Nociones del mundo y de la madurez

L a opinión de….

Ramón Tello De León

Resulta raro escuchar que cuando se es joven se es rebelde, soñador y de izquierdas, pero que la madurez trastoca las ilusiones y anhelos, volviéndonos realistas, pensantes y de derecha. Más allá de los polos políticos para unos ya fenecidos, lo cierto es que ni se es de izquierda porque se es joven, ni se es de derecha porque se es pensante.

Nunca he podido decir que admiré al Che, ni a las revoluciones de los rojos, ni mucho menos que hubiese creído en el paternalismo que ofrece la rimbombante izquierda, siempre bien representada por entes sumamente pintorescos, por no decir atracciones tristemente circenses.

Por otro lado, tampoco me confieso amante del menosprecio al pobre, de la explotación del ignorante, ni mucho menos partidario de la ignominia que para todo ser humano debe ser la clasificación de las personas por lo que tienen y no por lo que son, sin querer ahondar en querer saber cómo éstas han conseguido todo lo que tienen.

La madurez por los pequeños pasos que voy dando en la misma, nos aleja de pasiones ridículas, de nociones sin sentido, de posiciones sectarias e intransigentes. La madurez afianza el diálogo y las convicciones, pero aunque suene paradójico, las convicciones ahora tienen una base más sólida que se ha ido formando con las opiniones ajenas y propias, con experiencias pasadas y presentes y, sobre todo, que aceptan las opiniones ajenas y las respetan realmente.

Se comienza a comprender que el mundo realmente da muchas vueltas y se aprecia cómo va cambiando nuestro entorno; como un conocido que se proclamaba de izquierdas y se declaraba enemigo acérrimo de las marcas y de lo superfluo, y hoy se considera discípulo del propio Adam Smith y ha perdido las perspectivas rotundamente.

Cuando maduramos y comenzamos con el raciocinio sobre los lados comprendemos que el centro es el equilibrio; cuando nos damos cuenta de que cada lado tiene sus pros y sus contras; cuando tenemos un pensamiento tan excelso que tomamos las mejores ideas de donde vengan, porque sencillamente hemos entendido que en el diálogo que provoca la lluvia de ideas están las soluciones a la mayoría de los problemas. Podemos decir que hemos madurado cuando respetamos, aún sin comprender; cuando repudiamos a los libertinos y, sin embargo, no los dilapidamos; cuando somos capaces de seguir una fe, pero respetamos la fe de otros.

La madurez va más allá de cambios físicos, debe venir acompañada del crecimiento psicológico, sociológico y de la inteligencia emocional, pero más aún se debe ser capaz de mantener algo de niño, ya lo dicen las Escrituras para los que somos cristianos.

La madurez de ver al mundo como es, pero en el cual nos resta seguir soñando como nos gustaría que fuese para nuestros hijos y trabajar por ello.

El mundo en que vivimos unos cuantos miles de millones, un mundo de colores, de contrastes, de razas, de religiones, de pobreza y de riqueza, de humanidad y de maldad.

¿Cuándo podemos confesar que hemos madurado? Cuando no muera gente por sus ideas; cuando se sepa que el humanismo no es un principio político, es un arte de ser gente, es el respeto al otro por quien es, por lo que piensa y por lo que siente.

La madurez es un camino largo que muchos hemos de transitar, pensemos en los que no han tenido ese privilegio y pensemos mucho más por quienes les quitaron ese derecho. Qué difícil es crecer, pero más aún qué difícil es el mundo.

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Este artículo se publico el 10 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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