La universidad y el conocimiento

La opinión de…

Lesbia Arrocha Guevara

En los tiempos modernos y contemporáneos, el análisis sobre los planteamientos de la concepción del mundo, la interpretación de los acontecimientos que revolucionaron la historia y las innovaciones científicas y tecnológicas han tenido el espacio excepcional de la academia, receptora también de la deliberación de las diferentes corrientes políticas e ideológicas de cada etapa de la sociedad. Estos debates no siempre fueron armónicos, sino que se caracterizaron por el sello y la riqueza de la contradicción y el conflicto, de allí la pertinencia del pensamiento del filósofo Edgar Morin, padre de la epistemología de la complejidad, cuando afirma: “el mundo avanza gracias a la incertidumbre”.

La educación superior, que se refiere al ámbito más alto nivel académico, transita hacia su perfeccionamiento; en este sentido, en nuestro país existen más de 40 universidades, entre las cuales sólo cinco son públicas (Universidad de Panamá, Universidad Autónoma de Chiriquí, Universidad Especializada de Las Américas, Universidad Tecnológica de Panamá y la Universidad Marítima Internacional de Panamá). Tanto las privadas como las públicas se enfrentan a grandes retos producto de las demandas del mercado laboral, las políticas neoliberales, el desarrollo de la tecnología y la globalización.

La sociedad está ávida de conocimiento de calidad y de superación personal y profesional; en el caso de nuestro país, existe una gran cantidad de personas que sin importar la edad, etnia, origen y ciudadanía, no sólo estudian el pregrado, sino posgrados, cursos, diplomados, maestrías y doctorados en la vía de la educación continua, mediante todos los mecanismos que ofrece la tecnología de la información como la internet que ofertan estudios a distancia, aulas virtuales, aquí y allende las fronteras nacionales.

En este contexto de la educación superior transnacional se abre la temática de las acreditaciones, reconocimientos y las convalidaciones de títulos que se están viendo examinadas por las universidades conformadas en este caso por el Consejo Centroamericano de Acreditación y organizaciones internacionales como la Unesco, el Sica y el Mercosur, entre otros, para el desarrollo de buenas prácticas educativas y que estas no se conviertan en barreras para la integración económica y social de las regiones.

Del total de aproximadamente 35 universidades privadas, 19 de ellas pertenecen al Consejo de Rectores y otras están en proceso de ser certificadas y reguladas por el Ministerio de Educación, que hace el esfuerzo para estar a la altura. Muchas se encuentran en la órbita de la internacionalización de la educación superior, muestra de ello se observa cuando las universidades privadas nacionales se vinculan o son adquiridas por corporaciones y redes de universidades foráneas y cuando se asientan en nuestro suelo universidades extranjeras. Dado que es un sector en crecimiento, la inversión de capitales aumenta para satisfacer la demanda del alto potencial de la población que aspira y exige programas curriculares y de investigación novedosos.

En lo que respecta a las universidades públicas, por su carácter estatal, les corresponde el papel de ser el centro de la estrategia de desarrollo nacional, por ende, estar a nivel de las tendencias innovadoras de la calidad educativa en los campos de la ciencia y la tecnología. Además, en materia de responsabilidad social, se le confiere la formación de profesionales llamados a interesarse por superar los problemas sociales como la pobreza, la delincuencia, la violencia, el desempleo y otros, que son respuesta a las injusticias sociales, por esta razón es que casi no se ven en las universidades privadas carreras de índole netamente social, cultural y políticas.

La Universidad de Panamá que, por su antigüedad e históricas gestas nacionales y de transformación educativa se erige como el icono de la educación superior (acoge a más del 40% de la población total universitaria del país), hoy se encuentra sumida en la contienda democrática de elegir a sus máximas autoridades que definirán su rumbo en una sociedad moderna del siglo XXI, donde se impone el conocimiento, la transnacionalización, la diversidad cultural y las megatecnologías.

La corresponde a la Universidad de Panamá dar el mensaje, no sólo a la sociedad académica sino a la sociedad en general, de que es necesario enseñar y formar con calidad buenos y competentes profesionales, orientados con fuertes valores y ética; así como proclamar que mantiene el hilo conductor e inconmutable de velar por la clase social menos favorecida para alcanzar la equidad social y no esgrimir, en el debate, esquemas de pensamiento anquilosado y reduccionista que sólo puede ser entendido en los estertores finales de la época medieval o ancien regime.

Las universidades latinoamericanas han sufrido varias reformas desde la Reforma de Córdoba en 1918, por este motivo, el momento actual es propicio para el cambio de paradigma universitario, asumiendo compromisos para superar las debilidades y fortalecer la autonomía, la transformación humanística curricular, las fuentes de financiamiento, la eficiencia en el funcionamiento y la transparencia, para constituirse en la verdadera vanguardia intelectual de la sociedad panameña.

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Artículo publicado el 4  de junio de 2010  en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

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El poder del currículum

El poder del currículum

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Lesbia Arrocha Guevara
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La educación ha sido la preocupación, desde el siglo 380 a.C., por parte de notables pensadores como Aristóteles. Posteriormente, Tomas de Aquino, Juan Comenius y Paulo Freire, en siglos más recientes, cada uno con planteamientos diferentes coherentes con la época histórica que vivían y más allá, no obstante, los significativos avances cuantitativos generados por los cambios tecnológicos nunca antes visto en todos los campos como en la actualidad, o sea una avalancha de conocimientos y adelantos.

En nuestro país, aún nos encontramos con prácticas y paradigmas educativos de aquellas inmemorables épocas. Ante esta perversa inconsistencia y desfase histórico entre las prácticas de enseñanza–aprendizaje y la población estudiantil depositaria de estos métodos, que en este caso oscila hacia el sector público de la educación y específicamente a los grupos populares, a pesar de que nos encontramos en un sistema educativo que se fundamenta en un currículum con enfoque democrático y en una sociedad con un sistema democrático.

Además, esta situación no se puede ignorar por todos los nefastos productos que se presentan, como el incremento de porcentajes de deserción, repeticiones, fracasos escolares, bandas estudiantiles y, como consecuencia, la violencia escolar, hechos que nos revelan la necesidad de que el sistema educativo revise las teorías del currículum y sus componentes; es decir, las fuentes, fundamentos y enfoques curriculares, los cuales deben contextualizarse desde una perspectiva en la que se armonice y sintonice el vínculo entre docentes y estudiantes, en un escenario de permanente dinámica de los procesos de enseñanza aprendizaje, conectados con la tecnología e inmersos en una cambiante realidad social con perspectiva globalizadora.

La sensibilización en esta temática y la denuncia ciudadana no son solo por la crisis educativa que nos afecta, sino porque es la educación como transmisora de conocimientos la única capaz de incrementar las potencialidades del ser humano en su extensión con la humanidad universal, orientado a los valores de la cooperación, tolerancia, respeto, honestidad, solidaridad, equidad, libertad de pensamiento y justicia social, entre otros, que tanto necesitamos hoy para comprender las diferencias e incluir a los excluidos y ejecutar el salto que nos hará competentes para prosperar y salir de la pobreza. He allí el poder y la legítima puesta en práctica del currículum democrático en que se enfoca nuestro sistema educativo.

Finalmente, los actores del sistema educativo: el docente, consciente de su compromiso y contexto, provisto de una actitud proactiva, y el estudiante reflexivo y crítico juegan un papel importante en esta sociedad en permanente cambio, donde ambos se constituyen en la brújula del orden político, social y económico, porque el acto de educar es realmente un arte que diseña el devenir de los pueblos que aspiran a que los derechos humanos no se cumplan para grupos privilegiados, sino para todos y todas.

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Publicado el 3 de julio de 2009 en el diario La Prensa, a quien damos todo el crédito que le corresponde.