Razones del corazón y el sentimiento humano

La opinión del Periodista…

RAÚL E. CEDEÑO
erece42@hotmail.com
En múltiples ocasiones, he hecho referencia a las razones que tiene todo pueblo para levantarse de su sitio común y corriente, para elevar su voz de protesta por las cosas que pasan en la vida diaria de su país.
Sin embargo, ese levantamiento de la voz, del tono y la intención de lo que hoy dice el pueblo vienen no solamente por el cálculo frío de la clase política y económica de una nación;   proviene del leguleyismo externo e informal de muchos políticos y las componendas a base de razones supuestamente mentales, pero totalmente ajenas a las razones del corazón y el humanismo que debe existir en toda acción que se tome.

 

Seguimos en nuestra tierra, viviendo con razones que provienen -en gran parte- del estómago o del bolsillo de los que han manejado históricamente la clase política de Panamá, pero no con aquellas razones que vienen del corazón o de nuestra cabeza. Y cada cuatro años se nos intenta convencer de que lo que se necesita es una cura de autoridad, orden y eficacia administrativa, pero a la vez imponiendo (período tras período) los valores abstractos de las percepciones de la razón política, más que las del sentimiento.

Hoy todavía nos debatimos en esa misma falla, porque aún luchamos para que la vida común del panameño sea totalmente diferente y muy superior a lo que hoy es, si a las clases políticas de nuestros últimos doce años les hubiese asistido un poco de corazón, a falta de cabeza.

Los panameños estamos viviendo una de las épocas más duras de nuestra historia republicana: los dineros no le alcanzan, el sistema médico de la Caja de Seguro Social es incompleto y ni siquiera tiene medicinas, a la canasta básica alimenticia le pusieron motores a reacción para que se elevara mucho más alto y rápido, la gasolina es un artículo de lujo que se comparará con el costo de un diamante, teniendo que pagarlo todos los días. ¿Entonces?

Por encima de todo ello, cada día más nos damos cuenta de que nos estamos quedando sin paja y sin grano, o lo que es lo mismo, sin eficacia, sin tolerancia mutua y so pretexto de autoridad y orden, estamos clamando además por la cordialidad que se ha perdido, especialmente entre las clases políticas, y por ella se reclama como la siente el pueblo en sus entrañas.

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<> Artículo publicado el 22 de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Presupuesto de la tarea que está por venir

La opinión del periodista…

RAÚL E. CEDEÑO
erece42@hotmail.com

Quizás este escrito podrá ser considerado algo filosófico y sublime, filosofículas que no son usuales en mis publicaciones. Pero ante el panorama de nuestro mundo de hoy, he considerado prudente presentar una humilde comparación entre lo que hoy somos y nuestro futuro, porque el mismo nos obliga a todos a hacer un balance de la tarea rendida por nuestra ‘civilización contemporánea’ e intentar hacer un presupuesto de la tarea por venir.

La mejora de la sociedad panameña ha sido siempre nuestro norte y la convicción que ha orientado nuestro esfuerzo, la entiendo como la universalización y humanización del hombre para comprender el dolor del mundo, nuestra patria incluida, y pensar y sentir en función social para actuar como si de nuestra conducta fuese a derivarse toda una norma de comportamiento humano.   Ante los hechos que afectan nuestra vida, nos damos cuenta de que solamente pensamos en nosotros mismos y, desgraciadamente, algunos dan demasiada importancia a sus bolsillos.

Se dice que este año será de plenitud para nuestro país.   Quizás así lo vean los economistas. Pero ¿será plenitud beneficiosa para todos o solo para algunos?    Enfrentamos un negro futuro: el aumento del costo del combustible, el aumento indiscriminado de la canasta básica, que limita con fuerza satánica nuestra alimentación; un muy bajo nivel salarial, incertidumbre por el nuevo costo de la energía eléctrica, una ciudadanía gorgojo en la ciudad capital y áreas aledañas, el pago de nuevos impuestos municipales para poder circular u operar nuevos y actuales negocios… Si le agregamos los problemas en la aplicación de la justicia, las quejas por las nuevas hidroeléctricas y la pelea continua entre políticos, no vemos claro el futuro.

Si seguimos así, tendremos ciudadanos que andarán a pie porque no les alcanza para el combustible o el sistema de buses, una sociedad que no verá con esperanzas el pago de la quincena por el entorno económico estrangulante que le rodea, ciudades y pueblos a oscuras porque no quieren encender el lazo lumínico que les ahorcará, unos seres humanos que tendrán que pelearse entre sí por el consumo de agua y además andarán por allí sudados y hediondos por la falta de baño.    Para no alargar, unos seres humanos flacos, esqueléticos, dignos de algún documental de National Geographic sobre el África misérrima. Es decir, vivir obligados todos a consumir la dieta del caballo: agua, si la tenemos, y paja.

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<> Artículo publicado el 15  de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Hacia un examen de conciencia

La opinión del periodista…

RAÚL   E.   CEDEÑO
erece42@hotmail.com

En estos momentos más que nunca, nos hace falta un profundo e íntimo reportaje, que no busque lo sensacional, que esquive las vulgaridades y se interese por las vidas claras y oscuras, de quienes forman la masa de nuestro pueblo.

El pueblo y sus apetencias es algo que constantemente estamos invocando, pero que la gran mayoría desconocemos. La época navideña reciente lo demuestra. La calidad de vida está llegando al suelo porque las conciencias nacionales no se ponen al día en cuanto al sufrimiento general por el alto costo de la vida, y tanto los poderosos como el mismo pueblo atentan contra la tranquilidad de los hogares y de sus integrantes que luchan por su supervivencia día a día porque no les alcanza siquiera para alimentarse bien. Olvídense de las delicias especiales, ya no les alcanza siquiera para comer como comemos los panameños normalmente durante todo el año.

Y en esa avalancha de avaricia y poco importa, avaricia y egoísmo que les define como seres con una garganta muy profunda, está el pueblo mismo que produce en pequeña escala algunos alimentos de consumo masivo para estas fechas. ¡Imagínese, el guandú a 11 dólares la libra!

Son muchísimos los alimentos comunes en nuestra ingesta normal que ahora no pudieron ser consumidos por la gran masa panameña.

Vuelve el precio de la gasolina a abofetear a los panameños. La quincena pasada dieron un descuento… dos centavos por galón. ¡Cosa más grande! Ahora lo suben entre dieciocho y veinte centavos. Con toda esta desgracia que nos ha caído y el desgarre de carreteras, se aprovechan descaradamente de los tranques nacionales. Con estos van a consumir más gasolina; hay que aprovecharse y deben pagarla mucho más cara. ¿Quieren carro? Que paguen mucho más.

¿Hemos escuchado que las petroleras han hecho donación alguna de dinero, aunque sea solamente para las desgracias de las inundaciones o para la Teletón? Si lo han hecho y mantenido una estricta humildad de silencio, benditos sean. Pero no conozco que haya existido una.

Se nos habla mucho del pueblo, con mayúscula, una vaga entidad democrática a quien se le atribuyen fibras delicadas y lujo de ideales, pero al pueblo verdadero, al pueblo con minúscula, no lo hemos elevado todavía al tema de importancia ni de solidaridad.

Cuidado señores del gobierno: es de esta forma en que comienzan a agrietarse las democracias.

 

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<> Artículo publicado el 8  de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Un exámen de conciencia

La opinión del Periodista…

RAÚL EDUARDO CEDEÑO
erece42@hotmail.com

En estos momentos más que nunca, nos hace falta un profundo e íntimo reportaje, que no busque lo sensacional, que esquive las vulgaridades y se interese por las vidas claras y oscuras, de quienes forman la masa de nuestro pueblo.   El pueblo y sus apetencias es algo que constantemente estamos invocando, pero que la gran mayoría desconocemos. La época navideña lo demuestra.

La calidad de vida está llegando al suelo porque las conciencias nacionales no se ponen al día en cuanto al sufrimiento general por el alto costo de la vida, y tanto los poderosos como el mismo pueblo atentan contra la tranquilidad de los hogares y de sus integrantes que luchan por su supervivencia día a día porque no les alcanza siquiera para alimentarse.   Olvídense de las delicias especiales, ya no les alcanza siquiera para comer como come el panameño normalmente durante todo el año.

Y en esa avalancha de avaricia y poco importa, avaricia y egoísmo que les define como seres con una garganta muy profunda, está el pueblo mismo que produce en pequeña escala algunos alimentos de consumo masivo para estas fechas. ¡Imagínese!, el guandú a siete dólares la libra.   Son muchísimos los alimentos comunes en nuestra dieta normal que ahora no podrán ser consumidos por la gran masa panameña. También vuelve el precio de la gasolina a abofetear a los panameños. La quincena pasada dieron un descuento… dos centavos por galón. ¡Cosa más grande! Ahora lo suben entre dieciocho y veinte centavos.

Con toda esta desgracia que nos ha caído y el desgarre de carreteras, se aprovechan descaradamente de los tranques nacionales. Con estos se va a consumir más gasolina. Hay que aprovecharse y deben pagarla mucho más cara. ¿Quieren carro?   Que paguen mucho más.

¿Hemos escuchado que las petroleras han hecho donación alguna de dinero, aunque sea solamente para las desgracias de las inundaciones o para la Teletón?   Si lo han hecho y mantenido una estricta humildad de silencio, benditos sean. Pero no conozco que haya existido una. Se nos habla mucho del Pueblo, con mayúscula, una vaga entidad democrática a quien se le atribuyen fibras delicadas y de lujo de ideales, pero al pueblo verdadero, al pueblo con minúscula, no lo hemos elevado todavía al tema de importancia ni de solidaridad. Cuidado señores del gobierno: es de esta forma en que comienzan a agrietarse las democracias.

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<> Artículo publicado el 18 de diciembre  de 2010  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

 

Piden queso, piden pan

La opinión del periodista…
 

RAÚL  EDUARDO  CEDEÑO
erece42@hotmail.com

Hemos comenzado a revivir uno de los momentos más difíciles de nuestra sociedad; momentos difíciles que se repiten año tras año, pero que ahora va a ser todavía más difícil que nunca porque la cruda realidad económica que vivimos está forzando a nuestra sociedad, niños incluidos, a enfrentarla con poca visión de un mejor porvenir. Pero lo que más me duele de lo que será esta Navidad que ya está encima de nosotros, no es que en nuestros hogares pasemos noches a oscuras por la ausencia de las luces multicolores que siempre engalanan la llegada del Niño Dios, no es la ausencia total de esos juguetes que llenaron de ilusión y de esperanzas a niños y jovenzuelos; no es la posible falta de reuniones familiares que sirvan para estrechar lazos de amor.

Me preocupa muchísimo que para esta Navidad haya tal escasez de comida en las mesas panameñas que no me extrañaría que en muchísimas simplemente se coma guacho de arroz con frijoles, porque no alcanza siquiera para hacerlo con guandú. Recuerdo con claridad que en parte de la afamada poesía para pequeñas criaturas que escribió el célebre poeta José Asunción Silva éste decía, refiriéndose a los niños: ‘¡Aserrín, Aserrán…!, los maderos de San Juan, piden queso, piden pan’. Esos críos no pedían otra cosa que comida, no pedían más que alimento para el cuerpo y así poner a reposar al alma. Hoy enfrentamos una de las crisis alimentarias más grandes que conozco, porque el salario del padre o de la madre-padre no es suficiente para satisfacer los estómagos de la familia.

¿Y qué hace nuestra sociedad ante esto? Admito que son muchos los que se unen en una u otra causa para llevar juguetes a áreas de miseria, aquí y en el interior. ¡Bravo! Pero, ¿habrán notado alguna vez que no hay nada más doloroso que un niño hambriento? Probablemente no. Probablemente aquel que está inmerso en la producción, distribución o venta de alimentos piensa únicamente en las ganancias que tendrá durante esta época de consumismo. ‘Reconozco el hambre de ellos, pero mejor me quedo a un lado para no buscarme problemas con el sistema económico nuestro’, dirán algunos. No tienen el valor pero sí mucha cobardía para enfrentar esa hambre extrema. No importa, igual hicieron muchos con Jesucristo cuando injustamente lo acusaron y crucificaron. Él en su inmenso amor, los perdonó.

 

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<> Artículo publicado el 8 de diciembre  de 2010  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Fiestas patrias dolorosas

La opinión del periodista

RAÚL  EDUARDO  CEDEÑO
erece42@hotmail.com

Todavía no terminan las conmemoraciones de nuestras fiestas patrias y lo que debiera ser el eterno perfume de nuestra independencia y posterior separación pareciera desaparecer totalmente, quedando rezagado a un penoso lugar en nuestros sentimientos y actitudes.

Se comprueba así que de nada vale el conocimiento que adquirimos para amar y respetar la actitud de nuestros próceres, comenzando por aquellos muy humildes de 1821, porque cada conmemoración no es más que una concentración de fuegos de artificio que rápidamente desaparecen en una noche oscura.

Esos próceres creyeron inocentemente que sus actos constituirían una inspiración patriótica que imponía silencio a las pasiones malsanas y a la lucha interna; que habían borrado los antagonismos y convocado a una sana Convención a cuantos tenían un nombre en los anhelos de libertad.

Hoy siento que no es así. Notamos que una capa de hielo cubre nuestros sentimientos nacionales al desconocer el trabajo que se hizo para que tuviésemos libertad y también una constitución modelo. Esos próceres creyeron que habían establecido la piedra angular del monumento institucional de nuestra República. Con nuestra despreocupación de hoy por nuestras efemérides patrias confirmamos que no se aprecia en nada esa materia, y si se cree que hay algún cambio éste podría ser considerado por muchos como un retroceso en nuestra vida de hoy.

Nos toca entonces reforzar nuestra vida cívica, porque la instrucción cívica de las masas con la mejor enseñanza y mediante la palabra hablada o escrita, con el ejemplo constante y elevado de amor por la Patria y su historia en todos los campos y en todos los momentos, es la gran misión que tenemos todos, especialmente quienes dirigen la educación en Panamá.

Es esa la principal misión que deben tener los que entran a la acción nacional con todo el empuje y el entusiasmo de sus primeras ilusiones. Es esa la gran tarea, y solo por ese camino se permitirá a la Patria llegar a ser, moral y políticamente, tan grande como lo ha llegado a ser hoy día y lo será por su posición territorial y todas sus riquezas naturales.

Ese sentimiento de fraternidad que nos da el conocer lo que fuimos y lo que hoy somos para conocer lo que queremos ser en el futuro, es el vínculo más grande que unirá a nuestro pueblo y el sentimiento más resistente a las vicisitudes de nuestra vida en común.

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<> Artículo publicado el 21  de noviembre de 2010  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Justicia social para una paz universal

La opinión del periodista…

RAÚL EDUARDO CEDEÑO
erece42@hotmail.com

El problema de la paz universal me ha preocupado muy a menudo. Desde que era muy joven. Y es que me considero uno de aquellos numerosos que quieren alejar para siempre el espectro de la guerra y abrir nuevos capítulos de la historia humana. Estoy firmemente convencido de que puede ser así; mi yo interior mantiene en su intimidad la convicción de que el hombre vivirá un día en un mundo en el cual las guerras y las confrontaciones no existirán, aunque no lo conseguirá sino después de largos y penosos esfuerzos. Nuestro mundo de hoy, enlutado y doloroso pero no agotado, lucha contra las tradiciones de una cultura que, de un lado o del otro, sigue mostrando desigualdades que afrentan y humillan nuestra sociedad. Y es esto el germen de cultivo para las grandes guerras.

Todo atentado contra las necesidades básicas de los más humildes es una invitación para las confrontaciones internas que, a la larga y cuando sobrepasan las fronteras, no permiten la paz mundial porque son un atentado contra ella. A pesar de que nuestro hoy está plagado de literatura y verbos pacifistas de algunos que dicen reclamar la justicia para lograr una paz social, no se preocupan por sembrar acciones para promoverla. El solo deseo de paz no la promoverá, como la evocación de una mesa bien provista no alimentará al hombre hambriento. Este doloroso problema sigue planteado con claridad y con mucha fuerza. Se tiene que poner la mesa, servirla, y generar acciones para que ese hombre pueda sentarse a ella y hacer uso de los alimentos que allí hay dispuestos.

No me extraña que ante el justo anuncio gubernamental del aumento de la mensualidad a los jubilados, los elementos contables de muchísimas empresas ya se estén perfilando para el logro de mayores ganancias, olvidando que en cambio debemos revisar con rapidez lo que no estamos haciendo bien para evitar más confrontaciones a corto plazo. Es fácil reclamar la paz social como un cliente reclama un plato en el menú de un restaurante, diciendo que no quiere otra cosa. Es fácil decir: ‘Alejen esta horrorosa polémica y denme la paz social’. Es mucho más difícil obtenerla, porque el simple deseo de paz no la producirá. Debemos preguntarnos todos si estamos haciendo lo necesario por alcanzar esos fines, o por el contrario descuidamos nuestros propósitos para lograrla.

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<> Artículo publicado el 14  de noviembre de 2010  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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