La tercera transición

La opinión de…

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César A. Ruiloba 

Con meridiana claridad, Dieter Nohlen (La Democracia, Instituciones, Concepto y Contexto), ha puntualizado que si bien en América Latina se han generado reformas institucionales, estas se han visto reducidas en dos áreas: la transición política y la transición económica. De la primera se puede decir que ha sido concluida. La segunda, la transformación neoliberal, ha avanzado de forma heterogénea, de ahí que la evaluación de sus resultados es controvertida. Según Nohlen, la tercera transición, la reforma del Estado (administración y justicia) y la transformación de la relación Estado–sociedad, objeto de nuestro análisis, está aún en pañales.

La problemática actual pasa por entender y hasta tolerar que los actores de nuestra sociedad civil ejerzan un cierto control sobre los procesos políticos, con el fin de colaborar en la consolidación de una sociedad más democrática. Este aporte bajo ningún contexto debe pretender, directa o indirectamente, construir una especie de sociedad que se pueda autorregular, fenómeno contrario a los valores de nuestra democracia representativa.

El estado actual de la situación, que de seguro influye en el divorcio permanente que existe entre la sociedad civil, partidos políticos y los estamentos de poder, devienen como consecuencia directa en el discurso permanente con el que estos dos últimos actores políticos han logrado hilvanar y, de cierta manera, modelar la opinión pública para facilitar la tacha y descalificación a priori de los voceros y representantes de la sociedad civil.

Sin duda alguna, esta circunstancia per se resulta peligrosa, antidemocrática y perversa, ya que no tiene sentido discriminar a estos actores sociales, por el sólo hecho de que sus líderes o la cantidad de su membresía no sean del afecto de los grupos de poder, puesto que es una idea casi universal que la base de legitimación de estas organizaciones civiles, por naturaleza, es limitada y particular.

El verdadero debate trasciende el concepto y debe llegar a la acción, es decir, tenemos que ponderar en su justa dimensión cuáles son los objetivos y fines reales de estos grupos dentro del escenario político y, aún más importante, si sus acciones constituyen una colaboración real y eficaz dentro del escenario democrático, en cuanto a su calidad de intérpretes e interlocutores directos entre las necesidades de la sociedad y las esferas del poder, habida cuenta de que los partidos políticos han caído en un marasmo de agendas eminentemente electoreras y clientelistas.

En esencia, ni los partidos políticos ni los grupos organizados de la sociedad civil, en su participación dentro de los procesos políticos, deben olvidar que su garantía de legitimidad y validez no se concentra sólo en la cantidad de sus miembros o en la empatía que puedan causar sus líderes en la sociedad o frente a los medios de comunicación, sino en el blindaje ético que ofrece la moralidad política, como discurso permanente en la retórica y acción política de estos grupos.

<> Artículo publicado el 16 de septiembre de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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¿Qué es la democracia?

La opinión de…

César A. Ruiloba

En nuestro medio ya es costumbre leer, y por supuesto, hasta con extrema frecuencia escuchar el eslogan que dice:   “Es imperante la defensa de nuestra democracia, misma que surgió como consecuencia de la ruptura de la dictadura militar en el año 1990”.   Para los desprevenidos, esta afirmación o llamado tan solo puede generar alerta sobre los peligros que las ideologías totalitarias ejercen sobre nuestras democracias incipientes.

Después de 20 años de gobernanza civil en nuestra sociedad, lo imperioso viene dado por la necesidad de establecer cuál es la verdadera naturaleza de lo que en pleno siglo XXI entendemos por democracia. Para tales efectos, propongo una suerte de método excluyente. Acaso es la democracia, tal como afirma el respetado sociólogo francés Alain Touraine, el “ conjunto de garantías contra el ascenso o el mantenimiento en el poder de dirigentes contrarios a la voluntad de la mayoría”. Si ello es así, como en efecto, ha sido la tradición prevalente en nuestro medio a partir de la caída del régimen militar, lamento decir, que hemos caído en la trampa impuesta no solo por la concepción meramente procedimental de la democracia, sino por la lógica que impone las reglas de la mayoría, so pretexto de que cualquier decisión que sea tomada en función de esta mayoría, formalmente, no podría ser tildada de antidemocrática.

¿Acaso la democracia se restringe a un conjunto de leyes o reglas? o ¿simplemente queda reflejada en la dictadura de las mayorías? Pues, ni uno ni lo otro. Lo esencial en un régimen democrático se traduce en el hecho político en el que la mayoría reconoce los derechos de las minorías, dado que acepta que la mayoría de hoy puede convertirse en minoría mañana y se somete a una ley que representará intereses diferentes a los suyos, pero no le negará el ejercicio de sus derechos fundamentales.

Nuestra época nos impone la discusión de temas trascendentales para el futuro de nuestra existencia; hablo de la globalización, el medio ambiente, la seguridad ciudadana, las tecnologías, la familia y las nuevas tendencias, etc., lo que plantea la necesidad de una reingeniería democrática para que no solo se atienda al aspecto procedimental de este fenómeno de organización política colectiva, sino que constituya una especie de plataforma en la que se optimice “la capacidad para la mayor cantidad posible de personas, de vivir libremente; es decir, de construir su vida individual asociando lo que se es y lo que se quiere ser, oponiendo resistencia al poder a la vez, en nombre de la libertad y de la fidelidad a una herencia cultural”.

Como lo dice Ronald Dworkin, solo basta la consecución de un debate abierto y auténtico entre los distintos componentes de nuestra sociedad, acerca de la verdadera naturaleza de la democracia o, en el mejor de los casos, la que es posible construir en nuestra cultura.

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Este artículo se publicó el 11 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.