¿Nueva era de democracia o tiranía?

La opinión de…

Rodrigo Noriega

Decía Jean Paul Sartre que los franceses nunca habían sido tan libres como cuando los alemanes ocuparon Francia.   Esto era porque todos soñaban y anhelaban la libertad individual y la soberanía nacional.   Parece que los panameños estamos a punto de experimentar ese tiempo de libertad escrito por Sartre.

Panamá hace un tránsito regresivo en su débil institucionalidad. La todavía húmeda tinta del fallo de la Corte Suprema que condena a la ahora sí, ex procuradora Ana Matilde Gómez Ruiloba, representa el entierro infortunado que nunca tuvo la cruzada civilista.   Este movimiento nacido en 1987 y que buscó derrocar a la dictadura militar fue incapaz de concretar su proyecto político debido primero al secuestro que de la gran causa nacional en contra de la dictadura hicieron los partidos políticos más tradicionales, y segundo, una infame invasión que supuso el desmantelamiento de la sociedad civil y su capacidad de organización. No se quería repetir el ejemplo de Filipinas donde un gran movimiento nacional sacó al dictador Ferdinand Marcos. La invasión evitaba que la sociedad civil panameña fuera agente de su propio destino.

La procuradora Gómez no fue quizás la mejor ni la mayor perseguidora de los delitos del poder en Panamá.   Solo basta recordar los casos de alto perfil desde Vanessa Márquez, hasta Murcia para darse cuenta que el Ministerio Público hacía aguas por muchas partes.   Sin embargo, la agenda reformista era esperanzadora y la mejora sustancial en el ejercicio de la vindicta pública se hacia evidente.   Su período coincidió con una sistemática fricción con la ex presidenta de la Corte Suprema, Graciela Dixon, y con la pérdida de la Policía Técnica Judicial a manos de una siempre voraz Policía Nacional.

Una vez devuelto el Canal a manos panameñas, y concluidos los caudillismos de Arnulfo Arias y Omar Torrijos encarnados respectivamente en una viuda, y en un hijo, ¿a dónde se iría la clase política panameña? La respuesta es clara.   Se fue al vacío.

El vértigo institucional de los últimos 14 meses es apabullante. Desde las reformas fiscales hasta periodistas y ciudadanos perseguidos, incluyendo la derogación y modificación de leyes claves de tutela de los bienes públicos y los derechos individuales y sociales de la población y finalmente Bocas del Toro, apuntan a una carencia de rumbo y a la confusión del Poder Ejecutivo con el poder personal del Presidente.

En una situación similar, a mediados del siglo XX con los dos grandes caudillismos de la época desvanecidos del horizonte político (el porrismo por la muerte de Belisario Porras, y el arnulfismo con la inhabilitación de Arnulfo Arias), le abrieron el camino a una estructura autoritaria y militarista de ejercer el poder: el remonato.

José Antonio Remón Cantera (1909–1955) fue el primer comandante de seguridad en Panamá de la Guerra Fría.   Su amplio dominio de las relaciones con el bajo mundo, y su exitoso control electoral en las elecciones de 1948 cuando impuso a Domingo Díaz como Presidente, y en 1952 en forma más escandalosa cometió un fraude electoral para colocarse él mismo la banda presidencial.   Remón no tardó en volarse a la Corte Suprema, desmantelar a la Guardia Presidencial, reformar las leyes electorales haciendo tremendamente difícil formar un partido político y a la vez muy caro el hacer una campaña electoral.   Debido a la amenaza “externa” y para poder recibir asistencia militar de Estados Unidos, la Policía Nacional se transformó en Guardia Nacional.

Remón fue tristemente asesinado el 2 de enero de 1955   mientras veía una carrera de caballos.   En uno de los más oscuros y tenebrosos casos judiciales de la República, su magnicidio jamás fue aclarado. Se culpó a los comunistas, a la mafia peruana e italiana y a la propia CIA.

En alguna ocasión el constitucionalista César Quintero me contó que la oposición a Remón temía que este haría una reforma constitucional para establecer la reelección presidencial inmediata una vez se aprobase el Tratado del Canal Remón–Eisenhower, documento que fue aprobado en abril de 1955, tres meses después de su muerte.

El remonato es la forma normal de gobernar en Panamá en tiempos de crisis y transición de los caudillismos. En otras palabras, la clase política panameña ha vuelto al libro de magia que siempre ha usado.   Queda a los ciudadanos cambiar esa historia. Es en ese sentido, que el 11 de agosto de 2010 debe entenderse como la aurora de una nueva era de democracia o tiranía.

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Este artículo se publicó el 18 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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