Descuento directo en materia hipotecaria

La opinión de…

Edgardo Lasso Valdés

Cada cierto tiempo, que puede ser de meses o años, se nos presenta el denigrante espectáculo del desalojo de familias enteras de sus residencias, incluyendo niños y ancianos, por la alta morosidad acumulada a través de los años del pago a las hipotecas adquiridas a través del Banco Hipotecario Nacional.

Si bien es cierto que el Banco Hipotecario Nacional fue constituido para facilitar la adquisición de casas para las familias humildes del país, nunca se consideró que éstas no estaban obligadas a pagar las mensualidades que, de acuerdo al tamaño y lugar de cada residencia, se les asignaba.

La idea original era que, con el apoyo del propio Estado panameño, cada ciudadano contara con un techo que lo cobijara a él y a sus dependientes, y con las mensualidades pactadas formar un fondo que permitiera extender esas mismas facilidades a otras familias.

Al no poder cobrar puntualmente las mensualidades prefijadas a cada familia, se afectaba la continuidad del plan, con el consecuente perjuicio a otros humildes panameños.

El permitir que los usuarios de estas facilidades residenciales cubran sus compromisos de pago, en forma voluntaria, no ha rendido los resultados que se buscaban al inicio del programa.

Lo conducente en estos casos, así como en cualquier otro parecido que involucre a personas de escasos recursos económicos, es hacer obligatorio el descuento de las mensualidades pactadas, tanto a los empleados del Estado panameño como de la empresa privada, de la planilla correspondiente.

Esto ayudaría a las familias a vivir con la certeza de que nunca serán desalojadas, pues siempre estarán al día en sus compromisos con el Banco Hipotecario y, a su vez, el banco podrá continuar ayudando a otras familias en la adquisición de viviendas propias.

El gobierno de turno es el administrador de la hacienda pública y, como tal, está obligado a buscar las mejores condiciones de vida y progreso de todos los ciudadanos; como lo hace un buen padre de familia con los suyos.

Hay que ayudar a los humildes a entender que casa, ropa y comida son tres elementos indispensables para una convivencia digna, sobre todo, para quienes tienen familias dependientes de ellos; no es posible ni aceptable que cada uno decida si cumple o no con sus obligaciones de familia.

Existe la obligación legal y moral de los gobiernos de ayudar a conseguir a todos los ciudadanos la paz y el sosiego necesarios para mantener la paz social de todo el país. Con la medida de aplicar un descuento salarial para cubrir los compromisos de vivienda propia, se estará caminando por el rumbo correcto.

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Este artículo se publicó el  7  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Aplicar las Constitución y leyes

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La opinión de…

Edgardo Lasso Valdés

Las constituciones nacionales de las repúblicas llamadas civilizadas, así como las leyes emitidas y aprobadas, que dan sustento jurídico a una verdadera armonía y paz social entre las personas naturales y jurídicas, dentro del territorio legalmente reconocido a cada país, serán una real garantía de su eficacia en la medida en que todos los ciudadanos, sin excepción de ninguna clase, las acaten por igual.

La Constitución recoge las pautas que, en amplias discusiones, han sido consideradas como necesarias para el desarrollo futuro del país, dentro del engranaje político y financiero de un mundo globalizado, con economías interdependientes.

Las leyes le dan el sustento jurídico a un país para convivir en armonía, siguiendo los lineamientos establecidos en la Constitución.

Cuando se pretende desvirtuar lo pactado en la Constitución, aprobando leyes que contradicen lo plasmado en la misma, se está violando el verdadero significado de su contenido que es promover la igualdad entre todos los ciudadanos.

El conceder la exoneración de los impuestos de introducción al país de automóviles particulares adquiridos por altos funcionarios va en desmedro de los derechos del resto de los ciudadanos, quienes están obligados a pagar la totalidad de dichos gravámenes.

No nos deben sorprender, en lo más mínimo, las críticas generalizadas de los votantes hacia los funcionarios que hacen alarde de privilegios inconstitucionales, los cuales habían prometido eliminar al alcanzar esas posiciones, con el respaldo de sus votos.

Si no se actúa con honestidad, a prueba de toda duda, en actos públicos y privados, no podremos disfrutar de una verdadera paz social.

La única fórmula válida para que se cumpla el verdadero sentido de lo plasmado en la Constitución Nacional es no aplicar el impuesto de introducción de automóviles a ningún ciudadano del país o eliminar el privilegio concedido a ciertos funcionarios. Eso sería lo procedente en un país que desea cumplir y mantenerse dentro de lo establecido en la Constitución Política.

Si ningún ciudadano está obligado a pagar cierto tipo de impuesto, significa que ese Estado soberano está manteniendo la igualdad fiscal entre sus súbditos, al no permitir fueros ni privilegios; o todos pagan por igual o ninguno paga.

Así podríamos ir aplicando la Constitución y las leyes a todos políticos, hombres y mujeres, gobernantes y gobernados. Entonces, y solo entonces, lograremos la verdadera convivencia pacífica y la paz social que solo se podrá lograr cuando todos aprendamos a respetar el derecho ajeno.

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<> Este artículo se publicó el 1  de octubre  de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Mentalidad del tercer mundo

La opinión de….

Edgardo Lasso Valdés

Mi primer artículo, escrito hace unos 15 años, lo titulé igual que este, Mentalidad de tercer mundo.

Comentaba en ese entonces que me llamaba la atención el desprecio que un alto porcentaje de los panameños demuestra hacia las leyes y reglamentos del país.

Los conductores de vehículos se estacionan en lugares claramente señalizados como prohibidos, las luces de los semáforos parecieran significar lo contrario de lo que muestran, rojas para acelerar y verdes para obstruir el paso a los conductores que pretendan atravesar las vías.

Los desperdicios son tirados, o depositados, en las orillas de los ríos y mares, en lotes vacíos, a orillas de calles y carreteras.

Las escuelas públicas son vandalizadas, en perjuicio de sus propios hijos, parientes y vecinos.

Se menciona con insistencia, por los diferentes funcionarios y gobernantes de turno, que Panamá está caminando a pasos agigantados hacia el primer mundo.

La existencia de grandes edificaciones de, 50 y más pisos, para viviendas y oficinas, un centro bancario y financiero internacional, compañías de seguro y reaseguros, una bolsa de valores, el Canal de Panamá, varios aeropuertos internacionales, una Zona Libre de Colón, clínicas y hospitales de estructuras y equipos médicos de gran prestigio, y capacidad profesional, y los planes de construcción de un sistema de transporte colectivo de pasajeros, tanto en buses como en trenes, pareciera confirmar que, en efecto, nuestro país se está acercando al sistema moderno de vida que disfrutan los países del llamado primer mundo.

Sin embargo, lo que nuestros gobernantes y funcionarios parecen ignorar es que las estructuras físicas no son más que las facilidades, comodidades y sistemas que el mundo moderno globalizado exige, mas eso solo no nos convierte en un país del primer mundo.

En el instante en que los panameños aprendamos que debemos depositar la basura sólo en los sitios asignados para ello, que debemos respetar las señales de libre tránsito, no obstruir las calles y avenidas, respetar las propiedades públicas y privadas, cumplir sin peros la Constitución y las leyes, cumplir con honestidad libre de toda duda y malicia nuestras funciones públicas y privadas, entonces y sólo entonces, entraremos con honor y orgullo patrio al anhelado primer mundo.

Es nuestra actitud actual la que nos mantiene anclados al llamado tercer mundo y a sus grandes errores y deficiencias.

Usemos la inteligencia para nuestro beneficio, es absurdo que no pongamos nuestro propio bienestar por delante del daño que nos autoinfligimos por pereza y desidia.

El tercer mundo sólo existe en nuestra mente adormecida por la rutina, usemos nuestra inteligencia para reconocer que sólo nosotros podemos introducir a nuestro país desde el tercer mundo al primero, sin necesidad de pasar por el segundo.

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Este artículo se publicó el 27 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Aprendamos a vivir en paz

La opinión de…

Edgardo Lasso Valdés  

Consternado observé las imágenes que los medios de comunicación social nos hicieron llegar, a través de la televisión y la prensa escrita, sobre los enfrentamientos entre obreros, campesinos y otros grupos de Bocas del Toro y las fuerzas del orden público, responsables de evitar los excesos en esa clase de manifestaciones, como saqueos al comercio y daños a la propiedad privada.

Desafortunadamente, debido a la injerencia de otros actores e intereses, ajenos al problema original del reclamo de salarios y prestaciones sociales a una empresa establecida en esa área geográfica, la situación ha ido empeorando y existe la amenaza de aglutinar a otros grupos, de diferentes profesiones, en respaldo de los activos en huelga, con paros y manifestaciones.

Lo preocupante de esta situación es que, sin medir las consecuencias negativas para el país, grupos beligerantes –sean políticos, gremialistas o de otra índole– pretendiendo sacar algún tipo de beneficio para sus propios intereses, desinforman con medias verdades y muestran ante el público un falso respaldo que lo único que persigue es mantener los enfrentamientos callejeros, buscando pescar en río revuelto.

Debemos aprender a reclamar nuestros derechos –de la clase que sean– con firmeza, sin caer en excesos de ninguna índole, bajo la presión de grupos ajenos a nuestra causa que, por regla general, sólo pretenden aumentar su caudal político o gremial sin importar el gran daño, moral y físico que causen a la patria, que es de todos y a la cual debemos nuestra lealtad incondicional, buscando y promoviendo un mejor país para nuestros hijos.

Los gobernantes de turno deben dar muestras de su sapiencia administrativa, escuchando a los gobernados en las manifestaciones y expresiones de malestar, ofreciendo oídos comprensivos a sus demandas, brindando respuestas positivas o en su lugar, si se considera que en el mejor interés de las mayorías no se les puede complacer en sus demandas particulares, explicarles con lujo de detalles el porqué no se les puede conceder lo solicitado. De manera que, convencidos de las razones esgrimidas por el gobierno, las acepten en buena lid.

No es una buena práctica administrativa mantener una política de demostración de fuerza por parte del gobierno de turno, tratando de imponer su criterio sin aceptar críticas o consejos de los ciudadanos.

Es de sabios rectificar, después de escuchar los argumentos y razones del pueblo, así como tener la fuerza moral necesaria para que, ese mismo pueblo, acepte como buenas las razones expuestas por el Gobierno para mantener sin cambio, su posición original.   Ese es el diálogo que reclama la Iglesia católica y que los ciudadanos conscientes reclaman a los grupos en discordia para beneficio de ellos mismos y nuestra patria.

Queremos paz, con respeto a los gobernados y a sus derechos, y con respeto a las autoridades gubernamentales en sus decisiones transparentes y responsables.

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Este artículo se publicó el 22 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

La mala disposición de la basura

La opinión de…..

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Edgardo Lasso Valdés

A diario nos enteramos a través de diferentes medios de comunicación social (prensa, radio y televisión), del grave problema que sin aparente solución padece la población, tanto panameña como extranjera, que reside en las ciudades de nuestro país: la acumulación de la basura.

A diario aparece alguna foto o vista televisiva que deja en evidencia las montañas de desechos acumulados en las calles, aceras, avenidas, carreteras internas y autopistas, ríos y mares, en todo el territorio nacional. Contrasta esta situación con la realidad que se observa en los países limítrofes, Colombia y Costa Rica (para no mencionar a los grandes países industrializados), quienes han superado eficientemente la eliminación de los desechos de toda índole que acumulan en grandes cantidades las ciudades y sus habitantes.

Llama la atención que mientras los funcionarios encargados de la eliminación de los desechos que se producen en todo el país se la pasan dando explicaciones sin sentido sobre su incapacidad para cumplir con su responsabilidad, nuestros países vecinos sí han sabido encontrar las fórmulas necesarias para mantener sus calles limpias, libres de plagas y parásitos, con ríos de aguas claras y mares que, por medio de sus olas, llevan a sus playas y balnearios aguas libres de toda contaminación, para el disfrute de los bañistas y observadores.

Hace algunos años se hizo del conocimiento público que Japón ofrecía a nuestro país un convenio que le permitiera a ellos recoger la basura y reciclarla, sin costo para nosotros.

Lo que se dio a entender es que el reciclaje de los deshechos permitiría extraer ciertos elementos que ellos podrían utilizar en sus industrias. Pero, sin explicación alguna, se dejó de hablar de la propuesta japonesa y continuamos sin resolver el tema de la recolección y disposición de la basura.

Lo lógico sería contactar a las autoridades sanitarias de nuestros países, vecinos y enterarnos cómo resolvieron ellos este problema que nos agobia y es motivo de preocupación nacional.

También sería interesante averiguar con funcionarios de Japón en Panamá si existe alguna posibilidad de reanudar conversaciones sobre este ofrecimiento de recolección y reciclaje de desechos.

La idea de este artículo no es criticar a los funcionarios responsables de solucionar el problema de la basura, por el contrario, es ofrecer posibles y factibles salidas honrosas al traumatizante dilema de la recolección y disposición de los desperdicios en todo el territorio nacional.

Sería de interés nacional que personas conocedoras del tema expresaran sus recomendaciones de posibles soluciones al problema que hasta este momento no se ha resuelto.

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Este artículo se publicó el  15  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Acatemos las leyes

La opinión de……

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Edgardo Lasso Valdés


Todos los residentes de la República de Panamá, nacionales y extranjeros, sufrimos a diario los desmanes, las descortesías, el incumplimiento de las leyes y reglamentos que las sociedades modernas se han autoimpuesto para lograr las bases mínimas necesarias para la convivencia pacífica del país.

Los semáforos instalados para dirigir el excesivo tráfico vehicular no son respetados por un alto porcentaje de los conductores de vehículos comerciales y particulares, de cualquier sexo y edad, lo que deja en evidencia que no es cierto que la juventud rebelde e irresponsable es la causa de muchos de los fatales accidentes de autos.

Cerrar el paso a los automovilistas que transitan por las vías transversales es una práctica irresponsable e ilegal que diariamente causa los tranques vehiculares, con su secuela de exagerada demora para arribar a su destino, los perjuicios correspondientes en el trabajo, en las citas médicas y, por supuesto, en el incontrolable gasto de combustible.

Estacionar los autos en sitios prohibidos, en las entradas y salidas de residencias particulares, al lado de un hidrante, en estacionamientos especiales para las personas con discapacidad, en esquinas, en parques y veredas con grama y jardines y en sentido contrario al tráfico vehicular está expresamente prohibido en el reglamento y en las leyes del tráfico vehicular.

Me decía un amigo, en una ocasión en que dialogábamos sobre este tema, que en gran parte de los países europeos y asiáticos, así como en Estados Unidos de América, sus ciudadanos respetaban las leyes, debido a que tenían una cultura de respeto a los dictados de sus leyes y yo le comenté que lo que él llamaba cultura de respeto a las leyes no era más que temor al castigo por el incumplimiento de las mismas; que recordaba yo la existencia de la Zona del Canal, con Gobierno y autoridades de Estados Unidos, lugar donde ningún panameño conducía a mayor velocidad de lo indicado en rótulos en las aceras; nadie arrojaba un papel fuera del auto y mucho menos conducía un auto mientras estaba bajo los efectos de bebidas alcohólicas.

La razón era muy sencilla, en esa área no valían los padrinos, no importaba quién eras, si cometías una falta pagabas por ello. Entonces, ¿qué es lo que necesitamos en Panamá para que se respeten las leyes?, que las autoridades las hagan cumplir.

Castigo para el infractor de cualquiera de las leyes del libre tránsito; castigo para los corruptos, pobre y ricos por igual; castigo para el funcionario inmoral, deshonesto y falto de ética profesional.

Que todos los residentes en nuestro país seamos conscientes de que cualquier desliz en el cumplimiento de nuestras funciones profesionales o sociales tiene un alto precio que pagar y que no existe excusa válida para su incumplimiento.

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Articulo publicado el 9 de marzo de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Una entrega total y responsable

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La opinión del Banquero….

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Edgardo Lasso Valdés

Durante la última campaña electoral y unas semanas antes del 3 de mayo de 2009,  fecha en que se eligió a los actuales funcionarios gubernamentales de la República de Panamá, en el transcurso de un programa radial le comenté a unas de las personas aspirantes al cargo de presidente del país que me agradaría observar que quien obtuviera la mayoría de los votos para ocupar la máxima magistratura del país actuara con la mentalidad de un político en oposición.

La razón de mi comentario, como se lo expliqué al pretendiente al puesto de presidente, se debía a que todos los políticos –cuando están fuera del gobierno de turno– son expertos en señalar lo malo que cometen los funcionarios, por tanto, debo colegir que si ellos estuvieran en el poder administrativo las cosas siempre se harían bien.

Es obvio que los privilegios y las canonjías que disfruta un porcentaje de los más altos funcionarios de los gobiernos de turno están entre los alicientes que motivan a ciertas personas a querer ocupar esas posiciones.

Si la Constitución nacional prohíbe los fueros y privilegios a todos los funcionarios públicos, cómo se pretenden justificar las leyes especiales que conceden fueros y privilegios a los diputados, y a los magistrados de la Corte Suprema y del Tribunal Electoral, si ninguna ley puede ser aprobada o tener valor cuando su aplicación contradice lo estipulado en nuestra Carta Magna.

No puede ser que funcionarios públicos obtengan licencias prolongadas, con derecho a sueldo completo, mientras ocupan otro cargo o posición remunerada.  Si los cargos públicos de elección popular, así como el de los funcionarios administrativos son escogidos unos por el pueblo y otros por el gobernante electo, no existe excusa válida para que se mantengan fueros y privilegios de algunos, cuando la función de todo gobierno honesto es administrar la hacienda pública con el criterio de un buen padre de familia.

Lo que no está bien, está mal; es tan sencillo como este dicho popular, “si no está bien, hay que corregirlo de inmediato”. Antes de actuar o tomar una decisión, pensemos y preguntemos por un momento ¿si yo fuera un político en oposición, qué diría de lo que el gobierno pretende hacer?

Si como gobernante encuentro una clara y válida justificación para lo que pretendo, lo puedo hacer. Si creo en lo proyectado, es porque lo he analizado y con honestidad lo respaldo.

Eso es todo lo que los gobernados pretendemos recibir de los administradores del país. Una entrega total y responsable en la búsqueda de los mejores intereses del país y sus ciudadanos.

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Publicado  el   7  de  enero  de 2010  en   el  Diario  La  Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.