La bichera del Domingo de Carnaval

La opinión del Artista Veraguense residente en Florencia,  Italia…


ARISTIDES UREÑA RAMOS – –
aristides_urena@hotmail.com

La misa fue interrumpida por los gritos que se intercambiaban Jacinto y Tobías, que venían corriendo por pleno llano, acercándose a la Capilla.. entrando en el templo Santo y arrodillándose frente al Cristo en Cruz, con los ojos espantados, temblando del terror, repetían a voz alta:   ‘!El más feo eres tú!.. ¡el más feo eres tú!’, acusándose entre ellos.

El cura y los fieles que esa mañanita, en muy tempranas horas, celebraban la misa de Domingo de Carnaval, en la Capilla de Martín Grande, un caserío que se encuentra a orillas del camino a Montijo, quedan sorprendidos…   El cura toma a Jacinto y Tobías por las orejas, se los lleva atrás del altar y con voz autoritaria comienza a regañarlos, porque nada en este mundo, ni ninguno, se puede permitir interrumpir la Santa Misa… pero nota, con gran asombro, que los malaventurados muchachos temblaban de pavor, tanto, que el cura comienza a preocuparse por comprender el porqué de tanta agitación.

Tobías, que lloraba, comenzó a hablar y a tratar de contar lo sucedido, interrumpido por Jacinto, que, con voz trémula y ojos espantados, entre sollozos, pide al cura que le deje decirle lo ocurrido, con la condición de que al terminar le dijera con mucha franqueza:  ¿cuál de los dos era el más feo?.. El cura se agachó, abrazando a ambos, improvisando un confesonario, comenzó a escuchar lo siguiente:

Dice que el día anterior —que era sábado— Jacinto y Tobías llegaron a Santiago a celebrar las fiestas del Carnaval y, como siempre, dejaron amarrados sus caballos en el cementerio, porque era el lugar donde nadie osaba robar nada… y así dejaron sus caballos en las afueras del muro empedrado que hace muralla al campo santo.   Y como era de tardecita, y habían llegado temprano, se fueron al jardín a tomarse sus cervecitas… preparándose para la llegada del baile nocturno. Y poco a poco llegó la noche… y de la cerveza se había pasado al aguardiente.

Mientras, allá en el Chichemito —un barrio de Santiago— había una gallada de muchachos jovencitos, que acostumbraba a hacer ‘BICHERAS’, y solo esperaban que vinieran estas fiestas de carnavales, para arrasar con todas las frutas de los patios del vecindario… dos de ellos, de los más adultos, habían notado que en el cementerio había un palo de marañón, colmado de frutos que, debido al sitio donde se encontraba, ninguno osaba a recoger, porque la tierra donde crecían era tierra de muertos y de sepulturas, por eso ninguno tocaba los suculentos frutos del cementerio.

Fue así que planearon que, apenas llegara la madrugada y a escondidas de ojos indiscretos, cuando la gente estaba empeñada en el baile y en la chupadera, ellos irían a recoger todos esos maravillosos frutos… poniendo atención a que ninguno se diera cuenta, pues, habían pensado llevarlos a vender en los bancos del mercado municipal de Santiago.

Y así fue que, en plena madrugada, entraron al cementerio, saltando el muro, a cumplir con su planificada ‘bichera’… el árbol de marañón estaba adentro del cementerio, pero cerca del muro, donde casualmente… del lado de afuera, Jacinto y Tobías habían amarrado sus caballos.

Apenas dentro del cementerio, los suculentos frutos del palo de marañón fueron tumbados uno a uno, operación que tomó mucho tiempo, debido a la oscuridad de la noche, por lo que los muchachos lograban a duras penas distinguir los marañones… apenas terminada esta operación, iniciaron a dividirse el botín, poniendo mucha atención en la repartición, que tenía que ser en partes iguales, en número y con atención a la calidad del marañón.

Para Jacinto y Tobías habían llegado las altas horas de la madrugada, decidiendo regresar al cementerio para recoger sus caballos y regresar a Martín Grande, pero cuando caminaban se dieron cuenta de que estaba muy jumados… y, tambaleándose de esquina a esquina por las calles de Santiago, llegaron a donde habían amarrado sus caballos… y allí decidieron tomar un reposito, darse una dormidita, para que se les pasara la juma… porque reposándose… en las primeras horas de la mañana regresarían a su casa.

Y así se echaron al costado del muro de piedra del cementerio entre los caballos, el muro y las ramas del palo de marañón que daban afuera del cementerio. Y se dispusieron a dormir.

De repente, Tobías se despierta, pues, oía una discusión y un murmurar proveniente del interior del cementerio… y antes de despertar a Jacinto, se pone a escuchar y oye lo siguiente: —’Uno pa’ ti, uno pa’ mí… uno pa’ ti, uno pa’ mí’ —eran los muchachos del Chichemito, que se repartían en partes iguales los marañones—, pero asustado, Tobías despierta a su compañero Jacinto: ‘oye, oye… escucha… ¿qué está pasando en el cementerio?’, y Jacinto, medio borracho, le responde:  ‘!Ay Dios mío!.. son San Pedro y Lucifer que se están repartiendo las almas del purgatorio, hoy Domingo de Carnaval’… y los dos abrazados de terror, siguen escuchando lo que sucedía dentro del campo santo… y parece que los muchachos no estaban de acuerdo, porque a uno le habían tocado los marañones más feos y es así que uno de ellos dice: ‘¡No seas tramposo!, ¿por qué me has dado los más feos a mí y tú tomas los más bonitos para ti?’— y la discusión cogía fuego, hasta que uno de ellos dice: ‘Bueno, tú pareces hijo del mismo demonio, vamos a cerrar esta discusión de una vez. Hoy, como es Domingo de Carnaval… de esos dos que cayeron afuera del muro, junto a los caballo amarrados, déjame el más bonito para mí y el más feos te lo llevas tú para el mismo infierno’… no habían terminado de decir esto cuando Jacinto y Tobías salieron huyendo, corriendo como locos, hacia Martín Grande, y como de loco eran los gritos y acusaciones que se daban entre ellos.

 

Este artículo se publicó el 12 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

El desconocido patriota y la Mona Characa

La opinión del Artista Veraguense …

ARISTIDES UREÑA RAMOS
aristides_urena@hotmail.com

Retornando de la victoriosa batalla del Sitio de Aguadulce, el joven cadete cumplía una misión bajo las órdenes del general Benjamín Herrera, llegando muy entrada la noche, casi de madrugada, a Santiago, rumbo a la finca ‘los naranjales’, situada en Canto del Llano, donde se decía estaban reunidos algunos patriotas. El joven parecía muy fatigado, fue por eso que le aconsejaron que reposase y continuara el viaje al día siguiente, debido a que no era prudente atravesar los llanos de noche.

Pero el joven cadete se preocupa por seguir su misión, que era clandestina, debido a que la consigna que se le había encomendado, era de vital importancia y tenía que cumplirla lo más rápido posible.

Para ese entonces, de extremo a extremo del llano, se encontraban tres posadas, una en Santiago, que hacía de solar, y otra al borde de Canto del Llano y en el centro una posada que llamaban Alto Alfaro, debido a que cada una de esas posadas tenía un faro que iluminaba y que servía de reparo a los andantes nocturnos.

En realidad no eran verdaderamente faros, se trataba de linternas de petróleo muy en uso para ese entonces… uno todavía puede ver —bueno, lo que queda de ellas— que estuvieron colocadas hasta fines del año 1800, en un solar al lado del actual mercado de Santiago, dicha reliquia se encuentran en el parque Central e inclusive hay quienes sostienen que fue allí donde encadenaron al indio Urracá.

Viendo que el joven militar insistía en continuar su misión, le cambiaron el caballo y lo mandaron en compañía de un peón con la recomendación de llegar a Alto Alfaro y que allí esperara la primeras luces del día para continuar.

El testarudo joven no estaba convencido y eso lo notaron los presentes y fue allí que lo intimidaron diciéndole, que de noche y en la madrugada, en los llanos, estaban sucediendo cosas extrañas y que había una bestia, que llamaban La Mona Characa, que agredía a los pasantes y no se salvaba nadie de su agresión… el joven militar se alzó de hombros desenvainó su sable y, traqueando sus botas contra el suelo, al estilo militar dijo:

¡Déjense de supersticiones señores!; mi misión es de Patria o Muerte!.. ¡Y no contempla algún retraso, muchas gracias por todo vuestro apoyo!.. y salió de Santiago por los lados del oscuro solar irradiado por los faros.

El cadete a caballo, acompañado del peón, llegó a Alto Alfaro, que era a mitad del camino… el peón, viendo que ya era de madrugada, le pide al militar poder reposar allí, porque tenía miedo, el militar se acerca al peón y aceptó su pedido… se cubrió con su manto, volteó el caballo hacia el llano y se perdió en la oscuridad, puntando con su caballo hacia el faro de Canto del Llano.

La madrugada era oscura y silenciosa, pero se lograba distinguir bien las cosas cercanas, como también el camino… no había pasado mucho tiempo cuando de repente el caballo se puso agitado y no quiso proseguir, el joven militar saca el sable al aire y trata de calmar al caballo, pero, desde la oscuridad, ve con mucha claridad que frente a él hay algo… y era una enorme figura, que estaba en medio del camino… da duros golpes de espuelas al caballo y, con el sable al ataque, arremete contra la bestia, tratando de superarla de un golpe. Lo que acababa de ver era una bestia en forma casi humana, —parecida a una mujer— tenía largos cabellos crespos, todo el cuerpo cubierto de pelos, con brazos largos, las manos peludas con grandes uñas… y los ojos rojos como un tizón encendido, era la Mona Characa.

Al superar a la bestia, ésta, de improviso, esquiva el golpe y subió de un brinco detrás del joven, sobre el caballo galopante… Y al sentir el contacto del cuerpo peludo, el joven cadete tira con los codos y con el sable da violentos golpes, tratando de tumbar a la bestia, que gruñía y bramaba, arañando por la espalda e hiriéndolo con las afiladas uñas, mordiéndolo afanosamente por todas partes del cuerpo… de repente con una fuerza inhumana el joven logra tumbar a la bestia, pero logra aferrarse de la cola del caballo, jinete y caballo continuaban la salvaje lucha, el caballo que pateaba del susto y el herido joven que trata de quedar libre y allí no se sabe cómo el caballo se para y se alza en sus dos patas, una y otra, y otra vez más… hasta soltarse de la presa mortal y también de su jinete… fue tan violenta la caída, que la bestia cayó sobre el cuerpo del joven cadete, que, al verse encima a la Mona Characa, inicia una agresiva lucha contra la muerte… el chillido endemoniado de la bestia aumentaba la ruda agresión… cuando el joven cadete sintió que le había llegado la hora final, sintiendo la muerte en persona, perdiendo todas sus fuerzas… desde la lejanía se oye el cantar de un gallo y el deslumbrar de la vespertina mañanita…

La bestia, como hipnotizada, en un silencio lúgubre, mira al horizonte, allá en la lejanía, quién sabe qué cosa o respuesta buscaba… y desde lejos se comenzó a escuchar una jauría de perros y los gritos de llamados.

La Mona Characa, con los ojos ensangrentados, se trepa sobre el inerte cuerpo ensangrentado y chilla un salvaje grito de victoria… con un impetuoso y rudo salto… brinca y brinca desapareciendo entre los matorrales.

El grupo de clandestinos patriotas separatistas, muy de mañanita, habían venido a toparse a mitad de camino —interrogados con la llegada del espantado caballo— encontrando al cadete herido de muerte en el suelo… y fue así que en los brazos de un patriota, el desconocido mensajero, antes de perecer, cumpliendo con su misión, con voz de hilo logra decirle: –‘Dice el general que hay que prepararse a luchar, que no dejemos de soñar y que no debemos temer a los momentos oscuros… porque la nueva Patria, Panamá, no tendrán jamás nuevos tiranos’. —1983.

<>Este artículo se publicó el 5 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La mejor agua del mundo

La opinión de…

 

Arturo Rebollón Hernández

Érase una vez un país donde sus habitantes solían ser alegres y confiados de que tenían en sus casas, directamente del acueducto, la mejor agua del mundo, era barata, limpia, insabora, incolora, libre de bacterias, que parecía bajada de un manantial del mismo cielo y era la admiración de los viajeros provenientes de cientos de países donde el disfrute de este privilegio no alcanzaban ni a imaginar.

Aquellos mismos habitantes desconocían la procedencia, cuidados ni el amor que se requerían para mantener la fuente de aquella agua maravillosa y la descuidaron, abusaron de la cuenca que la recogía, la deforestaron, la potrerizaron, la poblaron y enviaron desechos al río que encauzaba esa agua, las autoridades que tenían entre sus funciones la preservación del medio ambiente, con una negligente e insípida presencia fueron incapaces de verificar el cumplimiento de los controles más elementales.

Ante tanto desdén y desprecio por el beneficio sin par que había otorgado a sus habitantes y cuando nadie lo esperaba, la madre naturaleza descargó su furia y tiñó de lodo aquella prístina agua, utilizando todos los residuos que las depredaciones de los propios habitantes y beneficiarios habían provocado en aquella cuenca otrora origen de agua pura.

El flujo incontrolable de desperdicios, sedimentos de erosiones, hizo sentir a estos habitantes una total indefensión al ver contaminado el cuerpo de agua donde funcionan las tomas de agua, totalmente tupidos los filtros con los residuos de fino lodo en suspensión como nunca antes había ocurrido.

El caos fue generalizado, el agua barata y pura de repente dejó de serlo y tuvieron que descender del cielo donde vivían sin saberlo y enfrentar los problemas cotidianos de escasez y contaminación del agua que sufren los otros mortales en el resto de los países.

El agua irrisoriamente barata y pura quedará para la historia, porque ha pasado más de un mes y no se ha podido solucionar el problema y como una crónica anunciada presagia futuros eventos similares en la próxima estación lluviosa, lo cierto es nunca más se podrá dar por descontado la pureza de su agua.

Si no se toman medidas preventivas urgentes; si las autoridades se decidieran a hacer su trabajo, a ubicar los orígenes y causas de estos deslaves de lodo y obligar a los propietarios o usuarios de esas tierras a mitigarlos, a arborizar lo que deforestaron, a retirar las viviendas a las orillas del río aguas arriba, solo entonces podrían devolver la esperanza en ese país de los cuentos de volver a disfrutar de una agua barata, pura y confiable.

Cualquier similitud con un país llamado Panamá es mera coincidencia.

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Este artículo se publicó el 25  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El Censo de 1950 – Aventuras en Darién

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

He decidido terminar esta serie de artículos sobre el Censo de 1950, por razones que la semana entrante comprenderás. Pero antes debo corregir un monumental patinazo que di en el artículo anterior. El Noel Morón Arosemena de esta historia se llamaba en realidad Elías Morón Arosemena, no Noel, como erróneamente escribí. Noel fue amigo mío desde 1944, amistad que fue interrumpida por su muerte años más tarde. El de la aventura (o desventura) de Darién fue Elías, talentoso abogado y bellísima persona.   Era hermano de Noel.

Pues bien, Elías y yo nos dirigimos a otra población, donde tendríamos nuestro cuartel general. Ahí tuvimos que hacerle frente, valerosamente, a nuestra próxima crisis. No había dónde comer ni dónde descomer. Por razones que habría que preguntarle al río, la creciente se llevó todos los sitios escusados del pueblo, dejándonos una situación imposible, de cuyos deprimentes detalles te haré gracia.

Ninguno de los dos sabía cocinar. Decidimos engañar el hambre, ¿con qué? Las tiendas locales estaban tan bien surtidas como la guarida de un ratón venido a menos. Lo único comestible que tenían en abundancia eran camaroncitos tití.   Y nos atracamos de ellos con un entusiasmo que tendría consecuencias impredecibles, como suelen decir los diputados. Te haré gracia de esta nueva calamidad.

Pero, al parecer, Dios se apiadó de nosotros. Solíamos comprar cigarrillos y otras cosas en la no muy bien surtida tienda de un chino. El hombre, sobremanera sagaz y bondadoso, se dio cuenta de los apuros que pasábamos, y se apresuró a rescatarnos, ordenándonos que fuéramos todos los días a su casa para compartir con nosotros sus comidas.   De esa experiencia data mi afición por el pulpo, delicia que a la sazón muy pocos degustaban en nuestro país. Elías y yo lo comimos en esa ocasión con un placer que tenía muy poco que ver con el refinamiento y mucho con el hambre.

A pesar de estos contratiempos, hicimos lo mejor que pudimos nuestro trabajo. A los días apareció nuestra jefa, Carmen Miró, y con la inteligencia, capacidad y energía que la caracterizan, nos dio una mano (las dos, mejor dicho). Y así logramos hacer un buen censo. Te haré gracia de los detalles técnicos.

No recuerdo cómo regresó a Panamá Elías. Jamás olvidaré, en cambio, cómo regresé yo: en un barquito tan abarrotado de banano, que no encontraron para mí cama, ni siquiera un sitio en que pudiera sentarme. Pasé todo el viaje de pie, aprisionado por racimos de guineo que resentían tanto mi compañía, que no solo no pude sentarme durante el tiempo que duró la travesía: ni siquiera pude liberarme de una inmovilidad, que me dejó durante mucho tiempo con dolores en cada milímetro de mi cuerpo, de mi “hermoso cuerpo”, como decía una jamona en un tele anuncio de la época. Pero cuando se es (relativamente) joven se tolera mejor esta situación de veras intolerable. Por suerte el Pacífico, a pesar de sus ocasionales accesos de malhumor, esa noche –tal vez compadecido de mi incómoda situación– se portó admirablemente conmigo.

Como si fuera una misteriosa extensión de mi bahía natal, ni siquiera se rizó una sola vez durante el tiempo que duró el viaje de regreso a la capital. Si entonces no lo hice, ahora le doy las gracias al Pacífico por no haber agravado una situación de suyo intolerable.

A los días de haber regresado a la capital, tuvimos que hacerle frente a una nueva crisis. Muchos empadronadores habían olvidado anotar datos esenciales en la parte agropecuaria del censo. Y nos distribuyeron a todos por el país para que localizáramos a los censados y les pidiéramos los datos que habían omitido los empadronadores. Te haré gracia de todos estos detalles. Bastaría uno solo a guisa de ejemplo. A la pregunta “¿cuántas reses tienes?”, los ganaderos jamás te respondían con la cifra exacta, sino con un lacónico, poco informativo “varias”.   Yo mismo soy medio campesino y los conozco muy bien. Eso me permitió a mí y a otros empadronadores, tan montunos como yo, lograr que nos dieran la cifra exacta.

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Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El alcalde y los burros

La opinión del Comunicador Social…

 

EDWIN  RODRÍGUEZ
edwinhr50@hormail.com

Este era un pueblo campesino, la gente vivía de lo que sembraba y criaba, aunque también había unos pocos que vivían de sus oficios, del mismo modo, había un sastre, una costurera, un médico, una maestra y un banquero, que no sembraban ni criaban nada, pero vivían de su trabajo.

Existía también un Alcalde, que se dedicaba a mantener la paz, intervenía cuando había problemas de linderos, y castigaba a todo aquel que se robara una vaca o un caballo, les obligaba a devolverlo y le dejaba detenido un tiempo como castigo. Igualmente el Alcalde se ocupaba de traer trabajadores de otros pueblos para que repararan las calles y veredas, he hicieran otras nuevas.

Un día el Alcalde murió, y en el pueblo se reunieron para ver quien sustituiría al infortunado.   Como nadie quería, uno de ellos que tenía a su hijo desempleado en la ciudad, dijo que llamaría a su hijo para que ocupara el puesto, y a todos les pareció muy bien.

El sustituto del Alcalde, que había estudiado economía encontró que aquello era muy atrasado, que el pueblo tenía potencial para ser rico y moderno.

Para modernizar el ayuntamiento, empezó el nuevo Alcalde por abrir una cuenta en el banco y pedir una chequera para la Alcaldía. Así los gastos estarían mucho más controlados y sería mejor para todos.

Decretó entonces que en el pueblo había un mendigo, el cual había tenido mala vida puesto que no había trabajado nunca, y que ese indigente tenía derechos como todos los demás del pueblo, y que debía ser atendido por el médico, debía ser vestido por la costurera, calzado por el zapatero, y también, habría de construírsele una casa.

Estuvo muy feliz el menesteroso, que hasta esa fecha se había vestido con la ropa vieja que le regalaban los citadinos, igual se había calzado y alimentado.

El Alcalde decidió que para pagar todo aquello del mendigo, cada poblador debía pagar una pequeña cuota, adicional a la que la pagaban para sufragar su sueldo y los gastos comunes, y entonces decidieron dejar de ocuparse del mendigo, porque de eso ya se ocupaba el Alcalde.

Don Ermenegildo, que era uno de los campesinos y agricultor, que se gastaba mensualmente 100 dólares en semillas y fertilizantes, tuvo entonces que gastar solo 80, pues el resto se le iba a la manutención del pordiosero y las nuevas ideas del Alcalde. Como es lógico Don Ermenegildo produjo una cosecha más pobre y como él, muchos otros pobladores.

Algunos habitantes, al ver que después de pagarle al Alcalde no les quedaba dinero alguno, decidieron hacerse mendigos también, así podrían contar con todo lo que contaba el pordiosero sin necesidad de trabajar.

El dinero no alcanzaba, así que compró el banco, ahora no sólo era Alcalde, sino banquero, y suprimió totalmente el dinero, sustituyéndolo por cheques que el mismo emitía.   Así les pagaba al sastre, costurera, maestra y a todos. Y los cheques no estaban limitados a la cantidad de dinero que tenía en su cuenta la alcaldía, porque él en realidad podría emitir tantos cheques como quisiera y fueran necesarios.

Vio entonces el Alcalde como el pueblo se empobrecía bajo su gestión, y hubo quien le sugirió que le quitara el subsidio a los mendigos y les obligara a trabajar para comer, pero aquel Alcalde tan estudiado y moderno, pensó que aquello no era una solución, que eso era atraso propio de conservadores crueles y capitalistas que sólo pensaban en el dinero.

Tras noches de no dormir, el Alcalde tuvo una idea genial, y contrató a un empresario, para que les comprase los burros a los pobladores a fin de mejorarles su situación económica.

El negociante, se dirigió a la comunidad donde nunca había estado antes y ofreció a sus habitantes 100 balboas por cada burro que le vendieran.   Buena parte de la población le vendió sus animales. Al día siguiente volvió y ofreció mejor precio, 150 por cada burrito, y otro tanto de la población vendió los suyos.

Y a continuación ofreció 300 balboas y el resto de la gente vendió los últimos burros. Al ver que no había más animales, ofreció 500 rúcanos por cada asno, dando a entender que los compraría a la semana siguiente, y se marchó.

Al día siguiente mandó a su ayudante con los burros que compró a la misma localidad para que ofreciera los burros a 400 balboas cada uno.

Como era de esperar, este ayudante desapareció, igual que el señor, y nunca más aparecieron.

Resultado: El distrito quedó lleno de burros y endeudados. Fin

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Este artículo se publicó el 25 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

El periquito ‘rofión’

Un relato  de…


ARISTIDES UREÑA RAMOS
aristides_urena@hotmail.com

Caminando por la calle que lleva para las Delicias, entre las últimas casas de las afueras de Santiago y el campo de aterrizaje, mi hermano Avelino y yo nos encontramos con una curiosa tumba que tenía una cruz de madera y un cartón donde habían colocado la foto de un Periquito vestido de aviador, con un escrito que decía: ‘Nació en un potrero de Atalaya en 1967 y aquí murió en 1969’, y con letras en grande habían escrito un epitafio que decía:  ‘!ESO TE PASÓ POR BOCÓN!’.

Avelino y yo comenzamos a reírnos de la curiosa sepultura, pero fuimos interrumpidos por la presencia de un señor vestido de caqui y quepis, que se acercó diciéndonos:

– ‘Esto fue un gran evento y todos los animales quedaron mudos de tanto revulú’-… el señor se agachó y comenzó a arreglar la tumba… y continuó diciendo: -‘¿Quieren saber la historia del Periquito rofión?-

Mi hermano y yo estábamos sorprendidos, pues, este señor que apareció de improviso, quién sabe de cuál lugar, vestido como un viejo piloto de avión, se dirigía a nosotros con una fuerte voz, pero gentil y amable, y nosotros no sabíamos qué responderle. Entonces fui yo que, retrocediendo un paso, le dije: -‘Sí, por favor, señor, cuéntenos qué fue lo que le sucedió así tan grave a ese periquito’.-

Respondí así por la gran curiosidad que me había causado este señor… y porque pensaba que era un piloto, porque estábamos a la orilla del llano del aeropuerto de Santiago… donde hoy día está el CRUV.

-‘Pues, siéntese allí, que ahorita le narro el cuento’. –Así nos dijo el viejo aviador y nosotros obedeciéndole nos sentamos en la tierra, frente a la tumba del periquito… y él comenzó a echarnos el cuento de esta manera:

‘Eran las fiestas de Santiago Apóstol y en este mismo lugar donde nos encontramos sentados se habían reunido todos los animales de Santiago y los venidos desde los caseríos cercanos… las fiestas patronales estaban en todo su apogeo, fue así que, como a las tres de la tarde, los animales se agruparon en forma de círculo, como si fuera una barrera, debido a que se iba a realizar la gran competencia entre los animales con plumas más fuertes de la región…

En el centro de la barrera se colocó una pajita de faragua… el desafío consistía en subir lo más alto posible en el cielo y tirarse a recoger la pajita sin tocar el suelo.

Y fue así que llamaron a Gallo Galo como primer participante… todo el mundo aplaudía al Gallo, que dio la vuelta para hacer ver sus bellas alas… pero en ese momento entró el Periquito y comenzó a gritar a los jueces y al público: ‘Déjense de pendejadas… el más berraco aquí soy yo, el mejor competidor que existe en todo Veraguas… y qué va compa… a estos gallos me los jarto uno cada mañanita’.- No había ni siquiera terminado de hablar cuando el público, molesto por tanta arrogancia, le comenzó a gritar groserías y bastó eso para que el juez Gallote agarrara al Periquito por las patas y lo alejara del centro de atención… y así el Gallo Galo comenzó su exhibición, subiendo en el aire… 1 metro, 2 metros, 3 metros… y se lanzó rozando el suelo y cogiendo la pajita… y la gente en delirio aplaudiendo al gran héroe.

Y así llegó un Palomo blanco que, abriendo las alas, trataba de embrujar la platea, que lo admiraba con mucha reverencia… pero de repente entró el Periquito y se puso al lado del Palomo y comenzó a gritar: ‘Déjense de pendejadas, el más berraco aquí soy yo, el mejor competidor que existe en todo Veraguas… y qué va compa… estos palomos me los como dos cada mañanita y uno en la tardecita y si no me creen se los demuestro de una vez!’. Y… una vez más, el público molesto comenzó a gritarle y a tirarle cosas y llegó el juez Gallote… lo agarró por el pezcuezo y se lo llevó… El Palomo comenzó a volar… subiendo 3 metros, 4 metros y los presentes aplaudían, a 7 metros y se lanzó con toda la fuerza que tenía, bajando con un acrobático vuelo, agarrando la paja de faragua, rozando el suelo y subió en vuelo… los animales en delirio aplaudían la hazaña del Palomo…

Y fue así que al centro del escenario apareció un Gavilán Pío Pío de color amarillo… y las gallinas culecas, las palomas estremecían sus alas y las titibúas comenzaron a cotorrear entre ellas. El Gavilán era un bellísimo ejemplar y comenzó a tirar besos a la platea… pero… cuando menos se lo esperaban… llegó el Periquito corriendo y se puso a gritar: ‘¡Noooooo, qué va compa!.. de estos gavilanes me como tres cada mañanita y uno en la tardecita y si no me creen se los demuestro de una vez… y es ya!’… los asistentes bravos comenzaron a protestar y a gritarle groserías al Periquito… y… llegó el juez Gallote agarró al Periquito por el pesquezo… pero, cuando se lo iba a llevar, el Gavilán Pío Pío alzó la mano y pidió al público que lo escuchara… ‘Si Tío Perico dice que es más berraco que todo el mundo, que lo demuestre ya… démosle una oportunidad’. Bueno, todos escucharon en silencio sin aprobar para nada lo dicho por el Gavilán… entonces, el juez Gallinazo se acercó al centro de la escena y dijo, mirando a los ojos al Periquito… ‘Si tú eres el mejor, demuéstralo’… y liberó al Periquito, que comenzó a repetir: ‘Déjense de pendejadas, el más berraco aquí soy yo’.- Y el Gallote le gritó: ‘¡Cállate y demuéstralo!’…

El Periquito, con sus alitas pequeñas, comenzó a subir 50 centímetros… y los animales comenzaron a reír. El Periquito subió de una vez a 5 metros, pero se veía que estaba en dificultades y los animales que se morían de la risa y el Periquito comienza a pujar y sube, sube… sube hasta 20 metros y los animales se quedaron asombrados… y comenzaron a gritarle: ‘¡Ya está bien, deja, deja y tírate!’, pero el Periquito, a pesar del gran esfuerzo y viendo que los observadores estaban sorprendidos de su gran hazaña, sacó coraje y siguió subiendo y subiendo, hasta que se desapareció en el cielo… no se veía más… Y los animales estaban sorprendidos, porque el Periquito había desaparecido en el cielo… de repente alguien gritó… ‘¡Allí viene, allí viene!’… y se ve un puntito en el firmamento, y poco a poco se comienza a distinguir al Periquito que venía cayendo a gran velocidad, sin controlar el cuerpo, girando en torno a sí mismo y gritando desesperadamente: ‘¡Echen paja, echen paja, echen pajaaaa!’.

<> Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Cacería de patos en enero

La opinión del Periodista y Docente Universitario….


MODESTO A. TUÑÓN F.
modestun@yahoo.es

El verano había despuntado con sus primeros vientos que revoloteaban en la ciudad. El año lectivo casi terminaba y los estudiantes graduandos y sus familias se aprestaban a celebrar el fin del periodo escolar. 1964 auguraba ser un año lleno de esas emociones que uno percibe en los primeros días de enero.

Esa tarde en el sector de Calidonia, todo parecía normal, hasta que empezó una inquietud que provenía del otro lado de la cerca de la Zona del Canal.   Eran casi las seis; el cielo adquirió un gris ominoso, mientras que se escuchaban voces, gritos y sonidos, cuya causa no se podía precisar. La gente empezó a correr hacia sus casas.

En calle P, San Miguel, hubo que bajar la loma hasta la avenida Nacional para saber qué ocurría y, al mirar hacia el área de la lavandería de Ancón (hoy, oficinas de la Dirección de Investigación Judicial–DIJ) y enfrente, donde ahora está la Fundación Omar Torrijos Herrera, soldados norteamericanos, junto a tanques de guerra y en arreos de combate, apuntaban hacia el territorio panameño.

Pero no solamente allí.    Desde ese lugar y a lo largo de la cerca que recorría la avenida 4 de Julio (hoy conocida como de los Mártires), otros uniformados del ejército acantonado en las tierras canaleras estaban en igual actitud.

Incluso en el hotel Tívoli (actual ubicación de las oficinas centrales del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales), se habían apostado y utilizaban los hermosos balcones como mirador para controlar una amplia vista que iba desde la Plaza 5 de Mayo hasta los recién inaugurados edificios multifamiliares de Calle M.

Pronto empezaron los disparos y también los heridos. En San Miguel, se sabía que cada sitio estaba en la línea de los fusiles –para cazar patos como justificarían ellos después- y armas que empezaron un monólogo de tableteos y chispazos contra una población enardecida y que regresaba piedras, bloques y cualquier artillería casera u ocasional en este desigual combate.

Los nombres de los afectados empezaron a conocerse; estudiantes de diferentes colegios; Manuel, el vecino del edificio; la niña del rostro destrozado en la ‘multi’ y al caer la noche, la repulsa popular se hizo evidente. Desde lo alto de los inmuebles llovían galones y botellas de vidrio con agua o gasolina que estallaban en el techo de los automóviles que pudieran ser de estadounidenses o ‘zoneítas’.

Se dijo que en esa noche empezaron a rapar prostitutas que prestaban servicios en la amplia ruta limítrofe y que, les llamaron desde entonces ‘rabicoloradas’.

A la mañana siguiente el caos, desatino y la rabia se habían apoderado de la ciudad capital y la Guardia Nacional trataba de contener los ánimos de la población que quería entrar a la Zona del Canal a hacer frente a las armas norteamericanas. Francesco, el jefe del grupo scout de la iglesia de San Miguel, reunió a chicos de la tropa y nos comunicó que teníamos responsabilidades que cumplir en apoyo al mantenimiento del orden público en las inmediaciones del Hospital Santo Tomás. Allí acudimos y fue una de las primeras veces en nuestra vida juvenil, que se pudo contemplar una población que vestía el luto por las víctimas que llegaban con el ulular de las ambulancias y las bocinas de todo tipo de vehículos utilizados para transportar a los caídos e impactados por las balas.

No fue fácil controlar a la marejada humana que se arremolinaba en esa área. Dirigir el tránsito en la calle entre el hospital del Niño y la embajada del Reino Unido, era una ardua tarea para un adolescente de 14 años. Estas fueron las primeras acciones que nos situaron en la capacidad de atender una crisis de esta naturaleza.

En las salas de urgencia no había condiciones de atender tantos pacientes; la sangre teñía el piso y los heridos eran acomodados, según el nivel de gravedad. A los días, la ciudad capital empezó a sufrir un aislamiento con el resto del país. El Gobierno había roto relaciones con los Estados Unidos y los soldados se habían tomado el puente de las Américas.

Un incidente protagonizado por institutores, el Colegio de Balboa y policías ‘canaleros’, originó una profunda crisis entre Panamá y los Estados Unidos de América por la Zona del Canal. Sus implicaciones, entre otras causas históricas, posibilitaron la firma 13 años después, de los Tratados Torrijos Carter y la devolución de ese territorio a Panamá al final del siglo XX.

¿Sin el 9 de enero, hubiera sido posible el tratado? He allí su dimensión histórica.

 

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<> Este artículo se publicó el  12 de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La construcción de una pesadilla

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Yo nací en Bocas del Toro, donde pasé muchos años de mi vida, empezando por todos los de mi infancia y mocedad. Explico esto no para gloriarme,   sino para que se entienda lo que viene a continuación.    En esos años, como todos mis paisanos, bebí únicamente deliciosa agua de lluvia. No había otra. Afortunadamente, la naturaleza era pródiga con nosotros. Llovía con una frecuencia a veces desesperante para los muchachos, que no podíamos jugar en la calle; pero todos sabíamos que una semana sin que cayera sobre nosotros un aguacero torrencial, era una sequía y nuestros padres nos racionaban el agua. Recuerdo que nos bañábamos con una velocidad vertiginosa. Pero a la sazón, la selva virgen nutría pródigamente al régimen de lluvia, y las sequías (o lo que nosotros llamábamos así) nos fastidiaban una vez cada tres o cuatro años, durante cinco o seis días.

La población del país era muy escasa por entonces, y la mano del hombre no le había infligido a la naturaleza un daño irreparable (la peor plaga de nuestro planeta es el hombre, que, entre todos los seres vivos es el único capaz de destruirlo).

En 1944 vine a vivir a la capital. En aquel tiempo, el agua de las dos ciudades terminales tenía la justificada fama de ser la mejor del mundo (aunque a veces, en mis ataques de nostalgia, añorara el agua que en mi pueblo natal compartíamos generosamente con los gallinazos).

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició el éxodo masivo de los campesinos hacia las ciudades (un fenómeno global, exhaustivamente estudiado por especialistas de todas las latitudes). Ellos no tenían la culpa de haber nacido y crecido en la cultura del peladero. Y se inició la tala masiva de árboles bajo nuestras propias narices.

Y la población seguía creciendo desaforadamente con personas convencidas de que los árboles fueron hechos para derribarlos. No fue culpa de los flamantes campesinos (me complace admitir que los descendientes de aquellos pobladores están aprendiendo a respetar el árbol. Confortables chalets han ido reemplazando las casas brujas, y sus patios empiezan a ser embellecidos por las mismas especies que arrasaron sus abuelos.

No son muchos, pero revelan que algo ha empezado a cambiar en nuestro pueblo. Justicia poética: muchos de los ecologistas descienden de los enemigos de la naturaleza. Aunque tratan de salvar los árboles, otros continúan asesinándolos con el apoyo de nuestras lamentables autoridades. La más reciente hazaña de estos bárbaros ha sido la destrucción de una arboleda que se pavoneaba hermosamente a la vera de Calle Quinta. Pese a la protesta de los vecinos, fue arrasada por los nuevos agentes del peladero para construir una casa tan fea como su dueño.

¿Qué vamos a hacer con un país cuyo presidente actual es un agente de los enemigos de la naturaleza? Hace muy poco, él mismo, o sus paniaguados, autorizaron a una empresa extranjera a destruir un bellísimo bosque a fin de que estos delincuentes puedan saquear unas briznas de oro, cuyo precio ruego a Dios que se haya caído al piso cuando se dispongan a venderlo.

Desde mi infancia he oído un cuento que viene al caso. Un campesino (no diré de dónde para evitarme problemas), agobiado por el calor del mediodía, se refugió bajo un frondoso árbol. Cuando se hubo refrescado, se dirigía a su casa. De pronto se dio media vuelta, y dijo: “Jó, que lindo palo pa tumbarlo”. El cuento en verdad no tiene ninguna gracia, pero caracteriza mejor que un tratado la mentalidad durante mucho tiempo prevaleciente en nuestros campos. (Capítulo aparte merecen los empresarios y constructores que han convertido nuestra ciudad en una visión de pesadilla).

A propósito de cuentos: voy a relatarte uno que no tiene nada que ver con nuestro tema, pero quiero premiarte con él por la paciencia con que has seguido esta lata. Es un cuento que vi–leí hace 70 años, por lo menos, y se me quedó grabado para siempre en la sesera.   Al fondo del cuadro se ve a un caballero que está saboreando con deleite un huesecillo. En el primer plano dos señoras, que ostentan, a guisa de adorno, un hueso fijado a la cabeza de cada una de las dos no recuerdo con qué. Una de ellas, muy orgullosa, le dice a la otra, señalando al mondador de dientes: –¡A mi marido le encantan los niños!

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Este artículo se publicó el 15  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autro, todo el crédito que les corresponde.

El gran milagro de Santiago

Un relato del Artista veraguense residente en Florencia Italia….

ARISTIDES  UREÑA  RAMOS
aristides_urena@hotmail.com

Y un violento relámpago explotó toda la energía de su luz, atravesándole por todo el cuerpo y fue así que abrió los ojos, mientras tosía enérgicamente… y se dio cuenta de que estaba acostado en una camilla, tirado en un frío cuarto de quién sabe cuál lugar… se levantó de un salto, dirigiéndose hacia la puerta de salida… allí encontró reunida a toda su familia, que en lágrimas -al verlo aparecer– quien sorprendido, quien espantado se desmayaba… y quien corriendo gritaba su nombre… se dio cuenta de que se encontraba en la Morgue del Hospital de Santiago y que acabada de RESUCITAR.

En verdad, lo que sucedió ese día, de un caluroso mediodía santiagueño, aquí trataré de explicárselos, aunque me resulta complicado, porque sucedieron cosas raras y difíciles de narrar.

Dino y Eddy fueron compañeros de escuela, pero por designios del Señor sus vidas fueron distintas. Dino se había alcoholizado, mientras que Eddy era propietario de una floreciente cantina, fue así que ocurrió algo muy trágico, un episodio que unió sus vidas en una serie de intrincados hechos.

Se dice que por ese entonces, en el poblado de Santiago, un hombre de tez oscura, se daba vueltas en las noches, con una carretilla, cerca de las cantinas… allí recogía a los ‘mal encontrados’ borrachos cargándolos en su carretilla y violándolos repetidamente… por eso lo llamaban: ‘EL NEGRO CON LA CARRETILLA’.

En las afueras de Santiago, bajando, como quien va para David, cerca de la Dulcinea… Eddy había abierto su cantina, que era muy frecuentada, pero quedaba en las afueras del poblado… por eso repetía siempre a su amigo Dino que tuviera cuidado con sus borracheras, porque él, moviéndose a pie, si no prestaba atención alguna, se iba a topar con el ‘Negro con la Carretilla’.

Y una noche, de esas oscuras después de los vendavales, esas que solo están acompañadas por relámpagos que quiebran al mismo cielo… Dino está bien juma’o en la cantina de Eddy… que le recomendó que no se fuera solo, que esperara a que él cerrara, pues, lo iba a acompañar apenas terminara de poner orden… pero Dino no hizo caso y a escondidas se fue caminando entre las negras nieblas de la húmeda oscuridad… y borracho se encaminó, balanceando su cuerpo descontrolado, hasta caer lejos de la cantina sin poderse levantar, durmiéndose de la misma juma…

No se sabe cuánto tiempo había pasado cuando se despertó, dándose cuenta de que estaba trepado en una carretilla y quien lo llevaba era el NEGRO CON LA CARRETILLA, el violador de borrachos… y de una vez le gritó: -‘¡Ey!, ¡aguanta, aguanta, aguanta!.. ¡¿para dónde me llevas?!’, y el negro, como si nada fuese, le respondió: -‘¿Para dónde te llevo?.. no ‘my friend’, DE DÓNDE LO TRAIGO’.- (ya el negro había hecho su trabajito)… y Dino, como quien tiene el demonio en el cuerpo, se para de la carretilla y trata de atrapar al violador… que, como perro asustado, desapareció en la horrible oscuridad de la noche.

Eddy, que venía en su carro, vio al pobre Dino a la orilla de la carretera y allí lo recogió. Y Dino, desconsolado, le confesó todo a su amigo Eddy que, como cronista de pueblo, se fue al día siguiente al Aire Libre –refresquería más frecuentada de Santiago- y comunicó a toda la comunidad lo acontecido a su amigo.

Dino, de tanta vergüenza, no soportaba tan injusto castigo, que lo condenaba ante la vista de todo el pueblo y como tal, injusta punición para su viril moral de Hombre Macho Santiagueño.

Y desconsolado, sin una vía de escape, Dino encontró la única solución a tan fatal problema… se suicidó en las primeras horas de la mañana del siguiente día. Una dura sanción y reprobación hacia su persona.

La mañana de ese día en Santiago, desde muy temprano, resplandecía un sol brillante con una luz que derretía los contornos de los colores y a través de esa luz Dino subió al cielo… encaminándose hacia el Purgatorio, porque allí sería juzgado por sus pecados terrenales… pero a mitad de camino vio dos figuras que le eran muy familiares… y recordó sus nombres con mucha rapidez… eran Calzadilla con Cacique Mée, dos celebres personajes de la farándula alcohólica santiagueña… que le venían al encuentro… y, al ver los gestos que hacían, supo que el recibimiento no era de mucha simpatía, porque Cacique Mée tenía un palo en la mano y Calzadilla un garrotillo y le gritaban groserías.

-‘¡¿Qué dianches vienes a hacer tú acá… si aquí ya estamos llenos de gente como tú?!’… Dino, sorprendido, trataba de esquivar los golpes de sus dos agresores, mientras Cacique Mée gritaba: -‘¡Vete, vete… te tienes que regresar para Santiago, y eso es de una vez… vete, vete, regresa!’ .

Dino, que en un primer momento estaba sorprendido, pasando a la defensiva, respondió:

-‘¡Cóncholes, no jodan… ¿hasta acá en el Purgatorio los tengo que encontrar?.. y miren que no es culpa mía si me han mandado para acá!’ .-

En medio de la confusión, Cacique Mée alza las manos y dice con voz firme: -‘¡Para esa vaina!, ¿quién te mandó y por qué estás acá?’.- Y bueno para hacerla corta, Dino les contó todo lo sucedido en vida, la causa de su tragedia y de su decisión de acabar con su vida.

Fue así que Calzadilla y Cacique Mée se conmovieron de lo que le había sucedido al paisano, fiel colega de tragos, compañero de farándula… y con los ojos llenos de lágrimas, por tantas desdichas, decidieron ayudar a Dino a regresar con sus familiares.

Dino, al saber la decisión, sorprendido, pregunta: -‘¿Y cómo van a hacer para mandarme para atrás, si el único que puede hacer eso es nuestro SEÑOR TODOPODEROSO?’, y tanto Cacique Mée como su amigo Calzadilla se tiraron al suelo, muertos de risa, revolcándose de alegría y responden al unísono: -‘¡Bueno, pues… si el mismo Señor Omnipotente dice que: ‘las vías del Señor son infinitas’… pues, nosotros le robamos el truco!’.- y siguen con sus carcajadas tirados en el suelo… y fue así que sucedió el más grande milagro que haya ocurrido en Santiago, la resurrección de Dino, quien nunca más volvió a beber.

Oigan… cualquier semejanza con hechos, personas o cosas conocidas… ¡es pura leche!.

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<> Este artículo se publicó el  8  de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Hacer creíble su realidad

La opinión del Comunicador Social….

ERNESTO  A.  HOLDER
ernestoholder@gmail.com

Parece imposible que a estas alturas del desarrollo humano estemos como estamos.   Si revisamos los tiempos de la historia y para entenderlos, el contexto en que se llevan a cabo los eventos es importante.   Los diversos elementos que se utilizan para el análisis histórico sirven como retratos para el ordenamiento narrativo de los hechos para su presentación descriptiva, conjuntamente con los eventos que se entrelazan el uno con el otro como un rompecabezas, son esenciales para el entendimiento general de un hecho.

Cada tiempo documentado con seriedad, repartidos en capítulos vividos, son afectados por elementos externos al evento que apoyan, distraen o afectan el resultado en la búsqueda de una verdad histórica, muchas veces incompleta o discutible.

Esta columna y otros aportes comunicacionales de muchos actores y observadores sociales, a falta de la disciplina de llevar un diario concienzudo de reflexiones cotidianas, permite dejar un retrato estructurado sobre la época, en el marco de los temas de las cuales opinamos todos: política, comunicación, cambio social, educación, cultura, desarrollo, etc.

Voces más científicas y disciplinadas, realizan un concienzudo trabajo investigativo sobre la realidad actual por medio de monografías, ponencias y ensayos. En la poesía, el cuento, la novela, el teatro, etc, también se levantan voces que dejan sus observaciones sobre la lucha por la supervivencia, el amor y los fantasmas y demonios de la naturaleza humana.

Estos relatos son importantes para que algún día sirva de referencia, conjuntamente con otros aportes y opiniones de colegas, escritores retratistas.   Permitirán entender nuestro mundo en estas primeras décadas del nuevo milenio.    Son importantes desde el punto de vista individual y personal, pero también como un aporte al retrato colectivo en esta sociedad en donde nos ha tocado vivir.

Con ese trasfondo y el tan cacareado esfuerzo por convertirnos en país de primer mundo, con nuestros grados de inversión, niveles de competitividad, centros bancarios y demás ‘bondades’ y mediciones que utilizan los tecnócratas, economistas y demás, lo que sucede en el país durante las últimas cuatro semanas, propone una sola pregunta:   ¿De qué país estamos hablando?

La seriedad con que muchos personeros locales ofrecen sus análisis sobre la salud económica del país, las bondades que ofrecemos para la inversión extranjera y el desarrollo de oportunidades de negocios entre otros, choca con la realidad que el país ha enfrentado en tan solo 30 días; las consecuencias de los cuestionables procesos de cómo se hacen las cosas en realidad.

García Márquez señaló que: ‘En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad’.  El deterioro ha sido constante y notable en los últimos años, pero en estos últimos 30 días, desde el inicio de las intensas lluvias a principios de diciembre, el ímpetu de las tormentas, parecen haber provocado más de lo imaginable.

En solo un mes hemos experimentado traumas significativos que dejan dudas sobre nuestro futuro y desarrollo. (Para mi desarrollo va más allá de los rascacielos, centros comerciales y hoteles turísticos). La realidad de los eventos de corrupción y delincuencia en el ministerio público habla negativamente de nuestro sistema legal y de justicia.

En estos mismos treinta días, la realidad sobre las carreteras de acceso al puente Centenario deja serias dudas sobre la industria de la construcción en Panamá.   El colapso del sistema de producción y distribución de agua potable es evidente y cuestionable. Los resultados del año lectivo que acaba de terminar y el nivel cultural y educativo de las personas que nos representan a nivel internacional en las sedes consulares y diplomáticas del país, es vergonzoso. Esa es la realidad, brutal y difícil.

Y difícil tarea les queda ahora a los que nos venden como país de primer mundo hacerlo creíble sin producir los cambios necesarios.

El trabajo de documentar la realidad queda como prueba o retrato de este momento de nuestra historia social.   Y hacerla creíble es un reto.

Estas representaciones serán objeto de reflexión por los futuros investigadores e historiadores sobre nuestro comportamiento como sociedad. Analizarán la razón de nuestras prioridades personales y colectivas en medio de tanta necesidad y amenazas que aún no atendemos en los reglones de salud, educación y cultura. Evaluarán el rol de nuestros líderes frente a hechos como los descritos, sus actos por corregirlos, o en el peor de los casos su complicidad.

Cuando en el hilo del tiempo las páginas de estos primeros años del milenio queden inmediatamente después de las de las luchas por recuperar el territorio de la Zona del Canal, muchos querrán saber qué se hizo esa valentía, ese arrojo y esa perseverancia por unir el territorio nacional y por qué no se empleó para ayudarnos a salir del subdesarrollo.

 

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<> Este artículo se publicó el 10 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Lecciones plumíferas

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La opinión de…

Eliécer Rodríguez 

Por alguna de esas raras intuiciones que subyacen en las mentes de las buenas madres, cuando aún era yo un mozalbete sin futuro cierto, mi progenitora me asió el brazo llevándome al patio trasero de la casa, se detuvo justo frente al árbol de calabazo. “Quiero que aprendas una lección muy importante, te servirá para cuando seas grande”, expresó con absoluta certeza. 

Transcurrían los primeros años de la década de los 60, se avenía el crepúsculo de un hermoso día de verano en un poblado muy cercano a la frontera con Costa Rica llamado Gariché y las gallinas de doña Emérita se enrumbaban a escalar por el tronco recostado sobre el calabazo, prestas a rendirle tributo a “Morfeo”.

“Observa bien lo que va a suceder, mira las características de los primeros animales que suben, también de los últimos”. -¿Observaste?- Preguntó. Aunque veo a los primeros subir hasta lo más alto del árbol, por ahora lo único trascendente aquí es una hermosa rubia enseñándole a su hijo cómo suben las gallinas al árbol, respondí todavía confuso por la lección. “Bien, por ahora la primera parte, mañana seguimos”, concluyó.

Durante toda la noche cavilé sobre el propósito de la enseñanza y la verdad caí rendido del sueño, pero pude entallar en mi joven mente las características de todas las gallinas que subieron al árbol.

Al día siguiente mi madre nuevamente me lleva hasta el calabazo, a la misma hora. Cuando las emplumadas empezaban a escalar, doña Emérita me recuerda que las primeras en subir el día anterior por alguna razón inexplicable se retrasaron, siendo las últimas en acomodarse. ¿Dónde está la lección? Pregunté atónito.

Sencillo, ripostó, las primeras en subir ayer defecaron sobre las últimas en hacerlo y hoy ocurre algo similar, pero inverso, les toca recibir lo que ayer alegremente evacuaron.

Cuando seas grande, solo te pido que no seas político, pero si llegas a serlo, o simplemente un empleado público, no olvides que si tienes la ocasión de escalar posiciones no hagas lo que hacen las gallinas, echarle a quienes están debajo lo que no quieres te devuelvan a ti mañana.

Por supuesto quedé perplejo, acaso mi madre profetizaba que sería servidor público toda la vida, o visualizaba ella a uno más de los gárrulos que desde un hemiciclo expelen sobre toda una población incauta e indefensa, olvidándose que la tierra da vueltas, para encontrarlos mañana recibiendo de otros lo servido en pócimas abominables tiempos anteriores.

Sin duda la lección de mi madre cinceló en mi espíritu el deber ineludible de servir al prójimo desde la perspectiva cierta que mañana puedo ser yo quien requiera lo que hoy dispenso.

Por esta y muchas otras lecciones poderosas, rindo tributo a mi madre convaleciente, doña Emérita, una dama de inmensa sabiduría, belleza admirable a pesar de sus 80 y tantos abriles, de cualidades diplomáticas casi extrasensoriales, a pesar de no alcanzar siquiera el título de primaria. Como lección, las gallinas ilustran cuan prudentes debemos ser en nuestro proceder cuando estemos en la cima y como moraleja, profetiza sobre tus hijos un oficio menos aberrante que el de servidor público en tiempos de locura.

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<>Artículo publicado el 7  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

La comadreja indignada

La opinión del Abogado….

 
KEVIN MONCADA LUNA ARJONA  
kevin@moncadamoncada.com

Érase una vez una en una selva muy lejana, cuyo mando se ejercía en tres órganos: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. El amo del Ejecutivo era el Rey León, quién veía a la Comadreja como un obstáculo político.

En esa selva existía también una institución denominada Ministerio Público (MP), a cargo de la Comadreja, cuya función principal era la de perseguir e investigar los delitos de la selva. Un día, la Comadreja, en aras de purgar al MP de alimañas asquerosas como lo era el Fiscal Lagarto, autoriza la escucha telefónica del reptil. Gracias a esta intervención telefónica, se confirman las sospechas de la Comadreja: El Fiscal Lagarto pedía coimas a animalitos. Por esto, el deshonesto reptil fue despedido.

La Comadreja había logrado detectar y eliminar un punto de corrupción en la institución. No obstante, el Órgano Judicial, azuzado por el Rey León, ‘decidió’ que el procedimiento utilizado por la Comadreja para intervenir teléfonos fue ilegal, y por esto, la destituyeron.

Frente a tal situación, el Rey León designa al Cerdo como reemplazo de la Comadreja, para que se convierta en el Jefe Suplente del MP. No había siquiera terminado el año y ya había estallado en la selva un escabroso escándalo: El Cerdo había nombrado animales corruptos en el MP que facilitaron la penetración del narcotráfico en la entidad. La jungla entera estaba asombrada. Parecía irreal, irónico, inverosímil: ‘sacaron a la Comadreja por perseguir a los corruptos y por depurar al MP; para nombrar en su reemplazo a un Cerdo que directa o indirectamente provocó la infiltración de la mafia y de la corrupción en tan solo un par de meses’.

La indignación de la Comadreja era aún más enorme, pues, en tan poco tiempo el MP se había transformado en una dentina apestosa, hastiada de entresijos reprochables. Pero la arreada indignación de la Comadreja se incrementó todavía más cuando vio que una Zarigüeya residente de una selva vecina recibió rápidamente asilo político por parte del Rey León, porque en su país había pinchado teléfonos a adversarios políticos.

La perpleja comadreja no lo podía creer: las autoridades locales la patearon por pinchar teléfonos para combatir la corrupción, y, sin embargo, le brindan asilo político a la Zarigüeya, que pinchó teléfonos por fines meramente políticos e inmorales.

Y, como corolario, una página web reveló que el Rey León pedía ayuda para pinchar teléfonos a sus rivales políticos. ¡Pobre Comadreja indignada!.

 

 

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<> Este artículo se publicó el  3  de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.