Nuestra ‘politizada’ cultura

 

La opinión de…

 

Olmedo Miró

¿Es posible la “unidad nacional”? Un amigo, quien había participado en la política criolla y decidió no seguir en ella me comentaba, con la sinceridad que da tener algunos tragos encima, sobre la frustrante experiencia que tuvo cuando participó de la política.

“El problema” –me confesaba mi amigo– es que en política tú nunca puedes estar bien con todos. Si quieres ayudar a fulanito entras en conflicto con sultanito, a quien no ayudaste, y así va un conflicto de nunca acabar que te crea más enemigos que amigos. Mi amigo, quien no es dado a grandes filosofías, inconscientemente manifestó la esencia del problema político en este país y cualquier otro con un Estado grande y distribucionista como el nuestro, que mientras más Estado más división y menos unidad.

Hay que tener claras dos cosas: la política es decidir quién manda y, más importante aún, quién obedece; la otra, el Gobierno no crea nada, el Gobierno es solo el uso de la coerción para distribuir riqueza ya creada. Quién decide quién paga y quién recibe se resuelve en el ruedo político. “Vomitan su bilis y la llaman periódico”.

Así describía el filósofo Nietzsche al referirse al modo como los asuntos políticos y la permanente lucha por el control de la “opinión pública” trasciende en los periódicos. La cosa solo se ha puesto peor con el porcentaje de la participación del Estado en la economía, que ha crecido dramáticamente, ya sea a través de impuestos, gasto y regulaciones. Cada vez es más importante no caer en el grupo de los que pagan la cuenta, los gobernados.

Así, es simplemente lógico concluir que en este sistema las campañas políticas “negativas” serán la regla más que la excepción. En un sistema donde para que alguien gane otro tiene que perder es imprescindible hacer que el otro pierda para que tú puedas ganar. Así, las campañas políticas negativas son problema del sistema no de personalidades. Hay que destruir la imagen del contrincante antes de hacer la tuya.

El escritor mexicano Gabriel Zaid describe este sistema, en referencia a su país México, utilizando la metáfora de una pirámide en la cual todos, o por lo menos la clase media, intentamos trepar a un nivel más alto. El problema con una pirámide, dice Zaid, es que a medida que subes el espacio se hace más limitado, estrecho, hasta que solo queda espacio para uno solo, la presidencia.

Aunque todos aspiramos a llegar más alto, pronto nos damos cuenta de que la única forma de llegar más alto es empujando al compañero, aquel que está en el mismo nivel que tú, hacia abajo, simplemente no hay más espacio y no se va a crear más. De allí que no nos sorprendan las divisiones y los permanentes conflictos y nuestra patológica incapacidad de trabajar en equipo.

Otra víctima insospechada de este devenir es, la objetividad. Decía un intelectual español al preguntársele sobre el rol de los intelectuales en la política que; “un intelectual metido a política es un traidor”. Con esto, este pensador se refería al rol de los intelectuales, ya sea en las ciencias o las letras, de mirar el mundo desde un punto de vista analítico u objetivo indiferente a las circunstancias o conveniencias.

Es obvio que entrar en política es “tomar bando” por eso de que no todos pueden mandar y obvio, de allí en adelante tu misión es hacer que tu bando triunfe, indiferente a tratar a las ideas de manera objetiva, porque eso sería una traición a tu bando. De allí esta característica de nuestra cultura donde estamos a favor o en contra del algo, pero nunca sabemos dar razones y argumentos.

Tal como el famoso político criollo de quien se decía absorbía la personalidad de aquellos a quienes tocaba con su carisma, convirtiéndolos en borregos más que en seguidores; la política tiene la tendencia de volvernos tontos, incapaces de llegar al fondo de las cosas, solo llegar a estar a favor o estar en contra. En política, lenta pero inexorablemente, muere la ciencia, la filosofía, las artes.

El historiador de la cultura Jacques Barzun hace un brillante análisis acerca de la muerte de la astrología (la adivinación) y el surgimiento de la astronomía, el entendimiento del movimiento de los astros, durante el renacimiento. Para Barzun, no era un problema “educativo” o de falta de conocimiento, los astrólogos eran personas particularmente educadas relativo al resto de la población, no, era cuestión de propósitos y para quién trabajaban.

Los astrólogos trabajaban para el poder, el rey, y eran sus apologistas justificando el estado de las cosas a través del movimiento de los astros. Mientras que los astrónomos surgieron de la necesidad del comercio, del intercambio voluntario, para extender sus rutas de navegación con el entendimiento preciso del movimiento de los astros. Así la ciencia reemplazó la superstición, y la libertad de comercio fue su motivador.

Hacer de una sociedad panameña más armoniosa además de más ilustrada y científica solo será posible con la disminución del tamaño del Estado y la capacidad decisoria de sus gobernantes sobre nuestras vidas.

 

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Este artículo se publicó el 10  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Ligerezas cuantitativas

La opinión de…

OLMEDO  MIRÓ

En días recientes la Reserva Federal de Estados Unidos, lo más seguro que alarmada por el explosivo incremento en el déficit operacional del Gobierno y los consecuentes esfuerzos para conseguir financiamiento, inició lo que en un muy eufemístico lenguaje banquero llamó como quantitative easing, lo que yo traduciría como un “aligeramiento cuantitativo”, pero que en un español más directo no es más que “pisar al fondo el acelerador en la imprenta de los billetes de a dólar”.

Este anuncio se suma a los ya dramáticos “aligeramientos cuantitativos” que se produjeron en el año 2007 para capear la crisis financiera, en la que se duplicó la base monetaria.

Aunque este tipo de lenguaje es una jerga deliberadamente complicada, diseñada para hablarse en un círculo íntimo de financieros y economistas globales, sus consecuencias, sus afectaciones en el panameño de a pie serán muy reales, tanto que me atrevo a decir que producirá profundos cambios sociopolíticos en nuestro país.   ¡Tenemos que poner atención!

Para entender por qué es que estoy tan alarmado por estas políticas allende nuestras fronteras, debo explicar un poquito cuál es el rol del dinero en nuestra sociedad y, cómo este artículo está dirigido a personas “de la calle” como nosotros, entonces, defino el dinero por lo que nosotros hacemos con él:   El dinero es el instrumento con el cual nosotros “calculamos” nuestras acciones en sociedad.

Explico, la necesidad del dinero en la sociedad es consecuencia de que en una sociedad avanzada, donde cada individuo lleva una labor especializada, obtener nuestras necesidades, de manera directa, es imposible.   Por ejemplo, un zapatero, que es un padre muy sacrificado y tiene el noble objetivo no de producir más zapatos o de ganar más dinero sino de darle a sus hijos una buena educación.

El problema es que difícilmente este noble padre encontrará un grupo de profesores con suficientes zapatos dañados para que acepten educar a sus hijos a cambio de sus servicios de zapatería,    será necesario primero intercambiar sus servicios de zapatero por un artículo de aceptación común como lo es el dinero, para que con ese dinero pague la educación de sus hijos.

Así, el dinero se convierte en un instrumento con el cual este zapatero evalúa los frutos de su trabajo, un medio de cálculo económico.    Así, a través de toda la sociedad las personas toman decisiones a través de la cuantificación de este artículo de aceptación común que es el dinero; cuánto trabajar o no trabajar, qué deben estudiar sus hijos, en qué negocio meterse o evitar meterse, si hay ganancia o hay pérdida, etc.   En pocas palabras, la gente “calcula” sus acciones y consecuencias. Y en la medida en que se calcule mejor, se harán más y más beneficiosos intercambios y todos nos enriquecemos.

Ahora, ¿qué sucede si alguien falsifica o altera ese medio de aceptación común que es el dinero?    Simple, calcular se nos hace más difícil, se cometen errores y como consecuencia la sociedad se empobrece. Los riesgos aumentan, porque no es posible calcular correctamente el beneficio de una transacción. Puedo pensar que estoy ganando cuando en realidad pierdo. El riesgo sube, por lo tanto, suben los costos y nos empobrecemos todos. Es la verdadera génesis de la crisis actual.

Sucede que en nuestro mundo el dinero ya no es resultado de una producción que requiera sacrificios y, por lo tanto límites, como lo fue el oro y la plata, sino que es producto de un arbitrio, creado de la nada, ni siquiera de la imprenta sino de emisiones electrónicas originadas en bancos centrales.

Esto ha creado una confusión total, errores de cálculo en toda la economía, ya que el dinero dejó de representar los verdaderos recursos disponibles al mundo y la permanente especulación sobre los mismos surgió en su ausencia. Nuestro zapatero descubrió que producir zapatos no es tan rentable como especular en bienes raíces.

Pero para un grupo minoritario, los bancos centrales y el sistema financiero a su alrededor, este caos ha sido inmensamente rentable, para ellos es posible tener algo a cambio de nada y no hay negocio más rentable que este. Los famosos “estímulos” de estos últimos años son una manera desesperada de sostener el statu quo.

Para algunos que relacionan el dinero con el lenguaje, y tienen razón, el dinero es el lenguaje como comunicamos valores y necesidades entre nosotros. Hay otros que piensan que el incidente bíblico de la Torre de Babel no fue más que una hiperinflación, el dinero perdió su valor y no había forma de ponerse de acuerdo, esto tiene mucho sentido.

Lastimosamente, vamos en la misma dirección. Cada vez es más difícil conocer el valor de las cosas. Se trata de culpar al libre mercado por esto, pero el dinero en nuestro mundo es monopolio exclusivo de los gobiernos y allí está el error.

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<> Este artículo se publicó el 6 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La ‘inflación’ educacional

La opinión de…

Olmedo Miró 

Escuchaba yo a un padre sermoneando a su hijo y diciendo: “no descansaré hasta que me traigas ese papel”.   ¿A qué “papel”, se refería? Obviamente al diploma, a la licenciatura, a ese papel que te otorga esa licencia para “ejercer algo”, a “comenzar desde arriba”.   Derecho a adquirir aquellas rentas oligopólicas que pretenden dar aquellas barreras de entrada a ciertos servicios, que dan aquellos “títulos”.

Lastimosamente, para aquel padre preocupado, a su estrategia le está saliendo el tiro por la culata, cual sucede con todos los carteles, la gente busca la manera de subvertirlos, todos quieren entrar a él, los títulos se multiplican se devalúan. Cuando antes era suficiente una licenciatura, hoy es necesario una maestría y mañana un doctorado o post doctorado. Una verdadera inflación de títulos, pero como en toda inflación, aunque cada vez haya más “papel” hay menos contenido y valor.

He allí nuestro problema educativo, simplemente perdimos la brújula. Explico. ¿Recuerda usted el orgullo de haberse sentido útil por primera vez? “Todos buscamos ser útiles, relevantes, para nuestros semejantes”; esta frase que se me hizo verdadera con una pequeña experiencia que tuve hace tiempo cuando me tocó acompañar a un amigo que se había ganado un contrato con el Gobierno para entregar paquetes de comida a unas escuelas rurales en el interior.

Cuando llegaba el camión con los paquetes a las escuela y comenzaba la descarga, la sorpresa de nosotros fue cuando los mismos niños se abalanzaban para ayudar a cargar las bolsas de comida, y lo más curioso es que literalmente competían por quién podía cargar más. Era claro, lo que ellos querían era sentirse “machitos”, sentir que ellos, de alguna manera, habían puesto “la comida sobre la mesa”.

Un sentimiento muy natural, el hombre como “proveedor”, y que lastimosamente cada vez menos niños y adolescentes pueden sentir, ¿por qué? Porque está prohibido, la ley lo dice en un sistema que pretende “archivar” a los niños atrasando su vida productiva lo más tarde posible, so pretexto educativo de enseñar en teoría lo que sólo da la práctica. Es como enseñar natación pero no permitir que el niño entre a la piscina. Esta práctica se vende como educar al mismo tiempo que se da felicidad al adolescente, pero resulta exactamente lo contrario.

El resultado, si se sabe ver, es fácil de entender: se crea una pérdida de propósito en la vida de estos niños y adolescentes. Y a la pregunta de ¿para qué sirve todo esto que supuestamente debo aprender y por lo cual debo renunciar a sentirme útil?, sucede una respuesta vaga, de que esto se hace para que un día, con una “licencia”, puedas empezar a hacer algo y, mientras tanto, solo te queda esperar y esperar. Las consecuencias son claramente predecibles, indiferencia cuando no un odio por lo que se aprende, lo que eventualmente desembocará en rebeldía y deserción, si no es que se pasa por el alcohol, las drogas y las pandillas.

Como sociedad patrimonialista que tradicionalmente hemos sido desde la colonia, tu posición dentro de la sociedad te la da tu estatus y no tu contribución a la misma. Por otro lado, nuestra aspiración a ser “democráticos” otorga las posiciones de privilegio de acuerdo al mérito educativo, por supuesto, hace que los títulos se conviertan en una llave al privilegio “trepador” en la sociedad y su estado.

Es el derecho “a comenzar de arriba”. El problema es, ¿qué hacer cuando todos quieren comenzar de arriba? Bueno, se exige más, maestría, doctorado, en pocas palabras, se alarga la cosa. De allí que los hijos de la clase media sean los que mejor capacitados están para soportar este martirio innecesario, por lo menos tienen a sus padres, quienes saben cómo llegar. Los que quedan rezagados son los de abajo, los que nunca entienden para qué tanto ritual sin uso práctico.

Y en cuanto a la educación y su objetivo, el conocimiento, bueno, aquello quedará asfixiado en esta explosión inflacionaria de títulos, que se convierten en un fin en sí mismos. Al final quedamos ni en chicha ni limonada. Para los detentores de los títulos, el conocimiento no es más que resultado de un martirio producto de una tortura por la cual no quieren pasar de nuevo, “me quemé las pestañas estudiando”. Para los que se quedaron en el camino, ellos nunca entendieron para qué servía toda esa “enseñanza”.

El resultado, una sociedad de muchos caciques y pocos indios.   Donde hay una infinidad de abogados e ingenieros y difícilmente se encuentra un plomero o electricista que sirva.   Por eso, no importan todas las buenas intenciones de nuestros dirigentes.   El problema educativo del país no se resolverá hasta que la educación vuelva a tener un propósito aparte del “título”.   Cuando los niños empiecen a aprender “haciendo”, siendo útiles, y el conocimiento se descubra como algo que te hace más útil, entonces hemos encontrado la verdadera educación.

<> Este artículo se publicó el 27 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Asimetrías en la verdad

La opinión de….

Olmedo Miró  

Como república democrática que pretendemos ser, nuestra sociedad se rige bajo el principio de libertad de expresión.   Como decía el pensador, “no estoy de acuerdo con lo que dices pero daría mi vida para defender tu derecho a decirlo”.

Sin embargo, la piel de cocodrilo no es virtud de nuestros políticos y gobernantes.   Parecen ser muy sensibles a las acusaciones que se ciernen sobre ellos.

Por eso, amenazan con todo tipo de demandas a los que se atreven a decir algo en contra de ellos.   Ponen un precio muy elevado a su reputación. Y harán pagar a cualquiera que amenace su reputación, sea por verdad o por mentira.   De alguna manera pretenden que la justicia deslinde responsabilidades, ¡cómo si fuera tan fácil!

¿Puede nuestra justicia o cualquier justicia juzgar de manera transparente, eficiente e imparcial la diferencia entre el poder y la población, entre los políticos y los individuos, sin afectar el principio de libertad de expresión?

Sucede que para la Corte Suprema de Estados Unidos esto no es posible. No es posible balancear el derecho a su reputación que tienen los funcionarios, con el derecho de los ciudadanos, gobernados, a la libertad de expresión. No es posible balancear estos derechos de manera práctica.

El caso es el: Sullivan versus New York Times Co. de 1964, donde el defendido, el periódico The New York Times, admitía claramente que se equivocó en sus acusaciones contra el señor Sullivan, un jefe de policía del sur de EU, sin embargo, se negaba a pagar daños y perjuicios al señor Sullivan, debido a que se equivocó ejerciendo su derecho a la libertad de expresión, a su deber de vigilancia ciudadana en contra de los abusos de los funcionarios, por lo tanto, no estaba obligado a pagar. A esto la suprema corte de EU le dio la razón estableciendo como jurisprudencia, precedente, a todos los casos sobre calumnia de funcionarios y figuras públicas en EU.   En pocas palabras, el derecho a la denuncia, y la libertad de presentarla, se le protege en beneficio del debate público “vigoroso”.

Esta decisión se basa en el principio de que no puede existir una equidad de poderes entre funcionarios en el cargo (presidente, ministro de estado, jueces, y funcionarios de jerarquía) y el ciudadano común de la calle. Es el caso típico en nuestra sociedad donde el denunciante termina siendo el “denunciado”, pero a esto se agrega el hecho de que en un conflicto de opiniones entre un ciudadano de la calle, quien se gana la vida de un salario y un funcionario, que está en el poder y por lo tanto lo “aplica”, no podrá haber nunca una paridad de poderes, por lo tanto, y de hecho, la libertad de expresión de la sociedad se verá “cohibida” en el mejor de los casos o, de hecho, “censurada”, indirectamente, en el más común de los casos.    Esto según, los jueces gringos, llevará a un debate político “cohibido” y debilitará la democracia.

El caso es interesantísimo e incentivo a todos a que lo googleen , que las sentencias hacen gran “literatura”, además de una jurisprudencia que es aplicable al mundo entero. Pero, como adelanto, traduzco libremente algunas de las argumentaciones de los jueces: “Es manifiestamente imposible penar (castigar por falsedades) a aquellos que quieran denunciar a los que administran el gobierno del abuso y corrupción, sin atacar (primero) el derecho (de ellos y nosotros) a libremente discutir el “carácter” de los funcionarios (en el poder) y sus actuaciones”. Terminaría, de hecho, siendo una protección a la corrupción y el abuso.

“Que quede claramente establecido… que el derecho a elegir los miembros del gobierno constituye, particularmente, la esencia de un gobierno libre y responsable. El valor y la eficacia de este derecho depende en el conocimiento de los méritos o deméritos comparativos de los candidatos a la “confianza del electorado” (public trusts), y, consecuentemente, en la igualmente importante libertad, de examinar y discutir (abiertamente, sin miedo) estos méritos y deméritos de los candidatos (y funcionarios) respectivos”. La corte siempre ha de estar a favor de un debate público vigoroso libre temores.

Equivocarse es de humanos, pero las equivocaciones de las figuras en el poder tienen consecuencias que van mucho más allá de sus personalidades respectivas. Por lo tanto, ante la denuncia, al ciudadano común se le debe dar el “beneficio de la duda”; sin embargo, aquel que está en el poder no tiene derecho al mismo. Es el funcionario quien está obligado a la “prueba” y no el denunciante. Al funcionario se le debe juzgar con estándares mucho más rigurosos. La historia es clara en este respecto. La libertad exige vigilancia permanente. Y a los gobernantes se les debe manejar con una “correa muy corta”. Y tal como el juez Brandeis, citado en este caso, decía: “La luz del sol es el mejor de los ‘desinfectantes”.

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Este artículo se publicó el 26 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Los milagros son solo para santos

La opinión de…..

Olmedo Miró


Más de un político, empresario y funcionario gusta pronunciar una palabrita, que tal la forma parsimoniosa como lo dicen, pareciera una palabra mágica, casi milagrosa, y esa palabra es el “multiplicador”, el supuesto efecto multiplicador que tiene la demanda (gasto) del Estado y/o “estímulo” sobre la economía.

Y como demanda o gasto suena muy terrenal, se le trata de llamar “demanda agregada” como algo esotérico que surge de una dimensión desconocida. Pero ¿es verdad? ¿es posible que un dólar se convierta en muchos dólares a través del mero gasto del Estado y la demanda agregada que genera? Y la pregunta clave: ¿es realmente posible multiplicar panes y peces de la nada?

En principio este mito se resume en un cuento que circuló en internet curiosamente en los días en que la crisis financiera mundial comenzaba: Érase un inglés que llegaba a un hotel, digamos en un pequeño pueblo de Panamá, y paga su habitación con un billete de 100 dólares; con ese billete el hotelero iba y pagaba la deuda que tenía con el panadero; el panadero tomaba el billete y pagaba un filete para llevar a su casa; el carnicero salía y se compraba un televisor y así se va y se va. Luego al final, el inglés no gustó de la habitación y retira el billete, se forma una crisis.

Esta es una historia muy engañosa principalmente porque da la sensación de que un solo billete de 100 se multiplica sin cesar a través de la economía multiplicando igualmente los bienes y servicios. Esto es totalmente falso. La razón es simple: asumiendo que nuestro inglés no falsificó el billete con que paga el hotel, lo que el cuento omite es que el mismo billete lo obtuvo de bienes y servicios que anteriormente ofreció, el inglés, en la economía y que al gastarlo en un hotel en Panamá de hecho decidió “no gastarlo” en un hotel en Londres.   Exactamente lo mismo ocurre en todos los intercambios subsiguientes. Ni el billete se multiplica ni tampoco la riqueza real. Lo único que sucede es que la riqueza pre-existente se intercambia de manera distinta a través de un “medio” que es el billete que el inglés trae de Rusia. Hay que recordar que para la economía como un todo, el dinero no es riqueza en sí sino un medio que facilita el intercambio indirecto y nada más.

Para pensar en riqueza, pienso yo en la madera de teca que compone la mesa sobre la cual apoyo mi laptop. Sucede que para que esta madera se pueda transformar en un elemento útil, ser riqueza, tienen que pasar por lo menos ¡25 años! desde que un empresario decidió iniciar una plantación de la misma hasta que esta semilla se convierta en madera útil. Toda la madera que uno adquiere en la ferretería es producto de un proceso similar. Es su resultado. O sea, que para que ese inventario de madera se “multiplique” tendrán que pasar por lo menos 25 años y no solo eso, ingentes recursos tendrán que ser sacrificados del consumo presente para sostener la producción futura de más madera. Lo mismo sucede para el resto de los productos consumibles en la economía. Son producto del sacrificio y el tiempo. En pocas palabras, no hay tal cosa como free lunches en la economía.

Ahora, ¿qué tal si nuestro inglés tiene una imprenta con que imprime billetes de la nada, los falsifica? Bueno, ahora que tenemos claro que la riqueza no aumenta así porque así y definitivamente no es tan fácil como sacar billetes de una imprenta. El inglés no ofreció bienes y servicios previamente por el billete, simplemente los falseó, pero la gente lo tomará como bueno y entrega bienes y servicios por ese billete. Al principio se siente bien porque da la sensación de que la sociedad es más rica, de que hay más bienes y servicios. Pero luego, como esa riqueza nunca existió poco a poco la gente se dará cuenta y los precios simplemente subirán, pero el inglés ya obtuvo riqueza a cambio de nada. Estafó, robó riqueza real. Hizo más pobres a los demás. Y lo peor es que al principio todos se sentían “tan bien”.

En la vida igual que en la economía no es posible conseguir algo a cambio de nada. Todo efecto tiene su causa. El mito del multiplicador es producto de no entender este proceso. En el mundo los recursos es difícil conseguirlos y si se usan, mejor que se utilicen bien o mejor no usarlos. El dinero y el crédito, herramientas fabulosas para el intercambio indirecto, han sido confundidos con riqueza por los políticos y sus aliados. Por eso multiplican el dinero y el crédito sin respaldo. El resultado es un mundo en crisis donde vivimos en una fiesta en donde hoy descubrimos que tenemos que pagar con recursos que no tenemos.

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Este artículo se publicó el 17 de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Un problema de ‘agencia’

La opinión de…..

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Olmedo Miró


Hace un tiempo, en un periódico extranjero, observé un muy original anuncio político:  una fotografía de políticos de ese país, con cara de trasnochados, con un subtítulo que decía: “¿le prestaría a estos hombres su tarjeta de crédito?”.

Este anuncio, sin saberlo, hace alusión a lo que es el problema más estudiado por una rama de la economía que estudia la acción política y sus costos, llamada “opción pública”.

Y a este problema se le llama “problema de agencia”, y consiste en la delegación de las decisiones en los grupos de personas con mucha autoridad para tomar decisiones por los demás, pero una mucho más limitada responsabilidad sobre esas decisiones. Es en esencia el problema fundamental de gobernancia del Estado.

Ahora, volvamos a lo nuestro, el mismo anuncio pero con nuestros políticos locales: ¿Le prestaría usted su tarjeta de crédito a esta gente? La respuesta, lamento decírselos, es que ya lo hemos hecho y desde hace mucho tiempo.

Y lo hemos hecho a través de la autoridad otorgada a nuestros políticos de contratar empréstitos y contratos públicos en “nuestro nombre”.   O sea, a nombre de los ciudadanos de este país, quienes se van a hacer cargo de “honrarlos” aun cuando los políticos signatarios hace tiempo hayan regresado a sus casas a descansar.

En el sistema político nuestro esto funciona tal como una “lámpara de Aladino”, crear todo tipo de obras y beneficios a sus clientelas políticas sin ningún costo perceptible para la ciudadanía, como si las hicieran con magia.   Todos olvidamos que todos estos empréstitos no son más que impuestos postergados.   Postergados para presidencias sucesivas, quienes tendrán que lidiar con el problema de pagar, cuando ya todos hemos olvidado, si es que alguna vez lo percibimos, que alguna vez nos comprometimos a algo que nunca pudimos evaluar correctamente.

Pero mientras la fiesta continúa, nuestros políticos dan la apariencia de ser “casi magos” capaces de crear obras “como por arte de magia”, pero señores, ¡esto no es magia!

Autoridad sin responsabilidad: yo contraigo la deuda y dispongo del uso de su dinero, sin embargo, la responsabilidad por su pago es colectiva y en una fecha en que yo ni siquiera estaré a cargo.   Es el problema de “agencia” del que habla la gente de “opción pública”.   Y para que los políticos locales no se pongan bravos conmigo, este problema no tiene que ver con personas sino con las estructuras de gobernancia.

En el sentido de que es inexorable, aunque surja un político lo suficientemente tonto para creer en la “responsabilidad fiscal”, ese político solo le abre las puertas a otro político “demagogo” que utilizará ese capital, lo despilfarrará y se hará enormemente popular.   Como sucede en algunos países vecinos y en todo el mundo. Recuerden que no hay forma en la que la ciudadanía se pueda retroalimentar del verdadero costo de las acciones del Estado.   En esencia, no hay tal cosa como un “bien público”.   Alguien tiene que “agenciar”. Todos los bienes del Estado serán dispuestos por alguien o algunos con nombre y apellido. No hay tal como “todos somos el Estado”.

Y para que vean que no es cosa de nosotros, casi el 50% de los países “desarrollados” maneja déficits fiscales que superan el 10% de su PIB. Una situación que empeora a medida que evoluciona la crisis que les digo, solo empeora, créanme. ¿Y los grados de inversión? Bueno, hasta recientemente las evaluadoras de crédito le daban a Grecia un grado de inversión hasta superior al que tenemos hoy.   Hoy en día Grecia es un país intervenido por la Unión Europea; institución que, no tengan la menor duda, eventualmente le pasará la cuenta a sus ciudadanos a través del más cruel de todos los impuestos, la inflación.

¿Hasta dónde puede un gobernante contratar a nombre de nosotros, los ciudadanos?  ¿Hasta dónde recae nuestra responsabilidad? Decía alguien que una de las mejores formas de lidiar con este problema es hacer a nuestros políticos “fiadores solidarios” de todos los empréstitos que contraten por el país.   Esto definitivamente ayudaría, pero como ellos detentan el poder, alguna forma encontrarán para evadir el problema.

¿Pueden nuestros políticos vendernos en esclavitud?  Bueno, en la contratación de la deuda nacional de alguna manera lo hacen.  ¿Acaso la capacidad de colección de impuestos a los ciudadanos no es uno de los principales elementos que evalúan la evaluadoras de riesgo?   La solución para mí solo es una, hacer un Estado más pequeño y estar conscientes de que el Estado no somos todos. Que existe un problema de agencia. Que los políticos no pueden crear algo de la nada. Que el ideal “romántico” de la política solo es una quimera en los textos escolares.

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Este artículo se publicó el  12  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Libertad, asociación y producción

La opinión de……

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Olmedo Miró


En la actual controversia acerca del incremento demencial del salario mínimo, que en un artículo anterior denuncié como una medida para excluir a los que menos tienen de la formalidad en la economía y de la división del trabajo, salían algunos comentaristas a exponer que el Gobierno, como siempre,  “debe salir a buscar fórmulas que aumenten la productividad y así evitar que estas medidas aumenten el desempleo y la informalidad”.

Esto está bien, en el sentido de que si tú no aumentas tu productividad por encima de la barrera establecida por el Estado para el salario mínimo, no podrás obtener empleo formal en este país, bien.

Sin embargo, el problema con este tipo de argumentos es que fallan por completo en identificar que el principal impedimento para el aumento de la productividad de los trabajadores en este país son precisamente las leyes del salario mínimo y las más de 500 páginas de código laboral que impiden el surgimiento y evolución del fundamento mismo de la productividad en la economía, que es la división del trabajo formada en la asociación libre y voluntaria de individuos para producir.

Olvidan, además, que la educación no es más que un complemento a esta división del trabajo, división producto de la libre asociación de individuos para producir, y nunca su fundamento.   Sin libertad de asociación, el aumento de la productividad no será más que una quimera con un montón de “licenciados” manejando taxis.

Es curioso saber que tan pocos ciudadanos citadinos de clase media, como son muchos de ustedes, lectores, y yo, están conscientes de qué tan inútiles seríamos si de nosotros dependiera nuestra existencia, si no tuviéramos posibilidad de asociación para producir o intercambiar. Trate usted de sobrevivir en una selva darienita o en una isla desierta, y de muy poco le servirán todos sus títulos obtenidos aquí o en el extranjero, pronto caeremos en un estado que los estadísticos llaman “extrema pobreza”.

La razón es muy simple, como Adam Smith descubrió mucho tiempo atrás, la esencia de la riqueza de las naciones es la división del trabajo. Un individuo por sí solo, no importa qué tan capacitado o educado esté, rápidamente se reducirá a un estado de supervivencia. En una economía avanzada todos los ciudadanos dependemos de una serie de contratos entre individuos, imposibles de comprender para cualquier burócrata o planificador, pero que en sí crean la enorme abundancia: Desde los alimentos siempre disponibles en el súper hasta celulares de alta tecnología para niños de escuela. Sin estas asociaciones, nada de esto sería posible y quedaríamos como náufragos en una isla desierta.

El fallo en entender este hecho es consecuencia general de las grandes falacias económicas, que producen disparates como leyes de salario mínimo. Es juzgar el libro por la cubierta invirtiendo el orden de los factores.   Como cuando los bárbaros, que al invadir las ciudades romanas, se maravillaban ante el agua que salía de los grifos en las ciudades y pensaban que tomando los grifos y llevándolos a sus ciudades iban a obtener agua fluyendo de ellos.

Los bárbaros no notaban que detrás de esos grifos existía una complejísima infraestructura de los cuales los grifos eran un pequeño complemento final y más visible.   Es así como piensan estos bárbaros modernos, que creen que con la manipulación del salario se aumentarán los ingresos.  Y en cuanto a la educación, estos bárbaros piensan que la educación vale por sí misma, cuando en realidad es un complemento a una estructura. Un neurocirujano de Harvard vale poco en una isla desierta.

Las consecuencias de estas falacias para nuestro país van mucho más allá de las cifras del desempleo. Su verdadera consecuencia está en que un pobre no puede contratar a otro pobre. Que un pobre que pretenda utilizar todo el desempleo a su alrededor y utilizar estos recursos ociosos para construir casas para los vecinos que paguen con sancocho pronto se encontrará con un funcionario del Estado que le impondrá la multa correspondiente.

¡Prohibido asociarse, prohibido trabajar! A menos que se pague las sumas de dinero que implican los incontables permisos.  De allí la pobrísima generación de empresas en este país. Situación que empeora a medida que bajas en la escala social o te alejas de los centros urbanos.

Consecuencia: migración a la ciudad y barrios marginales, crímenes, pandillas.  Y como en este país todo se arregla con parches, bueno, entran las leyes de excepción donde a compañías extranjeras se les exceptúa de todos los tributos y regulaciones que tienen que seguir los “panameñitos vida mía”.   La empresa: un privilegio de aquellos con conexiones y abogados.

Como país, nuestras leyes son el reflejo de nuestros prejuicios.  Para nuestros gobernantes la riqueza y las empresas son algo que se genera desde arriba y por los de arriba.   La parafernalia de leyes y regulaciones que impiden y limitan contratos de trabajo son fiel reflejo de este prejuicio.

Es resultado de un país donde casi la mitad de la población activa vive en la informalidad, porque asociarse para producir es solo cosa de ricos. Donde los pobres viven como náufragos, esperando ser rescatados por el “siguiente gobierno”.  Se les prohíbe ser productivos.

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Publicado  el   18  de  enero  de 2010  en   el  Diario  La  Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.