Sobre censo e inundaciones

La opinión del Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

Ya no recuerdo exactamente cuándo, ni por qué entré a trabajar en la oficina que preparaba el censo de 1950, el primero rigurosamente científico que se realizaba en Panamá. Trabajábamos todos (técnicos y nosotros los burócratas) en una oficina enorme.

Nuestras jefas Carmen Miró y Ana Casís eran, como es natural, las únicas empleadas que tenían oficinas propias.   Todo el éxito de esta empresa se debe a estas dos mujeres extraordinariamente competentes.

Mis funciones eran bastante vagas. Un día enriqueció nuestras filas el gran pintor Eudoro Silvera (sus funciones eran muy precisas y tenían que ver con sus extraordinarios talentos y habilidades). Tengo que decir que todos trabajábamos arduamente, pero que nos divertíamos como locos en los pocos ratos libres que teníamos.

Trabajaba en el Departamento de Relaciones Públicas un conocido periodista que tenía la costumbre de escupir continuamente. Todos nos hacíamos los desentendidos, porque era una bella persona y un funcionario muy competente. Excepto Silvera, a quien este tic sacaba de quicio. Y un buen (o mal) día estalló, y escribió una nota que empezaba, más o menos, así:

“El Departamento de Higiene Pública, considerando que Fulano de Tal tiene la costumbre asquerosa de escupir continuamente”;

“Que en la actualidad azota a Panamá una severa epidemia de poliomielitis”;

“Que la saliva puede ser una de las principales fuentes de contagio”;

“Que el funcionario Fulano de Tal tiene la antihigiénica costumbre de esparcir continuamente, a diestra y siniestra, su saliva, seguramente portadora del terrible mal”;

“Resuelve”:

“Exhortar, como en efecto se exhorta al mencionado funcionario que se aguante las ganas de escupir en horas hábiles para hacerlo a gusto en su casa, cuando haya completado su jornada de trabajo en horas hábiles”.

“Dado en la ciudad de Panamá a los tantos días del mes tal de 1950”.

El periodista tomó muy a mal todo esto y me llenó de improperios acusándome de ser el autor de esta broma. Estaba tan enojado, que no me atreví a revelar quién era el verdadero responsable del desaguisado.   Y no volvió a hablarme.   En cambio, siguió manteniendo buenas relaciones con Silvera.

La historia del periodista hubiera debido terminar en este punto, pero no fue así.

Un día fue a Estados Unidos, donde, en una clínica famosa, lo aliviaron para siempre de la sordera. Supongo que a los  cirujanos se les fue la mano, porque cuando regresó a Panamá oía mejor que la persona más hiperestésica del mundo.

Al principio estaba contentísimo, pero desgraciadamente el hombre no fue hecho para una felicidad duradera.   Pronto nuestro periodista empezó a oír más de la cuenta. Y los ruidos de la calle, el ruido de un moscardón, los pasos sigilosos de una hormiga resonaban en sus oídos como cañonazos.

Escribió a su cirujano para que le devolvieran la sordera, porque el insomnio lo estaba matando. Pero el cirujano le respondió que eso (al menos en ese tiempo) era imposible. Y le formuló una pregunta muy pertinente: “si era feliz con su sordera, ¿por qué se operó?”.

A todo se acostumbra uno, aun a la hiperestesia. Aunque nuestro periodista nunca se consoló de que le hubieran devuelto su oído.


A medida que se acercaba la fecha del censo, empezaron a darnos cursos intensivos sobre el papel que nosotros íbamos a desempeñar; uno de esos cursos era para que se los retransmitiéramos a los empadronadores.   A mi hermano Rodrigo y a mí nos enviaron a Bocas del Toro, nuestra provincia natal. A mí me asignaron la zona bananera. A mi hermano Rodrigo el resto de la provincia, incluyendo las regiones indígenas. Nuestro general en jefe era una persona sobremanera capaz, inteligente y responsable, que andando el tiempo fue ministro del gobierno de Omar Torrijos.

La primera crisis se presentó en cuanto llegamos a Bocas del Toro. Entre los indígenas se había corrido el rumor de que nuestra misión en realidad era reclutarlos para que fueran a pelear a la guerra de Corea, que a la sazón tendría unos seis meses. Costó Dios y ayuda convencerlos de que nuestras intenciones no podían ser más pacíficas, tarea en la que nos ayudaron decisivamente los guaymíes que habían hecho su escuela primaria en la cabecera de la provincia. Y logramos superar la crisis.

De acuerdo con nuestras instrucciones, lo primero quehice fue darles unos cursos de preparación a quienes iban a ser los empadronadores en nuestra provincia. En una jornada relámpago les expliqué –lo mejor que pude– el trabajo de campo que les tocaba hacer.

Y llegó el gran día. Con la ayuda del equipo rodante de la empresa bananera –solicitado por el Gobierno Nacional– distribuimos a nuestros empadronadores por los poblados y villorrios de la zona. Todos estaban en sus puestos de trabajo a las 7:00 a.m. Yo tenía un carro de línea, que la empresa puso a disposición del censo. Con él recorría el área, asegurándome de que todos nuestros empadronadores estuvieran en sus respectivos puestos de trabajo. De cuando en cuando absolvía sus dudas.

Todo marchaba sobre ruedas. Al rato noté que uno de los empadronadores no se había movido de la primera casa de las varias que le habían asignado. Soy tan mal pensado, que mi cerebro se llenó vertiginosamente de levantes y otros percances. Cuando volví a pasar, casi al mediodía, el hombre no se había movido.

Fui a ver qué ocurría. Muy orgulloso, el empadronador me mostró el fruto de su trabajo. El hombre no sólo había anotado los nombres de las personas que vivían en esa casa, sino los de todos sus parientes, vivos y ya finados, hasta donde alcanzaba la memoria de los empadronados.

Soy un tigre en aritmética. Calculé que a ese ritmo terminaría dentro de dos años, y mis exigentes jefas habían ordenado que todo estuviera listo a las 5:00 p.m. o 6:00 p.m. (no recuerdo la hora exacta). Le expliqué al empadronador que su trabajo consistía en contar a los vivos que estuvieran presentes, y que dejara a los muertos en paz (ninguno de ellos iba a protestar porque lo pasaran por alto). Y lo acompañé a la siguiente casa donde yo mismo –en un dos por tres y en su presencia– empadroné a sus ocupantes.

Pese a esos percances, censamos a todos los habitantes de la provincia y sus vacas (porque era un censo agropecuario). Aunque hubo ciertas dificultades. Una de las preguntas que era preciso hacerles a los empadronados era la clase de servicio higiénico que tenían.   Han pasado 60 años desde entonces y, por supuesto, no recuerdo todas las respuestas. Ello no obstante, se me quedó indeleblemente grabada ésta, también anotada por un censor bocatoreño:   “Servicio: de agua, directo al mar”.

Mis jefas no habían sido bendecidas (o maldecidas) con mi sentido del humor, y no le encontraron ninguna gracia a ésta y otras respuestas.

Nos tambaleábamos de crisis en crisis. Un censo, para que sea fiel a la realidad, debe hacerse en un solo día en todo el país. Pero no contaban con la madre naturaleza. Los ríos en nuestra patria tienen un siniestro sentido del humor. En los momentos más inoportunos les da por desbordarse. El censo en Darién (al menos en uno de sus distritos) no pudo realizarse porque a los ríos más malhumorados les dio por salirse de madre precisamente ese día. No hubo más remedio que posponer el evento hasta que la madre naturaleza se calmara.

Cuando las aguas volvieron a su nivel, nos enviaron al licenciado Noel Morón Arosemena y a mí para que dirigiéramos el censo en ese distrito desfigurado por la inundación. Los dos estábamos muy jóvenes y llenos de brío, y no nos dejamos intimidar por la misión imposible que nos asignaron nuestras jefas. Tampoco nos dejamos intimidar por esperadas (e inesperadas) dificultades de orden práctico, que tendré que contarte el próximo sábado, porque noto que me he quedado sin tiempo y sin espacio.

 

<> Este artículo se publicó en dos entregas,  el 18 y el 25 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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