Adelante, Mauricio Nelson

La opinión del politólogo….

 

ISAAC  M.  RODRÍGUEZ
cuimbae26@gmail.com

El rojo, no era rojo, y el blanco, no era blanco. Era una amalgama de colores, casi verdolaga; similar a los patios limosos de las casas condenadas, que todavía muchos políticos le remozan su fachada externa en los tiempos de campaña, para ganar simpatía y votos. La mentira cundía, cual gas perturbante en el estómago de los pobres; pero la verdad, cual cuadripléjico nadando en un pantano, se hacía notar paso a paso. Y fue una aciaga llamada, calculada a tiempo y en el lugar preciso, la que dio el tiro certero, el tiro de gracia.

En mis dos recientes visitas a la ciudad de Colón, en un tiempo denominada Aspinwall, confraternicé con distinguidas figuras del foro social colonense y les pregunté su opinión sobre el caso que vincula a Mauricio Nelson, ex comisionado en la provincia, con las cosas oscuras del narcotráfico y sus interpretaciones sobre el particular. Distintas opiniones coincidían en que la pútrida materia que rodea el caso, tiene ribetes y vestigios de un vulgar plante.   Como me decían los mismos, todo indica que un niño bonito, un yeyesón colonense podrido en plata, quien papi con todo su poder político protege y algunas autoridades complacientes le quitaron de encima, con una jugada sucia, a su nunca pensado e implacable perseguidor, que estaba a punto de ponerlo entre barrotes por ser quien estaba en el susodicho negocio de marras. Y el verdadero traficante, plantó la semilla, cual jilguero en nido ajeno.

No me cabe en mi acuciosa mente creer que ese plantado oficial que comandaba los distintos mandos y tropas para los días de desfile del 3 de Noviembre, cuyo garbo y donaire hacia romper en aplausos de los ciudadanos y nos hacía sentir orgullos a los egresados del Instituto Militar general Tomás Herrera. El hijo putativo y representativo de Chana, Juana, Pedro, Jacinto y José, mismo que, en la ciudad del Caribe hizo respirar aires de seguridad y protección, se vaya a convertir de la noche a la mañana, por obra y gracia de un testigo ‘bien protegido’ en un delincuente común.

Ese, sí, ese mismo, fue el mismo comandante a quien le dieron la responsabilidad de la custodia y el manejo del área sensitiva de Zona del Canal. Tal vez el mismo desvergonzado calumniador habrá pedido también que se le abra una investigación a Nelson y mande a revisar sus uniformes, para ver si tiene escondida alguna ala de una de las esclusas de Miraflores y que tal vez guarda, para cambiarla por una bolsa de arroz Compita, en la próxima feria del Mida.   No se extrañen de que con la conducta alarmista y chismosa con la que obran los malsanos en el Estado o los que acostumbran a detentar el poder a costa del sacrificio de los mejores hijos de la patria, que de repente encuentren que Mauricio tiene vínculos con Bin Laden, el Mulá Omar y los fedayines de Afganistán.

Te aseguro, Mauricio, que si tu apellido hubiese sido uno de los pomposos de la aristocracia que todavía prevalece en el país, aunque fueras culpable, hoy estarías condecorado o como agregado policial en alguna Junta Interamericana o en un país del Norte.   Porque, como dice el glorioso y muy respetado Rubén Blades en unas de sus muy gustadas canciones,   ‘la verdad es mentira y viceversa’ y en otra ‘alerta, que el que va en motocicleta, ningún carro lo respeta y autobús mejor ni hablar’.   Y a ti, te ven en moto, los dueños de los Jaguar, Mercedes y BMW.

He sido, igual que tú, blanco de tiro (más bien cholo de tiro), en muchas ocasiones, y para fregar, tú eres negro. Peor la cosa, porque el racismo en nuestra sufrida Nación todavía subsiste.

Tengo fe en tu inocencia; pero aprende y observa, cómo sobre las acciones de mis aguerridos compañeros y mías, se han trepado montones al poder y luego han usado la fuerza para perseguirme y aquí estoy vivo y cada día dando la cara al Oriente, donde el poderoso Creador nos ofrece su creación y moriré con orgullo y honor, reconociendo que nuestra Alma Mater nos enseñó a servir y no a ser servidos. Que somos una generación que lo que jamás nos perdonarán es que nos atrevemos a enfrentar el poder malhabido.

 

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<> Este artículo se publicó el 15 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/rodriguez-isaac-misael/
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Machucando el plátano

La opinión de….

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Isaac Misael Rodríguez

El mal que deseas a tu semejante, no necesariamente se constituye en bien para ti, ni para el resto de la sociedad. “Todo en la vida se paga y el mal que desearas regresa después”, expresa una parte de la canción El Pañuelito de mi amigo Osvaldo Ayala, músico y compositor, quien se ha convertido en nuestro embajador musical por excelencia.

La música es una expresión de la vida en la que se dibujan la realidad de los pueblos y sus vivencias.

El distrito de Barú, en la provincia de Chiriquí, otrora región de gran pujanza económica nacional, garante de grandes divisas al fisco, se ha convertido en sucursal de pueblos fantasmas del viejo oeste norteamericano, ante la mirada indiferente e irreflexiva de cuanto gobernante esté de turno.

La “supuesta” guerra del banano, nos ha llevado a la mísera circunstancia de descuidar nuestro frente interno de producción agrícola y la obligación de garantizar la seguridad alimentaria, en cuanto a este rubro se trate.

Los bananales y poblaciones (conocidas como fincas), se pudren ante la arremetida de la sigatoka negra, que no distingue las ideologías, ni disputas gremiales o sindicales; como también frente a la indiferencia y los inhumanos propósitos de castigar un sistema de lucha y de defensa de los trabajadores organizados.

No les perdonan la osadía de haber dado, aun con la sangre de muchos, una gran pelea. Los tratan de hacer tragar el polvo de sus conquistas, como una forma de dominación de los poderosos locales o foráneos, quienes esperan con ello aniquilar de raíz las legendarias luchas de Efigenio Araúz, Carlos Iván Zúñiga, Rodolfo Aguilar Delgado y otros valientes abogados y sindicalistas.

Miles de sus ciudadanos han emigrado hacia otros puntos de la geografía en búsqueda de soluciones de empleo, educación, vivienda y otros, ya que pareciera que todo se seca latentemente, como lo hacen las hojas de banano, los ríos y arroyuelos; como también sucede con las viejas vigas y columnas del muelle.

Hasta las hojas de zinc de los viejos caserones se inclinan ante el penetrante sol de verano, ya que no han sido preparadas con un adecuado mantenimiento.

Los pocos ciudadanos que tienen una fuente de ingreso y quienes tienen el privilegio de un empleo, no les alcanza para prepararse y enfrentar las contingencias de la naturaleza. El hambre y la necesidad campean y no nos referimos a África.

Familias enteras son sostenidas a base de la solidaridad de los amigos locales y las remesas que envían conocidos que tienen la posibilidad de hacerlo, como una forma de mitigar la apetencia del día a día de muchos lugareños, quienes sienten que el Macondo de García Márquez, es solo una pincelada de su lienzo tradicional.

Los camiones que en el pasado salían cargados de guineo o plátano, frutos característicos del lugar, cada día se les hace difícil completar la carga. Lo que en ocasiones los obliga a llevar productos que no han cumplido el tiempo necesario de maduración y en otros momentos, son plátanos raquíticos los que cargan, ya que no han recibido los tratamientos con el abono necesario.

Pero cuando llegas a la tienda del chinito de la esquina, te ves obligado a tener que pagarlo a 40, 50 y hasta 60 centavos por unidad.

Hablar de las camionetas que salían cargadas de guineo verde, recogidas en sitios de desechos de las empacadoras para vender en los pueblos, como una forma de ganarse la vida de unos cuantos, es solo leyenda.

Pareciera que la magia de los estrategas y gurús económicos del país, que siempre sacan el conejo del sombrero, no tienen ojos para esa pequeña península del occidente que compartimos obligadamente con nuestros vecinos los ticos.

O será que ex profesamente algunos interesados están preparando la caída del imperio del banano, descompensando la culpa en Morris Quintero y los grupos sindicales, para luego de aniquilada la producción de los labriegos del área, acercarse con ofertas de compra por migajas las tierras concesionadas del Estado, al igual que hicieron con los ingenios azucareros, Air Panamá, Cofina, y cuanta inversión tenía el país.

Amanecerá y veremos, hasta cuánto pueden resistir los rugidos en los estómagos de los niños de Puerto Armuelles,  si es que una revolución social del hambre y la necesidad no sorprende a cualquier gobierno distraído en promesas y desatinos.

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Püblicado el 6 de febrero de 2010 en el Diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

El demonio de la basura

El demonio de la basura
Isaac Misael Rodríguez

“¡La basura!”, grita un regordete y grasoso trabajador que corre delante de un mugroso camión de color rojiamarillo, con más ruido y humo que los pozos petrolíferos de Kuwait.

Gira en la calle 35, debajo del palo de manguito, lugar en que se ofrece lustre a los calzados de profesionales y encopetadas figuras públicas; donde por más de 20 años reposaron las oficinas del Ministerio de Salud. Los trabajadores del aseo se encuentran con dos grandes depósitos de bazofias apiladas cual montaña rusa. El olor en el lugar es nauseabundo, en su máxima expresión. Repugna, pese a ser el corazón de varios estamentos públicos, como la Dirección de Ingresos, la Dirección de Pasaportes, la Alcaldía Metropolitana, la Gobernación y muy cerca las Procuradurías y el célebre Tribunal Electoral. La indiferencia de los inquilinos despunta.

Pareciera que a los burócratas de tantas oficinas públicas de conocida relevancia, no les afecta el olor de lo pútrido, o la fragancia de la sustancia ya se ha desintegrado y convertido en parte del atractivo de los lugareños, que miran sin ver y respiran sin oler. Muy cerca, los gloriosos e inolvidables quioscos cuara y cuara, que a muchos que estamos en mejores condiciones económicas hoy nos mitigaron el hambre en el pasado. Ya no son dos, sino, como 20, pero con calidad y costos diferentes a los que conocimos.

Las nubes de moscas, propias de la temporada, llueven en el lugar como si fuese un aguacero de granizo oscuro, hasta posarse una sobre el patacón de un descuidado parroquiano que hablaba hasta por los codos, pareciendo una delicada porción de caviar.

El piso de la calle, de color cemento grisáceo, se ha convertido en un batido de colores oscuros que ni Dalí ni Goya podrían describir su tonalidad. Los descuidados “compas” se lanzan del vehículo todavía en marcha, cual expertos paracaidistas militares, con las manos peladas y vistiendo como uniformes suéteres de candidatos a diputados que han visto frustrados sus propósitos, observando con asombro y sin saber por dónde iniciar. Entre el oscuro y claro de la tarde, que amenaza con llover, introducen las manos callosas cual si fueran palas mecánicas y levantan cuanto producto encuentran.

El calor hace sentir la ropa pegajosa, pero, el fogoso deseo de concluir la labor en el menor tiempo posible los hace afanar rápido.

Metro a metro van concluyendo, sin darle importancia a media pulgada de cochambre pasajera, que se ha posado en las ranuras de la suela de sus calzados y los mismos empiezan a sentir un peso doble de lo normal, patinando cual hábiles acróbatas del Holiday on Ice, mientras una fina y menuda dama, bien acicalada, que se ve obligada a pasar cerca del predio, se aprieta con fuerza la nariz para que no pase ni un pequeño gramo del aire fronterizo. Vultúridos que reposan el festín reciente en un robusto árbol de caoba, mismo que contó con postre, resienten el retiro de una apetecida vianda de su restaurante de comida rápida.

A pocos pasos en el hospital Santo Tomás, carteles educan a los ciudadanos de la importancia de lavarse las manos con frecuencia, pero no hablan del resto del cuerpo, ya que varias epidemias se han desatado en el ambiente. Al cruzar la calle, la extensión de una universidad privada prepara a nuevos panameños interesados en convertirse en connotados galenos, y estos, juran que van a seguir los postulados de Hipócrates a sol y sombra hasta convertirse en sus mejores fedayines.

El señor procurador de la Administración revisa la nueva ley de Salud, emitiendo su excelso criterio, en que la misma reúne el mejor escenario constitucional para garantizar un fuero preventivo y curativo, para que nuestra Nación despunte entre los Estados modernos que brindan mayor cobertura a sus ciudadanos.

El camión acelera y se enrumba hacia la avenida Perú, los obreros cual monos de jaula, cuelgan y se balancean por todos los costados de su estructura, dejando sus vestimentas atestadas de hollín y en las fosas nasales de los mismos se denota una acumulación de partículas de toda naturaleza.

Una nueva forma simétrica se dibuja en la calle con la infusión que cae, pero la misma es borrada enseguida con el chisporrotear de las llantas de un fogoso diablo rojo, que al entrar apresurado pringa de una pasta malteada a su más cercano transeúnte.

Publicado el 30 de mayo de 2009 en el diario La Prensa