¿Quién podrá defendernos?

La opinión de…..

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Antonio A. Ábrego Maloff

Una de las cosas que más adoro de Panamá es la estación seca; una temporada en que el sol baña nuestro terruño y la mayoría de nosotros aprovecha para salir al campo, a la playa, a los parques, a la montaña.   En fin, nos permite librarnos de ese estrés agobiante de la urbe, con las bocinas, tranques, letreros, etc.

Sin embargo, toda esa alegría que me impulsa a arreglar a las niñas, a apresurarme a meter la hielera y el campamento en el carro se me pierde como por arte de magia, una vez empiezo a conducir por los accesos del puente Centenario.

Allí, erguidos como si fueran unas obras de arte en Florencia o una escultura magistral en cualquier ciudad culta, se encuentran espaciadas a no más de 500 metros entre sí esos inmensos anuncios publicitarios en medio de lo que alguna vez era un panorama digno de admirar. Ya he perdido la esperanza de que alguna vez alguien tome el liderazgo y organice una campaña para tratar de librarnos de ellos. Total, en este país vale más el dinero en efectivo (en el bolsillo de alguien, por supuesto) que el bien colectivo.

Lo que una vez se concibió como un área libre de esta contaminación visual, ahora no es más que otra víctima de la incesante puja por lucrar.   Lo que más me irrita de todo esto es que el solo plumazo de un pinche funcionario hace esto posible; y el resto de nosotros, cuales ciudadanos de tercera clase, debemos aceptarlo y ya. Y yo ingenuamente llegué a pensar que en la porción de la carretera que le pertenece a Arraiján las cosas se iban a mantener bien.  Pero para mi sorpresa una empresa de telefonía celular colocó el anuncio más grande que pudieron encontrar en todo el país.

¡Ah! Pero si creen que manejando hacia Colón se van a librar de este mal, pues están muy equivocados.  La nueva autopista Panamá–Colón ya se rindió ante esta empresa publicitaria que aparentemente tiene el sartén por el mango.   Ya empezaron a brotar de la tierra estos armatostes de metal y, posiblemente en cuestión de meses se multipliquen más rápido que la ganancia de quien dio el permiso.

Parece que lo que se hizo con la carretera vieja de Panamá–Colón no fue suficiente; ¡hay que cubrirlo todo! Cada centímetro cuadrado de nuestro país debe estar contaminado con esto, nuestros ojos no deben tener la opción de mirar algo diferente, algo que valga la pena. ¿Pero entonces a quién acudir? ¿A nuestro alcalde? Él está pensando (perdón, intentando pensar) qué nueva barrabasada hacer ahora. ¿Al Ministerio de Obras Públicas? Más fácil es pedirle peras al olmo.

Lo único que se me ocurre es que nosotros, como ciudadanos, nos organicemos y protestemos; hagamos saber a las compañías que allí se pautan que ellos son tan culpables como los que pusieron los anuncios o los que dieron el permiso.

¿Me pregunto, alguien podrá defendernos, o es que al final tendremos que llamar al Chapulín Colorado?

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Este artículo se publicó  el  26 de marzo de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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