Villa Grimaldi, un modelo para América Latina

La opinión de…

Nadhji Arjona

El Premio Unesco / Bilbao 2010 para la Promoción de una Cultura de Derechos Humanos fue otorgado a Asma Jahangir, renombrada defensora de los derechos humanos y abogada de la Corte Suprema de Pakistán. Al mismo tiempo, este honroso galardón fue otorgado también a la Corporación Parque de la Paz Villa Grimaldi, de Santiago de Chile, por su valiosa labor en la construcción de una cultura universal de derechos humanos enfocada hacia América Latina.

El Premio Unesco / Bilbao fue establecido en 2008 gracias a una generosa donación de la ciudad de Bilbao. La acción de tan importante municipio de España permitió extender el alcance del Premio Unesco para Educación en Derechos Humanos, establecido en 1976 y que fue otorgado hasta 2006. Este galardón era otorgado a las contribuciones sobresalientes que individuos u organizaciones realizaran por la causa de los derechos humanos a través de proyectos de educación e investigaciones, permitiendo elevar la conciencia de los servidores del Estado y entre el público en general.

Este año, Unesco estableció, además, tres menciones de honor para organizaciones no gubernamentales en reconocimiento de la importancia de la sociedad civil para construir un programa cultural fundamentado en los derechos humanos. Recibieron estas menciones:  la Fundación Cultural Paz (España); Francia, Tierra de Asilo (France Terre d’Asile) y la Federación Internacional de Música Esperanza (Fédération internationale de Musique Espérance).

La Coalición Internacional de Sitios de Conciencia manifestó su agrado en felicitar a la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, uno de los siete sitios acreditados de la coalición, por haber sido reconocida por la Unesco, gracias a su excelente labor en involucrar al público en su historia como centro de detención y ofrecer a los visitantes una variedad de temas contemporáneos relacionados a los derechos humanos. Uno de sus nuevos programas usa el poder del testimonio para evocar la comprensión del pasado, e invita al público a participar, dejando su propio testimonio.

La noticia resumida en los párrafos anteriores sacudió, hasta la médula, al grupo de amigos y amigas que hemos constituido en Panamá una fundación, con el propósito de sumar nuestros esfuerzos a la comprensión de los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas. Nos estremecimos de emoción una vez que circuló entre nosotros, por el hecho de que apenas han transcurrido seis semanas desde nuestra visita a Villa Grimaldi.

Allí percibimos con nuestros propios ojos el resabio de los sitios de tortura; contemplamos la cama de hierro dotada de alambres apropiados para provocar choques eléctricos en los seres humanos que llevaban detenidos a ese lugar; los minúsculos calabozos en donde varias personas eran obligadas a permanecer de pie, día y noche, hasta que sus fuerzas y su voluntad desaparecieran en el infinito; las decenas de fotografías de los detenidos y sus verdugos, que narraban con elocuencia, sin palabras, los horrores sufridos en manos de militares que aparecían frente a ellos.

Estuvimos varias horas en Villa Grimaldi, fuimos cuidadosamente atendidos por los guías que nos acompañaban a recorrer el lugar, mientras describían la secuela de aquella nefasta vivencia, con voz suave, sin omitir detalle de los horrores indecibles que sufrieron miles de chilenos, cuyo delito fue disentir de la dictadura militar de Augusto Pinochet, que derrocó al presidente Salvador Allende en 1973 y persiguió implacablemente a sus seguidores. Un mundo de sensaciones se agolpó en mi cerebro mientras recorríamos los jardines y “aposentos” carcelarios en Villa Grimaldi, debido a mis experiencias anteriores.

Treinta años de inmersión en el tema de los derechos humanos me abrumaron en ese momento; escenas y testimonios del Holocausto, un libro inconcluso acerca de sobrevivientes europeos que llegaron a Panamá, tragedias en Centroamérica… tantas otras impresiones invadieron mi mente con precipitación. Al verme apoyada en un árbol, uno de los guías se me acercó y antes de que me hiciera cualquier pregunta, lo abordé: Dígame una cosa, ¿Pinochet y sus esbirros tenían asesores nazis? Su respuesta fue: “No solo tenían asesores nazis, sino también amigos italianos expertos en torturas. Venían con frecuencia a Villa Grimaldi y plasmaron su infamia en esto que usted está viendo ahora”.

No faltará quien diga que en Panamá no ocurrieron cosas parecidas. Que las muertes fueron “menos” y las torturas “casi” no existieron. ¿“Menos”? ¿“Casi”? ¿Admiten los derechos humanos esas palabras? ¿Las admite el mandamiento “No matarás”? ¿Las admite la Comisión de la Verdad? De ninguna manera.

Panamá debe conocer lo que sucedió aquí desde el 11 de octubre de 1968 hasta el 20 de diciembre de 1989.   Veintiún años de abuso del poder e intento de destruir la democracia.   Los panameños nos sumamos a ese pacto de conciencia que hoy en día apoyan con justicia instituciones como la Unesco, la Municipalidad de Bilbao, B’nai B’rith Internacional y otras, para que las violaciones contra seres humanos, contra un solo ser humano siquiera, no vuelvan a suscitarse… ¡Nunca más!

<> Este artículo se publicó el 9 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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