El galimatías de los gays

La opinión del Comunicador Social….
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Miguel A Espino Perigault

Encerrados, los homosexuales, en su propio closet lingüístico identificado como “lenguaje de género”, de la ideología de ese nombre,  pretenden sorprender y confundir al resto de la sociedad   para alcanzar sus privilegios y  objetivos políticos totalitarios.  Es un lenguaje inventado para entenderse solamente ellos mismos, cual una jerga de logia secreta.  Quieren, en fin,  sorprender a la gente común, a los políticos  y a los especialistas con el galimatías de su vocabulario rosa. Y lo han logrado en casi todos los países, en donde han encontrado el terreno abonado por el neopaganismo.  Utilizan el lenguaje de género  para inspirar compasión por supuestas discriminaciones inexistentes y de ofensas que existen sólo en sus propias mentes; lenguaje que,   otras veces, utilizan para ofender a  quienes no aceptan sus injustificados reclamos y pretendidos privilegios legales.

Pero, están  atados a sus propias y caprichosas interpretaciones del lenguaje engañoso utilizado; interpretaciones  de las que no pueden liberarse porque se perderían en su propia confusión.

Los anteproyectos de ley sobre la esterilización y sobre los derechos homosexuales, presentados ante la asamblea nacional, contienen ese veneno. Y nuestros diputados deben estar alertados del engaño. Igualmente, la sociedad civil, vigilante del Bien Común.

Para empezar, han adoptado el término inglés “gay” (alegre). Además, se llaman así mismos “hombres y mujeres nuevos, cuando ellos mismos no se consideran ni hombres ni mujeres, sino todo lo contrario; ni son tampoco nuevos, que digamos;   pues existen desde el principio de los tiempos.

¿Quién entiende la expresión “orientación sexual” como se entiende en el lenguaje de género? Todos los seres humanos nacen hombre o mujer y con la natural orientación sexual de esos dos únicos sexos.  Los nombres  normales están orientados sexualmente  hacia las mujeres; las mujeres normales se orientan sexualmente hacia los hombres.  Quienes tienen una orientación sexual “diferente, como  dicen  de ellos mismos,  no tienen, entonces, una orientación normal. Puede seguirse o no esa orientación normal, o pueden, el hombre y la mujer, apartarse de ella. Pueden, también, abstenerse de completarla con el acto sexual. Éste es un acto natural cuando se trata de sexos opuestos. Pero es un acto antinatural, contra natura,   cuando se realiza con animales (como acostumbran algunas personas) o con personas del mismo sexo. En este caso sería un acto anti natural porque, tanto el  hombre como la mujer, están dotados por  naturaleza para satisfacer  ese deseo natural en conformidad con  aquella y no contra ella,    para cumplir con la finalidad natural de perpetuar la especie.

Lo que no es así, no es natural ni moral, ni ético. Los gays  tienen su propia concepción  de la naturaleza humana, y para ellos lo anormal es normal.

Pero, los gays (maricas, en español), como niegan su identidad sexual natural,  han inventado que hay cinco sexos, llamados géneros, y que por eso, ellos, como son  individuos de un sexo diferente y, además, se consideran discriminados, exigen protección legal y que se castigue a quienes los ofendan de pensamiento, palabra, obra y omisión. Sin embargo,  si  ellos ofenden a los demás, no serán castigados, pues ellos sí pueden ofender. ¿No suena esto a discriminación contra todos los demás?

Del otro estribillo, las “preferencias sexuales”, se derivarían barbaridades como: sexo con infantes, sexo con hijos, hermanos, con animales…Las preferencias posibles son inimaginables, en cualquier lenguaje.

La otra barrabasada lingüística es hablar de género como sexo. Los académicos de la lengua española están cansados de explicar que en castellano no se puede entender género como sexo. Este género de sexo viene del inglés (gender), que quiere decir, también, sexo.   Sin embargo, rechazan el verdadero género, el de los sustantivos, que en español son dos: “masculino” y “femenino” Ni siquiera tenemos el género neutro, como hay en otras lenguas. Pero, como el género masculino incluye al femenino (género inclusivo), las  feministas han  puesto el grito al cielo (que es masculino,  ya que no hay ciela). Como no aceptan esta realidad,  hay que cambiarla  para que se ajuste al lenguaje de género. O cambiar el idioma español.

Para el catedrático José Antonio Martínez García, de la universidad de Oviedo, el lenguaje de género, según la teoría lingüística, “si perdura, no dejará de ser una jerga”. Me temo que el profesor no conoce muy bien a las feministas y a sus carnales, los gays.

Por eso ¿Cómo vamos a entender aquello de “identidad de género”? Pero, los gays y las feministas de género, muchas de ellas personas de supuesta cultura y formación académica y profesional, prefieren vivir la mentira para deformar la realidad y adaptarla  a su ideología.

Lo cierto es que mucho de esto es asunto político. Desde las Naciones Unidas,  los activistas homosexuales y lesbianas, con el apoyo  del presidente norteamericano,  Barack Obama, promueven estos movimientos calificados  como “cultura de la muerte”. De las Naciones Unidas, cuartel general de esta nueva cultura,   fluye mucho, mucho, muchísimo  dinero que compra conciencias y compra políticos y compra al que se venda. Lo vimos en Ciudad de México, en donde un arzobispo tuvo que denunciar públicamente (para escándalo de los modernos fariseos) que  se sobornó al gobernador y a  magistrados de la corte suprema de justicia, para aprobar  leyes pro-homosexuales, rechazadas por la mayoría de la población.  Lo vimos, también, en Argentina, en donde, contra el parecer de la mayoría de la población, la  presidencia convenció con palabras de oro a diputados venales para que aprobaran el  “matrimonio homosexual” (otra arbitrariedad lingüística) y la adopción de niños por los maricas.

El peligro de que se impongan,  contra el querer expresado de la inmensa mayoría de los panameños, las ininteligibles  leyes presentada, no reside en los homosexuales, que están peleando lo suyo; sino en  personas   oportunistas y en  políticos desvergonzados, quienes  se enternecen ante el color verde de los dólares. A éstos   es a quienes hay que temer; aunque sabemos que  la gran mayoría de los actuales diputados respetan   los valores cristianos de nuestra cultura y defienden a la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Contra estos valores e instituciones es que se dirigen las dos leyes propuestas.

También, y esto es de la máxima importancia, el nuestro es uno de los pocos países en donde importantes medios de comunicación y  comentaristas independientes mantienen una postura altamente profesional y objetiva ante el problema.  El contenido de las propuestas leyes las  comentaremos más adelante. Mientras podamos opinar sin perder la libertad.

<> Artículo publicado el 20 de septiembre de 2010  en La Hora Cero, el diario digital de Panamá,   a quien damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito  que  les corresponde.
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La opinión pública vuelta un chorizo

La opinión del Comunicador Social…

Miguel Antonio Espino Perigault

Los analistas políticos  conocen las  características de la llamada opinión pública y sus más de cincuenta  definiciones e interpretaciones (Harwood Child); hecho éste que constituye una  de las mayores dificultades para su cabal comprensión. Fernando Tuesta, en un artículo para la Biblioteca Digital,  recoge varias definiciones. Por ejemplo, de Phillips Davison, para quien  la o.p “no es el nombre de ninguna cosa, sino la clasificación de un conjunto de cosas”. O la de   Jean Padideou: “A la opinión pública le sucede lo que al diablo: debe existir, puesto que pronunciamos su nombre”.

Las diferentes maneras de entender el fenómeno deben ser  tomadas con cuenta por los estudiosos  del tema y, sobre todo, por los especialistas en su medición, hecha  por medio de  encuestas; un instrumento  altamente confiable; pero susceptible de manejo engañoso, sobre todo por los partidos políticos y los medios de comunicación irresponsables, que faltan a su deber cívico de informar con la verdad.  Los políticos inteligentes confían  en las encuestas bien hechas y conocen cómo y dónde se cuecen las habas en del caldero político.

Los especialistas en medición de la opinión pública  nos  aclaran que los resultados de una encuesta o de una serie de encuestas semejan fotografías instantáneas de las ideas de los encuestados (científicamente seleccionados) sobre una situación  específica en un momento dado o momentos sucesivos, pero siempre inmóviles. Su verdad empieza y termina en ese punto, aunque sea fluida en su desarrollo esa opinión.  Ésta es veleidosa y altamente influenciada por los mismos acontecimientos que le dan contenido; pero, sobre todo, por la interpretación y la divulgación pública de los acontecimientos y de las opiniones individuales (verdaderas o falsas) expresadas de los protagonistas del hecho opinable. De allí que, al fina de cuentas, quienes dirigen la llamada opinión publica son los medios de comunicación que la divulgan y comentan como quieren. En esa divulgación existe siempre el peligro de la distorsión y el manejo  intencionales y, por ende, su engañosa presentación para lograr objetivos personales, políticos o ideológicos sectarios, extraños a la verdad. Corresponde, pues,  a los mismos analistas y políticos conocer estas realidades y hacerles frente.

De entre los más importantes estudios  sobre la opinión pública, la especialista alemana Ellisabet-Noelle Neumann nos presenta la teoría de “la  espiral del silencio”. En este sentido, la opinión pública expresada por la gente consultada refleja, en medida a veces altamente significativa,  el temor del entrevistado a  contestar diferente a como él percibe la corriente de opinión divulgada masivamente. Entonces, prefiere callar su propia  su opinión (inexistente, mal formada o  insegura) y decide  opinar como cree que esperan de  él. Silencia su opinión  para no parecer ignorante, insensible, desinformado o equivocado y demás males de esta índole. Esto  se da, en cualquier situación social pero, sobre todo,  en las que parecen diferir de lo normal, cuando hay violencia, muertes, vandalismo y demás calamidades con los cuales   nadie quiere identificarse; todo ello independiente del hecho consultado, cuyos  pormenores y causas generalmente son desconocidos.    Se echan a rodar rumores y  explicaciones   (posiblemente falseadas) sobre el suceso y se repiten  profusamente    a tal punto que la gran mayoría de las personas, quienes no se han formado una idea clara del asunto, temen contradecir a lo que se hace ver como una opinión mayoritaria. Este fenómeno se da y será confirmado  por encuestas inmediatas,  revistiéndose de verdad; aunque las encuestas      no pretenden medir la veracidad de los hechos sobe los cuales opinan las personas.

Esa corriente de opinión, ya sea fundada en la verdad o en la mentira, multiplicada y magnificada  a través de muchos medios (cobertura de alta intensidad), crea una opinión pública que debe tomarse seriamente en cuenta. Tal situación pudo haberse dado en el caso de la Ley 30, calificada como “Ley Chorizo” (nombre despectivo,  políticamente eficaz).  La única manera de contrarrestar una opinión pública así formada es  con la verdad bien dicha,  aunque sea a posteriori. Si no se dan explicaciones claras,  fundamentadas en la verdad (aunque sean impopulares), una opinión pública equivocada se impondría finalmente, con las consecuencias negativas que ella genera, no sólo en contra  del    grupo lesionado (en el caso de la “Ley Chorizo”, el gobierno); sino,  sobre todo, en contra de   la  sociedad, víctimas, ambos,  de la mentira.  Un gobierno democrático responsable responde a la opinión pública adversa con la verdad. De este modo se fortalece el sistema. No hay otra solución para detener la espiral del silencio basada siempre  en el temor, que es temor a la verdad, la cual es  responsabilidad del ciudadano y de la sociedad civil conocer y sustentar. Es una manera de entender el dicho bíblico de que “la verdad os hará libres”.  Estar libres de temores, es una de las libertades por las que se combatió  al fascismo, en la Gran Guerra, primero y, después,  al comunismo, durante la Guerra Fría  en el siglo pasado. De igual modo  y con la misma energía y claridad se deben combatir todas las tiranías, políticas o ideológicas de nuestros días, basadas en la mentira y alimentadas por la espiral del silencio. Un pueblo bien informado  deja de ser masa y se convierte en público, pueblo participativo, nos advertía desde mediados del siglo veinte, el Papa Pío Doce.  Si no se evita la espiral del silencio, en lugar de opinión pública se obtiene un “chorizo”, panameñismo derivado, en este caso,   del conocido chori que identificaba a los aficionados contrarios en los teatros madrileños del siglo dieciocho.

<> Artículo publicado el 1 de septiembre de 2010  en La Hora Cero,  El Diario Digital de Panamá,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Saludos a la embajadora Powers

El artículo se dedica a la nueva embajadora de los EEUU, con cariño.   La opinión del periodista…

Miguel A Espino Perigault

La Casa Blanca ha designado a la distinguida señora Phyllis Powers como embajadora de los Estados Unidos de América ante nuestro gobierno. Estados Unidos un país con el cual está muy entrelazada nuestra historia, forjada con sucesos especiales de amores y de odios, de alegrías y de tristezas; vivencias que han de consolidar y deben consolidar lazos de sincera amistad y convivencia pacifica. La embajadora encontrará en nuestro pueblo, alegre y confiado, los mejores deseos de su éxito como diplomática y como persona.

Admito  que siento hacia el pueblo norteamericano una sincera admiración. Mi hermana y sus hijos son ciudadanos de los Estados Unidos, país que he visitado y espero poder hacerlo con frecuencia.

Pero, también siento aprehensión y profundo temor por la política exterior de ese país en el terreno de los derechos humanos, un campo en el cual, siempre, han ocupado, los Estados Unidos, un papel de protagonismo,  con líderes de talla mundial. Son derechos  por los cuales han vertido su sangre los jóvenes de ese país en los campos de batallas.

Pero, todo esto antes del advenimiento de Barack Obama a la presidencia.

En el poco tiempo que ha desempeñado el cargo el nuevo presidente, quien ilusionó a millones por  el significado de su triunfo, el presidente Obama ha demostrado un desprecio y un  irrespeto  absolutos hacia los valores más preciados de la cultura de nuestros pueblos y la  de todos los pueblos del mundo.

Como ha de saber usted, distinguida dama, algunos embajadores de su país han jugado un abierto y –yo diría que ridículo- papel, incluso públicamente, a favor de los movimientos homosexuales y abortistas, rechazados ambos, por nuestros pueblos, como son rechazados, también,  en los Estados Unidos.

Probablemente tendrá   usted que llevar a cabo acciones impositivas y amenazas irrespetuosas en favor de aquella política, calificada como propias de la “cultura de la muerte”.

Todos sabemos que  el gobierno norteamericano, a través de la señora Hillary Clinton, una  feminista fundamentalista, es la mayor y principal  promotora del aborto (asesinato de niños por nacer) y de la agenda gay en el mundo, y que esas dos calamidades son la espina dorsal de la diplomacia norteamericana en el terreno de los “derechos humanos”, entendidos según la ideología antidemocrática de género, de corte neo-marxista.

Y sabemos, también, que la señora Clinton cumple su rol  con profunda convicción personal. Y, créame, señora Powers, eso es una desgracia para nuestros pueblos.

Son conocidos los extremos a los que han tenido que llegar los representantes diplomáticos de los Estados Unidos en algunos países de Europa, África y de América Latina, para imponer  medidas relacionadas con los temas mencionados,  propios de la “cultura de la muerte” Me imagino que por respeto a su condición de mujer  usted,  dama de rica cultura, no la obligarán a asistir a manifestaciones callejeras a favor de los supuestos derechos de los gays y de abortistas, como ha sucedido en otros países.

Hay tantas cosas hermosas por las cuales trabajar juntos nuestros dos gobiernos y nuestros dos pueblos, unidos por la historia, que bien merecemos todos, nuestro gobierno, nuestro pueblo y usted, tan simpática dama, unas felices relaciones diplomáticas.

Bienvenida señora Powers.

<>  Este artículo fue enviado por E-Mail por el autor y fue publicado el 15 de septiembre de 2010  en La Hora Cero, el diario digital de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

¿Derechos humanos o izquierdos humanos?

La opinión del Periodista…

Miguel A Espino Perigault

El escritor uruguayo, Mario Benedetti, se preguntó en una ocasión  si no sería necesario hablar de los “izquierdos humanos”, como respuesta a la  mal entendida y peor instrumentada idea de los muy mencionados  “derechos humanos”.

Las cosas en este terreno no han mejorado, a pesar de la aparente universalización del término; sino más bien podría afirmarse, con pruebas irrefutables, que existe un real y verdadero  torcimiento del recto significado de la expresión en sus dos  términos, tanto en el sustantivo como en su adjetivo:  No son  ni derechos ni humanos.

Los movimientos de derechos humanos, en todas partes son, en el mejor de los casos, incompletos y, por lo tanto engañosos.   En el peor de los casos, que corresponde a la realidad universalmente aceptada como  correcta, son perversamente manipulados, hasta el crimen.

Esto, por culpa de  la Organización de las Naciones Unidas, empeñada, a través de presiones e imposiciones políticas y económicas, en la universalización  del aborto irrestricto, presentado como un derecho, cuando se trata, en realidad, de  una  Patente de Corso   para asesinar a seres humanos inocentes e indefensos, como son los no-nacidos.

En días recientes, visitó nuestro país la señora Kyung-wha Kang, la Alta Comisionada de las Naciones Unidas, para los derechos humanos. Fue recibida y atendida por  el Defensor del Pueblo, don Ricardo Julio Vargas.

Según nota periodística de la defensoría del pueblo, la distinguida embajadora de los derechos humanos entendidos a lo ONU, mostró su interés por la vigencia de los derechos humanos en el país, como se enfocan en nuestra cultura y los protegen nuestras leyes. Sobre el particular, la Alta Comisionada de la ONU recibió un informe oficial, como exige la cortesía.

Por ser  el activo ombudsman panameño un caballero y hombre de buenas costumbres, seguramente no le preguntó a la distinguida visitante cómo es que entre  los derechos humanos que la ONU promueve no se incluye el derecho a vivir de los niños por nacer.

Quizá en una reunión más informal hasta se habría atrevido, don Ricardo, a solicitar una explicación razonable acerca del “derecho” concedido por la ONU, a las madres, para  asesinar a sus hijos por nacer, y qué diferencia veía y aceptaba ella, la Alta Comisionada,  entre asesinar al hijo antes de nacer y asesinarlo después de nacido.

Esta preguntas no hubieran sido impertinente, pues la señora Kyung-wha Kang  sucedió en el alto cargo a su colega, Louise Arbour, quien fue calificada de “genocida” por la directora de la Oficina Internacional de la Fundación Vida, la mejicana,  Paulina Sada Monroy, debido a la persiste y agresiva campaña de aquella tierna mujer  para imponer, en nombre dela ONU, el “derecho” al aborto, como parte de la política de salud sexual y reproductiva, promovida en todos los países del tercer mundo.

Claro que don Ricardo no iba a cometer esa falta de cortesía y dejar en evidencia la ignorancia o la alta hipocresía de doña Kyung-wha Kang.

Seguramente le habría preguntado, también,  qué entienden en la ONU por  “personas con capacidades diferentes”, porque es algo que todos tenemos.

Pero, en fin, ya en todas partes se conocen las veleidades  conceptuales del nuevo orden mundial que es  el sueño de la ONU y la pesadilla de los países celosos de su cultura y de sus valores con los cuales se vivifican los derechos humanos, los verdaderos, los que respetan la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.


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Artículo publicado el 11 de agosto de 2010  en La Hora Cero, el diario digital de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El miedo al miedo

La opinión del periodista…

Miguel A Espino Perigault

Desde los primeros momentos del gobierno de Ricardo Martinelli, los medios de comunicación han recogido el supuesto malestar y, en realidad, el temor, alentado por algunos,  de que resurja y se entronice una dictadura militar,  de la manos del presidente y, sobre todo, de su enérgico ministro de seguridad, (probado civilista),   Raúl Mulino.

Se juega a la política fomentando, irresponsablemente, el temor a la re-entronización de una dictadura desconocida por los jóvenes       de hoy y quizá olvidada por quienes la  sufrimos, como “cruzados civilistas”, o como pasivos ciudadanos.

Cada quien tiene derecho a sus recuerdos y a sus miedos. Pero, algunos de los que hoy se yerguen como paladines de la civilidad  amenazada no movieron, entonces, ni una paja a favor la Cruzada Civilista contra la dictadura.   Hoy día, en cambio, alientan  estos miedos por razones personales y de oportunismo político.

Pretenden, al parecer,   reducir el papel de la policía a amables custodios de maleantes y a  simples  espectadores pasivos y tiro al blanco de turbas enardecidas, con dirigentes enmascarados,  que cierran calles ilegalmente, destruyen bienes ajenos y agraden a inocentes.

Con  la autoridad moral de un cruzado civilista y víctima de agresiones de  entonces, abogo por apoyar al gobierno en la instrumentación de las fuerzas de policías especializadas necesarias para enfrentarse y combatir con éxito a la creciente delincuencia en todas sus manifestaciones.

Es posible, como se da en otros países, contar entre nosotros con el trabajo profesional eficaz y efectivo de las fuerzas del orden necesarias. Es probable, también, que en ellas se de la corrupción, como puede darse en todos los estamentos de la sociedad.

Pero, creo que podremos apostar a la integridad moral de sus integrantes, porque no todo está podrido en el país.

Haciendo a un lado los temores, aboguemos por una fuerza pública organizada y con la formación profesional y  moral (sobre todo), la mística y el patriotismo; valores, todos,   que suelen cultivarse y honrarse  en las profesiones y las artes marciales; valores que suelen ser el mejor escudo contra corrupción.

El alto nivel de delincuencia y sus ramificaciones colocan estos problemas en posición de urgente y prioritaria atención de todos los ciudadanos, para respaldar la labor de las fuerzas de policía. Debe actuarse ya y detener la creciente espiral de crímenes de toda clase: los tráficos de personas, de armas, de drogas, de pornografía; la prostitución clandestina de hombres y mujeres, de menores de edad; las pandillas, los asaltos y demás modalidades del crimen.

Pero, también, el delito de cuello blanco, el lavado de dinero; la corrupción y los delitos de funcionarios, los  de empresarios y los la de organizaciones de la llamada sociedad civil, en todos los niveles.

Los integrantes de la fuerza pública no deben  verse así mismos ni ser vistos como enemigos, sino como los amigos que son de la sociedad.

Tan importante labor, llena de peligros, merece ser bien remunerada.

El miembro de la fuerza publica, reclutado de entre la juventud graduada de la secundaria, por lo menos, debe completar su formación en las disciplinas y artes adecuadas a sus tareas y disponer, sobre todo,  de atención espiritual. Debe contar, además, con otros incentivos, como becas para sus hijos de buenas calificaciones,  recreación familiar; servicios médicos,   seguros de vida generosos, con beneficios especiales en casos de lesiones, o para sus deudos, en casos de muerte y una justa jubilación. La empresa privada sabría diseñar beneficios especiales que, seguramente tendrían más valor moral, como agradecimiento que como pago de servicios.

En las dictaduras militares o civiles, la policía se convierte en instrumento de temor y de terror; en enemiga de la sociedad. En una democracia, bajo el estado de derecho,  la policía es instrumento de paz y  salvaguardia de los derechos de todos. Una diferencia importante, para perder el miedo.

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Artículo publicado  el 26 de julio de 2010 en el Diario Digital Hora Cero, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Hora Cero

26 de julio, 2010

El momento político

La opinión del periodista…..

Miguel A Espino Perigault 


Un primer análisis de la situación política que conmueve al país desde hace algunos días, relacionada con la aprobada Ley 30, denominada, despectivamente, por sus detractores, la “Ley chorizo”,  nos lleva a reflexionar sobre las probables causas  de los disturbios atribuidos a su aprobación y de sus consecuencias.

Podríamos, así, alentar  la esperanza de que los acontecimientos se encarrilen, cuanto antes, por senderos que conduzcan al restablecimiento   de la tranquilidad en el orden.

Lo que a primera vista llama la atención es la denunciada  ausencia de  adecuadas comunicación y consultas previas  sobre el contenido de la ley.

Pero, estas supuestas carencias de comunicación y de consultas quizá hayan sido intencionadas,  lo cual es una legítima opción del gobierno, que no está obligado a consultar, o bien puede hacerlo con los grupos o asesores que quiera, en quienes reconozca idoneidad. Esta es una opción que, por supuesto suele pagarse con   un alto precio de merma en la  popularidad.

Esta merma  satisfará, seguramente,  a    los grupos políticos   adversos    y a los que ven amenazados sus intereses  por las políticas gubernamentales sin aparentes  compromisos pre-electorales con ellos.  De modo que cualquier medida gubernamental que  amenazase al mundillo político criollo  sería respondida  con fuertes reclamos típicos y propios   de nuestra democracia vocinglera.

Estos reclamos iban a darse de todos modos,  con información previa sobre la ley,  o sin la información previa,  ya que la  ley 30, bien conocida por los diputados de la oposición y por otros grupos interesados, representaba una oportunidad de oro que ningún grupo activo en la política, ni  ninguna figura adicta  al protagonismo, podía  desaprovechar.

Y esto no es censurable; sino, quizá deseable y conveniente, porque forma parte del  aceptable juego de intereses y de opiniones encontradas  que pueden fortalecer a la democracia, sobre todo a una como la nuestra, de poses histriónicas, del  rasgarse  de vestiduras y de lenguajes seudo revolucionario y populista. Pero no ha sido únicamente así.

Ha quedado muy claro que se manejó y se divulgó, muchas veces abierta y públicamente, información contradictoria, de modo que el ciudadano común, que seguía los sucesos en los medios, quedaba confundido y podía pensar que el gobierno mentía o, bien, que mentían sus críticos. Es obvio que en la opinión pública quedará claro,  al final,  quién dijo la verdad, quién mintió,  quién actuó con felonía y quiénes hicieron de tontos.

Según la lógica política criolla, entonces, los grupos interesados debían provocar  el descontento  y el temor entre los ciudadanos, frente a los anunciados, pero no probados, perjuicios y amenazas de una ley aprobada correctamente, pero denunciada como  inconsulta por  dirigentes de grupos que exigían, enérgicamente,  que se les consultase porque sí.

Estos,  por su parte, desconocían la autoridad y la responsabilidad que corresponde a los diputados, cuya decisión rechazan;  una actitud irrespetuosa y antidemocrática,   propia de grupos que rechazan el diálogo o lo condicionan a la absurda aceptación previa de sus demandas.

Pretender  que el gobierno y la oposición se guíen por el Bien Común, como debe ser,  puede resultar una “esperanza inútil y una flor de desconsuelo”, como cantaban los baladistas  de antaño. El Bien Común es la principal razón de ser del estado, de los gobiernos y de la oposición, en una democracia sin apellidos.

¿Quién actuaba en este caso con miras al Bien Común y quién no? ¿Quién pensaba en el  bien de la sociedad, el  bien de la patria, el gobierno o sus opositores? La magnitud de los dolorosos acontecimientos que se produjeron  con saldos de muerte, lesionados y destrucción de bienes, no guarda proporción  con el legal comportamiento del gobierno, gústese o no ese comportamiento.

Tampoco guardan relación los sucesos con la supuesta espontaneidad que se les quiere atribuir. Por otra parte, la intervención, de palabra y de obra,  ante los medios de comunicación, de parte de  dirigentes del  sector magisterial, del sector obrero, de los grupos estudiantiles, mayores y menores de edad, mostraron  el comportamiento  irresponsable y oportunista de  sus dirigentes.

Lo demás tenía que suceder.

Quizá los mismos   exhortadores a las acciones de rechazo no pretendían resultados tan dolorosos. Parece que se les salió de las manos el control. Pero, con una visión cínica de los sucesos, podría pensarse que hay quienes ven cumplidos en grado conveniente sus objetivos políticos presentes y  futuros.

El comportamiento represivo de la policía siempre será criticado  y juzgado como excesivo por los reprimidos. Pero, deben atenderse e  investigarse los posibles  abusos, denunciados o no.

Ningún gobierno puede aceptar una oposición que se exprese con acciones de violencia y destrucción, cuando existen todas las garantías para expresarse.  Sus reacciones ante estos problemas ponen a prueba la habilidad política del equipo de gobierno y   su futuro. El costo político será seguramente alto en aspectos de apoyo popular y simpatías. Sin  embargo, las altas y bajas en la opinión pública seguramente no han de mortificar mucho al gobierno, que cuenta con varios años todavía en el poder.    Pero, es su responsabilidad gobernar y debe hacerlo sin atarse al miedo a las encuestas; aunque  debe considerarlas, ya que pueden guiarlo para corregir rumbo en sus gestiones hacia el Bien Común.

Al final, quienes serán perjudicados  y podrán perderlo todo, probablemente por mucho tiempo, son  los campesinos, loa indígenas y obreros soliviantados y engañados por inescrupulosos lidercillos. Otros, iguales a ellos ,o quizá los mismos  acabaron, antes,  con Puerto Armuelles y ahora quieren acabar con Bocas del Toro, una región olvidada que en cinco siglos no ha visto el progreso que vive actualmente.

No se buscan soluciones racionales para los problemas pendientes; sino fomentar el odio, la lucha de clase,  el  caos a fin de mantener vivo el espíritu revolucionario, dañar a imagen del gobierno (sobre todo), aunque se ponga en peligro el bienestar del pueblo, para que la realidad cuadre bien con la ideología.

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Publicado el 18 de julio de 2010 en el Diario Digital Hora Cero y enviado a este medio para su publicación por el autor, a quienes damos, todo el credito que les corresponde.

La tolerancia no es una virtud moral

La opinión del periodista…


Miguel Antonio Espino Perigault 

Algunas corrientes de pensamiento relacionadas, generalmente, con los movimientos de los derechos humanos, presentan a la tolerancia como una virtud moral y un ideal humano supremo,  cuya práctica es recomendada como condición y fundamento de la paz y la convivencia sociales.

El diccionario nos aclara que se trata de “respetar a las ideas, creencias y prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.

En un comentario sobre el tema (La Prensa, 04-07-10), un estudioso de la materia amplió el alcance de la definición del diccionario y, a renglón seguido de la breve definición oficial añadió que “(tolerancia) es la actitud que una persona tiene respecto a aquella que es diferente a sus valores”  (el diccionario no habla de personas diferentes), y añade: “es la capacidad de escuchar y aceptar a los demás, comprendiendo el valor de las distintas formas  de entender la vida”.

La forma de entender la vida un delincuente  es diferente a la de otros. Pero,  como no se trata de una polémica, lo cito solamente para explicar mi pensamiento sobre el asunto, un pensamiento contrario al del autor citado, por lo que espero su tolerancia.

El diccionario de la RAE añade que tolerancia  significa “sufrir, llevar con paciencia”, y “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”. También significa; “resistir,  soportar, especialmente un alimento o una medicina”.

La tolerancia es, siempre, una postura frente a un mal. La tolerancia pone a prueba, usualmente, nuestros conocimientos del libro de Carreño, sobre la buena educación en el trato de las personas. Tolerancia es, siempre, una molestia, y el nivel de aceptación está relacionado con  el asunto a tolerar.

Entonces, ¿el intolerante es la persona “capaz de cometer cualquier acción o conducta que vaya en contra de la moral o buenas costumbres de la sociedad”?, como dice el autor citado. No hay duda que esa “cualquier acción o conducta que vaya contra la moral o buenas costumbres” puede ser bien merecida, y no necesariamente ser un delito.

Me parece que así como hay tolerancias y tolerancias, hay también intolerancias e  intolerancias. Quizá quien eleva la tolerancia a niveles de virtud suprema, toleraría que a un hijo suyo lo trate de pervertir un amigo, un maestro o un vecino. ¿Toleraría  a un pedófilo o a un corruptor de menores, en nombre de la paz social?

La violencia familiar no debe ser tolerada ni por las víctimas ni por la sociedad.

¿Hasta qué grado –si lo hay-Puede tolerarse la delincuencia? Ante la ola de violencia en la sociedad,  ¿No se hablaba de “tolerancia cero”?

Debemos tener cuidado con la difusión de pensamientos que pueden confundir y hacer daño, como los del artículo que comentamos, el cual, seguramente se hace de buena fe.

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Este artículo se publicó el  12  de julio de 2010 en el diario digital  Hora Cero , a quienes demos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.