de un remolino de poder criminal que amenaza con engullirse a trozos el tejido nacional y luego de un golpe, el Estado. ‘Si la economía va de maravilla, dejemos las cosas tranquilas. Que nadie alborote el avispero. Vean a México’, dicen. ¡Quietos izquierdistas alborotadores!

Pero pasar de menos de 300 homicidios en el peor año del quinquenio pasado a 419 solo en el primer semestre de este año, nos indica que algo se hizo mejor antes que ahora. Y por Dios, no se trata de reivindicar nada ni de criticar por deporte electorero.

Parafraseando a Monsiváis, se preocupa y alerta quien está informado. Pero actúa quien tiene la responsabilidad institucional y quien dispone de toda la información y las herramientas de poder legítimo y legal para sonar las alarmas, para incentivar los consensos y los acuerdos plurales que hagan posible instrumentar oportunamente las herramientas para hacerle frente a la mayor amenaza a la seguridad nacional de los panameños: el crimen organizado.

Me produce estremecimiento solo el pensar que este descalabro de la seguridad pública pudiera tener su origen en un desarreglo resultante de la infiltración del crimen organizado en nuestra institucionalidad.

Pero confieso también que me deja seco pensar que es más el resultado de la chatura intelectual y de la pobreza doctrinal. La primera la podemos ganar; la segunda la tenemos perdida de arranque.

Con la infiltración, podemos lidiar, siempre que cumplamos tres condiciones estratégicas: recolectar inteligencia, analizar la inteligencia y entregar la inteligencia al operador. Asumamos que haya decisión, firmeza y valentía. Asumamos —presunción lastimosamente negada por los hechos— que esa inteligencia es profesional y apolítica.   Aún así, la lucha contra la infiltración es una tarea dura e ingrata, a momentos desmoralizante, pero es una condición sine qua non para contener, detener y revertir la metástasis del crimen organizado.

La guerra sucia es una maldición que deriva en una vorágine que se traga a sus mandantes y ejecutores. Colombia no ha parado de desangrarse, aunque la hemorragia esté contenida. Esas heridas no cicatrizan.

Por paradójico que suene, el segundo origen de este descalabro es más difícil de resolver, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que se rehúsa a escuchar. Es una ingenuidad, para decirlo suave, pensar que organizando un ministerio de seguridad se ha dado un paso decisivo y demoledor en la lucha contra el crimen organizado, como le escuché a nuestro presidente afirmar en su balance de año.

Los militaristas que están detrás del diseño final del Ministerio le convencieron de que solo acumulando poder de fuego se puede enfrentar al crimen organizado. Craso error. No los caracterizo como tal para descalificarlos. Lo hago para poner en evidencia que es mucho más valiosa una auténtica matriz doctrinal policial como misión de esa institución, como más útil es un diagnóstico bien fundado intelectualmente del fenómeno del crimen organizado.

Quien lidia profesionalmente con este problema sabe que hay cuatro ejes cardinales —valga la licencia— que hay que descardinar: dinero, armas, droga y corrupción.

Si se revisan someramente los informes de las agencias que luchan contra el crimen organizado, se encontrará la evidencia clara de que más dinero, más armas y más drogas pasan ‘legal y formalmente’ por nuestra aduana corrupta que los que circulan por los canales informales en la panza de ‘camellos’ o en las ‘fajas y maletines’ de los pasajeros.

¿Quieren de veras descardinar el crimen organizado? Péguenle a su dinero sucio y al lavado en las montañas de cemento que ‘embellecen’ la ciudad; péguenle a los contenedores de dinero, armas y drogas que pasan bajo nuestras narices por nuestros puertos y aeropuertos; péguenle a la corrupción.

Dicho en breve: No tiene ningún sentido un Ministerio de Seguridad Pública que no tenga como sus dependencias estratégicas Aduanas y Migración.

Y de paso: No se les ocurra nombrar un uniformado ni ex uniformado como ministro, porque ese día se habrá reconstituido un poder fáctico autónomo contrapuesto al poder civil, que asumirá como su misión tutelar la precaria democracia que nos están dejando. ¡Y hasta allí llegó Matea!

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Este artículo fue publicado el  12 de julio de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor o autora, todo el crédito que les corresponde.

Crimen organizado y poder

La opinión del Politólogo….

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MARCEL SALAMÍN

En la opinión pública hay una persistente confusión entre criminalidad común y criminalidad organizada. No comprendiéndose la diferente naturaleza de ambas, tampoco puede comprenderse la sinergia perversamente incremental que puede construirse entre ellas.

La criminalidad común se traduce en delitos contra la vida, honra y bienes de las personas naturales y jurídicas. Aún cuando llegue a niveles graves, es un fenómeno de naturaleza fundamentalmente penal, cuyo impacto se limita a los individuos implicados y no afecta de manera sustancial la matriz del poder social y estatal.   La criminalidad común puede subsistir con formas mínimas de organización y jerarquía, y por así decirlo, prefiere esconderse del poder y de la autoridad.

Por el contrario, la criminalidad organizada, por la naturaleza destructiva y disociadora de sus objetivos y medios y por el uso intensivo y deliberadamente cruel de la violencia, se traduce en actividades que de manera inevitable se proponen penetrar y apropiarse de cualquier nivel decisorio —público o privado— que vete u obstaculice sus actividades; erosionar la confianza ciudadana en las instituciones democráticas, en sus personeros y plataforma jurídica; destruir la credibilidad de la autoridad del Estado; y finalmente, neutralizar y mediatizar las instituciones policiales y judiciales garantes del poder legítimo y legal.

El narcotráfico en manos del crimen organizado es el cordón umbilical que alimenta la criminalidad común, la dota de recursos financieros y de armamentos, la pone a su servicio, la usa como tropa de choque y de distracción.   Cuando esa relación se hace simbiótica, está en juego el dominio territorial, cualidad esencial del poder del Estado. La sangría que se observa en la guerra entre carteles y bandas no es por el dominio de la droga, como erradamente se presupone, sino por el dominio del territorio y por lo tanto del poder sobre el mismo.

Por ello, a medida que se desarrolla, el crimen organizado choca inexorablemente con el poder del Estado. Desde esta perspectiva, además de un delito, es una actividad de naturaleza subversiva, porque se propone el abatimiento de las instituciones democráticas y la corrupción funcional del ordenamiento jurídico.   Siendo una actividad antisistema, es y debe ser tratada como una amenaza de seguridad nacional, en el entendimiento de que cada país definirá su seguridad nacional de conformidad con sus intereses y objetivos nacionales.

El crimen organizado encuentra su mejor ambiente en la anomia social que genera la disolución del principio de autoridad, en la corrupción de toda expresión de vida democrática y en la destrucción sistémica de la matriz de valores que le da soporte a la cohesión social. Su única diferencia respecto de otras formas subversivas de apropiación ilegítima e ilegal del poder social y estatal, es que carece de ideología y por lo tanto de proyecto de libertad alternativo propio.  Como toda forma parásita de organización y vida, el crimen organizado prefiere no aniquilar ni destruir a su huésped y puede prosperar bajo cualquier forma de vida social y política.   Su objetivo superior, es conquistar todo el poder público posible, influenciarlo y moldearlo a sus necesidades. En última instancia, como un árbol dominado por un implacable invasor parásito, le basta que el Estado le sirva de soporte y que la sociedad sea fuente espúrea de su energía. Mimetizarse es su forma superior de vida y en la cultura populista —que destruye ciudadanía— encuentra su mayor soporte.

Es cierto que en el caso de la criminalidad común, la anticipación y prevención es una condición de la efectividad policial y un insumo crítico de su eficacia y credibilidad. Pero en la criminalidad organizada, anticipar y prevenir es algo más: es una exigencia crítica de seguridad nacional, porque lo que está en riesgo es el poder estatal. Esto último los ciudadanos lo comprenden con dificultad. Obsérvese que ante los picos de violencia y crueldad criminal que desatan los carteles entre sí y contra personas inocentes, o se los desestima como simples “ ajustes de cuenta entre ellos ” o se llega hasta pensar que es mejor dejar el avispero quieto.

Todo descuido o retardo —voluntario o involuntario— en la anticipación, prevención y destrucción temprana de las laboriosas tramas y redes delictivas del crimen organizado, da lugar a la acumulación de un daño de carácter sistémico, que en el mediano plazo deviene en una destrucción duramente reversible de la cohesión social y de la vida democrática. Por ello, el daño recientemente infligido al sistema de inteligencia nacional conformado y entrenado en los últimos quince años de vida democrática, se evidencia en el aumento dramático de los homicidios y secuestros ligados al crimen organizado. Se destruyó la capacidad de anticipación y prevención, se destruyeron las redes de informantes.

El crimen organizado es una hidra de mil cabezas, que potencialmente genera muchos nexos delictivos con la criminalidad común. Pero ninguno de esos nexos es tan poderoso y pervertidor como el que se genera entorno al tráfico de drogas y al lavado de dinero. Su carácter global, su compleja división del trabajo y su cadena logística, demanda dominio incontrastado, violento y despiadado de espacios territoriales y de redes de complicidad.

Desde esta perspectiva, la criminalidad común y la criminalidad organizada demandan, exigen, un tratamiento complementario, pero diferenciado por lo que respecta a la anticipación y prevención.

En el primer caso, esa anticipación y prevención tienen un carácter táctico, cuyo tratamiento e implementación saludablemente deberían agotarse en el ámbito de las instituciones policiales y en particular en sus cuerpos especializados de investigación judicial y de información policial al momento de colocar sus resultados en manos del Ministerio Público.

En el segundo caso, esa anticipación y prevención tienen un carácter estratégico del más alto nivel político y social, por cuanto demandan la implicación más absoluta del servicio de inteligencia del Estado, que actuará de conformidad con el ordenamiento jurídico para darle soporte a la lucha contra el crimen organizado, no para proteger al mandatario de turno, ni mucho menos para espiar a los opositores. Y cuando, por contubernio, complicidad, coacción, chantaje o ignorancia esas instituciones públicas renuncian a su misión y el crimen organizado transgrede de manera violenta el espacio vital de la sociedad, grupos de ciudadanos asumen la contienda mortal al margen y en contra de la legalidad. Así nacieron las fuerzas paramilitares en Colombia, así sucederá en México si la sociedad y su dirigencia política finalmente no se alinean incondicionalmente con el Estado —no necesariamente con el Gobierno—, para derrotar en términos estratégicos a los carteles: es decir, para privarlos de capacidad y opción de dominio sistémico del territorio y de corrupción y cooptación del poder estatal.

El pasado remoto de Colombia y el pasado reciente de México, son el presente en evolución y el futuro cierto de Panamá. En Panamá, el crimen organizado ha ya posicionado “ colonias de parásitos ” en sectores estratégicos de su economía de tránsito y en su cadena logística comercial y financiera de carácter global, así como tiene ya una presencia inocultable en la inversión nacional y una incipiente hipoteca sobre personeros públicos. ¿Evidencia el crecimiento dramático de ajusticiamientos irresueltos la existencia de paramilitarismo o de escuadrones de la muerte?

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Este artículo se publicó  el  1 de abril de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Mandar y gobernar

La opinión de……

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MARCEL  SALAMÍN

Mandar, la esencia del militarismo civil o militar, es la ruta más directa a la intolerancia, a la autocracia, al autoritarismo, al nepotismo y es la deformación más peligrosa asentada en el imaginario popular contra la política.  Pero también contra la supuesta blandenguería de los procesos políticos de concertación y consenso, que de suyo tienen la virtud democrática de ser lentos, laboriosos y legitimantes.

Quien manda no acepta la normalidad del conflicto social, no respeta ni reconoce al adversario y menos a quien califique como enemigo político.  Quien manda construye súbditos y clientes, personas que dependen para su subsistencia del beneplácito y la benevolencia del mandatario.   Quien manda recurre a la fuerza y a la coacción como primer recurso para controlar la disidencia, usa todo el poder del Estado para espiar a sus adversarios políticos y transgrede con facilidad la división de los poderes para apabullar, callar y castigar.   Quien manda, sin medir las consecuencias, termina por pretender la desaparición de los problemas sociales y, con ellos, de quienes los causan.

Gobierna quien empodera a los ciudadanos y a las organizaciones de la sociedad civil para construir junto al Gobierno electo las soluciones de los problemas sociales. Gobierna quien reconoce y dignifica el trabajo y a los trabajadores del campo y la ciudad.  Gobierna quien acepta el conflicto social como normalidad del Estado democrático y quien por lo tanto le reconoce a todas las fuerzas sociales el protagonismo político suficiente para que se siente a negociar una decisión de Estado.

Gobierna no solo quien respeta escrupulosamente la libertad de información y de expresión, sino también, y sobre todo, quien se abstiene de manipular los medios de comunicación social para juzgar y condenar a sus adversarios sin defensa ni debido proceso.   Gobierna quien reconoce en la sociedad civil actores que, si bien pueden carecer de representatividad electoral, defienden intereses, necesidades, derechos y obligaciones de los cuales son siempre y en todo caso ciudadanos de un Estado democrático.  Gobierna quien más consulta, quien más escucha, quien le reconoce a los ciudadanos su condición de soberanos, su capacidad autónoma de proponer y construir proyectos de libertad y poder al margen y a veces enfrentados al Gobierno, en fin, quien les reconoce su capacidad de proponer y decidir.

Somos los torrijistas los que otorgamos carta de ciudadanía a la participación popular, a la concertación, a la consulta. Dejamos de mandar y aprendimos a gobernar, a reconocer al opositor y a respetarlo, a contribuir al desarrollo de la responsabilidad política de la oposición, a realizar esfuerzos sinceros para incorporarla a la solución de los grandes problemas nacionales.

Como muestra están la reforma al sistema de seguridad social, las reformas tributarias, el Pacto por la Justicia, la Concertación Nacional, el referéndum sobre el Canal y su ampliación, la selección de los magistrados del Tribunal Electoral, de la Corte Suprema de Justicia y de la procuradora general de la Nación. Las primarias de los partidos y los extensos y laboriosos procesos de selección de los candidatos son contribuciones innegables del Torrijismo.

Hay quienes todavía nos niegan el derecho a opinar y a protestar aduciendo nuestros pecados y graves culpas.   Los hemos asumido. Hemos pagado cárcel y exilios. No necesitamos del reconocimiento de nadie para ser demócratas. Nos basta con serlo. Pero advertimos, con firmeza, que nunca más se podrá subyugar a nuestra sociedad sin encontrarnos en el terreno que los irresponsables escojan.

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Articulo publicado el 9 de marzo de 2010 en el diario La Estrella de Panamá a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.