Ahora son tres los periodistas condenados

La opinión del Empresario….

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JUAN  RAMÓN  MORALES
juramor777@hotmail.com

Otro periodista condenado, pregunto: ¿Por qué esta coincidencia, cuando el presidente ha tenido enfrentamientos con el sector periodístico? ¿Coincidencia o realidad? Quiera Dios, sea lo primero.

Definitivamente en el Judicial hay funcionarios obsecuentes, genuflexos. Cada vez que ocurren situaciones como la de los periodistas condenados viene a mi memoria aquel episodio cuando el presidente Belisario Porras demandó a Domingo H. Turner, por el ‘delito’ de atentar contra los poderes constituidos, en aquel momento el Lic. Turner citó como testigo de descargo al Dr. Eusebio A. Morales, a la sazón, secretario de Hacienda, al comparecer, el Dr. Morales rindió la más enaltecedora declaración a favor del demandado.   Cumplida su misión, el Dr. Morales pasó al despacho del presidente Porras y le dijo, ‘acabo de declarar a favor de Turner y en contra tuya, dejo a tu disposición el cargo’.

¿A cuántos funcionarios del Órgano Judicial les falta ese temple, ese carácter irreductible, para actuar en justicia, no como obsecuentes borregos obedientes, sumisos de la voz del superior?

En mi artículo anterior expresé que conozco poco de lo que es el perdón presidencial.   Ahora explico por qué:   Cuando vemos que la facultad presidencial es usada de cualquier manera, contrario al sentido de la norma, quedamos desorientados y concluimos que no se ha dado el uso adecuado.

La labor periodística analizándola profundamente, reviste grave peligrosidad frente a funcionarios públicos que actúan al margen de la ley, dándose luego golpes de pecho y arremeten contra los periodistas, también peligran en su seguridad física, porque en reiteradas ocasiones enfrentan y denuncian hechos de peligro absoluto.

El periodista debe ser revestido de inmunidad, claro, bien reglamentada para evitar el abuso, porque también se podría dar, con el propósito de garantizar el desarrollo que por su importancia ha sido considerada desde tiempos remotos, el Cuarto Poder del Estado.   El soberano tiene derecho a saber sobre las acciones de los funcionarios públicos y es al periodista a quien corresponde divulgarlo. Un periodista es más merecedor de inmunidad que los candidatos a puesto de elección. La inmunidad le daría al periodista frente a los abusos gubernamentales respeto y, sobre todo, garantías para no ser perseguido, porque es evidente que en el campo político los funcionarios del Órgano Judicial son utilizados para perseguir.

Exponer lo anterior, no significa que esté de acuerdo con todo lo actuado dentro del amplio campo del periodismo, por cuanto que no lo profesan hombre y mujeres perfectos, de allí que la inmunidad que propongo debe ser juiciosamente reglamentada. Juiciosamente no quiere decir en forma alguna anular la inmunidad mediante medidas que desvirtúen tal propósito. Señores periodistas, luchen por esta conquista desde ya.

Volviendo al ejemplo sobre el Dr. Eusebio Morales y el Dr. Porras, me pregunto: ¿Cuántos ministros o magistrados del actual gobierno se atreverían a actuar como lo hizo el Dr. Morales?   Yo responderé, ninguno, porque hoy día son muchos los que confunden el servilismo con la lealtad, abandonando la justicia, anteponiendo el estómago.

Así son las cosas.

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<> Este artículo se publicó el 25 de octubre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/morales-m-juan-ramon/
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Sin miedo a equivocarme y a pedir perdón

La opinión de la Periodista….

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Judy Meana 

El mejor consejo es un buen ejemplo.   Digo esto porque prometí que hablaría sobre “la inutilidad de dar consejos”, un tema que en 1992 me tocó abordar en una clase del hermano Juan Rilova, director del Colegio La Salle de Colón, mi alma máter.  Me ahorré tener que hablarles del debate y en una frase les dije lo que pienso.

Con el paso del tiempo y la experiencia que nos dan los errores o los aciertos, nos damos cuenta que la vida está llena de contradicciones. Lo que parece una mentira puede convertirse en una gran verdad. Y hablo de los sueños, esas escenas mentales en las que nos vemos a nosotros mismos con nuestros deseos hechos realidad. Nos falta despertar y evaluar si vamos por el camino correcto. Si estamos medio perdidos, sería bueno escuchar y evaluar un par de consejos u opiniones; como quien prepara una mochila para una expedición a las montañas.  Hay que llenarse de valor para asumir riesgos y siempre recordar que la mayoría de los grandes descubrimientos e inventos del mundo, no fueron por el camino más fácil o se lograron a la primera.

Toda mi vida he estado en esto de la comunicación. Me convertí en presentadora de noticias a los 19 años de edad.  Aprendí a transmitir mensajes en el menor espacio de tiempo posible y sin temor a equivocarme o “pelarme” como decimos en buen panameño.   Mi secreto está en reconocer a tiempo mis errores y ofrecer mis disculpas. Aprovecho para pedirles perdón, si es que pensaban que yo era asesora. No he tenido ese privilegio, pero sé que muy pronto lo seré. Así que el próximo martes escribiré sobre “cómo alabarse sin despertar envidia”, lo que dijo un famoso griego.

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Artículo publicado el 24 de agosto de 2010 en el diario el Panamá América Digital,  a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

El olvidado arte del perdón

La opinión de la Psicóloga Clínica Especialista de la Conducta Humana….

GERALDINE EMILIANI

No debe sorprendernos que el centro de la vida de una familia sea la mesa y su símbolo la comida. La mesa no es una simple superficie para poner alimentos.

Es el último baluarte del orden y la tradición tanto de la familia como de la sociedad. Comer no solo es una necesidad biológica, es una manifestación social y un ejercicio espiritual que mantiene unida a la Iglesia, a la familia y a las amistades.

En una ocasión monseñor Rómulo Emiliani tuvo como invitados a cenar a un grupo de amistades como agradecimiento por el esfuerzo y el trabajo realizado en la publicación de su libro ‘Me mueve la compasión’. Entre los invitados estuvieron un escritor y un poeta.

Algo curioso me sucedió al convidar al poeta a la cena.   Mi memoria falló. Se me olvidó por completo aquel incidente lamentable ocurrido entre estos dos personajes. Confieso que la invitación la hice de la manera más ingenua, animada por el deseo de pasar una velada agradable con dos verdaderos maestros de la pluma, mi hermano, familiares y amigos.

Al darme cuenta de mi error, me encantó, sobre todo, por lo inofensivo e interesante que resultó, y cuanto más lo pienso más significativo me parece. Este incidente sucedió hace años y vale la pena compartirlo nuevamente con mis lectores.

Las diferencias de ideas del escritor y el poeta en relación al escenario político tuvieron sus efectos mortíferos y la discordia ensombreció una amistad de años. Esta situación produjo un gran impacto en la sociedad. Se desató una ola cruel con malas intenciones, en la que muchos disfrutaron de este enfrentamiento para sacarle provecho.

Sin planearlo, esa noche, al poeta y al escritor se les brindó el lugar y el momento oportuno para que pudieran hablar y volver a oír sus propios pensamientos en voz alta ante un auditorio paciente y solidario.

El poeta escuchaba atento a monseñor, quien desconocía aquel incidente. El prelado hablaba del perdón sincero, del perdón que emana del corazón, del perdón de Dios, al referirse a una parte del Padrenuestro: ‘Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’.   Estas palabras inquietaron al poeta, quien dio muestras de gratitud por la invitación, y con valentía y coraje le pidió perdón a su amigo el escritor.   Fue un perdón real y profundo.

En ese instante aprecié que algo maravilloso se había proyectado en la pantalla de las mentes de estos dos caballeros y que todos lo estábamos presenciando.   Solo unos minutos fueron suficientes para renovar el afecto y el aprecio hacia el amigo. Compartir este hecho fue enriquecedor para los presentes, pues comprendimos que ‘ni el poeta y tampoco el escritor pueden vivir sin el sonido del otro’.   No es fácil vencer los viejos rencores, pero, el perdón y el abrazo hicieron que el resentimiento no siguiera corroyendo el corazón de ambos ni un momento más.

Muchas veces las amistades no solo se acaban en silencio, sino que se acaban por el silencio. Ayudar a romper el silencio es el regalo que todos podemos dar, es salvar los espacios que nos dividen.

El perdón tiene su origen en la humildad. Solo quien es humilde es capaz de perdonar y comprender al amigo. Cometemos errores porque nos dejamos llevar por juicios o sospechas temerarias y por la soberbia y la falta de tolerancia que deforma la verdadera realidad de las cosas.

Somos una mezcla de contradicciones, complejidades, imperfecciones e incertidumbres. La búsqueda está en el proceso de darle sentido a las contradicciones, de luchar con las imperfecciones, de tratar de desatar las aparentes complejidades y de superar las incertidumbres.

El objetivo de una verdadera amistad no es el triunfo, el éxito, la fama ni la gloria. Lo primordial es tener la seguridad de contar con el amigo y jamás romper ese lazo de unión en la primera señal de dificultad. Construir una verdadera amistad toma tiempo y paciencia.

La noche transcurrió entre bromas, risas, sondeando sentimientos ajenos y contando historias de otros, sin desviar jamás nuestra mirada a nuestros dos grandes personajes. Durante la conversación se aferraron a los recuerdos valiosos. Fue el encuentro de dos almas y de dos sensaciones disponibles para ambos. Lo cierto es que la vida es asombrosa si estamos atentos a ella. Sin duda existen el odio y la crueldad, pero también la belleza, el afecto y la verdad.

Fue una lección valiosa ante la presencia de monseñor Emiliani —servidor incondicional de las causas justas—, quien sin saberlo sirvió de instrumento para que dos amigos se reencontraran y descubrieran, una vez más, que como amigos tienen mucho en común: Una vida para vivirla y años para disfrutarla. Valió la pena mi torpeza.

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Este artículo fue publicado el  11 de agosto de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

El olvidado arte del perdón

“El perdón tiene su origen en la humildad. Sólo quien es humilde es capaz de perdonar y comprender al amigo.” Nos permitimos reproducir, para compartirlo, el significativo mensaje que nos trae el siguiente artículo de la Psicóloga Clínica especialista de la conducta humana…

Geraldine Emiliani S.

No debe sorprendernos que el centro de la vida en una familia sea la mesa –y su símbolo la comida. Sin embargo, la mesa no es una simple superficie para poner alimentos. Es el último baluarte del orden y la tradición tanto de la familia como de la sociedad. Comer no solo es una necesidad biológica, sino una manifestación social, política y teológica. De la misma manera, es un ejercicio espiritual que mantiene unida a la Iglesia, a la familia y a las amistades.

Cabe mencionar, que mi padre en Nochebuena y en la noche de Año Nuevo tenía por costumbre sentar a la mesa a dos desconocidos, que se convertían en nuestros invitados especiales. Dos seres que, a lo mejor, esa noche no tendrían la oportunidad de compartir un pedazo de pan, ni el abrazo del amigo, elementos necesarios en cualquier época del año. Esta actitud de nobleza de mi padre, era para mi familia una lección como cualquier otra, pero…la mejor de todas, la más valiosa.

Algo parecido sucedió el día que Mons. Rómulo Emiliani tuvo como invitados a cenar a los miembros de la Editorial Libertad Ciudadana, como agradecimiento por el esfuerzo y el trabajo realizado en la publicación de su libro Me mueve la compasión, y por el deseo de compartir una noche con gente especial. Entre los invitados estaban el escritor Guillermo Sánchez Borbón y el poeta José Franco.

Pero algo curioso me sucedió al convidar al poeta a la cena. Mi memoria falló. Se me olvidó por completo aquel incidente lamentable ocurrido entre Franco y Sánchez Borbón. Confieso que la invitación la hice de la manera más ingenua, animada por el deseo de pasar una velada agradable con dos verdaderos maestros de la pluma, mi hermano, familiares y amigos.

Al darme cuenta de mi error, me encantó, sobre todo, por lo inofensivo e interesante que resultó, y cuanto más lo pienso más significativo me parece.

Muchas veces las amistades no solo se acaban en silencio, sino que se acaban por el silencio. Hay también un silencio que nace del miedo; que paraliza; problemas que se dejan a un lado; situaciones que debieron ser resueltas en su momento, porque hay cosas que el paso del tiempo no arregla.

Ayudar a romper el silencio es el regalo que todos podemos dar, es salvar los espacios que nos dividen. Las diferencias de ideas de don Guillermo y su amigo el poeta tuvieron sus efectos mortíferos y la discordia ensombreció una amistad de años. Esta situación produjo un gran impacto en la sociedad. Se desató una ola cruel con malas intenciones, en la que muchos disfrutaron de este enfrentamiento para sacarle provecho. Y esta actitud merece nuestro repudio; y aquel que se prestó para esta infamia, merece ser encarcelado de por vida.

Esa noche, al poeta y a su amigo el escritor se les brindó el lugar y el momento oportuno para que pudieran hablar y volver a oír sus propios pensamientos en voz alta ante un auditorio paciente y solidario.

José escuchaba atento a monseñor, quien desconocía aquel incidente. Rómulo hablaba del perdón sincero, del perdón que emana del corazón, del perdón de Dios, al referirse a una parte del Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Estas palabras inquietaron al poeta, quien dio muestras de gratitud por la invitación, y con valentía y coraje le pidió perdón a su amigo Guillermo. Fue un perdón real y profundo. Si sus diferencias fueron por una ofensa de importancia, hemos de pensar en las tantas veces que ofendemos a Dios.

No es fácil vencer los viejos rencores, pero, el perdón y el abrazo hicieron que el resentimiento no siguiera corroyendo el corazón de ambos ni un momento más.

El perdón tiene su origen en la humildad. Solo quien es humilde es capaz de perdonar y comprender al amigo. Cometemos errores porque nos dejamos llevar por juicios o sospechas temerarias y por la soberbia que deforma la verdadera realidad de las cosas.

En ese instante aprecié que algo maravilloso se había proyectado en la pantalla de sus mentes y que todos lo estábamos presenciando. Solo unos minutos fue suficiente para renovar el afecto, el aprecio y el compromiso hacia el amigo.

A veces lo que buscamos es una palabra de aliento, una palabra de perdón, de reconciliación, la sonrisa del amigo que se nos perdió por un momento. Compartir este hecho fue enriquecedor para todos, pues comprendimos que ni el poeta y tampoco el escritor pueden vivir sin el sonido del otro.

Somos una mezcla de contradicciones, complejidades, imperfecciones e incertidumbres. La búsqueda está en el proceso de darle sentido a las contradicciones, de luchar con las imperfecciones, de tratar de desatar las aparentes complejidades y de superar las incertidumbres.

El objetivo de una verdadera amistad no es el triunfo, el éxito, la fama ni la gloria. Lo primordial es tener la seguridad de contar con el amigo y jamás romper ese lazo de unión en la primera señal de dificultad. Construir una amistad toma tiempo y paciencia.

Ante los defectos evidentes e innegables de todo ser humano, no debe faltar nunca la tolerancia. La lista de agravios entre amigos nos roba la paz, perdemos energía y nos incapacita para realizar la misión que nos tiene el Señor.

La noche transcurrió entre bromas, risas, ánimos, sondeando sentimientos ajenos y contando historias de otros, sin desviar jamás nuestra mirada de nuestros dos grandes personajes.

Durante la conversación se aferraron a los recuerdos valiosos saboreando los momentos en que se vuelvan a presentar. Fue el encuentro de dos almas y de dos sensaciones disponibles para ambos. Lo cierto es que la vida es asombrosa si estamos atentos a ella. Sin duda existen el odio y la crueldad, pero también la belleza, el afecto y la verdad. Valió la pena mi torpeza.

Fue una lección valiosa ante la presencia de monseñor, servidor incondicional de las causas justas, que sin saberlo sirvió de instrumento para que dos personajes se reencontraran y descubrieran, una vez más, que como amigos tienen mucho en común, una vida para vivirla y años para disfrutarla. Sin olvidar el antiguo arte de perdonar.

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Este artículo se publicó el 8 de enero de 2003 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Pedir perdón

La opinión del Abogado y comentarista…..

Guillermo Márquez B.

En el curso de nuestras vidas, difícilmente escapamos de criticar a otros y a ser criticados. Eso ocurre también con las ofensas. Sufrimos ofensas y también ofendemos.

Desventuradamente, durante los últimos dos años hemos ofendido a dos personas por quienes sentimos mucho aprecio. Por este medio les pedimos perdón ya que no nos hemos vuelto a encontrar para hacerlo personalmente.

Prueba dura es tener que afrontarlo, pero es lo correcto. Nadie debe avergonzarse para pedir perdón por una ofensa

En cuanto a ofensas recibidas por nosotros, perdonamos a quienes nos las hayan hecho. Por fortuna hemos vivido inmunes a cinco pestes: La envidia, la ira, el odio, la soberbia y la venganza.

Ningún ser humano con tan sólo una de estas calamidades puede vivir con sosiego.

La envidia es corrosiva; la ira, destructiva y causa de arrepentimiento; el odio es amargura implacable; la soberbia, una turbulencia del espíritu como el humo que escapa del agua hirviendo y el deseo de venganza una sed abrasadora y torturante.

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Este artículo se publicó el  3  de junio de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La razón por encima de todo

La opinión de la Ex Candidata Presidencial…..

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Balbina Herrera Araúz

Todos los seres humanos tenemos la capacidad para expresar cualquier sentimiento: el amor, la fraternidad, el odio, el perdón.   En el mejor de los casos la solidaridad podría ser garantía para una mejor sociedad equitativa y transparente.

La semana pasada Panamá América publicó un artículo mío en el que respondí a uno de sus editoriales, y como soy obsesiva de los detalles, leí con detenimiento, uno por uno, los comentarios del foro que sigue a los artículos.

Este foro es un valioso aporte de los medios porque permite conocer de inmediato la opinión de un público que antes, por carecer de ese espacio, no podía expresarse.   Según evaluación hecha por el propio diario fue la sexta más leída, por lo que quiero, ante todo, agradecer a los lectores la atención que le prestaron.

Del total de los comentarios casi un 50% saludó el punto de vista que expuse, y como estamos en una sociedad donde disentir es un derecho, el resto confrontó mi posición, hecho que también agradezco, sobre todo de aquellos interlocutores que lo hicieron con altura, contribuyendo a enriquecer el planteamiento realizado.

Hubo quienes, pese a que reiteré la necesidad de que la sociedad panameña se reconcilie, insistieron en la diatriba y la confrontación.  Es posible que lo vivido dejó en muchos panameños profundos sentimientos y dolor. El que yo comprenda esto explica por qué convoco a superarlos. Todos los seres humanos tenemos la capacidad de amar u odiar, el problema radica, creo, en cuándo o hasta cuándo uno debe superar al otro.

Yo abogo por superar los traumas del pasado y poner en marcha un país donde todos nos sentemos a la mesa, porque el resentimiento no deja muchas alternativas para alejarnos de las confrontaciones, y ya hemos visto las consecuencias.

No propongo olvidar, ni perdón sin justicia.  Creo que aquí todos tenemos razones para esas consideraciones.   Reflexionar y echar a un lado estos sentimientos sería un paso positivo para encauzar al país.

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Este artículo se publicó el  31  de mayo de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Misericordia quiero, dice el Señor (II)

La opinión y el  Mensaje al Corazón que nos trae el Monseñor….
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Rómulo Emiliani, cmf.

Ahora bien, Jesús quiere que así como somos perdonados, perdonemos a los demás. Misericordia consiste en comprender que detrás de las ofensas que nos hacen hay almas enfermas, ciegas, ignorantes y que por lo tanto el perdonar implica un acto de sabiduría en donde nos compadecemos de las limitaciones humanas y no dejamos que el resentimiento y el rencor se adueñen de nuestras vidas. Perdonar setenta veces siete nos asemeja más a Dios y nos hace rendir honor y gloria al Amor eternamente compasivo de nuestro Padre.

La misericordia consiste en perdonar, pero también en sentir el dolor ajeno y a hacer algo por los demás. Dice San Agustín que misericordia es “compasión de la miseria ajena, que nos mueve a remediarla hasta donde es posible”. En la parábola del Buen Samaritano vemos hasta donde llega la misericordia del que atendió al apaleado “y medio muerto”. Se compadeció de éste y le dio todo lo que tenía en ese momento para aliviar su dolor y lo “subió a su cabalgadura” y lo llevó a una posada para ser atendido. Isaías 58,10 nos dice “Cuando des de tu pan al hambriento y sacies al alma indigente, brillará tu luz en la oscuridad y tus tinieblas serán cual mediodía”. Jesús nos manda: “Den y se les dará; una medida buena, apretada, colmada, rebosante, será derramada en su regazo. La medida que con otros usen, esa se usará con ustedes”, (Lc. 6,38).

En el milagro de la multiplicación de los panes, vemos a un Jesús que no quiere que haya hambre en el mundo y manda a los discípulos a repartir el pan que de Dios viene, es decir a facilitar que todos participemos del Bien Común. Misericordia implica compartir lo que Dios nos ha dado. San Remigio dijo: “Se llama misericordioso al que considera la desgracia de otro como propia, y se duele del mal del otro como si fuera suyo”. Y el Señor “dirá a los que estén a su derecha: Vengan ustedes, los que han sido bendecidos por mi Padre; reciban el reino que está preparado para ustedes desde que Dios hizo el mundo.   Pues tuve hambre, y ustedes me dieron de comer, tuve sed, y me dieron de beber;  anduve como forastero, y me dieron alojamiento”,(Mt 25, 34-35)“. Si somos misericordiosos como Dios lo es, con Él seremos invencibles a nuestra maldad y seremos felices.

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Este artículo se publicó el  29  de mayo de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.