Ronald Wilson Reagan (1911-2011)

La opinión del Presidente del U.S.-Panamá Business Council USA y Ex Embajador de Panamá en Estados Unidos…

JUAN B. SOSA
panamerica@msn.com

El 6 de febrero se cumplió el centenario del nacimiento de Ronald Wilson Reagan, el 40 avo presidente de los Estados Unidos. La ocasión fue propicia para destacar las contribuciones del presidente Reagan y el impacto que tuvo no solo en su país, sino en el mundo entero.    Como dijo un historiador, Reagan llegó a la presidencia con la intención de cambiar el país, pero terminó cambiando al mundo.

De la imagen de actor de cine Reagan se convirtió en la imagen del libertador de los países detrás de la Cortina de Hierro, región habitada por ciudadanos de muchos países sedientos de la libertad que la Cortina de Hierro les había negado, y que finalmente cayó a menos de un año de su salida de la Casa Blanca.

La llegada de Reagan a la Casa Blanca estuvo llena de desafíos.   En esos momentos los Estados Unidos vivía la crisis de los rehenes de la Embajada en Irán, una inflación galopante, altas tasas de intereses que estaban agobiando a la empresa privada, y un estado mental pesimista en el norteamericano que después de la guerra de Vietnam pensaba que su país había perdido la capacidad de ser modelo e inspiración a otros países y entraba en un ciclo declinante.

Adoptando políticas radicales enfocadas a impulsar el espíritu empresarial, inspiró y le dio confianza a una nación que en pocos años recobró su prestigio internacional y lideró la transformación de países frenados por sistemas comunistas hacia esquemas de libre mercado, y al establecimiento de procesos democráticos y respeto a las libertades individuales.

Ronald Reagan tuvo experiencias importantes con Panamá. Durante su intento para ganar la nominación del Partido Republicano en 1976 contra el presidente Gerald Ford, y luego en su campaña para le presidencia en 1980 contra el presidente Jimmy Carter, Reagan fue un fuerte crítico de los Tratados del Canal.   Sin embargo, respetuoso de las leyes, privadamente siempre aceptó la realidad de los Tratados y los justificó con la frase: ‘son la ley de la tierra y como presidente la respetaré’ (The Senate has ratified the Panama Canal Treaties. It is the law of the land and I will upheld the law of the land).   Para crédito de Reagan durante sus ocho años de presidencia siempre evidenció un profundo respeto por los Tratados del Canal.   Reagan era amante de la libertad y por ello apoyó movimientos dirigidos al logro de libertades y un Estado de Derecho. Ese apoyo le ganó eventualmente la liberación de los países dominados por la Rusia comunista y en nuestro hemisferio apoyó los movimientos pro democráticos de Nicaragua y de Panamá.

Durante su presidencia se opuso al general Noriega y jamás reconoció el golpe de estado de febrero de 1988, cortando la comunicación con el régimen ilegítimo y apoyando al gobierno en el exilio del presidente Eric Arturo Delvalle.   Su irrestricto apoyo fue clave en que su vicepresidente George Herbert Walter Bush continuara el apoyo a las aspiraciones de libertad de Panamá, una vez asumió la presidencia en 1989.

Al recordar el centenario de su nacimiento el legado de Ronald Reagan siempre se identificará con su apoyo hacia la libertad, la democracia y el espíritu empresarial.

Este artículo se publicó el 13  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Golpe y guerrillas

La opinión de…

Guillermo Sánchez Borbón 

El 11 de octubre de 1968 los jefes de la Guardia Nacional dieron el primer golpe militar de nuestra historia republicana. Antes de entrar en materia, debo relatar cómo me enteré de que en Chiriquí se había iniciado la resistencia armada contra la recién estrenada dictadura. Un día me encontré con Kayser Bazán, viejo amigo mío. Él me contó que en las tierras altas de Chiriquí unos campesinos arnulfistas se habían alzado en armas contra la tiranía. Y me dio cifras (que entonces me parecieron exageradas) sobre el número de guardias que habían caído en el primer combate.

¿Cómo se enteró? No lo sé a ciencia cierta, pero puedo imaginármelo. Kayser estudió en la academia militar de West Point. Supongo que uno de sus ex condiscípulos, destinado a la Zona del Canal, se lo contó. Después, otra fuente me confirmó la información de Kayser y agregó otros detalles. Además, me relató que habían continuado los enfrentamientos, en cada uno de los cuales los guerrilleros habían derrotado a la Guardia Nacional.

Recientemente viajé a Chiriquí en compañía de Roberto Brenes, cuyo suegro tiene una casa de campo en la zona donde tuvo lugar el primer combate importante. Además, Brenes conocía personalmente a casi todos los sobrevivientes del movimiento que salvó el honor de la República, enfrentándose heroicamente a un ejército profesional –armado hasta los dientes– e infligiéndole humillantes derrotas. Yo quería tener una idea clara de los sitios en donde los guerrilleros libraron los combates contra una Guardia Nacional. Y en todos la derrotaron.

Un costarricense calderonista (veterano de la sangrienta Guerra Civil costarricense de 1948), Osito Solano, participó como voluntario en los primeros combates de los guerrilleros panameños. Era el único que tenía experiencia militar, y debe haber sido de gran ayuda a los bisoños combatientes. Yo lo conocí personalmente en la Costa Rica de 1970 y –a pesar de que era un hombre taciturno– hablé muchas veces con él.

Cuando la guerrilla –a falta de apoyo– se dispersó, algunos de sus miembros recalaron en diversos países centroamericanos, donde se ganaron la vida en modestos trabajos agrícolas, con una sola excepción, de la que más adelante nos ocuparemos. En la medida de sus modestísimas posibilidades, Osito hizo cuanto pudo por los panameños de la diáspora.

A la sazón, Manuel Solís Palma y yo estábamos en México. Un día me comunicó que viajaría a Costa Rica para ver cómo podía ayudar a los guerrilleros. Así lo hizo, en la medida de sus posibilidades. Era natural que se relacionara con Osito, quien al menos podía brindarle su amistad y apoyo moral.

Un día, Osito, quien tenía amistades en todas partes, se enteró de que el Gobierno panameño había enviado a uno de sus más temibles asesinos a matar a Solís Palma. Osito fue a buscar al criminal. Lo encontró escoltado por un miembro de la policía tica. Le dijo: “Yo sé que vienes a asesinar a Solís Palma. A las 5:00 p.m. sale un avión para Panamá. Como no lo abordes, a las 5:15 te mato”. El enviado panameño consultó a su acompañante tico, y éste le dijo quién era Osito, y le aconsejó que regresara a su país, porque el hombre era capaz de cumplir su amenaza. A las 5:00 en punto, el héroe panameño abordaba el avión que lo llevó de regreso a Panamá.

Después de algunas peripecias, el innoble Gobierno tico de entonces apresó a Solís Palma, lo despojó de todas sus pertenencias y lo expulsó a Nicaragua. No sé cómo fue a recalar a Venezuela, donde vivió y trabajó unos años bajo la protección de Acción Democrática.

Cuando se inició el “veranillo democrático”, Solís –como todos los exiliados– regresó a Panamá, a continuar la lucha por medios políticos. El exilio le salió carísimo a Solís Palma: perdió su fábrica de zapatos y todas sus posesiones. Al principio se vinculó a la oposición, con cuyos dirigentes tuvo graves desacuerdos. Noriega aprovechó todas estas circunstancias para reclutarlo. Solís entró a formar parte del gobierno de Tuturo del Valle, y cuando éste fue derrocado, los militares lo nombraron Presidente de la República. Ahí estuvo hasta que Noriega (en su último acceso de locura) lo separó para asumir él mismo la jefatura del Estado. Pocos días después se produjo la invasión gringa.

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Este artículo se publicó el 5 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Déjà vu: El regreso de los dictadores

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La opinión del Agobado …


Irving Dominguez Bonilla 

Después de 25 años tratando de eludir a sus perseguidores “Baby Doc” regresa a su país, el empobrecido Haití, con el fin, según declara el mismo, de coadyuvar en la labor de reconstrucción nacional, sin embargo detrás de ese noble objetivo se esconde un desviado norte de erigirse en una opción política para asirse del poder nuevamente y disfrutar de la vida de jet set que se acostumbró a vivir, y que a la fecha perdió producto del despilfarro de los millones que sustrajo a su pueblo.

Igualmente ha tratado de que el tiempo pase para lograr que la amnesia de la conciencia pública olvide los desmanes y graves violaciones a los derechos humanos que cometió él y su sequito de secuaces hambrientos de sangre, los Tonton Macoutes, quienes constituyeron los grupo de choque (varilleros) que protegían al dictador y eliminaban a toda aquel que fuese un obstáculo y molestia en sus imperiales designios. Lo interesante del análisis es que a estas alturas la población joven haitiana no vivió o no recuerda nada de los hechos que involucraron a Jean Claude Duvalier, por lo que no dudemos que este sea visto como una opción viable frente a la insatisfacción creciente de los políticos tradicionales que lo único que habían hecho, hasta ahora, es aprovecharse de lo poco que queda en pie en ese país.

¿Qué pasara con la posible llegada de Noriega a suelo panameño?, estamos prácticamente en la misma situación, ya que la mayoría de la población nacida después de 1989 ya deben tener mayoría de edad y desconocen parte de la historia reciente que involucra al ex dictadorzuelo, por lo que fácilmente, y conociendo la idiosincrancia panameña, no dudemos que lo vayan a recibir en caravana al aeropuerto.

Dudo, en mi opinión, que esto se de ya que se está apostando a que este muera en Francia, debido a su supuesto estado delicado de salud, y es que su presencia, fuera de incomodar en Panamá, produce molestias estomacales a más de cuatro políticos, hoy dentro o fuera del poder, que temen que el mismo levante el dedo acusador desde su silla mecedora y les enrostre sus vínculos cercanos con los milicos.

Estos movimientos deben obedecer a algún tipo de escenario fraguado por los grandes poderes políticos mundiales que piensan que, en situaciones como la haitiana, se hacen necesarios gobiernos fuertes que impidan que a posteriori, estos países se conviertan en una carga para los más fuertes y desarrollados.

Bueno veamos que nos dice Kronos, solo esperamos que no se pongan de moda, como en el siglo pasada, los dictadores.

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<>Artículo publicado el 23  de enero de 2011   en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Volver, volver, volver

 

La opinión de…

 

Betty Brannan Jaén

En Rusia hay quienes todavía profesan admiración por Josef Stalin, uno de los dictadores más sangrientos de la historia.    Igual hay en China quienes defienden a Mao Zedong; en República Dominicana, a Rafael Trujillo; en Rumania, a Nicolás Ceausescu, y en Chile, a Augusto Pinochet. En nuestro país, a juzgar por las calcomanías que se ven en los carros,   hay quienes todavía guardan una buena opinión de Manuel Antonio Noriega.

Aun así, me sorprendió ver que en Haití hay quienes recuerdan con cariño la dinastía dictatorial de los Duvalier. Cuando Baby Doc (Jean-Claude Duvalier) sorpresivamente retornó a Haití esta semana, un grupo de seguidores le dio calurosa bienvenida en el aeropuerto.   Eran como 2 mil, según la revista Time.   Otros medios internacionales informaron que el duvalierismo todavía vive en Haití y el abogado de Baby Doc planteó que su cliente podría candidatizarse para la Presidencia.

¿Cómo puede ser? Uno comprende que el pueblo haitiano está abatido por décadas de tragedia, miseria, represión y corrupción, pero cegarse a las realidades de la dictadura duvalierista no hará nada por mejorar su situación actual.   François Duvalier –Papa Doc— asumió la Presidencia de Haití en 1957 tras una elección muy dudosa.   Duvalier, padre, eventualmente desconfió de los militares que lo habían llevado al poder y fue creando una fuerza paramilitar –los temidos tonton makouts— que sustituyó al ejército como pilar de apoyo.    Según leo, el régimen Duvalier tiene la triste distinción de haber sido el primero en las Américas en utilizar “desapariciones” al por mayor como instrumento de terror contra su pueblo, sin hablar de torturas, ejecuciones y una “prisión de la muerte”. Se estima que unas 30 mil personas murieron a manos del Estado durante el duvalierato.

Estados Unidos, deplorablemente, apoyó la dictadura desde el principio. Dwight Eisenhower (republicano) era el presidente cuando Papa Doc llegó al poder y su gobierno se hizo de la vista gorda con respecto a los abusos de los primeros años.   Pero cuando Fidel Castro tomó control de Cuba en enero de 1959, Washington rápidamente consideró que apoyar a Duvalier era parte necesaria de su lucha contra el comunismo en el hemisferio. Eso tambaleó cuando John F. Kennedy (demócrata) llegó a la Casa Blanca en 1961. Kennedy suspendió la ayuda a Haití, disgustado porque –entre otras cosas— Duvalier había logrado “reeligirse” en 1961 con una elección abiertamente fraudulenta.   Kennedy trató de ayudar a los grupos de oposición, pero también quería que Haití fuera un contrapeso a Castro. Las relaciones entre Estados Unidos y Haití mejoraron bajo la presidencia de Lyndon Johnson (demócrata), a pesar de que Duvalier se autoproclamó “presidente vitalicio” en 1964. La ayuda financiera a Haití se restableció durante la presidencia de Richard Nixon (republicano).

Antes de morir en 1971, Duvalier, padre, designó a su hijo, Jean-Claude, como su heredero al poder.   Baby Doc, que tenía 19 años, continuó la brutal cleptocracia de su padre por los próximos 15 años. Tras manifestaciones en su contra en 1986, salió huyendo de Haití en un avión que Washington envió para salvarlo de que lo lincharan.   Se fue a Francia a despilfarrar los cientos de millones que (supuestamente) se había robado del tesoro estatal, pero eventualmente se le acabó el dinero.   Aparentemente, solo le quedan unos 5 millones que están congelados en un banco suizo; se especula que este viaje a Haití es un esfuerzo desesperado por lograr acceso a ese dinero.

Pero, asombrosamente, el Gobierno haitiano detuvo brevemente a Duvalier, hijo, y ahora parece estar ponderando qué hacer con él. Amnesty Internacional recomienda enjuiciarlo por “las violaciones de derechos humanos generalizadas y sistemáticas” de su régimen y algunas de sus víctimas se han apresurado a ponerle denuncias en los tribunales haitianos. Por otro lado, hay manifestaciones a diario en su defensa.

Enjuiciarlo, pero debidamente, es lo que hay que hacer.  Que encare la justicia.

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Este artículo se publicó el 23  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Sobre guerrillas y guerrilleros

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón n

Ante todo, debo recordar las circunstancias en que R.M Koster y yo escribimos el libro In the Time of the Tyrants.     Yo estaba en Miami a la sazón, alejado de todas mis habituales fuentes de información.   Koster, a su vez, permaneció en Panamá; pero todo el que haya vivido en los últimos años de la dictadura sabe lo difícil (y peligroso) que era escribir, en esas circunstancias, nuestro libro.   Hacer muchas preguntas era casi suicida.   Privado yo de mis habituales fuentes de información, tuve que recurrir a mi memoria, que en esa época era fenomenal pero falible.   El tiempo me había borrado muchas cosas, otras apenas si las recordaba borrosamente. Ello no obstante, el relato que escribí con Koster en los años atroces de la dictadura, es asombrosamente fiel a la realidad, salvo detalles a los que entonces no teníamos acceso.

Richard viajaba periódicamente a Miami -donde yo vivía a la sazón- y compulsábamos los capítulos que él iba escribiendo a medida que terminábamos de discutirlos. No puedo pensar en método menos adecuado para escribir un libro que abarcaría el tiempo transcurrido desde el golpe de Estado a la invasión de Panamá por Estados Unidos.

Era natural que el paso del tiempo me hubiera desdibujado algunos hechos y trastocado la jerarquía de los que se habían grabado en mi memoria. Otros los ignorábamos de plano. A pesar de todo lo cual, no obstante, al releer ahora el libro me asombra comprobar lo fiel que es –en líneas generales- a la tragedia que todos vivimos con el corazón en la boca.

Hoy habríamos cambiado el énfasis que pusimos en algunos acontecimientos, y corregido algunos errores fácticos, que, dadas las circunstancias de aquel “tiempo de tiranos” en que lo escribimos, se deslizaron en nuestra obra. Sin embargo, la fidelidad a los hechos generales tal como entonces se conocían, resulta sencillamente asombrosa. Hoy corregiríamos algunos errores fácticos que inevitablemente (dadas las circunstancias en que lo escribimos), se deslizaron en esa obra.

El libro –cuya publicación retrasamos deliberadamente a petición de nuestro editor- vio la estampa al mismo tiempo que otros dos sobre el mismo tema, escritos por autores estadounidenses. Ellos utilizaron fuentes a las que nosotros no tuvimos acceso, y las dos obras, aunque muy meritorias, adolecen de un defecto capital: ambas hacen consistir nuestro drama en una lucha titánica entre el Gobierno estadounidense y Noriega. No hay ni una sola alusión a nuestro país, ni a su gente, ni a su riquísima historia.

En esta esquina Noriega, en la otra Estados Unidos. No hay una referencia a nuestra patria, a la Guerra de los Mil días, al hecho asombroso de habernos independizado de España primero y después de Colombia sin derramar una gota de sangre. Pese a la plétora de sus informaciones, no tienen absolutamente ningún interés en la verdadera víctima de este drama: el pueblo panameño. Las suyas se reducen a una lucha entre dos titanes. En esta esquina el Gobierno norteamericano, en la otra Manuel Antonio Noriega.

El pueblo panameño no participa en esa confrontación. No puedo pensar en nada más ridículo, ni más irrespetuoso de los hombres y mujeres de nuestra patria, que pusieron la vida en el tablero (y muchos la perdieron) que esta visión maniquea de hechos sobremanera complejos y dolorosos. Pero prisioneros de su superficialidad y de su ignorancia de nuestro país y de su rica historia, no pudieron ver más allá de sus narices.

Con todo, los dos tuvieron acceso a fuentes que estaban fuera de nuestro alcance. Ambos, por ejemplo, transcriben la conversación telefónica (grabada por los gobiernos francés y norteamericano) que sostuvieron Papo Córdoba y Manuel Antonio Noriega (que estaba en París) el día que detuvieron a Hugo Spadafora: “Papo Córdoba -Tengo al perro rabioso”. Noriega: -¿Y qué hace uno con un perro rabioso?”.

Ninguno de los dos autores arriba mencionados comprendió cabalmente el significado siniestro de esta conversación. Para mí no puede ser más clara. Noriega fue ayudante de laboratorio, antes de ir a estudiar milicia en Lima. Y como tal sabía que -al menos en aquel tiempo- cuando un perro sospechoso de padecer de rabia mordía a un cristiano, se mataba al perro y se le sacaba el cerebro para ver si tenía los cuerpos microscópicos característicos de los que sufrían de rabia. Noriega puede decir misa si hay quien se la quiera oír, pero para quienes nos movimos en el universo del laboratorio, estas palabras constituyen una tortuosa confesión.

Las tesis de los dos periodistas, aunque valiosas e instructivas, dejan fuera de juego al pueblo panameño, el actor principal de esta atroz pesadilla.

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Este artículo se publicó el 29  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Crimen y castigo

La opinión de…

 

Betty Brannan Jaén

PARÍS, Francia –El viernes fui a ver a Manuel Antonio Noriega. Bueno, en realidad no lo vi, y ni siquiera intenté verlo, pero sí caminé por las afueras de la prisión en París donde está detenido (Maison d’Arret de la Santé) contemplando la diferencia enorme entre su situación actual y sus aspiraciones parisinas, cuando era dictador. Entonces compraba apartamentos lujosos en los barrios más cotizados de París y ahora está en una prisión de reputación horrorosa, en un barrio para nada simpático de esta ciudad.

Pero creo que Noriega saldrá de la prisión parisina en este año, 2011, y que será devuelto a Panamá, por lo que debiéramos ir debatiendo la recepción que merece. En lo personal, yo abogo por obligarlo a que cumpla sus penas de prisión; nada de casa por cárcel.

Es cuestión de medir el crimen contra el castigo. Por ejemplo, estoy muy tranquila con la probabilidad de que Jared Lee Loughner encare la pena de muerte. Loughner es aquel tipo en Arizona que la semana pasada, fríamente, comenzó a repartir balazos en el estacionamiento de un mercado en donde la congresista estadounidense Gabrielle Giffords estaba celebrando un evento público. Su intención, según parece, era asesinar a Giffords, quien milagrosamente sigue con vida. Pero seis otros murieron en la balacera, que dejó 13 heridos adicionales.

No hay duda alguna sobre la culpabilidad de Loughner, que fue tirado al piso por observadores que lo desarmaron. Eso –que no haya duda alguna sobre la culpabilidad del acusado– es para mí el dato crucial, porque mi reticencia usual en aplicar la pena de muerte se debe no a razones religiosas o filosóficas, sino al temor de ejecutar a una persona inocente. En Estados Unidos hay cifras que confirman la validez de ese temor.

Hay una agrupación de abogados –The Innocence Project– que revisa casos en los que el veredicto condenatorio no se apoyó en pruebas irrefutables de ADN. Desde 1989, este proyecto ha logrado la exoneración de 265 personas, de las cuales 17 habían sido condenadas a muerte.

Es que en Estados Unidos el estándar de pruebas en un juicio penal es que éstas deben mostrar culpabilidad “más allá de una duda razonable”. No se requiere certeza, sino algo menos, y esa brecha entre certeza absoluta y duda razonable es donde el sistema produce errores. Por ello, tengo un amigo estadounidense que arguye que en casos de pena capital, se debiera requerir un estándar más elevado de pruebas: No meramente “más allá de una duda razonable”, sino “más allá de toda duda”. Esta es una reforma que Estados Unidos debiera adoptar (mientras que Panamá no podemos ni hablar de pena capital hasta tener un sistema mucho más confiable de justicia).

Bajo ese estándar más estricto que me gustaría ver, Loughner estaría sujeto a una pena de muerte (como obviamente también lo está bajo el sistema actual de derecho penal estadounidense). Y si la pena de muerte se justifica para un tipo como Loughner, que mató a seis personas, los crímenes de Noriega (que incluyen múltiples asesinatos) ciertamente justifican 20 años en La Joyita o en alguna prisión similar.

Ya sé que hay quienes dirán que Noriega ya tiene 22 años de estar preso y que, además, hay que tomar en cuenta su avanzada edad, pero no considero que eso sea relevante. Los años de prisión que ya ha cumplido fueron para pagar su crímenes en Estados Unidos y Francia; le falta pagar por sus crímenes en Panamá. En cuanto a la edad, el hecho es que Noriega ha tenido una suerte de llegar a viejo que le negó a sus víctimas. No veo por qué la vejez lo exime de responder a la justicia panameña, especialmente cuando no se arrepiente de lo que hizo y no hay duda razonable sobre la culpabilidad de mucho de lo que se le imputa.

Debe ir preso.

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Este artículo se publicó el 16  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

In Memoriam Carlos Andrés Pérez

La opinión del Ex Vicepresidente de la República…


Ricardo Arias Calderón 

El dos veces Presidente por elección popular, Carlos Andrés Pérez, murió el 25 de diciembre pasado en Miami, en el exilio, por su oposición frontal a Hugo Chávez, quien lo utilizó como excusa para su intento de golpe de Estado en 1992. Pidió a su familia que sus restos no reposen en Venezuela hasta que no esté libre de la dictadura.

 

 

Su muerte pasó con poco reconocimiento, sin embargo, Carlos Andrés Pérez sin duda es unas de las personalidades latinoamericanas más destacadas del siglo XX, desconocer este hecho sería una falta de leso humanismo.

 

Le traté durante un periodo no menor de 15 años y asistí a su segunda toma de posesión en 1989, en donde pronunció un discurso tan ambicioso que más bien parecía que se dirigía al planeta como el secretario general de las Naciones Unidas o como el presidente de un Estado panlatinoamericano, según el sueño de Bolívar.    Su proyección fue tan amplia y abarcadora que parecía irreal a las circunstancias concretas.

 

El hecho de invitar a su asunción al poder, a los tres miembros de la nómina presidencial de la Acción Política Opositora de inspiración Civilista (ADO Civilista) señalaba el cambio de postura de Venezuela: del apoyo al general Torrijos en razón de la lucha nacionalista panameña por nuestro canal y todo lo que resultó de demagógico en sus promesas de justicia social, al rechazo al general Noriega por su brutal dictadura y carencia de todo ideal patriótico. Carlos Andrés había cambiado de postura y quería que el mundo lo supiera.

 

En esa ocasión hablé personalmente con él sobre el régimen de Noriega que se estaba desintegrando ante las manifestaciones civilistas y las medidas de bloqueo económico de los Estados Unidos.   En los últimos meses del año 1989 pasamos los días más angustiosos por la cercanía previsible del fin de la dictatura y el comienzo de la democracia.   Durante este tiempo Carlos Andrés seguía de cerca los eventos en Panamá, a mi casa llamaba frecuentemente por teléfono, ya sea él personalmente o su ministra de la presidencia, Beatriz Rangel, para saber qué había sucedido en las 24 horas previas, y si yo necesitaba algo o alguna gestión para mi seguridad.

 

A principios de 1990, ya en democracia, nos reunimos nuevamente a instancias suyas, pero discretamente pues yo era vicepresidente y Venezuela aún no reconocía al gobierno. Le propuse a Endara, en función de una conducta ejemplar de alianza, que me acompañase en al viaje Joaquín Fernando Franco, quien a pesar de haber hecho todo lo posible por evitar que la Democracia Cristiana surgiera en Panamá, era lo suficientemente realista para reconocer que no había tenido éxito en las últimas elecciones en 1984.    Entre los temas suscitados por el presidente venezolano estuvo el derecho a bases militares norteamericanas más allá del año 2000, que él daba por sentado, le respondí negativamente disipando así sus ideas prefijadas.

 

Al final Carlos Andrés nos dijo que consideraba política y democráticamente conveniente que el país tuviera una nueva elección y sabiendo que el Presidente Endara no aceptaba ninguna acción que pusiera en duda su derecho a la Presidencia, le manifesté que después del trauma de fin de la dictadura, de la invasión norteamericana y del vandalismo subsiguiente, Panamá no aguantaba una indecisión más en su realización de un gobierno democrático efectivo.

 

Al tomar el avión que Carlos Andrés había puesto a nuestra disposición para el viaje a la isla La Orchila, donde nos recibió, yo iba confiado que Venezuela nos reconocería a corto plazo y la conversación había sido una prueba de evaluación política de los nuevos dirigentes panameños. El resultado, a mi juicio, fue positivo.

 

Mucho se ha comentado el papel que Carlos Andrés Pérez tuvo durante los 21 años de la dictadura pero cualquiera que haya sido éste, debe tenerse en cuenta para una justa apreciación el rechazo a Noriega y su atención a los problemas y necesidades democráticas de los panameños, de otro modo se faltaría a la verdad.

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<>Artículo publicado el  13  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.