Golpe y guerrillas

La opinión de…

Guillermo Sánchez Borbón 

El 11 de octubre de 1968 los jefes de la Guardia Nacional dieron el primer golpe militar de nuestra historia republicana. Antes de entrar en materia, debo relatar cómo me enteré de que en Chiriquí se había iniciado la resistencia armada contra la recién estrenada dictadura. Un día me encontré con Kayser Bazán, viejo amigo mío. Él me contó que en las tierras altas de Chiriquí unos campesinos arnulfistas se habían alzado en armas contra la tiranía. Y me dio cifras (que entonces me parecieron exageradas) sobre el número de guardias que habían caído en el primer combate.

¿Cómo se enteró? No lo sé a ciencia cierta, pero puedo imaginármelo. Kayser estudió en la academia militar de West Point. Supongo que uno de sus ex condiscípulos, destinado a la Zona del Canal, se lo contó. Después, otra fuente me confirmó la información de Kayser y agregó otros detalles. Además, me relató que habían continuado los enfrentamientos, en cada uno de los cuales los guerrilleros habían derrotado a la Guardia Nacional.

Recientemente viajé a Chiriquí en compañía de Roberto Brenes, cuyo suegro tiene una casa de campo en la zona donde tuvo lugar el primer combate importante. Además, Brenes conocía personalmente a casi todos los sobrevivientes del movimiento que salvó el honor de la República, enfrentándose heroicamente a un ejército profesional –armado hasta los dientes– e infligiéndole humillantes derrotas. Yo quería tener una idea clara de los sitios en donde los guerrilleros libraron los combates contra una Guardia Nacional. Y en todos la derrotaron.

Un costarricense calderonista (veterano de la sangrienta Guerra Civil costarricense de 1948), Osito Solano, participó como voluntario en los primeros combates de los guerrilleros panameños. Era el único que tenía experiencia militar, y debe haber sido de gran ayuda a los bisoños combatientes. Yo lo conocí personalmente en la Costa Rica de 1970 y –a pesar de que era un hombre taciturno– hablé muchas veces con él.

Cuando la guerrilla –a falta de apoyo– se dispersó, algunos de sus miembros recalaron en diversos países centroamericanos, donde se ganaron la vida en modestos trabajos agrícolas, con una sola excepción, de la que más adelante nos ocuparemos. En la medida de sus modestísimas posibilidades, Osito hizo cuanto pudo por los panameños de la diáspora.

A la sazón, Manuel Solís Palma y yo estábamos en México. Un día me comunicó que viajaría a Costa Rica para ver cómo podía ayudar a los guerrilleros. Así lo hizo, en la medida de sus posibilidades. Era natural que se relacionara con Osito, quien al menos podía brindarle su amistad y apoyo moral.

Un día, Osito, quien tenía amistades en todas partes, se enteró de que el Gobierno panameño había enviado a uno de sus más temibles asesinos a matar a Solís Palma. Osito fue a buscar al criminal. Lo encontró escoltado por un miembro de la policía tica. Le dijo: “Yo sé que vienes a asesinar a Solís Palma. A las 5:00 p.m. sale un avión para Panamá. Como no lo abordes, a las 5:15 te mato”. El enviado panameño consultó a su acompañante tico, y éste le dijo quién era Osito, y le aconsejó que regresara a su país, porque el hombre era capaz de cumplir su amenaza. A las 5:00 en punto, el héroe panameño abordaba el avión que lo llevó de regreso a Panamá.

Después de algunas peripecias, el innoble Gobierno tico de entonces apresó a Solís Palma, lo despojó de todas sus pertenencias y lo expulsó a Nicaragua. No sé cómo fue a recalar a Venezuela, donde vivió y trabajó unos años bajo la protección de Acción Democrática.

Cuando se inició el “veranillo democrático”, Solís –como todos los exiliados– regresó a Panamá, a continuar la lucha por medios políticos. El exilio le salió carísimo a Solís Palma: perdió su fábrica de zapatos y todas sus posesiones. Al principio se vinculó a la oposición, con cuyos dirigentes tuvo graves desacuerdos. Noriega aprovechó todas estas circunstancias para reclutarlo. Solís entró a formar parte del gobierno de Tuturo del Valle, y cuando éste fue derrocado, los militares lo nombraron Presidente de la República. Ahí estuvo hasta que Noriega (en su último acceso de locura) lo separó para asumir él mismo la jefatura del Estado. Pocos días después se produjo la invasión gringa.

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Este artículo se publicó el 5 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Sobre guerrillas y guerrilleros

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón n

Ante todo, debo recordar las circunstancias en que R.M Koster y yo escribimos el libro In the Time of the Tyrants.     Yo estaba en Miami a la sazón, alejado de todas mis habituales fuentes de información.   Koster, a su vez, permaneció en Panamá; pero todo el que haya vivido en los últimos años de la dictadura sabe lo difícil (y peligroso) que era escribir, en esas circunstancias, nuestro libro.   Hacer muchas preguntas era casi suicida.   Privado yo de mis habituales fuentes de información, tuve que recurrir a mi memoria, que en esa época era fenomenal pero falible.   El tiempo me había borrado muchas cosas, otras apenas si las recordaba borrosamente. Ello no obstante, el relato que escribí con Koster en los años atroces de la dictadura, es asombrosamente fiel a la realidad, salvo detalles a los que entonces no teníamos acceso.

Richard viajaba periódicamente a Miami -donde yo vivía a la sazón- y compulsábamos los capítulos que él iba escribiendo a medida que terminábamos de discutirlos. No puedo pensar en método menos adecuado para escribir un libro que abarcaría el tiempo transcurrido desde el golpe de Estado a la invasión de Panamá por Estados Unidos.

Era natural que el paso del tiempo me hubiera desdibujado algunos hechos y trastocado la jerarquía de los que se habían grabado en mi memoria. Otros los ignorábamos de plano. A pesar de todo lo cual, no obstante, al releer ahora el libro me asombra comprobar lo fiel que es –en líneas generales- a la tragedia que todos vivimos con el corazón en la boca.

Hoy habríamos cambiado el énfasis que pusimos en algunos acontecimientos, y corregido algunos errores fácticos, que, dadas las circunstancias de aquel “tiempo de tiranos” en que lo escribimos, se deslizaron en nuestra obra. Sin embargo, la fidelidad a los hechos generales tal como entonces se conocían, resulta sencillamente asombrosa. Hoy corregiríamos algunos errores fácticos que inevitablemente (dadas las circunstancias en que lo escribimos), se deslizaron en esa obra.

El libro –cuya publicación retrasamos deliberadamente a petición de nuestro editor- vio la estampa al mismo tiempo que otros dos sobre el mismo tema, escritos por autores estadounidenses. Ellos utilizaron fuentes a las que nosotros no tuvimos acceso, y las dos obras, aunque muy meritorias, adolecen de un defecto capital: ambas hacen consistir nuestro drama en una lucha titánica entre el Gobierno estadounidense y Noriega. No hay ni una sola alusión a nuestro país, ni a su gente, ni a su riquísima historia.

En esta esquina Noriega, en la otra Estados Unidos. No hay una referencia a nuestra patria, a la Guerra de los Mil días, al hecho asombroso de habernos independizado de España primero y después de Colombia sin derramar una gota de sangre. Pese a la plétora de sus informaciones, no tienen absolutamente ningún interés en la verdadera víctima de este drama: el pueblo panameño. Las suyas se reducen a una lucha entre dos titanes. En esta esquina el Gobierno norteamericano, en la otra Manuel Antonio Noriega.

El pueblo panameño no participa en esa confrontación. No puedo pensar en nada más ridículo, ni más irrespetuoso de los hombres y mujeres de nuestra patria, que pusieron la vida en el tablero (y muchos la perdieron) que esta visión maniquea de hechos sobremanera complejos y dolorosos. Pero prisioneros de su superficialidad y de su ignorancia de nuestro país y de su rica historia, no pudieron ver más allá de sus narices.

Con todo, los dos tuvieron acceso a fuentes que estaban fuera de nuestro alcance. Ambos, por ejemplo, transcriben la conversación telefónica (grabada por los gobiernos francés y norteamericano) que sostuvieron Papo Córdoba y Manuel Antonio Noriega (que estaba en París) el día que detuvieron a Hugo Spadafora: “Papo Córdoba -Tengo al perro rabioso”. Noriega: -¿Y qué hace uno con un perro rabioso?”.

Ninguno de los dos autores arriba mencionados comprendió cabalmente el significado siniestro de esta conversación. Para mí no puede ser más clara. Noriega fue ayudante de laboratorio, antes de ir a estudiar milicia en Lima. Y como tal sabía que -al menos en aquel tiempo- cuando un perro sospechoso de padecer de rabia mordía a un cristiano, se mataba al perro y se le sacaba el cerebro para ver si tenía los cuerpos microscópicos característicos de los que sufrían de rabia. Noriega puede decir misa si hay quien se la quiera oír, pero para quienes nos movimos en el universo del laboratorio, estas palabras constituyen una tortuosa confesión.

Las tesis de los dos periodistas, aunque valiosas e instructivas, dejan fuera de juego al pueblo panameño, el actor principal de esta atroz pesadilla.

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Este artículo se publicó el 29  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El Censo de 1950 – Aventuras en Darién

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

He decidido terminar esta serie de artículos sobre el Censo de 1950, por razones que la semana entrante comprenderás. Pero antes debo corregir un monumental patinazo que di en el artículo anterior. El Noel Morón Arosemena de esta historia se llamaba en realidad Elías Morón Arosemena, no Noel, como erróneamente escribí. Noel fue amigo mío desde 1944, amistad que fue interrumpida por su muerte años más tarde. El de la aventura (o desventura) de Darién fue Elías, talentoso abogado y bellísima persona.   Era hermano de Noel.

Pues bien, Elías y yo nos dirigimos a otra población, donde tendríamos nuestro cuartel general. Ahí tuvimos que hacerle frente, valerosamente, a nuestra próxima crisis. No había dónde comer ni dónde descomer. Por razones que habría que preguntarle al río, la creciente se llevó todos los sitios escusados del pueblo, dejándonos una situación imposible, de cuyos deprimentes detalles te haré gracia.

Ninguno de los dos sabía cocinar. Decidimos engañar el hambre, ¿con qué? Las tiendas locales estaban tan bien surtidas como la guarida de un ratón venido a menos. Lo único comestible que tenían en abundancia eran camaroncitos tití.   Y nos atracamos de ellos con un entusiasmo que tendría consecuencias impredecibles, como suelen decir los diputados. Te haré gracia de esta nueva calamidad.

Pero, al parecer, Dios se apiadó de nosotros. Solíamos comprar cigarrillos y otras cosas en la no muy bien surtida tienda de un chino. El hombre, sobremanera sagaz y bondadoso, se dio cuenta de los apuros que pasábamos, y se apresuró a rescatarnos, ordenándonos que fuéramos todos los días a su casa para compartir con nosotros sus comidas.   De esa experiencia data mi afición por el pulpo, delicia que a la sazón muy pocos degustaban en nuestro país. Elías y yo lo comimos en esa ocasión con un placer que tenía muy poco que ver con el refinamiento y mucho con el hambre.

A pesar de estos contratiempos, hicimos lo mejor que pudimos nuestro trabajo. A los días apareció nuestra jefa, Carmen Miró, y con la inteligencia, capacidad y energía que la caracterizan, nos dio una mano (las dos, mejor dicho). Y así logramos hacer un buen censo. Te haré gracia de los detalles técnicos.

No recuerdo cómo regresó a Panamá Elías. Jamás olvidaré, en cambio, cómo regresé yo: en un barquito tan abarrotado de banano, que no encontraron para mí cama, ni siquiera un sitio en que pudiera sentarme. Pasé todo el viaje de pie, aprisionado por racimos de guineo que resentían tanto mi compañía, que no solo no pude sentarme durante el tiempo que duró la travesía: ni siquiera pude liberarme de una inmovilidad, que me dejó durante mucho tiempo con dolores en cada milímetro de mi cuerpo, de mi “hermoso cuerpo”, como decía una jamona en un tele anuncio de la época. Pero cuando se es (relativamente) joven se tolera mejor esta situación de veras intolerable. Por suerte el Pacífico, a pesar de sus ocasionales accesos de malhumor, esa noche –tal vez compadecido de mi incómoda situación– se portó admirablemente conmigo.

Como si fuera una misteriosa extensión de mi bahía natal, ni siquiera se rizó una sola vez durante el tiempo que duró el viaje de regreso a la capital. Si entonces no lo hice, ahora le doy las gracias al Pacífico por no haber agravado una situación de suyo intolerable.

A los días de haber regresado a la capital, tuvimos que hacerle frente a una nueva crisis. Muchos empadronadores habían olvidado anotar datos esenciales en la parte agropecuaria del censo. Y nos distribuyeron a todos por el país para que localizáramos a los censados y les pidiéramos los datos que habían omitido los empadronadores. Te haré gracia de todos estos detalles. Bastaría uno solo a guisa de ejemplo. A la pregunta “¿cuántas reses tienes?”, los ganaderos jamás te respondían con la cifra exacta, sino con un lacónico, poco informativo “varias”.   Yo mismo soy medio campesino y los conozco muy bien. Eso me permitió a mí y a otros empadronadores, tan montunos como yo, lograr que nos dieran la cifra exacta.

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Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Sobre el sadismo político

La opinión del Escritor…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Está visto que me es imposible retirarme (como lo exigen, casi a gritos, mi edad, mi salud y la sensación de que mi trabajo es inútil), gracias a los lustrados gobernantes –crecientemente mediocres y deshonestos– que se autoinflige el país cada cinco años.

Cuando recuperamos la democracia, tuvimos la gran suerte de que el primer Presidente fuera el probo, tolerante y sorprendentemente capaz Guillermo Endara. Este hombre, talentoso y bonachón, tuvo la gran virtud de calmar a un país crispado por el odio.   A los pocos días de haberse afianzado en el poder, fueron a visitarlo a la Presidencia, en nombre del PRD, dos de sus principales dirigentes, a quienes el flamante mandatario recibió en su despacho. Endara les ofreció todas las garantías para que se reincorporaran a la vida política de la nación.

Así lo hicieron, con gran disgusto de los fanáticos de signo contrario, que soñaban con venganzas y proscripciones. El hombre bonachón y sagaz que ocupaba la Presidencia sabía que su misión era acabar con el odio que envenenaba al país, y propiciar la reconciliación de todos los panameños, sin excepción. Ésta fue una de sus grandes contribuciones a la paz nacional. Además de poner en su lugar a quienes soñaban con venganzas y persecuciones. Calmó a un país crispado por el odio. Y algún día se lo reconocerán todos los panameños.

Su otra gran contribución a la salud política de nuestra patria fue haber presidido unas elecciones ejemplarmente puras, que rompieron (espero que para siempre) la cadena de fraudes que envenenó, durante demasiado tiempo, la vida política de la nación. Y a él no se le puede imputar un solo asesinato, una sola persecución, un solo carcelazo, un solo chanchullo personal o político.

Este hombre admirable, defensor de las libertades públicas y de las garantías personales, es uno de los grandes mandatarios que ha tenido nuestra patria. Uno de sus mayores méritos es haber recibido un país crispado por el odio, y haberlo calmado. Y, por sobre todas las cosas, haber roto la cadena de fraudes electorales que envenenaron la vida política de la nación durante demasiado tiempo. Sus sucesores (es justo reconocerlo) han seguido hasta ahora el saludable ejemplo. En todas las elecciones que se han celebrado, desde entonces, siempre ha ganado la oposición, y el candidato perdedor ha sido siempre el primero en reconocer públicamente el triunfo de su adversario. Hasta ahora.

Hoy soplan vientos de fronda. Martinelli está empeñado en espiar a todos sus adversarios políticos, como lo han revelado las filtraciones del famoso Wikileaks, cuya autenticidad no ha impugnado ningún funcionario del Gobierno norteamericano. Se quejan de la publicación de documentos secretos. Jamás han dicho que alguno de ellos sea falso. Por otra parte, 600 personas tenían acceso a los famosos documentos, supuestamente secretos; era solo cuestión de tiempo para que uno de ellos se los filtrara al gran público.

No voy a juzgar su valor ni su importancia. Para ello tendría que leer todos los papeles, cosa que no tengo ni tiempo, ni capacidad ni ganas de hacer ahora, ni después, ni nunca. Estos líos me aburren a muerte.

Pero hay otras razones. Una vez le dijeron a Diógenes de la Rosa, en mi presencia,  que estaban escuchando sus conversaciones telefónicas.   Respuesta: “no ve que yo soy tan tonto para conspirar por teléfono”. En mi caso tenían grabado mi teléfono, no para averiguar lo que yo opinaba del gobierno, pues lo sabían de sobra –porque yo se los decía todos los días en mi columna– sino para saber quiénes me daban informaciones supuestamente secretas. Otra idiotez, pues mis informantes burlaban esta posibilidad llamándome desde teléfonos públicos, y deformando su voz (cosa muy fácil: basta poner un pañuelo sobre el transmisor).

La única persona en el mundo que todavía cree en la santidad del secreto telefónico es Martinelli. Entre amigos, toda conversación telefónica (aun la más inocente) está hecha de sobrentendidos, es incomprensible para una tercera persona.

Martinelli revela una gran ingenuidad, si cree que los verdaderos conspiradores dan a conocer por teléfono sus planes y andanzas subversivas. Además –como lo he dicho varias veces–, toda conversación entre personas muy allegadas es incomprensible para una tercera, porque está hecha de sobrentendidos. Ejemplo:

–¿Lo viste?

–Sí.

–¿Y qué te dijo?

–Lo mismo que la vez anterior. Me vino con unas cortas y otras largas. Total que no pude sacar nada en claro.

Un criptólogo le daría la más siniestra interpretación a lo que no pasa de ser un intercambio de bobadas, sin la menor importancia. Si dos tipos se propusieran, digamos, tumbar al Gobierno, lo planearían en la calle o sentados a la mesa más discreta de un parque cualquiera.

Martinelli, muy enojado por la negativa de los gringos a espiar a sus adversarios reales o imaginarios, amenazó con contratar a los ingleses, los mejores aliados de Estados Unidos.   O a los israelíes, cuya nación no podría sobrevivir sin el apoyo de los gringos. No van a pelearse con Estados Unidos solo para calmar la manía de persecución del Presidente de lo que (para ellos) es una banana republic.

<> Este artículo se publicó el 31 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en:

La construcción de una pesadilla

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Yo nací en Bocas del Toro, donde pasé muchos años de mi vida, empezando por todos los de mi infancia y mocedad. Explico esto no para gloriarme,   sino para que se entienda lo que viene a continuación.    En esos años, como todos mis paisanos, bebí únicamente deliciosa agua de lluvia. No había otra. Afortunadamente, la naturaleza era pródiga con nosotros. Llovía con una frecuencia a veces desesperante para los muchachos, que no podíamos jugar en la calle; pero todos sabíamos que una semana sin que cayera sobre nosotros un aguacero torrencial, era una sequía y nuestros padres nos racionaban el agua. Recuerdo que nos bañábamos con una velocidad vertiginosa. Pero a la sazón, la selva virgen nutría pródigamente al régimen de lluvia, y las sequías (o lo que nosotros llamábamos así) nos fastidiaban una vez cada tres o cuatro años, durante cinco o seis días.

La población del país era muy escasa por entonces, y la mano del hombre no le había infligido a la naturaleza un daño irreparable (la peor plaga de nuestro planeta es el hombre, que, entre todos los seres vivos es el único capaz de destruirlo).

En 1944 vine a vivir a la capital. En aquel tiempo, el agua de las dos ciudades terminales tenía la justificada fama de ser la mejor del mundo (aunque a veces, en mis ataques de nostalgia, añorara el agua que en mi pueblo natal compartíamos generosamente con los gallinazos).

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició el éxodo masivo de los campesinos hacia las ciudades (un fenómeno global, exhaustivamente estudiado por especialistas de todas las latitudes). Ellos no tenían la culpa de haber nacido y crecido en la cultura del peladero. Y se inició la tala masiva de árboles bajo nuestras propias narices.

Y la población seguía creciendo desaforadamente con personas convencidas de que los árboles fueron hechos para derribarlos. No fue culpa de los flamantes campesinos (me complace admitir que los descendientes de aquellos pobladores están aprendiendo a respetar el árbol. Confortables chalets han ido reemplazando las casas brujas, y sus patios empiezan a ser embellecidos por las mismas especies que arrasaron sus abuelos.

No son muchos, pero revelan que algo ha empezado a cambiar en nuestro pueblo. Justicia poética: muchos de los ecologistas descienden de los enemigos de la naturaleza. Aunque tratan de salvar los árboles, otros continúan asesinándolos con el apoyo de nuestras lamentables autoridades. La más reciente hazaña de estos bárbaros ha sido la destrucción de una arboleda que se pavoneaba hermosamente a la vera de Calle Quinta. Pese a la protesta de los vecinos, fue arrasada por los nuevos agentes del peladero para construir una casa tan fea como su dueño.

¿Qué vamos a hacer con un país cuyo presidente actual es un agente de los enemigos de la naturaleza? Hace muy poco, él mismo, o sus paniaguados, autorizaron a una empresa extranjera a destruir un bellísimo bosque a fin de que estos delincuentes puedan saquear unas briznas de oro, cuyo precio ruego a Dios que se haya caído al piso cuando se dispongan a venderlo.

Desde mi infancia he oído un cuento que viene al caso. Un campesino (no diré de dónde para evitarme problemas), agobiado por el calor del mediodía, se refugió bajo un frondoso árbol. Cuando se hubo refrescado, se dirigía a su casa. De pronto se dio media vuelta, y dijo: “Jó, que lindo palo pa tumbarlo”. El cuento en verdad no tiene ninguna gracia, pero caracteriza mejor que un tratado la mentalidad durante mucho tiempo prevaleciente en nuestros campos. (Capítulo aparte merecen los empresarios y constructores que han convertido nuestra ciudad en una visión de pesadilla).

A propósito de cuentos: voy a relatarte uno que no tiene nada que ver con nuestro tema, pero quiero premiarte con él por la paciencia con que has seguido esta lata. Es un cuento que vi–leí hace 70 años, por lo menos, y se me quedó grabado para siempre en la sesera.   Al fondo del cuadro se ve a un caballero que está saboreando con deleite un huesecillo. En el primer plano dos señoras, que ostentan, a guisa de adorno, un hueso fijado a la cabeza de cada una de las dos no recuerdo con qué. Una de ellas, muy orgullosa, le dice a la otra, señalando al mondador de dientes: –¡A mi marido le encantan los niños!

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Este artículo se publicó el 15  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autro, todo el crédito que les corresponde.

Sobre el sadismo político

La opinión de…

Guillermo Sánchez Borbón

Está visto que me es imposible retirarme (como lo exigen, casi a gritos, mi edad, mi salud y la sensación de que mi trabajo es inútil),    gracias a los lustrados gobernantes –crecientemente mediocres y deshonestos– que se autoinflige el país cada cinco años.

Cuando recuperamos la democracia, tuvimos la gran suerte de que el primer Presidente fuera el probo, tolerante y sorprendentemente capaz Guillermo Endara. Este hombre, talentoso y bonachón, tuvo la gran virtud de calmar a un país crispado por el odio. A los pocos días de haberse afianzado en el poder, fueron a visitarlo a la Presidencia, en nombre del PRD, dos de sus principales dirigentes, a quienes el flamante mandatario recibió en su despacho. Endara les ofreció todas las garantías para que se reincorporaran a la vida política de la nación.

Así lo hicieron, con gran disgusto de los fanáticos de signo contrario, que soñaban con venganzas y proscripciones. El hombre bonachón y sagaz que ocupaba la Presidencia sabía que su misión era acabar con el odio que envenenaba al país, y propiciar la reconciliación de todos los panameños, sin excepción. Ésta fue una de sus grandes contribuciones a la paz nacional. Además de poner en su lugar a quienes soñaban con venganzas y persecuciones. Calmó a un país crispado por el odio. Y algún día se lo reconocerán todos los panameños.

Su otra gran contribución a la salud política de nuestra patria fue haber presidido unas elecciones ejemplarmente puras, que rompieron (espero que para siempre) la cadena de fraudes que envenenó, durante demasiado tiempo, la vida política de la nación. Y a él no se le puede imputar un solo asesinato, una sola persecución, un solo carcelazo, un solo chanchullo personal o político.

Este hombre admirable, defensor de las libertades públicas y de las garantías personales, es uno de los grandes mandatarios que ha tenido nuestra patria. Uno de sus mayores méritos es haber recibido un país crispado por el odio, y haberlo calmado. Y, por sobre todas las cosas, haber roto la cadena de fraudes electorales que envenenaron la vida política de la nación durante demasiado tiempo. Sus sucesores (es justo reconocerlo) han seguido hasta ahora el saludable ejemplo. En todas las elecciones que se han celebrado, desde entonces, siempre ha ganado la oposición, y el candidato perdedor ha sido siempre el primero en reconocer públicamente el triunfo de su adversario. Hasta ahora.

Hoy soplan vientos de fronda. Martinelli está empeñado en espiar a todos sus adversarios políticos, como lo han revelado las filtraciones del famoso Wikileaks, cuya autenticidad no ha impugnado ningún funcionario del Gobierno norteamericano. Se quejan de la publicación de documentos secretos. Jamás han dicho que alguno de ellos sea falso. Por otra parte, 600 personas tenían acceso a los famosos documentos, supuestamente secretos; era solo cuestión de tiempo para que uno de ellos se los filtrara al gran público.

No voy a juzgar su valor ni su importancia. Para ello tendría que leer todos los papeles, cosa que no tengo ni tiempo, ni capacidad ni ganas de hacer ahora, ni después, ni nunca. Estos líos me aburren a muerte.

Pero hay otras razones. Una vez le dijeron a Diógenes de la Rosa, en mi presencia, que estaban escuchando sus conversaciones telefónicas. Respuesta: “no ve que yo soy tan tonto para conspirar por teléfono”.   En mi caso tenían grabado mi teléfono, no para averiguar lo que yo opinaba del gobierno, pues lo sabían de sobra –porque yo se los decía todos los días en mi columna– sino para saber quiénes me daban informaciones supuestamente secretas. Otra idiotez, pues mis informantes burlaban esta posibilidad llamándome desde teléfonos públicos, y deformando su voz (cosa muy fácil: basta poner un pañuelo sobre el transmisor).

La única persona en el mundo que todavía cree en la santidad del secreto telefónico es Martinelli. Entre amigos, toda conversación telefónica (aun la más inocente) está hecha de sobrentendidos, es incomprensible para una tercera persona.

Martinelli revela una gran ingenuidad, si cree que los verdaderos conspiradores dan a conocer por teléfono sus planes y andanzas subversivas. Además –como lo he dicho varias veces–, toda conversación entre personas muy allegadas es incomprensible para una tercera, porque está hecha de sobrentendidos. Ejemplo:

–¿Lo viste?

–Sí.

–¿Y qué te dijo?

–Lo mismo que la vez anterior. Me vino con unas cortas y otras largas. Total que no pude sacar nada en claro.

Un criptólogo le daría la más siniestra interpretación a lo que no pasa de ser un intercambio de bobadas, sin la menor importancia. Si dos tipos se propusieran, digamos, tumbar al Gobierno, lo planearían en la calle o sentados a la mesa más discreta de un parque cualquiera.

Martinelli, muy enojado por la negativa de los gringos a espiar a sus adversarios reales o imaginarios, amenazó con contratar a los ingleses, los mejores aliados de Estados Unidos. O a los israelíes, cuya nación no podría sobrevivir sin el apoyo de los gringos. No van a pelearse con Estados Unidos solo para calmar la manía de persecución del Presidente de lo que (para ellos) es una banana republic.

<> Este artículo se publicó el 1 de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Sobre censo e inundaciones

La opinión del Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

Ya no recuerdo exactamente cuándo, ni por qué entré a trabajar en la oficina que preparaba el censo de 1950, el primero rigurosamente científico que se realizaba en Panamá. Trabajábamos todos (técnicos y nosotros los burócratas) en una oficina enorme.

Nuestras jefas Carmen Miró y Ana Casís eran, como es natural, las únicas empleadas que tenían oficinas propias.   Todo el éxito de esta empresa se debe a estas dos mujeres extraordinariamente competentes.

Mis funciones eran bastante vagas. Un día enriqueció nuestras filas el gran pintor Eudoro Silvera (sus funciones eran muy precisas y tenían que ver con sus extraordinarios talentos y habilidades). Tengo que decir que todos trabajábamos arduamente, pero que nos divertíamos como locos en los pocos ratos libres que teníamos.

Trabajaba en el Departamento de Relaciones Públicas un conocido periodista que tenía la costumbre de escupir continuamente. Todos nos hacíamos los desentendidos, porque era una bella persona y un funcionario muy competente. Excepto Silvera, a quien este tic sacaba de quicio. Y un buen (o mal) día estalló, y escribió una nota que empezaba, más o menos, así:

“El Departamento de Higiene Pública, considerando que Fulano de Tal tiene la costumbre asquerosa de escupir continuamente”;

“Que en la actualidad azota a Panamá una severa epidemia de poliomielitis”;

“Que la saliva puede ser una de las principales fuentes de contagio”;

“Que el funcionario Fulano de Tal tiene la antihigiénica costumbre de esparcir continuamente, a diestra y siniestra, su saliva, seguramente portadora del terrible mal”;

“Resuelve”:

“Exhortar, como en efecto se exhorta al mencionado funcionario que se aguante las ganas de escupir en horas hábiles para hacerlo a gusto en su casa, cuando haya completado su jornada de trabajo en horas hábiles”.

“Dado en la ciudad de Panamá a los tantos días del mes tal de 1950”.

El periodista tomó muy a mal todo esto y me llenó de improperios acusándome de ser el autor de esta broma. Estaba tan enojado, que no me atreví a revelar quién era el verdadero responsable del desaguisado.   Y no volvió a hablarme.   En cambio, siguió manteniendo buenas relaciones con Silvera.

La historia del periodista hubiera debido terminar en este punto, pero no fue así.

Un día fue a Estados Unidos, donde, en una clínica famosa, lo aliviaron para siempre de la sordera. Supongo que a los  cirujanos se les fue la mano, porque cuando regresó a Panamá oía mejor que la persona más hiperestésica del mundo.

Al principio estaba contentísimo, pero desgraciadamente el hombre no fue hecho para una felicidad duradera.   Pronto nuestro periodista empezó a oír más de la cuenta. Y los ruidos de la calle, el ruido de un moscardón, los pasos sigilosos de una hormiga resonaban en sus oídos como cañonazos.

Escribió a su cirujano para que le devolvieran la sordera, porque el insomnio lo estaba matando. Pero el cirujano le respondió que eso (al menos en ese tiempo) era imposible. Y le formuló una pregunta muy pertinente: “si era feliz con su sordera, ¿por qué se operó?”.

A todo se acostumbra uno, aun a la hiperestesia. Aunque nuestro periodista nunca se consoló de que le hubieran devuelto su oído.


A medida que se acercaba la fecha del censo, empezaron a darnos cursos intensivos sobre el papel que nosotros íbamos a desempeñar; uno de esos cursos era para que se los retransmitiéramos a los empadronadores.   A mi hermano Rodrigo y a mí nos enviaron a Bocas del Toro, nuestra provincia natal. A mí me asignaron la zona bananera. A mi hermano Rodrigo el resto de la provincia, incluyendo las regiones indígenas. Nuestro general en jefe era una persona sobremanera capaz, inteligente y responsable, que andando el tiempo fue ministro del gobierno de Omar Torrijos.

La primera crisis se presentó en cuanto llegamos a Bocas del Toro. Entre los indígenas se había corrido el rumor de que nuestra misión en realidad era reclutarlos para que fueran a pelear a la guerra de Corea, que a la sazón tendría unos seis meses. Costó Dios y ayuda convencerlos de que nuestras intenciones no podían ser más pacíficas, tarea en la que nos ayudaron decisivamente los guaymíes que habían hecho su escuela primaria en la cabecera de la provincia. Y logramos superar la crisis.

De acuerdo con nuestras instrucciones, lo primero quehice fue darles unos cursos de preparación a quienes iban a ser los empadronadores en nuestra provincia. En una jornada relámpago les expliqué –lo mejor que pude– el trabajo de campo que les tocaba hacer.

Y llegó el gran día. Con la ayuda del equipo rodante de la empresa bananera –solicitado por el Gobierno Nacional– distribuimos a nuestros empadronadores por los poblados y villorrios de la zona. Todos estaban en sus puestos de trabajo a las 7:00 a.m. Yo tenía un carro de línea, que la empresa puso a disposición del censo. Con él recorría el área, asegurándome de que todos nuestros empadronadores estuvieran en sus respectivos puestos de trabajo. De cuando en cuando absolvía sus dudas.

Todo marchaba sobre ruedas. Al rato noté que uno de los empadronadores no se había movido de la primera casa de las varias que le habían asignado. Soy tan mal pensado, que mi cerebro se llenó vertiginosamente de levantes y otros percances. Cuando volví a pasar, casi al mediodía, el hombre no se había movido.

Fui a ver qué ocurría. Muy orgulloso, el empadronador me mostró el fruto de su trabajo. El hombre no sólo había anotado los nombres de las personas que vivían en esa casa, sino los de todos sus parientes, vivos y ya finados, hasta donde alcanzaba la memoria de los empadronados.

Soy un tigre en aritmética. Calculé que a ese ritmo terminaría dentro de dos años, y mis exigentes jefas habían ordenado que todo estuviera listo a las 5:00 p.m. o 6:00 p.m. (no recuerdo la hora exacta). Le expliqué al empadronador que su trabajo consistía en contar a los vivos que estuvieran presentes, y que dejara a los muertos en paz (ninguno de ellos iba a protestar porque lo pasaran por alto). Y lo acompañé a la siguiente casa donde yo mismo –en un dos por tres y en su presencia– empadroné a sus ocupantes.

Pese a esos percances, censamos a todos los habitantes de la provincia y sus vacas (porque era un censo agropecuario). Aunque hubo ciertas dificultades. Una de las preguntas que era preciso hacerles a los empadronados era la clase de servicio higiénico que tenían.   Han pasado 60 años desde entonces y, por supuesto, no recuerdo todas las respuestas. Ello no obstante, se me quedó indeleblemente grabada ésta, también anotada por un censor bocatoreño:   “Servicio: de agua, directo al mar”.

Mis jefas no habían sido bendecidas (o maldecidas) con mi sentido del humor, y no le encontraron ninguna gracia a ésta y otras respuestas.

Nos tambaleábamos de crisis en crisis. Un censo, para que sea fiel a la realidad, debe hacerse en un solo día en todo el país. Pero no contaban con la madre naturaleza. Los ríos en nuestra patria tienen un siniestro sentido del humor. En los momentos más inoportunos les da por desbordarse. El censo en Darién (al menos en uno de sus distritos) no pudo realizarse porque a los ríos más malhumorados les dio por salirse de madre precisamente ese día. No hubo más remedio que posponer el evento hasta que la madre naturaleza se calmara.

Cuando las aguas volvieron a su nivel, nos enviaron al licenciado Noel Morón Arosemena y a mí para que dirigiéramos el censo en ese distrito desfigurado por la inundación. Los dos estábamos muy jóvenes y llenos de brío, y no nos dejamos intimidar por la misión imposible que nos asignaron nuestras jefas. Tampoco nos dejamos intimidar por esperadas (e inesperadas) dificultades de orden práctico, que tendré que contarte el próximo sábado, porque noto que me he quedado sin tiempo y sin espacio.

 

<> Este artículo se publicó en dos entregas,  el 18 y el 25 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.