Masacre de árboles en Panamá

La opinión de…..

María Isabel Aramburu P.


Una de estas mañanas, pese a la dosis de optimismo que a diario trato de ingerir, la realidad terquísima de mi país me golpeó al leer que tanto la Alcaldía de Panamá como la Autoridad Nacional del Ambiente habían (Anam) “autorizado” la masacre de 180 árboles en pleno corazón de la ciudad.  El impacto de esa imagen de tractores tumbando árboles me transportó a las escenas finales de la película Avatar, cuando las máquinas implacables de la avaricia arrancaban el “árbol de la vida” de ese paraíso imaginario.

En Panamá, aquel infausto día, a vista y paciencia de todos y en pleno corazón de la ciudad, los burócratas de siempre autorizaron la puesta en marcha de tractores para echar por tierra años de sombra protectora, de refrescante brisa y hasta de abundantes frutos, sin hablar del colorido que durante mucho tiempo adornó ese rincón de la ciudad. Pánico sentí al ver que no era este un hecho casual, pues en otro diario se reportaba que en Albrook se habían mutilado 70 árboles, entre los que había jacarandas, robles y guayacanes.

Las autoridades se apresuraron a declarar:   “no fui yo, fue Tete, vamos a investigar”, afirmando con rostro serio que “aunque esos árboles no valían nada, pues eran guayacanes, mangos, robles, jacarandas, todos enfermos, y había que eliminarlos, se van a reponer”.   ¿Habrá que recordarles a estos funcionarios que la riqueza tropical de Panamá es parte de nuestra riqueza general y que tienen el deber y la obligación de protegerla y rendir cuentas de cada acción que vaya en su detrimento?

Lamentablemente, como bien dice el refrán, “el que tiene plata platica”, y la suerte de esos “inútiles” 180 árboles ya estaba echada. A vista y paciencia de todos fueron arrasados para dar paso a la sede de un gran centro comercial, que como tantos otros en la ciudad, mostrará con orgullo su fachada de vidrio y especialmente, su carencia de imaginación.

El abatimiento de árboles es, como la destrucción de monumentos históricos, algo que ya ocurre en el Casco Antiguo, y que gracias a la lucha incansable de los grupos en su defensa, el escenario no es más dramático aún.  La protección de nuestros monumentos es la defensa de nuestras raíces, de nuestra memoria colectiva, de nuestra identidad.

Sin embargo, nuestros “representantes”, que olvidan usualmente a sus “representados”, no solo no cumplen con su labor sino que han iniciado represalias y amonestaciones contra estos ciudadanos valientes que denuncian el permanente irrespeto y destrucción de monumentos.  ¿Y dónde estaban ellos aquel día que se desplomó el Hotel Central, agobiado de tanto martillazo e indefensión?  Al lado de esta insólita realidad de Panamá, probablemente Kafka sería un escritor costumbrista.

Y si usted está pensando que a lo mejor el café matutino me cayó mal y estoy exagerando, trate de retroceder en la máquina del tiempo y recuerde, por ejemplo, cómo eran los famosos jardines del Hotel Panamá y compárelo con el amasijo de cemento que ocupa hoy aquella otrora verde colina o recordemos lo que era el corregimiento de “Bellavista” o, reflexionemos, horrorizados, sobre la propuesta del Gobierno de construir una gran mole gubernamental demoliendo la que antes fue la sede de la embajada norteamericana, a orillas del mar.

La cultura del cemento y la demolición han hecho grave daño a nuestro país. No es posible conformarse con esta triste suerte y entregarlo sin remedio, llorando por la ausencia de sus enramados que ya no estarán para brindarnos su refugio y protección.

Desde aquí me dirijo a las autoridades de la Alcaldía y de la Anam para recordarles que su deber es estar del lado de los ciudadanos, que tenemos derecho a una ciudad sana, acogedora, verde y libre de contaminación. Que esta mutilación debe pagarse y que la entidad bancaria que va a ocupar la tierra de nuestros abatidos 180 árboles, debe cumplir con reponerlos uno a uno, en ese mismo espacio o adyacentes.

Que los cantos de sirena del “progreso” no nos llenen de ceguera y miopía y permitamos que, a vista y paciencia de todos, nos arrebaten, entre otros, nuestro paisaje multicolor.

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Este artículo se publicó  el  27 de marzo de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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