Comida suficiente y precios bajos

La opinión de…

Angelo Chen Guardia

“Trabajar por el afrecho” o trabajar por la comida, nunca antes tuvo el refrán más vigencia que hoy, cuando ese gasto arrasa el presupuesto familiar, sin que surja el héroe que salve al consumidor indefenso.

Bienaventurados los que comen tomate a B/.1.75 la libra, o sazonen su bistec con cebolla a B/.1.30 o con ají a B/.1.50, los que compren arroz de B/.0.60, leche de B/.1.00 o un huevo de B/.0.15; privilegiados los que se alimentan con carne de res, puerco, pechuga o encuentro.

La situación es grave, no se vislumbran cambios. El país se dirige a un colapso alimentario con efectos políticos, sociales y económicos explosivos e irreversibles.

La forma de resolver la crisis es fortalecer la producción nacional que, aunque esté casi postrada, se revertiría positivamente desechando las políticas erráticas que la han perjudicado por años;   políticas que engañan al consumidor cuando se calumnia al productor como presunto culpable de los precios altos, para justificar la importación masiva de alimentos y liquidar la agricultura panameña.

Los resultados de este despropósito presentan a un productor quebrado y a un consumidor que sigue pagando precios altos, también, por los productos importados.

Cuando la producción es insuficiente, florece el contrabando, se enseñorean y campean a sus anchas legiones de intermediarios especuladores que arrastran la comida por un largo recorrido que arranca con el productor, sigue con el intermediario transportista, llega al mercado de abastos controlado por intermediarios mayoristas que podrían acordar previamente los precios que ofrecían al llegar; estos le venden a los comerciantes dueños de las ferias libres, a transportistas que operan en diferentes campos, a los chinos de las tiendas y, finalmente, al consumidor quien paga precios inflados en cada pase de mano.

El Mercado de Abastos no está al servicio del productor, favorece a los intermediarios, importadores, comerciantes, distribuidores y a otros.    Las ferias libres tampoco funcionan para el productor, son negocios de intermediarios. El Gobierno no debe seguir apoyando este injusto sistema, su intervención más importante es para conectar directamente el campo con el consumidor, promoviendo inocuidad y calidad a precios justos.

En la década de 1950, la Misión de Arkansas tiró las bases de la agricultura moderna en Panamá, esfuerzo sobre el cual se proyectó el desarrollo agrícola hasta inicios de los años 80, cuando Noriega interrumpe la evolución del proceso; en 1990 nuevas corrientes imponen sus criterios “neoliberales” en la interpretación del desarrollo agropecuario.

Se cierra el paso a enfoques realistas, nacionalistas y sensatos, derribando las bases de la actividad productiva, desmantelando la estructura arancelaria, arreciando en el gobierno de Pérez–Balladares cuando se voltea la espalda al productor y se decreta la clausura de la práctica agrícola por “ineficiente”, según sus economistas, abriendo la puerta a la importación de alimentos.

Estas corrientes están enquistadas en las cinco administraciones democráticas, desde Endara hasta Martinelli, con una breve pausa al inicio de la gestión de Moscoso, para cumplir un compromiso de campaña con los agricultores de elevar los aranceles.

Hoy se pregonan inversiones multimillonarias como forma de solventar la problemática actual dentro de cuatro a cinco años, con la operación de esas obras.

Planes que, a la luz de ejemplos similares, no se concretarían al final del período indicado, jugando otra vez con la confianza de muchos y enrostrándoles su impotencia.

Tienen que preguntarse cómo bajar hoy tantos asuntos pendientes que comprometen la seguridad alimentaria; deben pensar que la comida subsidiada o barata que se importa ahora no estará siempre disponible, y hay que aclararles que los escasos alimentos producidos aquí (yuca, ñame, plátano, carne, pollo, leche, huevos) pronto solo podrán comprarlos los ricos.

El Gobierno no es siempre un vehículo eficaz de gestión, convirtiéndose muchas veces en el mayor problema, como ocurrió en la administración de Martín Torrijos cuando se importaron directamente 600 mil quintales de arroz pilado, saturando el mercado y provocando la suspensión de las compras del molinero al productor, ante la inmovilización de sus inventarios; cundió tal caos que por primera vez se encontraron en el mismo bando estos dos eternos litigantes, forzando el cambio del ministro y el “compromiso” del IMA para la compra de la producción que el molinero, ahogado en arroz, no podía hacer.

En el siguiente acto, el Gobierno incumple con el pago, comprometiendo el financiamiento de la siembra siguiente, una de las razones que, aunada a la sequía del año 2009, propiciaron una bajísima cosecha y el mayor déficit de la historia del rubro, de más de tres millones de quintales pilados. Y el cuento no termina, porque hoy no se cancela todavía la deuda con los arroceros.

Urge devolver la dinámica al campo desde hoy, produciendo localmente los alimentos para el panameño, resolver las dificultades que se presenten hasta los próximos cuatro o cinco años, con planes de acción inmediata y no esperar impasibles que aumentan las complicaciones. Simultáneamente hay que emprender los proyectos anunciados para el mediano plazo, que cuando se inicien operaciones serían herramientas importantes del futuro.

Ahora es la oportunidad de las propuestas que busquen resultados a corto plazo para los renglones más sensitivos y prioritarios, empleando un mecanismo de participación y consulta eficaz como los foros nacionales específicos, enriquecidos por las experiencias y aportes de quienes escogieron la actividad agropecuaria como su forma de vida.

En el orden de prioridades toda la producción nacional debe ser sometida a ese estudio y escrutinio, incluyendo los rubros de exportación con sus proyecciones y problemática.

No obstante el daño perpetrado al productor y al bolsillo del consumidor, las cosas malas tienen algo bueno, la importación anual de los rubros deficitarios contiene, ella misma, parte de la solución, con su potencial de financiar algunos planes de producción de estos renglones.

Posee la capacidad de provocar disminuciones considerables en los costos de producción y, como consecuencia directa, de propiciar bajas sensibles en los precios al consumidor sin crear conflictos con la empresa privada.

El Gobierno tiene la palabra si le interesa desarrollar este particular concepto como una fórmula para solucionar situaciones difíciles, sentando a los importadores, a los productores y al comercio para estructurar un consenso solidario.

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Artículo publicado el 28 de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.
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Problemas con soluciones

Panamá, que ostenta el título de mayor consumidor per cápita del continente, con ese ritmo pronto obtendrá la presea de mayor importador per cápita de arroz de América. Esto y mucho mas sobre la agricultura panameña en el siguiente artículo de opinión de…

Angelo Chen Guardia —


Una amplia gama de negocios y oficios que se ubican bajo la égida del Ministerio de Desarrollo Agropecuario (Mida) están sumidos en crisis que ni los subsidios, incentivos y financiamientos consigue normalizar.

La ley define como asuntos agropecuarios la pesca industrial, la de la flamante flota de barcos camaroneros, la cría, ceba y exportación de camarones y, ambas, se debaten entre números rojos y negros.   La pesca artesanal se practica en un nivel de virtual subsistencia, sobreviviendo sin equipos adecuados. En un puesto inferior de la jerarquía económica del Mida se encuentra la acuicultura rural, atendida por grupos vulnerables de campesinos que cultivan tilapia como fuente de proteína.

Pescadores y acuicultores son cortejados por los políticos solo en tiempo de promesas electoreras, pasadas la fanfarrias les dejan caer el telón de indiferencia y de olvido en sus respectivos submundos de ruina y abandono.

No obstante, alguna ayuda económica se ha obtenido por intermedio de la Misión Técnica de Taiwan para desarrollar pequeños proyectos de producción. Escuelas para pescadores, mercados de mariscos, financiamiento para equipos, planes de vivienda, seguro social, servicio de extensión y asistencia técnica, proyectos de producción semicomercial de ricipiscicultura con especies menores como aves y cerdos y pequeños molinos serían ejemplos de iniciativas de fuerte impacto para esos subsectores.

La oferta local de alimentos de consumo masivo es insuficiente, hay que resolver las causas del déficit para suplir la demanda con producto nacionales, demostrando preocupación por el trabajo y la vida de casi la mitad de la población; no hacerlo ratifica que hay mayor interés por el negocio de las importaciones. Saltan a la vista motivos como el bajo nivel empresarial del productor, la ausencia de un eficaz sistema de transferencia de tecnología, sistemas de riego, canales de mercadeo y otros que sólo con ayuda oficial y de la empresa privada serán superados.

El potencial de éxito del trabajo agrícola se expresa con fuerza integrando al productor en un módulo empresarial, administrando todos los componentes de la cadena sin la intermediación asfixiante y oportunista. Experiencias de empresas productoras de leche, la exportación de cucurbitáceas y de piña ilustran que el valor agregado funciona como un seguro que puede sacar la cara por la empresa cuando las causas naturales incontrolables marginan la producción en el campo. El molinero que es, a la vez, productor de arroz sabe que un fracaso en el trabajo agrícola podría compensarse con creces con el negocio del molino.

No se puede negar que la agricultura en Panamá está en decadencia, con casi todos sus renglones más importantes en apuros: producción porcina, lechería, café, maíz, arroz y, peligrosamente, este último, el rubro central de la cocina panameña es tomando a la ligera, hundiéndose sin esperanza de acometer el compromiso de duplicar la superficie sembrada, de 53 mil 222 hectáreas en 2009, a 104 mil 560 hectáreas en 2015, cuando se enfrentará una demanda de 5.8 millones de quintales pilados.

Cada año la demanda del mercado aumenta en 83 mil 666 quintales pilados, exigiendo la siembra adicional de mil 504 hectáreas, pero en lugar de aumentar disminuye considerablemente.

Panamá, que ostenta el título de mayor consumidor per cápita del continente, con ese ritmo pronto obtendrá la presea de mayor importador per cápita de arroz de América.

Hoy, que las exigencias de nuevos mercados han cambiado el panorama agropecuario mundial, están forzando al país a una rápida transformación para adaptar la “empresa” a esos requerimientos.

Los fundamentos que sustentaron el actual desarrollo agropecuario han sido superados y las universidades deben formar un nuevo profesional con conocimientos y experiencias útiles para administrar los nuevos negocios; integrando conceptos de finanzas, mercados, interpretación y aplicación de normas de calidad, inocuidad, trazabilidad, para obtener y conservar la certificación que autoriza el acceso a aquellos mercados. En conclusión, es un problema de educación agropecuaria, de salud y de comercio internacional. Como Gobierno y como empresa privada hay que enfrentar responsablemente esos desafíos.

Hoy, uno de los grandes retos del agricultor es obtener más productos con un costo unitario menor, especialmente ahora que el territorio agrícola es ocupado, en una lucha desleal, por el desarrollo urbanístico, turístico, comercial y minero. Tareas ingentes de adecuación de suelos ácidos, inundables y la rehabilitación de suelos empobrecidos por las aplicaciones masivas de fertilizantes y pesticidas son impostergables, si importa obtener alimentos para hoy y mañana.

Gracias al desarrollo de la industria química en 1950 y 1960, la producción mundial de alimentos dio un salto espectacular y, también, Panamá amplió sus áreas de siembra de granos.

Como siempre, los excesos, el uso indiscriminado de agroquímicos y la ausencia de regulaciones fitosanitarias han degradado el ambiente.

En el suelo ahora crecen plantas intoxicadas y débiles, sin defensas para sobreponerse al ataque de patógenos, plagas, temperatura y humedad extremas, vientos y demás inclemencias de los elementos.

Suelos y plantas se han convertido en “adictos” a esos químicos que exigen cada vez en mayores cantidades, envenenándose en ese proceso de muerte provocado, lo que en los seres humanos correspondería a un “piedrero” o alcohólico.

Forzando la producción en esas condiciones, se aumentan los costos sin conseguir rendimientos económicos. De allí la eterna guerra de precios entre productores y compradores, para mantener artificialmente la actividad, sin beneficios permanentes y en detrimento del bolsillo del consumidor. La salud y la vida de todos son amenazadas con ese estilo de agricultura convencional sin control.

Es el momento de abrir paso a la agricultura sin residuos tóxicos, la de los microorganismos benéficos vivos, combinados con extractos de plantas y minerales, de formulaciones homeopáticas de nutrientes, humus, pesticidas orgánicos, que restablecen el equilibrio macro y microbiológicos, desintoxican suelo, plantas y agua, estimulan el metabolismo, favorecen la absorción de nutrientes, propician el crecimiento de plantas fuertes, mejoran la calidad y, obviamente, multiplican los rendimientos.

La agricultura convencional puede resolver muchos problemas, pero el tema es la restauración de la obra de la naturaleza que el hombre se empeña en liquidar, con su egoísta y suicida existencialismo.

Esta agricultura viva ha sido diseñada para contrarrestar los excesos de la agricultura de los químicos y, como primer objetivo, para garantizar la supervivencia de la especie humana en este planeta.

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Este artículo se publicó el 31 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Importación y desarrollo del agro – obstáculos a superar

La opinión de….

Ángelo Chen Guardia

Panamá marcha en pos del primer mundo, pero persisten las barreras que chocan contra ese propósito como la violencia y las franjas de pobreza que el éxodo del campo siembra en las ciudades.

La inversión juiciosa en la producción agropecuaria detiene el abandono del campo, produce comida suficiente sin la especulación que ocasionan los precios altos y reduce el costo de la canasta básica.

La agricultura local es incapaz de abastecer el mercado en muchos rubros, destacándose de forma crítica el maíz, el arroz y la leche, cuya demanda se suple con importaciones masivas; es el resultado de una óptica miope de planificadores y economistas que recomiendan importaciones, en lugar de apoyar la producción local.

Sin capacitación no habrá disciplina para manejar el negocio agrícola, aumentarán las carteras morosas y las “cuentas malas”.   Iniciativas como la Ley 25 y el plan agro Compita llegan a pocos productores y no generan impacto por ese déficit en la preparación del agricultor.

La producción de maíz es de un millón de quintales, frente a una demanda de ocho millones que habría que producir con 80 mil hectáreas (has), sin embargo, la superficie plantada es de 11 mil has. Problemas de tecnología, climáticos, genéticos, sanitarios y nutricionales estancan la producción lechera en la que prevalecen los pequeños productores que venden uno o dos tanques diarios; por esto, solo se producen 150 millones de litros (50% de la demanda de 300 mil litros).   El caso más sensitivo es el arroz que no superó el 40% de la exigencia del mercado en la producción de 2009.

Las importaciones se hacen para asegurar el abastecimiento y obtener mejor balance entre las ganancias del importador con los precios al consumidor y el apoyo a la producción de los rubros deficitarios. Los contingentes arancelarios permiten amplios márgenes porque los productos son subsidiados y entran al país casi exentos de aranceles; en consecuencia cumplen su cometido si el beneficio se comparte con el consumidor, mediante un precio justo, y se fortalecen los planes de producción nacional. Si los importadores o el comercio establecen sus precios de acuerdo a los costos del producto obtenido en Panamá, sin considerar el costo del importado, el mecanismo se confunde desviándose de los objetivos y hay que revaluar la eficacia de la empresa privada en el manejo de los contingentes.

Los precios se fijan sobre la base de los promedios ponderados del producto importado y el nacional para garantizar utilidades razonables y ahorros al importador, al comercio y al consumidor, definiendo su condición de renglones estratégicos en la seguridad alimentaria.

El descenso abrupto, a menos de 55 mil hectáreas, y un año 2009 sin lluvias propiciaron una pobre producción de 2 millones 134 mil 814 quintales (qq) de arroz pilado, que junto al producto de los contingentes, por el orden de un millón 581 mil 900 qq abastecerían el consumo por ocho meses y ocho días; por tanto, no se puede enfrentar la demanda de cinco millones 396 mil 904 qq, faltando aún un millón 680 mil 190 qq para los tres meses restantes del año.

Esto obliga a la importación adicional de 2.4 millones de quintales en cáscara. La demanda para 2011, de 5 millones 478 mil 838 qq pilados, exige sembrar 97 mil 662 has este año, pero la siembra real alcanzaría 60 mil hectáreas, con un estimado de 3 millones 366 mil qq pilados, y un déficit de 2 millones 112 mil 838 qq pilados para 2011.

En diciembre de 2009 se elaboró un plan para la autosuficiencia de arroz en cuatro años, que se discutiría en un foro nacional con todos los actores. Se solicitó a la FAO el patrocinio del evento, lo que se condicionó a la aprobación de las autoridades nacionales del sector, que aún no responden.

La propuesta contiene la siembra escalonada de 35 mil hectáreas con riego suplementario, compra de 55 cosechadoras, 55 graneros, construcción de 51 secadoras, perforación de tres mil 500 pozos y la adquisición de 3 mil 500 turbinas con sus aditamentos, con una inversión de 22 millones 29 mil 584 dólares, a financiarse con parte de los diferenciales de importación en consulta con los molineros. Los pequeños y medianos productores de Chiriquí, Coclé, Veraguas, Los Santos, Panamá, Bocas del Toros y Darién aportarían, después del cuarto año, dos millones 231 mil 460 qq pilados que, en junto a la producción de la siembra ordinaria, asegurarían el consumo del país.

En maíz el déficit de siete millones de quintales se produciría con la siembra de 77 mil hectáreas, tarea imposible en el corto plazo. Estructurar un plan similar al del arroz contribuiría en la sostenibilidad del rubro. La avicultura con un valor que supera los B/.100 millones, que importa miles de toneladas a precios subsidiados, tiene una buena oportunidad para dirigir acciones del fomento a la producción, con mecanización completa, apoyo a la investigación interna, y de soltar los nudos que atan la producción de semilla.

En un buen número de explotaciones lecheras se superaron aquellos obstáculos y, mediante extrapolaciones con las adaptaciones específicas se puede cambiar la situación. Si las industrias lácteas apoyaran un plan de desarrollo lechero, el país estaría preparado a corto plazo para evitar el desabastecimiento que se cierne sobre el panorama global.

Las conclusiones de que la demanda se distancia de la producción y que las importaciones generan buenas ganancias, recomiendan buen juicio con los precios y ceder un poco para que la estabilidad del campo garantice el progreso y la seguridad en las ciudades. Se puede hablar de precios justos cuando se prepare al productor para competir, antes no, porque él libra un desleal combate contra la naturaleza y, también, contra algunos de sus semejantes, no es indulgencia, es justicia.

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Este artículo se publico el 24 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.