¿Por qué lo estamos pensando?

La opinión de…

María Gilma Arrocha

Señor Presidente, nuevamente utilizamos este medio para compartir nuestros pensamientos como ciudadanos, como humanos, como panameños. Es de una absoluta imposibilidad lógica para un país que cuenta con las riquezas, tanto comerciales como naturales, el hablar de minería a cielo abierto. El concepto es incongruente con el crecimiento a futuro de nuestro país, ya que si bien he entendido por parte de la Cámara de Comercio de Panamá, nuestra patria va dirigiendo todos sus esfuerzos de crecimiento económico hacia dos rubros: las agro exportaciones y el turismo.

Tanto el agro como el turismo tienen como plataforma la naturaleza. Señor Presidente, la naturaleza prístina, perfecta y mágica de nuestro país tiene una vida limitada frente a actividades atroces y desfasadas como la minería a cielo abierto. Esto ya ha sido comprobado, no tenemos porqué ir hacia atrás, y no iremos hacia atrás. Hablo por parte de una generación, la joven, la clase joven y trabajadora que impulsa este país, y que ama su tierra; que la respeta, la valora, y que día a día con esfuerzo construye un nuevo nombre de Panamá en el mundo.

Nuestro nombre, no queremos sea manchado ni con la sangre de nuestros árboles ni con la sangre de nuestros campesinos, nuestros indígenas y ni de cada uno de los panameños; porque la minería a cielo abierto, es sinónimo de muerte y destrucción. Por favor, busque a un sensato a su lado, busque a un ser humano sensible, inteligente, con números que le hablen de la rentabilización de los recursos naturales en un país donde lo que más hay es agua (en este mundo donde ya falta), donde lo que más hay es verde (en este mundo donde se paga por tenerlo), donde lo que más hay es cielo puro, donde se paga por limpiarlo.

Saque la cuenta y dese cuenta.

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<> Este artículo se publicó el 11 de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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¿Por dónde saldremos?

La opinión de….

María Gilma Arrocha 

¿Por dónde saldremos, Panamá? ¿Cómo escaparemos de la nube cuando llegue, si lo permiten, si así lo piensan y lo ejecutan los altos mandos sin un mero entendimiento de lo que está pasando?

Siglo XXI, desde hace 50 años la vida en la Tierra ha estado cambiando. Nuestro planeta ahora refleja nuestros actos, y aunque si bien hay sol y hay lluvia, y aún hay verde; hay animales que ya no existen, y no es suficiente reeditar la enciclopedia, para actualizar los cambios, ahora se hace necesario entender lo que hemos hecho.

Amén, señor Presidente, por los cambios implementados en la educación. La educación se hace el móvil de la liberación. Información, igual poder y poder de pensamiento.

Esto nos acerca al entendimiento. Si fomentamos el pensamiento, no podemos fomentar la destrucción. Si impedimos que otras personas perturben nuestros actos al irrumpir las calles, no podemos permitir e incentivar que otros destruyan nuestra casa.

¿Minería en el siglo XXI? Un pozo de petróleo que por la clara negligencia del nulo interés sigue devastando los mares, llenándolos de muerte y destrucción. No es en nuestra patria y nos afecta, es la Tierra una unidad y debemos aprender. ¿Cómo traer lo viejo a lo nuevo? ¿Cómo enterrar el progreso bajo un manto de dolor?

La minería es una actividad obsoleta frente a un país que bulle económicamente y con una riqueza natural que excede en creces los beneficios económicos que pueda dar la minería. En Panamá no hace falta dinero, sino corazón y verdadera inteligencia que va ligada a lo anterior.

Hasta entonces, como Federico García Lorca, me refugio en la poesía, y en la voluntad de rehusarme a ver la sangre sobre mi tierra:

¡Que no quiero verla!

Dile a la Luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla!

No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea!

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Artículo publicado el  31 de agosto  de 2010 en el diario La Prensa,   a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.