Los valores en la educación

La opinión de…

Carlos Alberto Voloj Pereira

Está plasmado en la Constitución Apostólica de Juan Pablo II, sobre las universidades católicas, que es, precisamente, en ellas “donde los estudios examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica” y que sirven para demostrar “la confianza que tiene la Iglesia en el valor intrínseco de la ciencia y de la investigación…” y “una preocupación ética” acerca de la conducta de los hombres cuando ejercen la profesión a la que se dediquen.

Entonces el hombre profesional no puede dejar de ser un educador cuando ejercita su actividad para procurarse sustento. Quien no se eduque a la vez que trabaja, voluntariamente se está limitando en una ignorancia crasa que en nada le ayuda a superarse.

Michael Falise, en su ensayo sobre Los valores en la educación y enseñanza universitarias, deja claramente expuesto que, quien llega a sentir la necesidad en el mundo actual de una educación superior está palpando evidentemente que estamos en el pleno momento de que no avanzará quien no se eduque, porque estamos en la “era del conocimiento, de la tecnología” y que la competencia actual se sitúa en el terreno de los que saben, porque ya el dicho de algunos de “da que vienen dando”, o de “quítate tú pa’ ponerme yo” o, ese que dice “amigo es el ratón del queso ¡y se lo come!, o “amigo es un real en el bolsillo”, ha cedido el paso a la idoneidad, al conocimiento, a la suficiencia de que usted sabe lo que está haciendo, y quien necesita y busca sus servicios ¡también lo sabe! De ahí que podrá haber inmoralidad y falta a la ética de parte de algunos profesionales, pero ¿estará dispuesto a aceptarlo el cliente?

Es cierto aquello de que “Dios los hace y el diablo los junta” y que el profesional inmoral y falto de ética se juntará con el cliente inmoral y falto de ética, también, pero ¡válgame Dios!   ¿Son, acaso, inmorales y faltos de ética todos los profesionales y todos los clientes? ¡No, claro que no! En el pasado evento político de 1989, cuando se produjo una confrontación cruenta con manifestaciones que sacaron a flote la ética y la moral de muchos panameños, también quedó en evidencia que no todos eran inmorales, que no todos faltaron a la ética y que no todos fueron saqueadores y que algunos no fueron totalmente saqueados.   Lo que sí apunta como experiencia aleccionadora es que sí fue saqueada la moral y la ética de la patria y la convicción de muchos justos de que los hombres deben amar a su prójimo como a ellos mismos.

Sin embargo, los comercios en los que reposa el conocimiento, la educación y los libros de ética y moral no fueron saqueados. Parece que nadie saquea librerías en Panamá.

La Iglesia y los hombres de bien tienen muy claro que la ética y la moral, aunque tengan una oferta abundante, exige un alto precio que no todos quieren pagar.   Prefiero decir que no pueden pagar, a decir que no quieren pagar. Es un producto caro, legítimo, auténtico, decoroso y elegante que no pueden lucir en todo su esplendor los inmorales y antiéticos.

¡Desgraciado el hombre que nace sin moral y no desea adquirirla siquiera! ¡Bendito sea el que sabe que no posee moral alguna, y la busca, la desea, la persigue, y tanto la anhela que al fin, de tanto correr detrás de ella, la alcanza y la aprisiona en su corazón.

No hay mejor hombre moral que el converso y, como en la parábola del hijo pródigo, cuán aplaudido y cuán bienvenido es aquel que vuelve al encuentro con su padre y se arrepiente de gozar inescrupulosamente los bienes que ha recibido.

Exhortamos a nuestros alumnos y a los de las universidades amigas que tengan constantemente presente, ante los ojos de sus familias y profesores, la ética y la moral que les habrán inculcado sus progenitores.   Y es que nada dignifica a un hombre y a una mujer más que la honradez, la decencia y el respeto para con su prójimo.

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<> Este artículo se publicó el 28 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Docente, el arte de respetar y ser respetado

La opinión de…

Carlos A. Voloj Pereira

La composición académica, pedagógica y del carácter intelectual de un profesor se refleja en la conducta y personalidad del estudiante, a tal punto que ambos grupos se identifican con el espíritu que cada uno se forma como estudiante y como profesor. El estudiante, a su vez, es el producto de la formación que le dan en el hogar, por lo que se podría también decir que el estudiante es el reflejo de la educación que recibe en su casa y que ya habrá venido formado a la universidad para que el docente, a su vez, lo impregne de la integridad, la honestidad, la sabiduría y la ambición bien delineada que deberá recibir durante el período de su formación académica e intelectual.

Por lo tanto, la trayectoria del estudiante es la de aprender a hacer buen uso de los conocimientos y la responsabilidad que le inculcan en las aulas superiores para cuando tenga que enfrentarse totalmente ante la sociedad. La evaluación del aprendizaje en la educación  panameña se palpa mejor y con mayor intensidad en las aulas de clases, en el intercambio práctico y habitual que los profesores realizan con sus alumnos y en el que los alumnos intercambian con sus profesores.

Con este ejercicio, el estudiante y el profesor adquieren una viva conciencia social y humana, que será moderada y conducida por los valores cristianos que habrá recibido hasta su llegada a la universidad, en donde esos valores deberán ser robustecidos, apuntalados y mejor definidos, de manera que el alumno vea en esos valores cristianos su mejor vitamina y su más apropiado escudo de defensa contra las asechanzas del mundo competitivo. Sin embargo, la universidad y los educadores deberán prever que ya los estudiantes vendrán con una formación espiritual algo anémica y un tanto enclenque que no les permitirá valerse de toda la fuerza para la batalla, en la que los valores humanos fortalecidos y equilibrados puedan prevalecer.

De ahí que el estudiante deba tener profesores ejemplares, porque la moral del educador deberá ser siempre encomiable y digna de ser emulada. Por eso, el concepto de justicia debe ser claro en la conciencia del docente, de manera que pueda transmitirlo a sus alumnos, sin el menor asomo de hipocresía o de sarcasmo; esto es que sea honesto en lo que diga y no provoque ironías en las respuestas de sus alumnos. La integridad denota aversión a la corrupción.

Esta resistencia a la contaminación de la falta de ética y moral es el instrumento con el que se gana el respeto de la sociedad. De ahí que el docente deberá ser el mejor expositor del arte de respetar y ser respetado y, aunque la felicidad pudiera ser una quimera que parece correr delante de nosotros sin que nunca podamos alcanzarla, como no sea rozarla con la punta de los dedos, los grandes sabios y prohombres de la humanidad siempre han respondido cuando les han preguntado: “¿Y para qué quiere usted saber… aprender tanto?”, han respondido: “Para ser feliz, solo para tratar de ser feliz”. Por lo que, tratando de ser sabios y hacer sabios a nuestros discípulos, nos estamos otorgando y les estamos otorgando un poco de felicidad.

Los valores humanos no podrán ser calificados a través de actitudes y comportamientos de personas que no posean una cultura integral, que haya sido robustecida y avalada por el entorno académico en que el egresado haya recibido su formación superior. Esto demanda que, también, el docente se mantenga a la altura de la demanda del momento científico, tecnológico y educativo. El docente y el estudiante no pueden funcionar separadamente. Es una dualidad inevitable sin la cual no puede existir un sistema educativo.

El docente deberá inculcar al estudiante que todos los días deberá buscar la verdad y el conocimiento en la constante evolución de la vida diaria. Lo que ayer era el máximo tecnicismo y el mayor descubrimiento de la tecnología avanzada ya no nos sirve, y hay que aprender lo que es de actualidad y lo que sirve ahora.

El estudiante será su mejor jurado, juez y fiscal, y sólo él podrá evaluarse a sí mismo en el cumplimiento de su deber. No podrá evitar amoldar su fisonomía profesional y moral, sin tener en cuenta el perfil de la gestión pedagógica y curricular que haya acumulado en su vida como estudiante universitario. El material con el que se haya construido su bagaje académico conformará la estructura con la que se sostendrá en los terrenos de la vida. El estudiante será, pues, la imagen y semejanza de su profesor.

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<> Este artículo se publicó el 4 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

‘Id, también, vosotros a mi viña’

CAMPAÑA ARQUIDIOCESANA   La opinión de…

Carlos A. Voloj Pereira

El mensaje más relevante de Juan Pablo II, entre tantos inspiradores pensamientos que sembró en su arduo y fértil camino por los senderos de su misión como vicario de Cristo, ha sido el que los panameños hemos exaltado como consigna conductora de nuestra misión católica en nuestro país, cual es: ¡Cristiano, la iglesia eres tú!

Hoy, más que en el pasado esta consigna cobra un significado corpulento porque se ha fundido en la convicción de los panameños, el espíritu formidable de un Papa que, a lo largo de todo su apostolado fue la imagen y mensajero mismo de Cristo, (cuando nos repite sus palabras: “Id también vosotros a mi viña” (Mt. 20,4).

El encuentro personal de Juan Pablo II con nuestro señor Jesucristo ha servido durante todos estos años para recordarnos que somos trabajadores de la viña del señor y que no debemos permanecer indiferentes ni ociosos ante el llamado que cada día se hace más necesario e inevitable en el fortalecimiento y continuidad de la fe cristiana y sus valores.

En el Concilio de Nicea (323 D.C.), la Iglesia católica comenzó a diseñar su estructura administrativa, ejecutiva y de evangelización masiva. Eran tiempos en los que los señores feudales, los mercaderes, los industriales y los fabricantes, resolvieron apoyar la obra de la Iglesia porque esta significaba el aglutinamiento de los hombres en torno a una religión común para todos. La Iglesia debía desarrollar una labor de entronización de la fe y sus valores. Sin embargo, en esos tiempos la Iglesia contaba con abundantes recursos provenientes de gobernantes, de creyentes comunes y corrientes que no olvidaban que hay que rendir honores y deberes a un supremo ser que te lo da todo. Ninguno objetaba que había que dar a Dios los que era de Dios y al César lo que era del César. Los hombres pagaban sus impuestos y también el diezmo que sabían que correspondía a los representantes de Dios que velaban por la salud de sus almas y el bienestar de los cuerpos.

Hoy, en el inicio del siglo XXI, la labor de la Iglesia es gigantesca. Se han multiplicado los fieles, más de mil millones. Algunos que pertenecieron a la Iglesia se han alejado; otros están confundidos y otros no conocen siquiera la palabra de Dios.

El mayor mérito de la Iglesia es haberle otorgado al ser humano el conocimiento de la existencia de un Dios todo amor, misericordia y esperanza.   La Iglesia católica es el baluarte de la salvación y de la fe, y por ella el hombre tiene un faro de luz en su destino y unas coordenadas –de dónde vengo, para qué estoy y adónde voy– que dan sentido a su existencia. El hombre no puede reducirse a una simple realidad material; posee un espíritu que le abre a la trascendencia y le conecta con Dios mismo, y en Dios por ello tiene su destino final.

Trabajar por esa paz de la que gozan los hombres de buena voluntad en este planeta demanda medios y recursos materiales para hacerla efectiva. La Iglesia ha trabajado tesonera y constantemente en la persecución de esa meta evangelizadora y humanizadora. Pero las necesidades, tanto materiales como espirituales, crecen; muchos creyentes carecen de una formación luminosa del significado e implicaciones de su fe; aumentan los desposeídos y marginados que reclaman solidaridad; se acrecienta la degradación de valores; abundan las enfermedades del cuerpo, pero también de las almas.

Para ese hospital integral de la salud se creó, en Panamá, hace 35 años, la Campaña Arquidiocesana con su maravillosa alcancía y la Fundación Pro–Fe, que cumplió en abril pasado sus primeros 10 años de feliz y provechosa existencia.   Instituciones estas de la Iglesia dirigidas por laicos comprometidos quienes se han propuesto recoger de la buena voluntad del católico istmeño y de su amor y respeto al prójimo, un aporte de sus bienes. Antiguamente fue normativa de la Iglesia el “diezmo”: aporte de cada familia católica proporcional a sus recursos. Hoy se pide un aporte voluntario.

¿Queremos que quede en evidencia que no es sincero nuestro fervor cristiano y nuestro deseo de trabajar por la Iglesia si nos quedáramos ociosos mirando cómo se construye y se destruye la obra de los hombres de buena voluntad?   Son los sacerdotes, religiosos y los laicos quienes conformamos el cuerpo de la Iglesia que, como labriegos en el campo, produciremos los frutos que alimentarán el alma cristiana.

¡Vosotros seréis mis brazos! Vosotros seréis los que labrarán la tierra. Sacerdotes y religiosas son un brazo y los laicos somos el otro. Así queda enfáticamente declarado en la Exhortación Apostólica Pots-Sinodal Christifedeles Laici acerca de la vocación y misión de los laicos en el mundo. Recojamos en este momento el mensaje que como un legado nos ha dejado el santo padre Juan Pablo II: “¡Laicos del orbe, vosotros seréis mis brazos!”.

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Este artículo se publicó el 18 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Estado de peligrosidad social

La opinión de…..

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Carlos A. Voloj Pereira

Me había abstenido de escribir sobre este personaje de “non grata recordación”, porque tendría que estar pensando en su imagen y actuación mientras escribo este artículo.  Pensé que después de su espectacular caída era poco lo que me iba a interesar su vida. La mayoría de los panameños presentíamos cuál iba a ser su destino. De una u otra manera, los panameños celebramos su condena y pensamos que ha pagado en gran medida sus exabruptos y excesos de aquel poder que tuvo cuando fungió como el “hombre fuerte” de Panamá.

Aquel “narcodictador” folclórico que sentenciaron en EU a 40 años de prisión, tenía que haber hecho acto de contrición cuando aún era el tirano y gozaba de todo el apogeo de su poder.   Cuando los dictadores pierden la fuerza que los sostiene y el dinero como llave de oro maestra, creen que si muestran arrepentimiento, que si lloran, suplican y piden perdón público merecerán la atención, el reconocimiento y el perdón de la gente. La trayectoria de sus actuaciones, algunas perversas, ha pesado mucho sobre su culpa de tal manera, que ni sus millones ni sus opulentos cómplices pudieron levantarlo del fondo del pozo en el que él mismo se lanzó después de cavarlo desde el principio de su tenebrosa carrera en el crimen organizado que presidía.

¿Habrán los panameños perdonado a Noriega? A muchos he escuchado decir que por culpa de este señor han perdido la capacidad de perdonar. No preguntaré a los familiares de Dr. Hugo Spadafora si ellos lo han perdonado después de su horrendo crimen que sacudió al país como nunca en su historia, o a los familiares de los ejecutados en la masacre de Albrook.   Ojalá lo hayan hecho… ojalá todos podamos perdonarlo y pedirle a Dios por su salvación.

Lo traumático y frustrante es poder constatar que pululan en nuestro Panamá delincuentes cuyos crímenes parecen haber quedado impunes por los lento y retrógrado en muchos aspectos de nuestro sistema judicial.

Nunca antes habían proliferado en Panamá tantos crímenes, tanta delincuencia… tanta corrupción, tantas denuncias públicas.   Nunca se habían apretujado en los diarios tantos titulares que nos colocan entre los países de mayor criminalidad en el área.

Los peores enemigos del progreso y bienestar de una nación lo han sido siempre los malos ciudadanos, los malos gobernantes de saco y corbata, de guayabera y de uniformes con y sin “cara de piña”.    Se están dando todos los casos característicos del estado de peligrosidad social, donde las autoridades no aplican medidas de prevención porque no se concentran en su terapéutica.

Hay alarma, pero los bomberos solo acuden cuando hay fuego y no se dedican a prevenir los incendios. Todos parecen estar apagando decenas de fuegos que se repiten y continúan sin terminar nunca. Estamos en estado de alarma y urgencia y no se debe distraer dinero, esfuerzos, personal ni iniciativas en otros menesteres necesarios para el bienestar de la sociedad que no sean los más críticos. La seguridad social es prioritaria, luego la salud y la educación… todo lo demás puede esperar un poco.

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Este artículo se publicó el  2  de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Amar, la acción más genuina del hombre y la mujer

La opinión de…….

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Carlos Alberto Voloj Pereira

No seré yo el que pretenda expresar y definir con exactitud y poesía lo que es el amor, porque sé que desde que la humanidad comenzó a escribir ha aprendido a dejar constancia escrita de lo que es el amor. Algo he leído y algo he oído decir a los que han leído más que yo y, realmente, no nos aclaran plenamente el concepto de lo que es el amor.  Pienso que podemos hablar y describir los efectos sobre lo que se siente, se hace y se dice cuando estamos enamorados… eso es más fácil; de eso me parece que podemos hablar los que estamos enamorados o han estado enamorados.

Cuando adolescente, de los mayores escuchaba que los mejores amores son los que se sienten en la adolescencia. Quizás, porque a esa edad las emanaciones del corazón son más honestas, espontáneas, entusiastas y, por lo tanto, más puras. Después nacen los amores de la carne, del deseo, de las pasiones lujuriosas, que muchas veces avergüenzan y son censurables.

Siempre he pensado que Cupido habita en lo celestial y, cuando sale de su casa entre las nubes y nos alcanza con sus flechas, lo que nos da es la bendición de Dios cuando de entre tantos dones que dio al hombre, concedióle el amor.

Lector que lees estas cavilaciones mías y, sobre todo, los jóvenes, decidme si me equivoco. Aquel que haya tomado entre sus manos la menuda de una niña enamorada, y siente el vibrar por ella los estertores de su corazón nervioso por el contacto de las pieles tiernas; que haya caminado con ella, sintiéndose que solo los dos habitan el mundo y que nadie más existe; que en sus ojos miramos el secreto de la creación y que al decirnos que nos aman sentimos que nos concede la vida eterna plena de dicha, sin dolor y todo amor.

Digo, pues, que aquel que haya vivido estos momentos, quizás comprenda que estas son las cosas dulces del amor. Amor de seres humanos de carne y hueso que también sienten miedo, zozobra, ansiedad y lo que es peor, a veces… celos. Querer verla y no poder, querer oírla y no poder, querer tomarla de la mano, por el talle y llevarla a pasear y no poder.

Pensar que ya no nos quiere. Pensar que en su capricho de mujer pudiera distraer sus emociones hacia otra persona. Y, cuando ya está junto a nosotros y gozamos intensamente con solo tenerla a nuestro lado, sin importarnos nada y nadie más; presentir el momento cuando tiene que irse, cuando tiene que dejarnos por las razones que fueran. Quisiéramos ser su sombra para irnos con ella. Sufrir pensando qué hace, qué come… con quién habla, si piensa en mí.

Pareciera que nuestra vida no tiene sentido, entonces, y caemos en cuenta de que el sentido de nuestra vida es ella. Así entiende uno con grado de claridad por qué es que se casan los hombres. La ley de Dios y de sus hijos ha previsto una manera indestructible y permanente de unir para siempre este amor: el matrimonio; este sagrado sacramento que inicia y desarrolla la empresa más importante de todas: la familia. Soy de opinión que en nuestra sociedad civilizada, el matrimonio es el sello bendito y legal que autentica y consagra la acción más genuina y real de un hombre y una mujer: ¡Amar!

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Publicado el 14 de febrero de 2010 en el Diario La Prensa, , a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Campaña pública contra el peculado

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La opinión de…..

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Carlos A. Voloj Pereira

Las denuncias políticas solamente lograrán su propósito de hacer caer sobre el delincuente todo el peso de la ley, cuando las partes interesadas dentro de la maquinaria del gobierno tomen el asunto en sus manos realmente para hacer justicia, para juzgar a los delincuentes y acabar con el peculado como institución política.

El engranaje gubernamental es una cadena donde cada político y cada miembro del Gobierno es como un eslabón entrelazado comprometidamente al otro. Desenlazarlo de la cadena involucra riesgos de todo tipo para los jerarcas del gobierno de turno que tienen el poder de separarlos de sus cargos y enjuiciarlos.

La gran mayoría de los políticos no aspira a los puestos de gobierno para cumplir con el deber cívico y moral de trabajar por el bienestar de la patria. Los cargos y puestos públicos, aun el del Presidente de la República, le sirven al propósito del rápido enriquecimiento ilícito.

¿Piensan ustedes, estimados lectores, que hombres banales sin temor a Dios, como lo son la mayoría de los políticos panameños, se fijarían en las lides electorales, sólo porque desean servirle al pueblo panameño por el “modesto” salario que le pagaría el Estado? ¡No! Ni siquiera por la buena o mala fama que puedan tener durante su gestión y salir todos los días en la radio, prensa y televisión, se interesan tanto los delincuentes de la cosa pública, como se interesan por el hurto descarado, de caudales del erario.

Son muy pocos los políticos altruistas que luchan tesoneramente por hacerse elegir para trabajar aunténticamente por amor a la patria.

En su defecto, ese policastro panameño libra las batallas electorales y se pega como una hiedra a los que podrían obtener provechoso poder, sólo para cazar la oportunidad de tener acceso al enriquecimiento ilícito y participar de los negocios y contrataciones del Estado.

En eso radica realmente el meollo del asunto, el meollo del interés por la política. Se defienden y protegen los unos con los otros, por eso muchas veces las denuncias no prosperan, porque los delincuentes políticos están alineados unos tan cerca de los otros, como una fila de fichas de dominó y pasando “agachados”.

De ahí que la complicidad, el contubernio, el encubrimiento y la evasión, son los principales elementos de los que se sirven para la impunidad de sus crímenes esos delincuentes políticos cuando se convierten en facinerosos comunes.

Meditemos sobre la iniciativa de montar y desarrollar una campaña pública para ilustrar a los panameños acerca de la manera como se cometen los peculados, los enriquecimientos ilícitos, cómo es que roban los gobernantes (algunos más descaradamente que otros), cómo pueden enriquecerse ilícitamente y en períodos relativamente cortos, un presidente, un ministro, un gerente de institución autónoma, un diputado… un alcalde y hasta el ingeniero municipal.

En este sentido y a pesar de todo, hay que reconocer que los medios de comunicación han cumplido en alguna medida con este propósito.

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Publicado en 2  de enero  de 2010  en el diario La Prensa a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

Delitos contra el Estado y corrupción

La opinión del Abogado…..

Carlos A. Voloj Pereira

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Delitos contra el Estado y corrupción

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En todos los medios de comunicación social, son noticias del día las denuncias y querellas de diferentes índoles.  Las que más parecen interesar a los lectores o televidentes son las denuncias que involucran a políticos, miembros de los gobiernos (locales y extranjeros) y contra los presidentes. Así, los panameños nos enteramos de las denuncias contra el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, contra los de nuestros vecinos de Colombia y Costa Rica, contra el reelecto presidente de Ecuador, la de Argentina, el sandinista Daniel Ortega, el de México y del caso Honduras y su enredo con Zelaya.

Lo cierto es que ahora la tecnología nos permite seguir muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos que conmueven la opinión pública en otros países, incluso, al nuestro ahora en democracia y con libertad de expresión.  En nuestro país, proliferan las denuncias públicas en casi todas las esferas gubernamentales que nos hacen arquear las cejas por la naturaleza de los diferentes delitos que se publican.

En Estados Unidos, la cosa no se queda atrás, ese país engrosa el abultamiento de tantas denuncias diarias que se hacen contra los gobiernos del continente americano. En Europa, la delincuencia gubernamental llama mayormente la atención porque los gobernantes europeos y sus equipos de gobierno han demostrado que suelen ser muy prudentes, discretos y honestos, aunque en todas partes se cuecen habas.

Lo cierto es que en los países europeos, en EU e, incluso, en algunos países latinoamericanos (Colombia, Chile, Perú y Costa Rica, para citar algunos), hemos podido constatar que muchas denuncias las hacen ciudadanos, funcionarios o entidades responsables que logran que la denuncia sea acogida e investigada debidamente y, cuando se llega a las conclusiones de posible culpabilidad del denunciado, se procede a las formalidades legales (cumpliendo con el debido proceso) para juzgar al implicado. Si se le encuentra culpable, se le condena conforme a las leyes vigentes. Incluso, ex presidentes han sido enjuiciados y encarcelados.

No tenemos el espacio para enumerar los diferentes casos que en el mundo entero han sido denunciados, investigados, juzgados y condenados en el último cuarto de siglo y lo que va de este. Lo que sí podemos afirmar es que los delitos contra el Estado y la fe pública prosperan cuando hay corrupción gubernamental, y los que custodian y procuran la ley se convierten en encubridores de los delincuentes y los salvaguardan del rigor de la aplicación de las sanciones correspondientes.

En nuestro país han proliferado, alarmantemente, las denuncias contra diferentes miembros de los poderes del Estado y de distintas instituciones gubernamentales, sin que las investigaciones de rigor y el consiguiente enjuiciamiento hayan prosperado con la prontitud y diligencia que exige el debido proceso en un estado de derecho y en una democracia como la que vivimos hoy los panameños.

Esto, entre otras cosas, pudiera ser porque algunos de los denunciados son los mismos que deben guardar el orden, hacer respetar la ley y procurarla, aplicarla y sancionarla.   Pareciera que la ley ha sido puesta en la custodia de algunas personas que no son idóneas para desempeñar su cargo, porque su transparencia moral y su integridad cívica han sido empañadas con el entredicho de las denuncias públicas en su contra de manera reiterada.   Por eso, es de fundamental importancia que las leyes y los que ocupen esos cargos de legislar y aplicar las leyes y el orden público sean personas realmente idóneas, con independencia de criterio, con soberanía sobre sí mismas, insobornables y de intachable reputación.

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Publicado el 17 de octubre de 2009 en el diario LA PRENSA, a  quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.