El secuestro olvidado

Las letras escritas por una hija de la víctima,  sobre un hecho abominable ocurrido   cuando  Panamá estaba  bajo la dictadura militar.   La opinión de….


Melina Zúñiga Saavedra

Yo era una niña de nueve años. El 21 de agosto de 1985, pasadas las 2:00 p.m. entró a mi cuarto mi hermana Eydita y me dijo: “Melina, a mi papá lo secuestraron”. ¿Secuestraron, eso qué es? ¿Está preso?   No, es peor, me contestó. Bajamos la escalera de la casa y encontramos a mis dos hermanos mayores escuchando la radio con caras de angustia.   Mi tío Carlos I. Zúñiga estaba en la emisora, exigiéndole a Noriega que le entregara a su sobrino sano y salvo.   Mi mamá, para tranquilizarnos nos dijo que no nos preocupáramos, que no pasaría nada.   Sentíamos que dentro de la voz firme de mi tío se escondía una preocupación seria.

Desde que mi papá tomó la decisión de enfrentar a la dictadura militar rara vez dejaba de sonar el teléfono para amenazarnos con que algo malo le pasaría a él o a alguno de nosotros.    Vivíamos temerosos.   Una vez mi papá nos dijo que teníamos que irnos de la casa y escondernos en la de alguna persona no muy cercana.  Dormí debajo de la cama de una pariente lejana de mi mamá.  Era habitual que los autos de los agentes secretos merodearan nuestras barriadas.   En una ocasión, durante una manifestación civilista, los “pitufos” identificaron a mi papá y aún recuerdo el olor de las bombas lacrimógenas que inundaron la casa.

Desde el secuestro de mi papá hasta su llamada, diciéndonos que lo habían liberado, fueron las horas más largas y amargas que pasé en mi vida. Pensábamos que lo desaparecerían tal como le pasó al padre Gallego y a tantos panameños por el “delito” de disentir.   Una vez que mi papá habló con nosotros, nos pidió que contactáramos a la familia para informarles de su liberación, pero el teléfono de la emisora permanecía ocupado, por lo que tuvimos que ir hasta allá.   Al llegar, mi abuelo lloraba en silencio;   sus ojos azules llenos de lágrimas llegaron a una parte de mí que no sabía que existía, porque el llanto que me provocó el secuestro de mi papá se había calmado, para iniciar otro distinto, pero igualmente doloroso, que desapareció cuando se secó los ojos y me abrazó.

Mi papá, para ese entonces, era el secretario general de la Amoacss y había dirigido Cocina, el primer movimiento contra la dictadura.   Estaba con algunos de sus compañeros en una gira por el interior, que se inició el 19 de agosto en Puerto Armuelles y en la que denunciaba el aumento del presupuesto en armas y en pago de la deuda externa y la disminución en gastos de salud y educación.    Al día siguiente habló en las emisoras de David.   En ambos lugares se reunió con el grupo de los médicos y los trabajadores de la salud. El 21 de agosto salieron temprano de David para Santiago.   Después de la reunión, almorzaron en el restaurante Quo Vadis, donde dos personas con la cabeza descubierta y armados,   lo tomaron violentamente y lo sacaron del lugar.

Uno le apuntaba al cuello con el revolver cargado. Lo montaron en un auto sin placa, lo sentaron en el asiento de atrás, entre dos sicarios y lo torturaron física y psicológicamente. Los sicarios lo abandonaron en el camino viejo de Remedios, luego de haber recibido instrucciones por radio para que lo dejaran libre.  Un joven lo condujo al Centro de Salud de San Félix, donde le dieron los primeros auxilios y pudo contactarnos. Cuando mi hermano Mauro llegó al hospital de David y lo vio nos llamó enseguida para decirnos que estaba muy mal herido. Que tenía cuatro costillas fracturadas, hematomas tanto en la espalda como en el pecho, que le habían suturado la cabeza y la oreja.   Tenía en la espalda múltiples heridas de puñal y le escribieron las siglas F–8,   misma que apareció en el cuerpo del Dr. Hugo Spadafora tres semanas después.   La hemoglobina le bajó mucho, pero su estado mental era normal y mi papá le dijo que se recuperaría.

Cuando mi tío Carlos Iván dio la noticia del secuestro, se movilizó todo el país;   los médicos emplazaron a la dictadura diciendo que si no lo entregaban con vida, abandonarían los hospitales, incluso los cuartos de urgencia.

Cuando la familia Spadafora le solicitó a mi papá que reuniera a un grupo de médicos especialistas para ver las fotografías de la autopsia, él estuvo presente en la reunión. El Dr. Keith Arthur le preguntó qué le pasaba y mi papá le contestó que contemplaba su propia autopsia.

Mi papá tenía 42 años al momento de su secuestro.   No dejó un instante de seguir su lucha contra la dictadura. Su cuota cívica la cumplió con creces, pero dice que morirá feliz el día que todos los niños del mundo puedan comer. Quiero agradecer en nombre de sus hijos Mauro, Ernesto, Marelisa, Eydita, Javier y yo a aquellos que lograron que nos devolvieran a mi papá.

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Este artículo se publicó el 21 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que a la autora,  todo el crédito que les corresponde.
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