Historia de armas y estadísticas

La opinión de…..

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José Agustín De Obaldía Olmos

Al igual que todas las naciones libres de la comunidad mundial, a nuestra tierra Panamá le tocó caminar por derroteros hasta conseguir su propia identidad como Nación libre, republicana y democrática.

Los panameños, en su momento histórico, fueron parte de movimientos independentistas, separatistas, guerras y gestas nacionalistas, entre otras. Podemos mencionar la independencia de Panamá de España, la Guerra de los Mil días, la separación de Colombia, la Guerra de Coto, la gesta del 9 de enero y más reciente, la confrontación del 20 de diciembre.

Todos estos acontecimientos conllevaron su dosis de idealismo, patriotismo, sentido de identidad, de pertenencia. Participaron en ellos coterráneos dispuestos a dar la vida por Panamá, lo que los llevó a enfrentamientos con colombianos, costarricenses, españoles y estadounidenses.

En estas citas históricas las armas representaron –como en toda confrontación– herramientas para garantizar los planes y estrategias propuestas de un lado u otro; ser un objetivo bélico a destruir o a conquistar como botín de guerra. Independientemente de quién sea el opresor y el oprimido, de quién el vencedor o el vencido, de quién tenga mayor capacidad bélica o no, poseer armas y hacer uso oportuno de ellas con estrategias bien planeadas garantizó, entre otras acciones, un seguro triunfo. Ahora bien, esos sucesos históricos inician y terminan en fechas determinadas, ya sea por vías diplomáticas, por la fuerza militar o por la rendición de alguna de las partes… en fin, tuvieron un término de tiempo y son parte de la historia patria.

La nueva confrontación que experimentamos los habitantes en el territorio nacional es más imprecisa … no le vemos término, es una lucha desigual. Por un lado, vemos a adultos, jóvenes y hasta niños organizados, preparándose fríamente para cometer actos ilícitos como los secuestros (convencionales y express), robos, asesinatos, extorsiones, violaciones, etc. Por otro, un grupo de habitantes de esta noble tierra, la mayoría indefensos, vive de forma temerosa y en zozobra, pensando cuándo será su turno para convertirse en víctima de los panameños del mal vivir.

Todos observamos los esfuerzos que habitualmente despliegan los estamentos de seguridad; nos dan cifras de delitos y de delincuentes, pero estos en vez de mantenerse estables o disminuir año tras año aumentan. Tiempo atrás la criminalidad era cautiva o latente solo en ciertos barrios de la capital, y era en el distrito capital de Panamá en donde se fermentaban estos grupos delincuenciales. Ahora es en todo nuestro territorio y, lastimosamente, va a ritmo galopante.

El presupuesto para gastos en los renglones de prevención en salud (cuartos de urgencias y servicios médicos, gastos de hospitalización, entre otros), seguridad e inteligencia, en equipos policiales, sistema carcelario, programas de rehabilitación y servicios de asistencia legal, entre otros, que son inherentes a la criminalidad, han aumentado año tras año para atender la problemática de este grupo de malos panameños; presupuesto que suma una millonaria inversión y que los buenos ciudadanos, a pesar de los esfuerzos gubernamentales, no observamos, no percibimos, no vivimos el retorno positivo hacia una comunidad que casi a diario clama por paz y justicia.

Las estadísticas nos dicen que los delitos aumentaron en 2009 con relación a 2008; también nos describen las provincias con mayor índice de violencia (Panamá, Chiriquí y Colón); las estadísticas nos comparan actualmente con países como Colombia o México en niveles de violencia por números de habitantes; nos indican las áreas y el grado de peligrosidad de sectores tales como Panamá oeste, Panamá este y San Miguelito. En conclusión, los números no miente, nos ayudan, nos orientan, proveen información real para planificar estrategias. Lo que no cuadra es la relación criminalidad y control de ella; por desgracia, las estadísticas reflejan esa triste realidad.

Retornando al tema de las armas, los medios de comunicación escritos, radiales y televisivos dan a conocer la incautación de armas a menudo, ya sea por las requisas en las comunidades o por incautación de cargamentos de armas y municiones. Las armas siguen siendo las herramientas que ayudan al éxito de los delincuentes criollos y extranjeros (sean adultos o jóvenes pandilleros) y al éxito de sus planificadas y malsanas acciones.

Me pregunto: si la droga que se incauta se quema, si el dinero que se incauta se asigna a Conapred, si las embarcaciones y los vehículos incautados se subastan, entonces, ¿qué hacen con las armas? ¿Las destruyen, las almacenan, las utilizan distribuyéndolas entre sus unidades para hacerle frente a la delincuencia? ¿Qué se hace con ellas? No recuerdo haber leído documento alguno que nos señale una estadística mensual, semestral o anual de su decomiso y de su destino.

Creo, y estoy seguro de que es sano tener datas finales que se publiquen, así como se hace con las otras incautaciones y estadísticas criminales; es necesario saber su destino.

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Artículo publicado el 20 de marzo de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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