Panamá, un nación con una historia hermosa

Bitácora del Ex- Presidente del 26 de enero de 2011.

La opinión del Abogado, Empresario,  Docente Universitario y Ex Director de la Policía Nacional…

 

EBRAHIM  ASVAT

Panamá como nación tiene una hermosa historia y es  una lástima que sean pocos los panameños que la conozcan.  Estoy casi seguro que el desconocimiento de su historia es lo que distancia al panameño de su responsabilidad cívica.

Todos estamos obligados a dejar un mejor Panamá del que encontramos.  Nuestros actos, nuestros sacrificios,  nuestro trabajo,  nuestros triunfos a diferentes niveles deben marcar en última instancia un factor de mejoramiento de toda esa organización y conglomerado que constituye lo que denominamos Panamá.

Desde el nacimiento de un hijo,  la instrucción escolar,  el puesto de trabajo, la actividad profesional o empresarial,  la adquisición de una casa para construir un hogar, la vida comunitaria, la vida pública , la solidaridad humana.  Todos estos pequeños eventos son relevantes y marcan hitos, cada uno en su dimensión en la vida de un país.

Cuando se fundó la República de Panamá en el año 1903 y luego de dar sus primeros pasos, el analfabetismo alcanzaba al 85% de la población.    A alguien se le ocurrió la idea de que lo que le correspondía al país era lograr que cada uno de sus habitantes aprendiera a leer y escribir.  De esa idea central, se trajeron maestros y profesores extranjeros,  se crearon los primeros centros de formación e instrucción de enseñanza primaria y secundaria.   Se invirtió en escuelas a lo largo y ancho del territorio nacional.   Nuestras maestras y profesores se movilizaron y dedicaron sus vidas a llevar escolaridad.  ¡ Cuanta inversión a largo plazo!  Esos maestros y profesores invirtieron (y siguen invirtiendo) sus vidas por otros a salarios bajos porque su mística y empeño no se mide  en dinero sino en otro tipo de satisfacción psicológica que  no tiene precio y genera admiración, respeto y estima.    Cuantos  conocemos la experiencia de maestros y profesores que tienen historias que contar de los alumnos que pasaron por su clases.  Historias  de sacrificios, empeño, desvelos, alegrías, triunfos y tristezas.

Hoy el analfabetismo está casi por desaparecer y cada vez más, los menores de 12 años entran en un centro de instrucción escolar.  ¿ Que calidad de panameños son estos que dedican sus vidas a un propósito nacional con poca remuneración y reconocimiento público?

Nadie que ha vivido y crecido en este país puede desconocer la influencia de maestros y profesores que les ha marcado sus vidas.  Lo hicieron por otros.  No les importó quienes eran.  Lo hacían sin tenerlo en mente, por un país, por eso que llamamos Panamá y que lo llevan muy adentro.

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Artículo publicado el 25 de enero de 2010 a las 21:00   en su muro en Facebook  por el autor  a quien damos todo el crédito que le corresponde.

9 de enero, la saga del honor

La opinión del Educador y Escritor….

RICHARD   BROOKS
rriost@hotmail.com

La nación panameña tiene una historia fascinante y maravillosa, en sus quinientos años de su devenir épico desarrolla una lucha permanente por la libertad. Quibián, Urracá, Bayano, Felipillo, Pedro Prestán, León A. Soto, Victoriano Lorenzo, coinciden en afirmar el ideal de pertenencia a su suelo patrio.

Con el canal estadounidense nos enfrentamos a la prepotencia de la política colonial del Big Stick. Desde 1904 con el nefasto Tratado Hay-Bunau Varilla del 18 de noviembre de 1903, se da la ocupación militar del corazón geográfico de Panamá, la conocida Zona del Canal.

El Coloso del Norte sustituye nuestra bandera por la de las barras y las estrellas para asegurar su expansión imperial. Pero desde ese mismo instante surge la determinación de los panameños de confrontar su arrogancia y poner fin a la perpetuidad de su presencia en la zona canalera. La perpetuidad solo les duró 97 años. Guillermo Andreve y la generación de Acción Comunal levantan la bandera de la plena jurisdicción institucional en nuestro territorio. En 1947 la Federación de Estudiantes de Panamá plantea el rechazo al Convenio Filós-Hines y a la pretensión de Estados Unidos de establecer más de 136 bases militares en todo el país. Luego la Generación del 58 siembra de banderas la Zona del Canal con la Operación Soberanía del 2 de mayo de 1958 y la Marcha Patriótica del 3 de Noviembre de 1959.

Pero esa saga histórica se llena de gloria con la gesta del 9 de enero de 1964, cuando los institutores del Nido de Águilas, renuevan la lucha por la Soberanía y marchan pacíficamente al enclave canalero para exigir el cumplimiento del Acuerdo Kennedy-Chiari de 1963 de izar nuestra enseña nacional en todos los sitios públicos del territorio colonizado.

La estulticia de los zonians provoca la masacre del 9, 10, 11 y 12 de enero de 1964. Los colonialistas al menospreciar nuestro coraje, heroísmo y dignidad se niegan a cumplir lo pactado, oponiéndose al derecho de los panameños de enarbolar nuestra bandera en la Gran Zanja.

Los mártires y héroes de esa proeza nos recuerdan que no se puede avasallar a una nación como la panameña.

El 9 de enero es la saga por rescatar el honor mancillado por el infame tratado del Panamá Cede de 1903 y el Artículo 136 de la Constitución de 1904 que avalaba la intervención militar en nuestro territorio. El 9 de enero la nación ocupada se levantó con osadía homérica y puso fin al protectorado del área canalera.

En oposición al patriotismo de opereta del Panamá político, recordamos la acción patriótica de enero de 1964 con un homenaje emocionado a Panamá y a su juventud insobornable. En cada panameño hay una bandera enclavada en un corazón que reclama justicia, ese es el significado del 9 de enero.

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<> Este artículo se publicó el  14 de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

¡Urgente! se necesita una lección de historia

La opinión de…

Lucas Castrellón Preciado

¡Hace unos días, me enviaron el enlace de YouTube de una entrevista en un programa de variedades que se le hizo en Miami al Cónsul de Panamá en esa ciudad.   Si bien, dicho programa no era el escenario más serio del mundo, fue verdaderamente preocupante e inaceptable que el cónsul, quien representa a Panamá en el exterior, demostrara un pobre conocimiento de la historia del Canal de Panamá que, para bien o para mal, es por lo que somos conocidos a nivel mundial.

Cuando uno conoce a algún extranjero, lo primero que pregunta es sobre el Canal, por lo que me parece inaudito que la persona que fue designada a esa posición para defender los intereses políticos, sociales y económicos de nuestro país, no sepa tan siquiera hechos como que la idea de construir el Canal no surgió de los franceses, sino que fue de los españoles y viene desde la época de la colonia, en la que el Istmo era punto de tránsito para el oro y la plata que salía del Perú hacia España.

Esta fue una de muchas imprecisiones que ofreció dicho funcionario durante la entrevista. Al terminar de ver el video, me queda la duda que sea la persona idónea para representar a Panamá.

La falta de conocimiento de historia del cónsul es reflejo de un grave problema en nuestra educación. Estudiar nuestra historia debe ir más allá de memorizarse fechas, como comúnmente se hacen en nuestras escuelas y colegios. La enseñanza debe centrarse en entender el contexto en que ocurrieron los hechos históricos.

Nuestra historia, es también, parte de nuestra identidad. ¿No reaccionamos con orgullo cuando descubrimos que algún antepasado fue parte de alguna gesta histórica? Como panameños, este mismo orgullo debe nacer en nosotros al conocer nuestra historia.

Me preocupa que los estudiantes de hoy en día no estén estudiando y debatiendo nuestra historia. Más allá del refrán de que “quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”, corremos el peligro de crear ciudadanos sin identidad y sin rumbo.

Todos necesitamos una lección de nuestra historia, pero no me queda la menor duda de que nuestro cónsul en Miami tiene que ser el primero en la fila.

 

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Este artículo se publicó el 8  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

En defensa de la historia y el historiador

La opinión del Docente Universitario….

 

JORGE  LUIS  MACÍAS  FONSECA
jorge101@cwpanama.net

Pasados los primeros días de noviembre dedicados a la patria, conviene una obligada reflexión. No cabe duda que gran parte de la conciencia nacional se sustenta sobre el conocimiento histórico.   Si hay una distorsionada conciencia histórica consecuencialmente habrá un déficit en lo concerniente a la conciencia de patria. Por eso es importante la valoración que se haga de los hechos históricos, sobre todo si es producto del estudio, el análisis y principalmente de la investigación científica. De manera que estarán en mejor condición para ello, quienes estén armados de razones, de conocimientos y de formación en el área, puesto que se corre el peligro de desviaciones, lo que a la postre puede incidir de manera negativa.

Conceptuamos que el espacio que se abre para la indagación, el debate, la información y el análisis en los días patrios es positivo, pero además de responsabilidad, y ello debe conllevar a que las instancias educativas nacionales, entre ellas: el Ministerio de Educación y la Universidad de Panamá, asuman la dirección, proponiendo una embajada de profesionales de la historia y de reputados y comprobados estudiosos de ella, para que la visión de la historia patria sea tenida en su dimensión objetiva, y no de manera subjetiva, como puede ocurrir cuando se apuran apreciaciones, sobre todo si provienen de aficionados y no de profesionales de la ciencia histórica.

Debe ser, esto un tema de estado. Nadie osaría poner en duda los extraordinarios aportes de Ricaurte Soler (q.e.p.d.), Álvaro Menéndez Franco, Carlos Mendoza, Romel Escarriola, Alfredo Castillero, Carlos Gasteazoro (q.e.p.d.), Patricia Pizzurno, Celestino Araúz, José Alvaro y en su momento el del prof. Rolando Hernández (q.e.p.d.) , y muchos otros.   En Colón de Max Salabarría, César Quijano, José Young, y Jorge Luis Macías.

Esto es correcto, pero debe ser parte de una programación de gobierno, bien pensada para que el país reciba de mentes claras e inteligentes y de voces autorizadas los planteamientos y los razonamientos probados sobre la historia nacional y local.

La aparición de ‘historiadores’, de pronto bien intencionada pero peligrosamente presentada puede dar pie a señalamientos obtusos. En Colón, por ejemplo, plantear que Porfirio Meléndez, fue un genio es minimizar el papel de muchos dirigentes que jugaron un papel protagónico en la jornada independendista. Afirmar que Aminta Meléndez nació en Jamaica, debe ser probado con argumentos y fuentes sólidas. Negar la leyenda idílica y la leyenda negra sobre la coyuntura del 3 de noviembre es invalidar esfuerzos serios de connotados talentos y estudiosos de la historia patria, magnificar más allá de lo objetivo el papel de Aminta Meléndez es desconocer el rol de otras mujeres en Colón, que ni siquiera son mencionadas en esta justa.    Presentar a Pablo Arosemena como prócer de la independencia en lugar de Orondaste L. Martínez, como ocurrió con el busto ubicado en el parque 5 de noviembre, es imperdonable.

En todo esto, corresponde a los medios de comunicación, dirigir con acierto sus pasos hacia la idoneidad y no hacia la improvisación, y a la Universidad de Panamá con su escuela de Historia, reclamar los espacios legítimos para evitar la usurpación.

 

 

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<> Este artículo se publicó el  9 de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Hacer creíble su realidad

La opinión del Comunicador Social….

ERNESTO  A.  HOLDER
ernestoholder@gmail.com

Parece imposible que a estas alturas del desarrollo humano estemos como estamos.   Si revisamos los tiempos de la historia y para entenderlos, el contexto en que se llevan a cabo los eventos es importante.   Los diversos elementos que se utilizan para el análisis histórico sirven como retratos para el ordenamiento narrativo de los hechos para su presentación descriptiva, conjuntamente con los eventos que se entrelazan el uno con el otro como un rompecabezas, son esenciales para el entendimiento general de un hecho.

Cada tiempo documentado con seriedad, repartidos en capítulos vividos, son afectados por elementos externos al evento que apoyan, distraen o afectan el resultado en la búsqueda de una verdad histórica, muchas veces incompleta o discutible.

Esta columna y otros aportes comunicacionales de muchos actores y observadores sociales, a falta de la disciplina de llevar un diario concienzudo de reflexiones cotidianas, permite dejar un retrato estructurado sobre la época, en el marco de los temas de las cuales opinamos todos: política, comunicación, cambio social, educación, cultura, desarrollo, etc.

Voces más científicas y disciplinadas, realizan un concienzudo trabajo investigativo sobre la realidad actual por medio de monografías, ponencias y ensayos. En la poesía, el cuento, la novela, el teatro, etc, también se levantan voces que dejan sus observaciones sobre la lucha por la supervivencia, el amor y los fantasmas y demonios de la naturaleza humana.

Estos relatos son importantes para que algún día sirva de referencia, conjuntamente con otros aportes y opiniones de colegas, escritores retratistas.   Permitirán entender nuestro mundo en estas primeras décadas del nuevo milenio.    Son importantes desde el punto de vista individual y personal, pero también como un aporte al retrato colectivo en esta sociedad en donde nos ha tocado vivir.

Con ese trasfondo y el tan cacareado esfuerzo por convertirnos en país de primer mundo, con nuestros grados de inversión, niveles de competitividad, centros bancarios y demás ‘bondades’ y mediciones que utilizan los tecnócratas, economistas y demás, lo que sucede en el país durante las últimas cuatro semanas, propone una sola pregunta:   ¿De qué país estamos hablando?

La seriedad con que muchos personeros locales ofrecen sus análisis sobre la salud económica del país, las bondades que ofrecemos para la inversión extranjera y el desarrollo de oportunidades de negocios entre otros, choca con la realidad que el país ha enfrentado en tan solo 30 días; las consecuencias de los cuestionables procesos de cómo se hacen las cosas en realidad.

García Márquez señaló que: ‘En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad’.  El deterioro ha sido constante y notable en los últimos años, pero en estos últimos 30 días, desde el inicio de las intensas lluvias a principios de diciembre, el ímpetu de las tormentas, parecen haber provocado más de lo imaginable.

En solo un mes hemos experimentado traumas significativos que dejan dudas sobre nuestro futuro y desarrollo. (Para mi desarrollo va más allá de los rascacielos, centros comerciales y hoteles turísticos). La realidad de los eventos de corrupción y delincuencia en el ministerio público habla negativamente de nuestro sistema legal y de justicia.

En estos mismos treinta días, la realidad sobre las carreteras de acceso al puente Centenario deja serias dudas sobre la industria de la construcción en Panamá.   El colapso del sistema de producción y distribución de agua potable es evidente y cuestionable. Los resultados del año lectivo que acaba de terminar y el nivel cultural y educativo de las personas que nos representan a nivel internacional en las sedes consulares y diplomáticas del país, es vergonzoso. Esa es la realidad, brutal y difícil.

Y difícil tarea les queda ahora a los que nos venden como país de primer mundo hacerlo creíble sin producir los cambios necesarios.

El trabajo de documentar la realidad queda como prueba o retrato de este momento de nuestra historia social.   Y hacerla creíble es un reto.

Estas representaciones serán objeto de reflexión por los futuros investigadores e historiadores sobre nuestro comportamiento como sociedad. Analizarán la razón de nuestras prioridades personales y colectivas en medio de tanta necesidad y amenazas que aún no atendemos en los reglones de salud, educación y cultura. Evaluarán el rol de nuestros líderes frente a hechos como los descritos, sus actos por corregirlos, o en el peor de los casos su complicidad.

Cuando en el hilo del tiempo las páginas de estos primeros años del milenio queden inmediatamente después de las de las luchas por recuperar el territorio de la Zona del Canal, muchos querrán saber qué se hizo esa valentía, ese arrojo y esa perseverancia por unir el territorio nacional y por qué no se empleó para ayudarnos a salir del subdesarrollo.

 

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<> Este artículo se publicó el 10 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: http:

¿Desmemoriada la Historia?

La opinión del Estudiante de Derecho…


Ariel Banqué Estrada

Dicen que “un pueblo sin memoria está condenado a vivir su pasado”, lo que es razonable. Pues el desconocimiento y la falta de análisis de nuestros anales puede incidir en que como país cometamos las mismas equivocaciones que de una u otra manera nos han ocasionado desavenencias vividas en otrora; sin embargo, me toca reconocer que es prohibido impidirle a alguien olvidar lo que razonablemente no conoce. Esto lo sostengo al percibir el desentendimiento del cual somos parte muchos ciudadanos a 47 años de ocurrida la gesta del 9 de enero del ’64 donde decenas de personas, entre estudiantes y ciudadanos istmeños, fueron abatidos a muerte por la policía zoneíta cuando intentaron hacer respetar el acuerdo que un año antes firmaran los presidentes Roberto Chiari y John F. Kennedy, sobre permitir que el pabellón panameño ondeara con donaire y gentileza al lado de la enseña de EE.UU.

 

Y es que todos no hemos perdido de la memoria los relatos de nuestra historia, sino que el descuido de unos cuantos, al no transmitirnos los hechos, da como resultado la apatía de nuestra gente al no dar el crédito necesario a esta heroicidad y, a la vez, nos hace cómplices e incapaces de ser voceros vehementes de nuestras próximas generaciones y darle a conocer proezas que como ésta son parte de la crónica de nuestra Nación.

 

Agradable sería, que con nacionalismo celebráramos las hazañas de panameños que dieron su vida por la completa libertad de nuestra República, como en otras latitudes crean conmoción las vidas de Eva Perón, José Martí, Miguel Hidalgo y Simón Bolívar para los argentinos, cubanos, mexicanos y venezolanos respectivamente.

Queda como reflexión, que el patriotismo o valor que podamos tener y cultivar en los demás se va inferir del conocimiento que ostentemos de las cosas y que el sentimiento y repudio hacia los actos de los norteamericanos es resultado de la instrucción que poseamos de los hechos o circunstancias que perciban nuestras mentes para alcanzar la civilidad y contribuir personalmente al progreso y bienestar común de nuestra sociedad, tratando siempre de ser patriotas a pesar del sin fin de problemas que se aspiran en esta bella tierra: Panamá….

 

<>Reproducción de nota publicada en nuestro muro en Facebook, el  09 de enero de 2011 a las 23:10 por el autor.  Este artículo tambien fue publicado el 12 de enero de 2010 en el diario El Panamá América, a quien damos todo el crédito que le corresponde.

¡Teóricos políticos criollos!

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La opinión del Pedagogo,  Escritor, Diplomático…

Paulino Romero C.

Los teóricos políticos criollos (motivados por las encuestas de opinión pública), ya empiezan a vaticinar las posibilidades de uno u otro candidato presidencial para las elecciones de 2014.   Por ello, conviene hacer algunas consideraciones puntuales. La historia de la teoría política es un compendio de libros y autores, de escritos y escritores que han intentado definir el orden político y su estructura peculiar. No obstante el sinnúmero de escritores que han deslizado la pluma por el papel en cada generación, solo algunos pocos son releídos y recordados. Se sostiene que los libros que perduran, sobreviven porque han esbozado principios políticos aplicables a cualquier época.

En cualquier momento de la historia surge una serie de presuntos filósofos convencidos de que pueden percibir la dirección que tienden a tomar los acontecimientos. Basándose en sus facultades de predicción o de presciencia creen hallar, en medio del torbellino del momento, esas tendencias incipientes que modelarán el futuro. Inevitablemente, la mayoría de esos pronósticos resultan errados. La razón es bastante simple: toda sociedad contiene no una sola, sino una enorme multitud de “tendencias” potenciales; y la mayor parte de éstas no alcanza a desarrollarse, porque representa cursos de acontecimientos que tienen sus días contados. Los escritores que se aventuran a predecir casi siempre utilizan pautas incorrectas de evaluación. Es así como la historia de las teorías políticas terminan por ser la crónica de esos pocos escritores que han apostado por casualidad a la parte triunfante.

En consecuencia, una teoría política adquiere títulos de “grandeza” si los acontecimientos confirman sus principales proposiciones. Luego se la incorpora al estante de las obras que se consideran al margen del tiempo y se la evoca en los libros de texto y en las monografías.   El resto de nuestra literatura teórica queda relegado a la trastienda de los archivos, quizás para ser escudriñados allí por celosos estudiantes posgraduados en busca de autores que nadie recuerda.   De aquí surge la sospecha de que es la historia la que encumbra las teorías y que ese encumbramiento tiene poco que ver con su pureza literaria o, inclusive, con su profundidad.

El hecho de que los escritos de Carlos Marx sean famosos en nuestro tiempo, se debe a que China y la Unión Soviética eligieron a este autor como su santo patrono. Marx es recordado porque hay hombres poderosos que lo invocan para justificar sus medidas de gobierno. De haber escogido los políticos de estos sistemas a algún otro escritor, o de haber prescindido de todo escritor, el materialismo dialéctico podría acaso intrigar a los eruditos, pero apenas si interesaría a quienes están fuera de los círculos académicos.

¡Estas observaciones pueden servir de prólogo a cualquiera consideración de los recientes y próximos planteamientos de los teóricos políticos criollos!

¡Feliz Año 2011!

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<>Artículo publicado el  27  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Costa Rica-Nicaragua: un conflicto absurdo

La opinión del Sociólogo….


GIOVANNI  BELUCHE  V.
gbeluche@prodesarrollocr.com

Que  en pleno siglo XXI dos países centroamericanos, subdesarrollados y pobres, se enfrenten en un conflicto en sus zonas fronterizas, además de absurdo, es sumamente peligroso. Más allá de los argumentos de las partes, la división territorial establecida por las burguesías centroamericanas, en sus diversos laudos, establece que el río San Juan es de plena soberanía de Nicaragua, Costa Rica reconoce esa condición y tiene derecho de navegación para su población civil y sus autoridades (sin armas). La isla Calero, fuente del actual conflicto, está ubicada dentro del territorio costarricense.

Este diferendo ha sido el pretexto para que los gobiernos de Nicaragua y Costa Rica distraigan la atención de los principales problemas que aquejan a nuestros pueblos. Discursos xenofóbicos en los dos países atizan sentimientos de odio, que solo dolor podrían causar a la gente humilde. Ojalá la sensatez impere en los gobernantes para que esta discrepancia se resuelva de manera pacífica. En vez de alentar un falso nacionalismo, deberíamos aprender un poco de nuestra historia centroamericana.

El 14 de setiembre de 1856, un puñado de 180 nicaragüenses derrotó a William Walker y sus filibusteros en la batalla de San Jacinto.   Habían llegado a Nicaragua tras el pacto firmado en 1854 por el entonces mandatario provisional Francisco Castellón, quien acordó con el gringo Byron Cole la llegada de 200 mercenarios de la Falange Democrática, para que le ayudaran a los democráticos (liberales) a derrotar a los legitimistas (conservadores), en la guerra civil que se libraba en el vecino país. Como pago el gobierno entregó tierras a Cole.

Cole traspasó el contrato a Walker, quien tomó Granada en octubre de 1855, para después convocar a elecciones amañadas, en las que se proclamó presidente de Nicaragua en julio de 1856, con la ambición de anexar a Centroamérica a los estados del Sur de Estados Unidos.   El pueblo nicaragüense, nada dispuesto a dejarse esclavizar, se levantó en armas junto con sus hermanos centroamericanos. Del lado de Costa Rica, el presidente Juan Rafael Mora organizó un ejército que asestó golpes contundentes a los filibusteros, en la batalla de Santa Rosa, en el río San Juan y en la propia Rivas (quema del arsenal de los filibusteros). La derrota y fusilamiento de Walker en Honduras el 12 de setiembre de 1860, marcó el final de esta amenaza contra los pueblos centroamericanos.

La historia oficial en cada país da cuenta de las acciones de sus pueblos en la gesta contra los filibusteros, pero se esmera en desconocer que la victoria fue posible por la intervención unitaria de El Salvador, Guatemala, Honduras, expresado en el Tratado de Alianza firmado el 8 de julio de 1856 y Costa Rica, que por la epidemia del cólera no pudo asistir, pero mantuvo su participación en la causa. La batalla de San Jacinto (Nicaragua), la batalla de Santa Rosa (Costa Rica) y el fusilamiento de Walker en Trujillo (Honduras), fueron determinantes para la historia de Centroamérica.

Han pasado 154 años y los filibusteros siguen llegando, ahora como grandes corporaciones que empobrecen a nuestros campesinos y trabajadores.   Como Francisco Castellón, los gobernantes les regalan nuestros más preciados recursos estratégicos. Sus naves de guerra entran so pretexto de la lucha contra el narcotráfico, escondiendo su verdadero propósito de utilizar nuestras tierras para su belicista Plan Colombia.

Pero la respuesta de nuestros gobernantes en nada se parece a las epopeyas de la lucha contra los filibusteros.   Por el contrario, en las últimas semanas se ha desatado una verborrea ‘nacionalista’ sumamente peligrosa a ambos lados del río San Juan. Ridículas poses patrioteras de quienes entregaron los intereses estratégicos de Costa Rica y Nicaragua, a las angurrientas transnacionales norteamericanas mediante un TLC antipatria.   Risibles discursos sobre supuestas motivaciones ambientales, de quienes declararon de interés nacional la explotación de una mina de oro a cielo abierto cerca de la frontera, cuyos daños ambientales están harto demostrados.

Solo favorecen los intereses mercantiles de sus socios extranjeros y ahora hablan de patria. No hacen nada cuando un hotel extranjero cierra el acceso a una playa privatizada; los que hace pocos meses sacaron por la fuerza a un grupo de indígenas que solicitaban a la Asamblea Legislativa de Costa Rica que se discuta un proyecto de ley sobre la autonomía de sus territorios.

Con sus arengas patrioteras ambos gobiernos están sembrando el odio entre dos pueblos hermanos. En vez de pelearse demagógicamente, deberían imitar a nuestros próceres.   Aprender de nuestra historia, juntos reivindicar un proyecto regional en donde la economía esté al servicio de la gente y no la gente al servicio de la economía.   Donde el río San Juan genere calidad de vida para las empobrecidas comunidades de los dos lados de la frontera.   Bien harían en dedicarse a resolver los asfixiantes problemas y las carencias que golpean a la gente buena y humilde a uno y otro lado del río San Juan.

¡Otra Centroamérica es posible!

 

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<> Este artículo se publicó el 3 de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor   en: https://panaletras.wordpress.com/category/beluche-v-giovanni/

Mentiras históricas

La opinión de…

Roberto Arosemena Jaén

La historia como ciencia es la verdad de los hechos sucedidos. Todo hecho es interpretado y de allí la necesidad de la ciencia de la interpretación, la hermenéutica. No puede hacerse historia sin un análisis interpretativo exhaustivo de los hechos investigados y escritos como históricos.

Las historias nacionales fallan por su contenido ideológico y propagandístico.   Es el caso de las historias de larga duración, en el caso de Belisario Porras, de mediana duración, en el caso de Omar Torrijos Herrera o de breve duración, en el caso de Ricardo Martinelli. Hacer la historia –lo que dichos personajes sintieron, pensaron, dijeron e hicieron– es una tarea ardua.

Los historiógrafos de Porras, los seguidores del viejo Omar y los alabarderos y críticos del hombre del cambio tienen que esforzarse por lograr no una narración creíble o verosímil sino válida, objetiva, subjetiva e intersubjetivamente.

Son los tres criterios de validez de las ciencias naturales, sociales y humanas –la historia está sometida a estos criterios–. La validez más que adecuación es actualización de la realidad conocida, comunicada y afirmada.   Los criterios de validación tienen que ver con la materia u objeto de estudio, con la corrección normativa de las acciones compartidas y debatidas y con la autenticidad o compromiso interno entre lo que se piensa, se dice y se hace.

He introducido el enfoque temporal de larga, mediana y corta duración y los he superpuesto al quehacer histórico de Porras, Torrijos y Martinelli.   El lector va a incluir la percepción personal y cultural que tenga sobre estos personajes, es decir, va a contraponer a la historia, el imaginario que ha venido construyendo –generalmente que se le ha construido– en torno a Porras, Torrijos y Martinelli. Por eso la lectura histórica es compleja, de múltiples interpretaciones, fácilmente descalificable y, lo más lamentable, irrelevante para conocer la realidad sucedida y el buen o mal desempeño de cada uno de esos actores –o víctimas– de su destino histórico.

Si los datos y los hechos, entre el desembarco de Porras en 1900 y el juzgamiento moral por la Corte Suprema de Justicia en noviembre de 1905, hacen concluir que Porras era un joven temerario, irresponsable e incluso traidor a la patria panameña y que debió haber sido condenado a muerte, en 1905, son verdades históricas, ¿cómo queda el imaginario de caudillo liberal traicionado y patriota opuesto a la venta de Panamá en 1903?   Se dirá que la trayectoria de Porras apreciada y aplaudida es la de 1912 a 1924 y que todo lo anterior son infundios de los conservadores duros penonomeños y del núcleo fuerte de Acción Comunal que trastocó los acontecimientos, en la década de 1931 a 1941.

El caso de Torrijos es patético, su irrelevante participación en el golpe del 11 de octubre, la sustitución oportunista de Boris Martínez, el asesinato de más de 50 opositores, entre 1968 y 1972, la ingenuidad de aplaudir el día de la Lealtad de Noriega y, finalmente, las negociaciones canaleras que mantienen la traición contra la nación panameña de los Tratados Mallarino–Bidlack y Hay Bunau–Varilla, insertos anacrónicamente en el Tratado de Neutralidad y Funcionamiento del Canal, se han transformado en epopeya del líder revolucionario. La reacción del PRD dirá que es una infamia contra el torrijismo, una manera de añorar a la desplazada oligarquía.

Martinelli es el caso reciente.   Sus ocurrencias, su desparpajo, su manejo de la fuerza y el dinero es la necesidad histórica del eterno retorno de la demagogia utilitarista de los Porras y los Torrijos.   El imaginario del cambio hace del Presidente el hombre fuerte y el conductor insustituible. ¡Que sigan criticando, dice su experto asesor, si todo va bien y los carnavales, también!

Estas mentiras históricas tienen que deshacerse culturalmente con ciencia, con rectitud normativa a nivel político y con autenticidad moral a nivel personal. De no hacerse, la próxima historia será escrita por los seguidores del cambio.

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<> Este artículo se publicó el 1 de diciembre  de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Lecciones de Historia

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La opinión de…

Juan Carlos Ansin 

No hay mal que por bien no venga. Seguramente alguien dirá que es un cliché demasiado gastado y hallará un fondo relativista que disgusta a los obsesionados por la verdad absoluta.   No caen en la cuenta que para hallar la verdad, es necesario buscar la mentira. En fin, digamos que en las derrotas también se obtienen victorias.

Precisamente la Historia está llena de este contrasentido aparente. En la larga y cruenta lucha por la independencia de nuestra América, sus líderes, empapados del enciclopedismo francés, intentaron por todos los medios, implantar aquí el naciente paradigma republicano, que para la mayoría iletrada y aún para las clases más educadas de la época, significaba un cambio demasiado radical, acostumbrados como estaban, por siglos, al sometimiento monárquico y religioso. La mala fama de nuestros libertadores, entre las élites conservadoras criollas de entonces, se basó en la propaganda española que los acusaba de terroristas traidores al rey.

Después de Ayacucho se pudo unificar la posesión militar del territorio, pero no se logró la anhelada unión política, ni tampoco la independencia económica. Al final de sus vidas, nuestros libertadores reconocieron que la anhelada democracia republicana, a la francesa, era una utopía imposible de realizar. La pobre educación, la extensión geográfica y el desconocimiento de los derechos y obligaciones cívicas que acarrea una república, fueron algunas de las razones del cambio ideológico experimentado por Bernardo de Monteagudo, el Robespierre americano, que del ferviente republicanismo revolucionario original pasó luego a favorecer una monarquía parlamentaria al estilo girondino. Hecho que algunos de sus biógrafos atribuyen como causa intelectual de su asesinato, cometido en Lima.

Dos siglos más tarde, el sueño de nuestros próceres se ha cumplido. Aunque no en este continente. Aquí seguimos empeñados en resolver nuestros problemas cada uno según su parecer. Cada país inventa su caudillo. Mientras, los pueblos sufren las consecuencias de sus desatinos. Tal parece que estamos condenados a vivir en eterna soledad. Por otra parte, España hoy es la viva imagen del anhelo de Monteagudo. Las diferentes nacionalidades permanecen unidas bajo la figura del Rey, que es la de España, a la que ha salvado en más de una ocasión. Los pueblos que la integran están representados en las Cortes Generales regidos por una Constitución Nacional. Contrario a la América Nuestra, allí las instituciones democráticas son más poderosas que el Rey. España no es república, pero funciona como si lo fuera. Nosotros lo somos, pero funcionamos como una monarquía sin corona.

El régimen presidencialista latinoamericano es un pulpo de largos tentáculos, que termina por ahogar a las instituciones, demasiado debilitadas por un sistema que prioriza los partidos políticos antes que la institucionalidad democrática. Las plataformas ideológicas son importantes, como guías de principios, pero no pueden sustituir la opinión de los ciudadanos, que más de una vez ha sido más sensata y acertada que los empeños por someterlos a dogmas políticos o económicos apartados de la realidad. Una realidad que los políticos suelen violar entre gallos y medianoche.

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<>Artículo publicado el  28  de noviembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Carta a los soldados

La opinión de…

Bethzaida Carranza Ch.

Tuve la grata oportunidad de asistir a la presentación del documental El último soldado, del cineasta panameño, Luis Romero, en El Ateneo de la Ciudad del Saber, y como panameña fue imposible ignorar las emociones que estos 52 minutos de película produjeron, al mostrar de una manera tan diáfana la lucha de los nacionales de este pequeño istmo por alcanzar su soberanía en la Zona del Canal.

Puedo decir, con mucho orgullo, que desde pequeña aprendí a conocer y apreciar el valor de nuestra historia de boca de uno de sus tantos protagonistas, mi padre, quien portaba el escudo del Instituto Nacional aquel 9 de enero de 1964 y que, como estudiante, junto a sus compañeros y todo un país, vivió el abuso propinado por todo un ejército, solo por reclamar lo que era justo.

Hoy, al parecer las cosas han cambiado, nuestro país es soberano y, tal como fue comentado en el foro del documental, las nuevas generaciones no incluyen en su agenda la preocupación de tener una quinta frontera en el territorio nacional, sin embargo, me pregunto… ¿Cuál es ahora su preocupación?

Nos sentimos tan bien del desarrollo que ha alcanzado nuestro país, de los avances tecnológicos, de las inversiones, de que el Canal es nuestro y de tantas otras cosas más, que estamos dejando de lado el hecho de que todos esos logros son consecuencia del estudio, el trabajo, el esfuerzo y la sangre de muchos panameños que, con sus aciertos y desaciertos, escribieron la historia que hoy nos permite disfrutar; historia que irónicamente algunos no quieren recordar y, lo que es peor, no quieren que sea contada y conocida a través del tiempo.   Gracias a Dios, no todos olvidamos.

Gracias, señor Romero, por no olvidar y contribuir con su talento no solo a enriquecer la cultura de este país, sino por aportar un medio para evitar que todos esos chicos que, por la “modernización de nuestra educación”, ya no conocerán esta historia, olviden.

Gracias a todos los hombres y mujeres que, sin esperar reconocimiento alguno, han dado a través de la historia todo por este país.

Gracias papá, por enseñarme el valor de ser panameña e inculcarme las ganas de luchar por mi país desde cualquier trinchera.

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<> Este artículo se publicó el 26  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora, todo el crédito que les corresponde.

Verdad histórica

La opinión de…

 

Roberto Arosemena Jaén

La historia son los hechos que sucedieron y que tienen significado en el presente que se vive y se proyectan al mañana. La filosofía de la historia se orienta más a criticar lo sucedido y a buscar un hilo conductor de lo que debe suceder con base a lo sucedido.

La historia, cada vez más, es una ciencia y en esa medida, la filosofía se podrá ajustar más a la realidad investigada. Una cosa es la historia y otra cosa la historia digna de ser contada, la narrativa histórica o la historia interpretada.

Una filosofía que hace filosofía desde una mentira histórica “indigna de ser narrada” tendrá que aceptar que sus conclusiones son producto de la imaginación, antes que del conocimiento de la realidad.

La crítica histórica ha concluido que las “filosofías de la historia” sin un esfuerzo hermenéutico son cuentos, fantasías y constructos ideológicos para encubrir la realidad, agudizar las crisis políticas que se enfrentan y ofrecer salidas caprichosas y autoritarias.

Un hecho tan lamentable como la Segunda Guerra Mundial se está interpretando como una patología propia de la ciudadanía liberal que se empezó a definir desde la lucha contra el despotismo laico o religioso. Atento, malas interpretaciones ocasionan catástrofes humanitarias.

En este caso se apunta a la “hipocrítica” de lo político y a la hipercrítica de lo moral. La solución natural era “ la moral al poder”. El poder sometido a la moral del gobernante. La solución fue sencilla pero totalmente fantasiosa. La soberanía del déspota pasaría a la soberanía del pueblo o de la nación, como sociedad política y culturalmente organizada.

Y surgieron los totalitarismos del siglo XX y el Consejo de Seguridad de las potencias nucleares. La falacia era la del “buen salvaje”, “el malestar de la cultura” y la dialéctica entre poder, sexo y verdad. El realismo de la dictadura del buen revolucionario para construir la humanidad de los derechos humanos o la sociedad universal comunista era la mentira histórica de la acción humana basada en la moral, la cultura y la educación. Jesús había solucionado el problema con menos filosofía: “Al César lo que es del César” a la esperanza, al amor y a la verdad insobornable (Dios) lo que le pertenece”.

El problema de la historia y de una filosofía no ideologizada es terriblemente complejo. Hay que partir del hecho que han demostrado los sociólogos clásicos: el hombre se mueve por valores y por intereses. De allí la importancia de la ética o de los principios universales de la conducta humana, al menos a nivel procedimental de una democracia constitucional de derecho.

En el caso nuestro, Panamá tiene su historia y como tal tiene que ser investigada. Pero no como observador de lo que sucede como hacen los extranjeros, sino como participante de los que padecen los acontecimientos y los hechos históricos. Esta metodología de participante se da en un contexto de diálogo, comunicación y debate permanente. Panamá es un país histórico y con historia propia que ha venido estructurando desde hace siglos. Los pueblos originarios con más tiempo a sus espaldas son tan panameños como los generados desde ellos.

¿Qué diferencia hay entre un antecesor con más de 500 años y un antecesor de 1964 que tiene medio siglo de haberse comprometido con la constitución de una patria libre, soberana y sin bases militares y con los testigos mudos de la invasión de 1989?   ¿Tiene el habitante del pasado más identidad nacional que el del presente y el del futuro?   O la nación no es más bien un diálogo entre generaciones, entre contemporáneos, antecesores y sucesores. ¿Puede hacerse historia sin expectativas de futuro permaneciendo solo en la experiencia del pasado?

La historia sucedida tiene que ser escrita y debatida para que la memoria y el recuerdo renueven el presente no como algo acabado sino como un conocimiento crítico de lo que es y pudo no haber sido y un proyecto o compromiso de lo que sucederá porque queremos que suceda o porque estamos destinados a sufrirlo.

La historia no es maestra, ni manipuladora del pasado ni del futuro, es solo un conocimiento verdadero que nos advierte de lo que vendrá sino nos decidimos a construir el futuro. No caigamos en el triunfalismo. La historia como conocimiento es solo una oportunidad para actuar ética y políticamente en el mes de la patria y en los meses venideros.

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<> Este artículo se publicó el 17 de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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