Educación, ¿hermoso tesoro?

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La opinión de….

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Ana María del C. Arosemena
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Estamos en el momento en que, por las festividades que celebramos, meditamos acerca de nuestro Panamá y del futuro de sus ciudadanos, en especial de los niños y jóvenes.

Nos preparamos para celebrar una vez más la Natividad de nuestro señor Jesús y el ejemplo de modelo de familia, obediencia y amor que nos legó María, su santísima madre.

La educación panameña se congratuló, también, en estas fechas al honrar a “Manuel José Hurtado”, el padre de la educación panameña, quien siendo ingeniero supo asumir la humildad del ser maestro. En 1868, se consideró que este educador había “Creado las bases seguras y fuertes sobre las cuales se alzaría el edificio de la educación pública panameña, que orgullosamente veíamos erigirse como elemento de armonía y progreso”.

Hoy medito si en realidad hemos contribuido, en forma satisfactoria, con la permanencia de ese edificio y con las bases profundas que idealizó Manuel José Hurtado para la educación de la niñez y juventud. No puedo guardarme el sentimiento encontrado que me produce escuchar que la educación está en crisis, esto sustentado con cifras alarmantes. Por ello, ofrezco a los colegas educadores y a las autoridades educativas las siguientes reflexiones.

¿Se habrá asumido en la sociedad la responsabilidad de Estado que representa ofrecer una educación de calidad humana, de desarrollo tecnológico, de avances científicos y de beneficios para la sociedad y sus asociados? ¿Cómo se ha definido el panameño de espíritu y gestión, que se requiere en la sociedad que nos corresponde?

¿Hemos asumido los educadores la pertenencia de un proceso educativo ubicado en el siglo XXI, con la responsabilidad de ser hacedores del conocimiento, la cultura, el sentimiento y la esperanza para que los estudiantes respondan a los desafíos de los cambios permanentes de la ciencia, la tecnología y la convivencia? ¿Con qué medios y recursos se cuenta para lograr un proceso continuo de investigación, que promueva un trabajo didáctico fundamentado en la renovación del conocimiento y del hacer educativo?

¿Conocemos y hemos sido garantes de los principios que definen las políticas educativas y los perfiles que distinguen al panameño, que responda a las exigencias del milenio y del contexto social que nos corresponde?

¿Tenemos la aptitud y la actitud para transmitir el saber y los valores que exige este milenio en una sociedad de cambios y ansiosa de seres humanos provistos del mejor conocimiento, pero también de la más eficiente disposición creativa y crítica ante la realidad y las urgencias de la ciencia, la tecnología y la convivencia humana?

Sabemos que en nuestro país se asignan grandes recursos al proceso educativo, situación que no es congruente con los resultados de calidad, equidad y eficiencia. ¿Velamos nosotros los educadores por el buen uso de esos recursos y propiciamos con nuestro testimonio y ejemplo valores, que contribuyan a esa calidad y eficiencia?

¿Anteponemos nuestra misión y vocación de servicio ante cada uno de los niños y jóvenes que nos corresponden, para moldear su saber, personalidad, calidad humana, don de la alegría y su esperanza?

La vocación y la didáctica que le imprimimos a la labor docente se fundamenta en la mejor selección del conocimiento, de la práctica permanente de la innovación, del fomento de la investigación y del desarrollo del pensamiento crítico de los estudiantes. ¿Procuramos estos objetivos en la misión diaria de enseñar?

Al considerar la urgencia de cambios curriculares hemos visualizado que estos procesos deben ser integrales, como expresa el investigador pedagógico Giovanni Iafrancesco Villegas: “…transformar el currículo significa de alguna manera, transformar la institución educativa desde sus objetivos y tareas hasta los medios y procesos lo que implica también transformar a lo agentes educativos y en ellos a maestros y alumnos”.

¿En qué medida las transformaciones y cambios que se procuran en el sistema educativo propician esa visión integral hacia el panameño que se desea formar para una sociedad que en su modernidad aspira a los mejores valores y sentimientos del ser humano?

Seguiría enumerando muchas reflexiones e interrogantes, pero debo felicitar también la vocación del educador panameño, por su espíritu de mejoramiento profesional, por su desempeño como promotor de la convivencia social y como agente solidario y de servicio en la relación con los padres de familia, con otros miembros de la comunidad educativa y con sus colegas. Sólo así se podrán lograr los cuatro pilares de la educación, definidos por la Unesco en su informe para el milenio titulado La Educación, encierra un Tesoro. Este tesoro será hermoso, en la medida que hagamos de nuestra pertenencia, un proceso educativo que logre acciones, de verdad, tendientes a: “Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y a vivir con los demás y aprender a ser”.

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Publicado el  16 de diciembre de 2009 en el diario LA PRENSA, a  quien  damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que le corresponde.

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