De regreso a Panamá

La opinión de…..

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Domingo Latorraca M.

A través de una de las mejores líneas aéreas de Latinoamérica, Panamá ha logrado la interconexión efectiva; el llegar y salir de Panamá se ha convertido en una tarea relativamente fácil y eficiente.   Preparado para salir en un viaje que me llevaría a esa ciudad en aquel país que no visitaba hace más de 20 años, formé una sola fila en el aeropuerto de Tocumen, y de ahí directo al vuelo.

Tras un aterrizaje puntual, y pasado el escrutinio de migración, y luego de los oficiales de aduanas, todos vestidos de ese rojo marchitado del tiempo de la guerra fría, abordé el taxi que me llevaría al centro de la capital. Creo que no habíamos salido todavía del aeropuerto, cuando el conductor del taxi, un hombre de unos 55 años de edad, ya me contaba sobre la durísima situación que atraviesa ese país bajo el régimen: escasez de agua y alimentos, racionamiento de energía, y una inflación que estrangula a la inmensa mayoría de la población.   Toda esta miseria masificada, gracias a años de un régimen que hace tiempo dejó atrás cualquier rasgo democrático, y que pisotea la institucionalidad a diario.  Toda iniciativa emprendedora es aplastada por el régimen, y la tristeza y desesperación parecieran ser una epidemia en un país, que hace tan sólo 30 años gozaba de una democracia pujante y de un sistema de mercado que hacía atractiva la inversión privada.

Recuerdo claramente a finales de los años 70 del siglo pasado, siendo todavía un niño y viviendo en esa ciudad con mis padres, lo impresionante que fue gozar de un proceso electoral en donde tres candidatos se disputaban la presidencia: una verdadera fiesta democrática; ese país era entonces un ejemplo de democracia en Latinoamérica; Panamá, ni hablar. Más de 30 años han transcurrido, y hoy en día las cosas en ambos países han variado inmensamente: mientras todos los Latinoamericanos nos entristecemos con lo que pasa en ese país y juntamos las manos sin perder la esperanza, Panamá ha gozado de 20 años de democracia, y cada proceso electoral es una celebración de libertad.

Las preguntas de rigor son dos. En primer lugar, ¿cuántos años más tendrán sus ciudadanos que soportar ese régimen antidemocrático y repleto de demagogia, y cuántas generaciones tendrán que pasar una vez dicho régimen llegue a su fin para restablecer la institucionalidad democrática y que se re establezca la libertad que hoy es pisoteada a diario?   Y para nosotros los panameños, ¿cuánto estamos dispuestos a trabajar para proteger y engrandecer, fortalecer y hacer madurar nuestra democracia –alejándola del peligro del barranco que significaría el surgimiento de una izquierda radical que con su canto de sirena engañe a una población sedienta de mejores oportunidades– como lo hizo en ese y otros países del continente? ¿Cuándo aprenderemos de nuestro propio pasado, y de la barba de nuestros vecinos que hoy arde?

Nuestra democracia se ejerce a través de nuestro sistema político, a todo nivel, y es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros participar en la vida política nacional, proteger, perfeccionar y defenderla, y no sólo criticarla. Cada uno de nosotros está llamado a ser un centinela de la democracia: ejerzamos esa obligación, ya que los enemigos de la misma están más cerca de lo que pensamos.

El día que regresé a Panamá, triste de ver el evidente deterioro de la ciudad que visitaba y su gente buena, camino al aeropuerto pensaba mucho en todo lo que tenemos por delante los panameños para asegurar que no caminemos nunca por ese mismo sendero; y luego de tener que hacer unas seis o siete filas en su aeropuerto, volví a tomar la ruta que me trajo de regreso a Panamá.

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Este artículo se publicó el  20  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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