El Censo de 1950 – Aventuras en Darién

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

He decidido terminar esta serie de artículos sobre el Censo de 1950, por razones que la semana entrante comprenderás. Pero antes debo corregir un monumental patinazo que di en el artículo anterior. El Noel Morón Arosemena de esta historia se llamaba en realidad Elías Morón Arosemena, no Noel, como erróneamente escribí. Noel fue amigo mío desde 1944, amistad que fue interrumpida por su muerte años más tarde. El de la aventura (o desventura) de Darién fue Elías, talentoso abogado y bellísima persona.   Era hermano de Noel.

Pues bien, Elías y yo nos dirigimos a otra población, donde tendríamos nuestro cuartel general. Ahí tuvimos que hacerle frente, valerosamente, a nuestra próxima crisis. No había dónde comer ni dónde descomer. Por razones que habría que preguntarle al río, la creciente se llevó todos los sitios escusados del pueblo, dejándonos una situación imposible, de cuyos deprimentes detalles te haré gracia.

Ninguno de los dos sabía cocinar. Decidimos engañar el hambre, ¿con qué? Las tiendas locales estaban tan bien surtidas como la guarida de un ratón venido a menos. Lo único comestible que tenían en abundancia eran camaroncitos tití.   Y nos atracamos de ellos con un entusiasmo que tendría consecuencias impredecibles, como suelen decir los diputados. Te haré gracia de esta nueva calamidad.

Pero, al parecer, Dios se apiadó de nosotros. Solíamos comprar cigarrillos y otras cosas en la no muy bien surtida tienda de un chino. El hombre, sobremanera sagaz y bondadoso, se dio cuenta de los apuros que pasábamos, y se apresuró a rescatarnos, ordenándonos que fuéramos todos los días a su casa para compartir con nosotros sus comidas.   De esa experiencia data mi afición por el pulpo, delicia que a la sazón muy pocos degustaban en nuestro país. Elías y yo lo comimos en esa ocasión con un placer que tenía muy poco que ver con el refinamiento y mucho con el hambre.

A pesar de estos contratiempos, hicimos lo mejor que pudimos nuestro trabajo. A los días apareció nuestra jefa, Carmen Miró, y con la inteligencia, capacidad y energía que la caracterizan, nos dio una mano (las dos, mejor dicho). Y así logramos hacer un buen censo. Te haré gracia de los detalles técnicos.

No recuerdo cómo regresó a Panamá Elías. Jamás olvidaré, en cambio, cómo regresé yo: en un barquito tan abarrotado de banano, que no encontraron para mí cama, ni siquiera un sitio en que pudiera sentarme. Pasé todo el viaje de pie, aprisionado por racimos de guineo que resentían tanto mi compañía, que no solo no pude sentarme durante el tiempo que duró la travesía: ni siquiera pude liberarme de una inmovilidad, que me dejó durante mucho tiempo con dolores en cada milímetro de mi cuerpo, de mi “hermoso cuerpo”, como decía una jamona en un tele anuncio de la época. Pero cuando se es (relativamente) joven se tolera mejor esta situación de veras intolerable. Por suerte el Pacífico, a pesar de sus ocasionales accesos de malhumor, esa noche –tal vez compadecido de mi incómoda situación– se portó admirablemente conmigo.

Como si fuera una misteriosa extensión de mi bahía natal, ni siquiera se rizó una sola vez durante el tiempo que duró el viaje de regreso a la capital. Si entonces no lo hice, ahora le doy las gracias al Pacífico por no haber agravado una situación de suyo intolerable.

A los días de haber regresado a la capital, tuvimos que hacerle frente a una nueva crisis. Muchos empadronadores habían olvidado anotar datos esenciales en la parte agropecuaria del censo. Y nos distribuyeron a todos por el país para que localizáramos a los censados y les pidiéramos los datos que habían omitido los empadronadores. Te haré gracia de todos estos detalles. Bastaría uno solo a guisa de ejemplo. A la pregunta “¿cuántas reses tienes?”, los ganaderos jamás te respondían con la cifra exacta, sino con un lacónico, poco informativo “varias”.   Yo mismo soy medio campesino y los conozco muy bien. Eso me permitió a mí y a otros empadronadores, tan montunos como yo, lograr que nos dieran la cifra exacta.

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Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Damnificados en Yaviza

La opinión de…


Emmanuel García

El pasado 7 de diciembre fue una fecha que marcó a los residentes en Yaviza para siempre y, también, al resto del país.    Nuestro amigo el río Chucunaque se inscribió en el CD y le entró la locura: desató una furia desconocida sobre el pueblo de Yaviza y arrasó con todo a su embravecido paso. Más de 7 mil 400 damnificados, gente pobre, pero alegre y trabajadora, perdió lo poco que tenían, salvando de a milagro sus alegres vidas, hoy también arrasadas por las corrientes, dejando a su paso un pueblo entristecido.

En un recorrido por los albergues, bien organizados,  por cierto,  por el Sistema Nacional de Protección Civil, que atienden a más de 3 mil 200 desplazados por las aguas contaminadas del otrora apacible y generoso río, encontré anécdotas de grandeza y de tristeza que comparto hoy.

El Gobierno, las organizaciones no gubernamentales, los funcionarios públicos mal remunerados,  los voluntarios de Metetí, Santa Fe y de varias comunidades alrededor trabajan horas agotadoras, mitigando el sufrimiento de sus comprovincianos.

A estos se le suman las comunidades que en sus escuelas hospedan a los damnificados y, sin pensarlo dos veces, de lo poco que tienen, comparten con sus vecinos adoloridos: van al monte a cortar plátanos, cosechan de sus tierras verduras: ñame, yuca, otoe, sacrifican sus vacas para aliviar un poco el dolor de sus hermanos.    Sus mujeres cocinan, sus hombres buscan la leña para el fogón, los niños cargan el agua.   Las iglesias apoyan con ropa, comida, entretenimiento y hasta con payasos encantadores. De su pobreza sacan riquezas.

En una gira de supervisión encontré en el albergue de la Fundación Pro niños del Darién, organizado para atender aquellos casos más sufridos –los discapacitados y embarazadas de riesgo–, a una señora de 76 años que atiende a su esposo de 72 años, orgullosos padres de dos hijos y abuelos de siete nietos, todos damnificados. Cuando le pregunté cómo se sentía en el albergue, si estaba bien atendida, su respuesta fue un río descontrolado de lágrimas, y solo atinaba a decir: “lo hemos perdido todo”.

Traté de consolarla con palabras de aliento y de repente recordé el maravilloso programa de “100 para los 70”, calculé de inmediato que podría alentarla, recordándole que por lo menos tenía una ayudita segura con el dinerito de los dos que suman 200.

Sus lágrimas aumentaron y me recordaron al Chucunaque desbordado.   Confundido, le pregunté si ellos recibían sus cheques del programa y moviendo su cabeza entristecida me dijo: no.   Llamé de inmediato a la funcionaria del Ministerio de Desarrollo Social que me acompañaba y le solicité que le tomara los datos. La funcionaria le preguntó si era colombiana, la respuesta fue sí. No califica, me dijo. Pregunté cuantos años tenía de vivir en Yaviza. La respuesta: 48 años. Casi fundadores de Yaviza y todavía no son residentes.

Su pobreza les impidió realizar los trámites de naturalización, a pesar de haber contribuido con nueve panameños a la nación. Hoy la ley les impide beneficiarse con un programa bien concebido. Cuando el Gobierno haga la lista de aquellos que recibirán la reposición de sus enseres perdidos, probablemente tampoco calificarán, porque son colombianos.

He visto a este gobierno hacer una ley para que una colombiana sea panameña, sin ser damnificada y poseedora de inmensos recursos; ¿podrá revisar la ley para que estos “colombianos” reciban 100 para los 70?   Estos no esconden su procedencia.

También derramé lágrimas de impotencia.

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<> Este artículo se publicó el 25 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Darién, 88 años y se ha quedado sola

La opinión de…

 

Roberto Urriola Porras

La historia patria nos revela que a la porción istmeña, que hoy constituye la provincia de Darién, el primer español en llegar fue Vasco Núñez de Balboa, quien el domingo 25 de septiembre de 1513, desde la cumbre de un alto cerro, descubrió el Mar del Sur. El jueves 29 de septiembre llegó el resto de la expedición al golfo, que desde esa época se denomina Golfo de San Miguel.

De 1617 a 1637, se levantaron en armas los indios darienitas de las tribus bugue bugue. Esto trajo la ruina durante ese lapso, desde Chepo hasta Puerto Piñas.

La provincia de Darién es la más extensa de la República, con 15 mil 530 km2. Darién sólo tiene costas en el océano Pacífico y es, sin duda alguna, la región mejor regada de la República. La red hidrográfica más extensa de todo Panamá baña la cuenca del Tuira–Chucunaque y mide 13 mil 400 km2.

Existe, en esta provincia, una importante laguna llamada La Pita o Matusagratí. Esta laguna mide 25 km de largo por 10 de ancho. El nombre original de la capital darienita es San José de la Palma y todo indica que fue fundada a principios del siglo XIX. En 1750, las minas del Darién producían cada año más de un millón de pesos oro. El pirata Dampier decía que esas minas eran las más ricas que habían descubierto hasta entonces en América.

Según indican hoy día algunos geólogos, Darién es rica en petróleo en los afluentes del Chucunaque.

En los bosques de Yaviza, villa célebre por ser el primer mar en donde entró Balboa cuando descubrió el océano Pacífico, se encuentra el árbol de sangre, llamado así porque contiene la sangre de las heridas o de las narices, cuando se aplican sus hojas a la parte afectada.

En la época republicana se creó la provincia de Darién, por la Ley 22 de 27 de diciembre de 1922, bajo la administración de Belisario Porras.

La República de Panamá posee siete millones de hectáreas, de las cuales cuatro millones han sido devastadas y tres millones mantienen la esperanza de preservar su función ecológica.

Señores de la Autoridad Nacional del Ambiente,  ¡Darién está en peligro inminente!

 

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<> Este artículo se publicó el  23  de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El problema ambiental debe preocupar a todos los panameños

La opinión del Ingeniero Agrónomo….

 

ALFREDO U. ACUÑA H
elpirre41@yahoo.com

Este artículo se escribió antes de que se produjera el desastre natural de los últimos días en el Darién panameño, de Chepo en adelante. Pero considero que tiene plena vigencia.

Con cada arribo a nuestro suelo el ex presidente colombiano Álvaro Uribe aprovecha para realizar señalamientos, que nuestros medios de comunicación publican, que rayan en la intromisión de este señor en los asuntos internos de Panamá. Estos señalamientos están preñados de una demagogia que ofende nuestra inteligencia. Así tenemos que en una entrevista llegó a manifestar que es un desempleado, prácticamente muerto de hambre, y llegó a agregar, en otra: ‘yo no tengo ningún negocio. Yo tengo dos negocios prehistóricos en Colombia: una ganadería, ese es un negocio prehistórico (se olvida de la preexistencia de la fiebre aftosa en Colombia) y tengo un negocios de gitanos, que es de cría de caballos’. (LA PRENSA, viernes 26 de noviembre de 2010).  Se olvida de los grandes avances en materia de genética animal.

Uribe termina una de sus largas entrevistas llamando a Panamá ‘la joya de la corona’ y da una interpretación muy suya de nuestra independencia de Colombia. Cuando lo cierto es que coincidieron varios factores: el deseo del pueblo panameño de ser dueño de su propio destino; la incipiente expansión del imperialismo estadounidense, unido a la falta de gobernabilidad existente en Colombia (ver La Estrella/ Panamá, 30 de noviembre de 2010).

Todo esto me hace recomendarle al señor Uribe que deje de irrespetar al pueblo panameño. Siga dictando sus clases y charlas donde lo llaman, seguro de que lo remunerarán muy bien.

Como habitante de este continente y con vínculos con Colombia; estudié un año en el Centro Interamericano de Ciencias Agrícolas, Centro Interamericano de Reforma Agraria (IICA-CIRA), ya desaparecido, auspiciado por la Organización de Estados Americanos; que funcionó en la Universidad Nacional de Colombia; además desciendo de un abuelo paterno colombiano; lamento que no se logre ningún tipo de entendimiento de paz y reinserción a la vida civil de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), máxime que acabo de leer que guerrillas de las FARC, en lugar de estar prácticamente desaparecidas, arrecian sus ataques. Si bien como panameño deploro esta situación, igualmente me opongo a que el territorio panameño sea utilizado por estas fuerzas beligerantes colombianas. Tanto Colombia como Panamá están en la obligación de proteger sus respectivas fronteras.

Es fácil deducir que existen en nuestro país grupos de trabajos de ambas fuerzas colombianas. Todo parece indicar que el último lo instaló Uribe con supuesta anuencia de nuestro actual gobierno. De ahí el favor del asilo otorgado por Panamá a María del Pilar Hurtado, ex directora del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) durante el gobierno de Uribe.

Sobre el tema que siempre se mantiene en el tapete y que tiene que ver con la construcción del último tramo, de aproximadamente unos 80 kilómetros, de la carretera Panamericana que va de Yaviza a Palo de las Letras, me ha venido asaltando la pregunta: ¿qué intereses tendrá el ex mandatario colombiano de marras con que esta carretera se construya conforme a los intereses colombianos, cuando es un asunto en el cual es determinante la posición panameña? En mi reciente artículo titulado: ‘La vía que no debe terminar en la frontera con Colombia’ (La Estrella / Panamá, lunes 27 de septiembre de 2010), abundo porque debe esperarse tomar cualquiera decisión sobre este importante tema.

En un imaginativo escrito que tituló: ‘Qué sería de Panamá sin EL TAPÓN DEL DARIÉN’, Alida Spadafora, nos presenta el escenario de lo que una abuela hablaría con su nieto en el 2070 (LA PRENSA, sábado 27 de noviembre de 2010).

El muro ecológico del cual habló el ex presidente colombiano en mención, a uno de nuestros canales de televisión, no es más que una retórica ‘grecolombiana’, la cual hace mucho usó Uribe.   Lo cierto es que nuestro país arriesga 579 mil hectáreas que constituyen el Parque Nacional Darién, que por su importancia internacional fue declarado por la UNESCO Sitio del Patrimonio Mundial en 1981 y Reserva de la Biósfera en 1982.

Esto no debemos los panameños cansarnos de manifestarlo. A menos que aceptemos que Uribe vea pastando en el área que actualmente ocupa este parque panameño, ya deforestado y sembrado en pastos, a su ganado vacuno y caballar.   De nosotros los panameños depende.

 

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<> Este artículo se publicó el 19 de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La larga jornada por nuestra Identidad Nacional

La opinión del Educador….

 

RICARDO COCHRAN MARTÍNEZ
cocranc@hotmail.com

Nuestra Nación — Estado se perfiló desde sus orígenes comprometida con los intereses de los Estados Unidos en relación al dominio de los mares y posicionarse estratégicamente en la puerta hacia el Pacífico a través del Istmo de Panamá.

Colombia exigió su parte.   Estados Unidos tuvo que pagarle más de veinticinco millones de dólares en oro, en la década de los veinte, para zanjar la disputa por Panamá. Nuestra República tuvo que ‘ceder’ parte de nuestro territorio habitual desde la conquista misma cuatro siglos antes, con las regiones en donde se encontraban las míticas poblaciones de nuestro proceso histórico: Santa María La Antigua del Darién y Acla, además donamos parte del Golfo de Urabá.

Toda esta tierra la reclamó Colombia junto con los millones de dólares recibidos. Cuando el tratado del 77, apareció el viejo compromiso de Estados Unidos con Colombia, Torrijos dijo que era por agradecimiento; la verdad, lo intimidaron a hacerlo, así apareció el tratado de Montería, otorgaba privilegio a Colombia. Hoy en día presiona para que abramos el tapón del Darién.

Colombia ha sido nuestro más leal contrario, todo lo que implique mejoras para Panamá, Colombia trata de usufructuarlo, porque mantiene la visión de que esta tierra es de su propiedad.

Del lado de Costa Rica también nos dieron nuestro zarpazo, a esta pequeña, pero valiente tierra: nos fuimos a la guerra de Coto en 1921, en ella estaba en disputa la rica Cuenca del Río Sixaola, es decir, un recurso fluvial natural, importante. Ganamos la guerra, pero perdimos ante Estados Unidos, quien sirvió de árbitro y tras el Fallo White favoreció los intereses de las Bananeras de conciudadanos y todo fue un ‘japai’, como decía mi madre.

Luego con Belisario Porras hubo otra intervención armada yankee, cuando este se refirió a ese territorio como una comarca de segunda, y varios paisanos panameños fueron a reclamar a la Presidencia y los estadounidenses intervinieron.

Pero esto no acabo aquí, en 1941 los Estados Unidos solicitan, a un Arnulfo Arias presionado por todas partes, que ratifique el fallo White aceptado, no por Arnulfo Arias, sino por Belisario Porras, del cual ya vimos cómo se formó la de San Quintín.

Bien, Arnulfo Arias acepta y pasa a la historia como quien vende territorios panameños, ya vemos que no fue así, eso era cosa de Porras y los costarricenses nos dieron un zarpazo.

Los Estados Unidos han tenido relaciones dolorosas con nuestro pueblo, como lo fue el 9 de Enero de 1964, hemos puesto siempre los mártires en defensa de nuestro territorio, para defender nuestra Bandera y nuestra Patria.

Nos cayó el 20 de Diciembre de 1989, invasión propiciada por el sucesor de Torrijos: Noriega. Pero gracias a Dios y a los tratados se le entregó a Panamá su Canal, por el cual hemos pagado con tanta sangre de los mártires.

Hemos corrido con suerte, porque, aparte de las agresiones de Colombia, de Costa Rica y de los Estados Unidos, tuvimos una invasión de extranjeros provenientes del Caribe, los cuales no ayudaron en nada a la Nación, la dividían aún más; hablaban no castellano, sino el inglés, estaban a favor de los estadounidenses, jamás pelearon en las causas nacionalistas, porque iba contra sus propios intereses de clase y etnia.

El interior no se queda atrás: marginado, encerrado entre valles y montañas y muy poco ha dado a la civilización.

Por lo tanto, la pregunta es: no, cómo hemos llegado a ser nación; sino cómo hemos podido PERMANECER UNIDOS como nación.

Doy gracias que cada panameño ama a su tierra, que el más humilde tiene una consideración con su patria como el más encumbrado.

Pareciera una fuerza enigmática la que nos ha dado cohesión, como cuando se pega un pedazo de tela con un adherente de plástico, pero lo hemos logrado y lo seguiremos logrando, en esta larga jornada por nuestra identidad, que aun hoy ¡se está formando!

 

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/cochran-ricardo/

¡Panamá!

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La opinión de…

Luis Alberto Castrellón Oller

Narran los libros escolares de historia de Panamá que el origen del nombre de nuestra nación tiene varios significados, uno porque había muchos árboles frondosos en esta región a los que los aborígenes le llamaban Panamá; el segundo, porque en la época que se descubrió Panamá, el mes de agosto, había abundancia de mariposas, lo que en lengua indígena se denomina Panamá y, finalmente, porque había una aldea de indígenas pescadores y ello significa “abundancia de peces”.

En años recientes, a los visitantes a nuestra ciudad y país les llama la atención la cantidad de árboles que aquí existen y lo han denominado “Panamá la Verde”, por tener bosques y flora que producen precipitación pluvial y, con eso, nuestras quebradas, riachuelos y ríos tendrán abundancia de agua. Sin embargo, en las últimas décadas propios y extraños han generado una corriente devastadora para realizar desarrollos comerciales, habitacionales e industriales que, si bien es cierto son buenos, sus efectos de mitigación del impacto de la deforestación, pareciera que no son los adecuados.

Además, cuando se sobrevuela el territorio de las provincias de Darién, Panamá, Veraguas y Chiriquí se observa la deforestación de nuestra flora y bosques naturales por actividades de pastoreo extensivo y lo más impactante es que en parte de las provincia de Veraguas y Coclé –donde se han realizado o realizan explotaciones mineras desde hace más de dos quinquenios– la deforestación es rampante y los caudales de los ríos cerca de las explotaciones mineras se tornan rojos, como si les hubieran arrancado un tajo a las entrañas de la nación, producto de la erosión de los suelos al quedar carentes de vegetación y bosques.

Los hechos indicados son ciertos e irrefutables y conducen a las siguientes preguntas y respuestas. ¿Tiene nuestra nación vocación minera como Chile, México o Perú, cuyas explotaciones mineras en su mayoría están en áreas desérticas? No.

¿Qué beneficio sustancial inmediato obtenemos como nación, si permitimos que se destruyan nuestros bosques, vegetación, flora y se alteren los ecosistemas? Ninguno.

¿Vale la pena devastar nuestros bosques, vegetación, flora y alterar los ecosistemas, so pretexto de todo el cobre, plata u oro del mundo? La respuesta es, un rotundo no.

Lo que debemos hacer para mitigar la deforestación es revisar las normas legales que brindan incentivos tributarios para reforestar, y las que establecen políticas y planes para mejorar el ordenamiento forestal y del ambiente.

Por ello, es de suma importancia que nuestro país adopte una política de Estado para continuar con los planes, programas, actividades de reforestación y mejoramiento ambiental de manera ordenada, buscando repoblar el territorio con especies nativas que permiten un cultivo adecuado y comercial de los bosques en todo su ciclo, con especies nativas como el cedro espino, cedro amargo, caoba; con especies ornamentales o de sombra como el espavé, corotú, guayacanes, y con especies frutales como mangos, marañón, guanábana o cacao. Todo esto permitirá que tengamos mayor precipitación pluvial, abundancia de agua, flora de un verde exuberante, fauna, peces y árboles, eso es Panamá, protejámoslo.

 

<> Este artículo se publicó el 3  de octubre  de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

El Sofisma de la guerra a las Farc en Panamá (II)

La opinión del Periodista y Escritor…

José E. Mosquera

Más allá de las críticas que se le formulan en Panamá a la política de la lucha contra el narcotráfico del presidente Martinelli y el sofisma de la supuesta guerra a las Farc, en toda esta pelotera política que se armó por los enfoques sensacionalistas de ciertos diarios panameños, el problema de fondo son los efectos novicios que tiene el narcotráfico para la seguridad de Panamá y otros países centroamericanos, porque en la medida que Colombia combate los cultivos ilícitos en departamentos como el Chocó, territorio fronterizo con Panamá, el fenómeno de las plantaciones de coca se ha ido desplazando hacia el Darién panameño.
Lo que no saben algunos políticos, y en general la sociedad panameña, es que las estribaciones de la serranía de Darién y la cuenca del río Tuirá se están llenando de cultivos ilícitos. Un tema que en Panamá se debería debatir con urgencia para que no le pase lo mismo que ocurrió en Colombia cuando en la década del 70 y principio de los 80 del siglo pasado, ignoró lo que pasaba en la frontera con Perú, y resulta que estos cultivos se desplazaron a Colombia, aprendieron los colombianos y se volvió un monstruo con cobertura en todo el territorio colombiano.

 

Los panameños siguen pensando erróneamente que la selva de Darién es la mejor estrategia para mantenerse distante de los indeseables de Colombia y, por ende, se pretende ocultar el problema de los cultivos ilícitos, cuando esta peste es la que está motivando el desplazamiento de las disputas por los controles de las vacunas, corredores y las rutas para mover la droga entre las Farc y paramilitares colombianos, en territorio panameño.

Panamá Américadenunció en su momento la existencia de más de 200 pistas clandestinas en Darién, pero ningún dirigente político se ha pronunciado y, más aún cuando gran parte de la droga que va de Colombia hacia Estados Unidos tenga como paso el territorio panameño y la introducción de armas para la delincuencia colombiana tenga su epicentro en Panamá, explica en cierto modo la presencia de los actores armados colombianos en su territorio.

Mientras no se desarticulen las rutas y los enlaces que tienen los grupos armados para el tráfico de drogas y de armas, y el lavado de activos en Panamá, sus operaciones en la frontera van a causar traumatismos en los dos países.   Siempre y cuando no exista cooperación eficaz entre los dos países en la lucha para desarmar las redes que trabajan con estos grupos en la frontera, en la lavandería en Zona Libre de Colón y en el sector financiero, va a ser difícil menguar su influencia en Panamá y en otros países centroamericanos.

<> Artículo publicado el 2 de octubre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.