El extraño caso de Valentín Palacios

La opinión del Periodista….

ALEXIS CHARRIS

Un hombre de edad media, padre de seis hijos, que durante años habría llevado una vida tranquila o al menos normal, de pronto abandona su hogar por 37 días y convulsiona el acontecer de todo el país.

Se trata de Valentín Palacios, un indígena que reside en Finca 43, Changuinola, y que estuvo desaparecido desde los enfrentamientos entre policías y trabajadores en esa ciudad de Bocas del Toro.

Cuando ya pasaba un mes, grupos civiles se preocuparon, y temiendo algún vejamen contra el hombre de extracto humilde y dificultades para comunicarse, presionaron a las autoridades.

En menos de 24 horas el hombre apareció en manos de la Policía, pues un pastor, amigo de un alto funcionario de gobierno, lo identificó y lo llevó hasta ahí.   Las condiciones de este hallazgo allá en Bocas del Toro no han sido esclarecidas y las razones por las que el hombre no fue llevado con su familia tampoco.

Según el gobierno es una victoria que Valentín ‘no halla aparecido muerto’, porque quienes se preocuparon en un principio querían ‘hacer daño’. Plantean una serie de conjeturas que, para complicar más el asunto, son argumentos también de los investigadores, esos mismos de quien se espera encuentren si Valentín fue víctima de un secuestro o si estuvo detenido.

Para completar la extraña escena en el caso de Valentín, el partido de gobierno, ahora que creen haber ganado, ofrece una recompensa por información que ayude a esclarecer el caso.   Hubiera sido menos extraño ofrecerla antes de que el desaparecido apareciera.

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Este artículo fue publicado el  20 de agosto de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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La Ley y el orden a la ligera

La opinión de…..

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ALEXIS CHARRIS PALACIOS

El “estilo del Cambio” no se ajusta a la lucha contra el crimen. En esa faena no funcionan las promesas ni la buena publicidad, pero lo más grave es que los errores originados en la ligereza del discurso se pagan muy caro.

Un asesinato sacudió a la sociedad el jueves pasado.   Javier Justiniani, joven abogado y político, fue ultimado dentro de su oficina.   Los escenarios ante este crimen son muchos.

Pero justo ahí, con el cadáver aún donde el “ sicario ” lo dejó tirado, un novel fiscal auxiliar se lanza en adelantar sus teorías: “ yo descartaría el móvil del robo ”.   La frase la dijo sin inmutarse, Neftaly Jaén, quien se estrenó en la administración de justicia por la puerta grande, como fiscal auxiliar de la República, se diría que el tercer hombre en el Ministerio Público.

Quizás por eso su irreverencia, parece que Jaén no tiene en cuenta que todo lo que diga podrá ser usado en su contra, pues enseguida remató sus teorías, “ debe tratarse de la insatisfacción de un cliente ”.   Es imposible jurídicamente que un agente de instrucción de justicia descarte “ al ojo ” posibilidades ante un crimen, pues, para los asesinos, entonces solo bastaría con guardar las apariencias y listo, hacen creer lo que ellos quieran.

Pero además el fiscal olvidó que los abogados están ávidos de encontrar indicios de prejuicios o parcialidad en los agentes del Ministerio Público, para pedir que su actuación se anule por contaminada.   La novatada no termina ahí, la miel de estar ante los medios y parecerse a los fiscales de las series de televisión, parece embriagar a algunos y el fiscal Jaén adelantó 24 horas después del crimen que tenían identificado en un 70% al supuesto asesino.   Un sospechoso se identifica o no, ese proceso no puede ser a medias.

Investigar crímenes es mucho más complicado que ser candidato a diputado, o asesor en la Asamblea, es un asunto que no puede tomarse a la ligera.

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Este artículo se publicó el 3 de mayo de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La cotorra de la vecina..

La opinión de…….

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ALEXIS CHARRIS PALACIOS

En el viejo edificio de calle 7, avenidas Bolívar y Herrera, en la ciudad de Colón, donde vivían mis abuelos maternos, una vecina tenía una lora, versión lugareña y común de lo que llamamos cotorras.   Para aquellos días no alcanzaban mis calendarios la docena y recuerdo bien que Parchita, la lora de la vecina, solía emprender poco antes del ocaso un recital de vulgaridades con sus alaridos característicos.

El espectáculo de Parchita era diario, escandalizaba el edificio en la neurálgica esquina. Los vecinos llegaban a perturbarse con el obsceno rosario de gritos. “ Abuelita, ¿por qué la lora dice tantas palabras sucias? ”, pregunté una tarde. “ Ella solo dice lo que oye ”, fue la sobria respuesta de mi abuela.    En su teoría, los defectos de Parchita no eran nada más que un espejo de los defectos de la casa donde habitaba.

La anécdota me regresó a la mente como una imagen fresca el día que en la Asamblea Nacional una diputada, dotada de un tono hostil y enmarcada en una ola de agresividad por los medios de comunicación, que nace en las turbias aguas del actual partido de gobierno, aseguró, con intenciones que, al parecer, ni para ella están muy claras, que los periodistas y los medios actuamos como “ cotorras ” repitiendo la corrupción que rodea el sistema y la sociedad en la que vivimos.   Lo que quizás olvidó la diputada ahora que pertenece a las filas adosadas por el poder, es que los medios son solo un reflejo de lo que la sociedad vive a diario.

Para la diputada Dalia Bernal la explicación de una humilde mujer, en un viejo edificio de la ciudad de Colón, es vigente 30 años después.   Diputada, los medios, como las cotorras, repiten en alaridos lo que les enseñan a decir y esas aves aprenden por imitación de sonidos, las cotorras no hablan, repiten los sonidos que escuchan.

Si fuese cierto que los periodistas somos “ cotorras ”, como sugiere la diputada Bernal, entonces no estaríamos más que divulgando a la vecindad la realidad de lo que pasa en casa, lo putrefacto de nuestra clase política y su escasa manera de actuar, su insuficiente lenguaje abstracto carente de contenido real y divorciado de las necesidades de la población. Claro, qué podríamos esperar, si en la política lo último en la lista es la ciudadanía.

Si hubiese una lora en los pasillos de la Asamblea Nacional, ¿qué aprendería a decir?, ¿qué repetiría después en alaridos al atardecer?   Diga usted, diputada, qué deberíamos decir los medios, o más bien, qué pretende que callemos.

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Artículo publicado el 8 de febrero de 2009 en el Diario La Estrella de Panamá a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

Lecciones escondidas en Cabo Verde

Lecciones escondidas en Cabo Verde

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La opinión del periodista…

ALEXIS CHARRIS P.

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Las murallas del “Coloso de Cabo Verde” nos hablan del Panamá que alguien soñó una vez.  Era la época del repunte modernista. Fuerzas hegemónicas, para entonces envueltas en el preámbulo de un enfrentamiento entre sí, buscaban en la arquitectura una forma de expresión ideológica.

Esos eran los días en los que se construyó el primer Estadio Nacional que tuvo nuestra ciudad.   Se escogieron unos terrenos fuera de la ciudad de aquel entonces.  Al límite de la Zona del Canal. El país apenas tenía unos 20 años, se escogió para inaugurarlo la celebración de los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1938.

La idea seguramente era poner a la joven nación istmeña en el panorama regional.  El presidente de la República era Juan Demóstenes Arosemena, un notable servidor público, incluido en la breve lista de estadistas ilustres que han llegado a nuestro solio presidencial.

Así en febrero del 38 arrancó su reinado el que fuera el emperador de los parques deportivos por 60 años.  Un año después con la muerte del presidente Arosemena, el estadio adquirió su nombre.   Sin embargo, la sabiduría popular y suspicaz ingenio de la cultura criolla le bautizó como “el Coloso de Cabo Verde”.

Ahí comenzó la era del “ Juandemóstenes ”, un concepto nuevo.  Con el paso del tiempo el estadio adquirió identidad propia y su nombre mutó en una sola palabra que hablaba de las ventana principal para el deporte.

La época de oro del béisbol profesional entre 1946 y 1970, se vio en el estadio, los héroes del torneo aficionado creado por los militares tenían su arena en ese parque.   Incluso Ismael Laguna, el primero de nuestros gladiadores contemporáneos, conquistó allí un título mundial de boxeo.

El “ Juandemóstenes ”, cubrió de gloria ese rincón de Cabo Verde y a su alrededor la incapacidad de nuestra sociedad de brindar a los más necesitados una oportunidad y hacer valer la equidad, se encargó de rodearlo de miseria.

En el corazón de Curundú estaba el estadio, le circundaron bolsones de pobreza y con ellos el área se tornó “ zona roja ”, aún así Cabo Verde era escenas de una cita obligada con el béisbol nacional cada año hasta hace una década.

Pariente cercano del gran Estadio Olímpico de Berlín que acogió las olimpiadas de 1936,  el Estadio Nacional Juan Demóstenes Arosemena, a diferencia de estructuras de su misma edad, sucumbió ante el paso del tiempo.  Pero más que eso, ante el ataque de la desidia, el acoso de la marginalidad y de la violencia.

En 2004 la Asamblea Nacional lo declaró patrimonio histórico, aunque el esfuerzo quedó en una suerte de limbo, sus estructuras aún de pie son un monumento a nuestra incapacidad de preservar la historia y lo fácil que dejamos escapar nuestra identidad.

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Publicado el 2 de septiembre de 2009 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde .

El monstruo sigue vivo

En opinión  de …

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ALEXIS CHARRIS PALACIOS

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El monstruo sigue vivo

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El martes pasado la bestia que llamamos transporte urbano en la ciudad capital levantó las fauces y lanzó zarpazos de amenaza al nuevo gobierno, en un intento por marcar su territorio. Pero el alboroto no les dejó los resultados que esperaban, sin embargo, aunque débil, aún respira.

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Llamarle “sistema” a la forma como opera el transporte urbano en la capital es cruzar la frontera de lo iluso. Durante 40 años en forma silvestre “para-transportistas” se han encargado de negociar con el servicio pensando en ellos, sus necesidades, sus preferencias y roles políticos, en fin, en cualquier cosa, menos en el usuario. El motor del servicio. Por eso la promesa de cambios en ese esquema nefasto llegaba para oxigenar la esperanza de miles de usuarios de contar con un trato respetuoso, un servicio estable y formal y presenciar la muerte de “la bestia” que le ha tenido de rehén en los últimos 40 años.

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El gobierno los enfrentó hace tres días, cuando los transportistas incomprensiblemente paralizaron el servicio durante 24 horas. La comunidad lo apoyó y la bestia doblegó su ímpetu. Los cabecillas del transporte tuvieron que suspender el paro como lo empezaron: sin poder justificar la medida. Simplemente admitir su error y esconderse detrás de una arrogante excusa alegando que ahora confiaban en el presidente Ricardo Martinelli y su buena voluntad de integrarlos o compensarlos con la llegada del nuevo sistema. A pesar del argumento, la lectura general fue una sola. Los transportistas habían sido doblegados.

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No obstante, pese a la derrota la bestia no ha muerto. Siguen siendo quienes transportan a un millón de personas en la capital. Lo hacen con los mismo vicios y distorsiones de siempre. Cambian la tarifa cuando quieren, se desvían de las rutas, llevan música a todo volumen, hacen regatas, desafían a la autoridad y se comportan como si la vía fuera solo para ellos. En fin, es un hecho, el monstruo sigue vivo.

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Publicado el 13 de agosto de 2009 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El mesías que buscamos

El mesías que buscamos
05-03-2009 | ALEXIS CHARRIS PALACIOS- Periodista,  Escritor..
Un buen día de esos en los que Jesucristo estuvo en la Tierra, se volteó de pronto y le preguntó a su séquito:.. “¿ustedes quién creen que soy yo?”.. Según los entendidos, Jesús intentaba definir una de las cuestiones fundamentales sobre la creencia judía de entonces y aún de hoy, la existencia del mesías.
El asunto es tan profundo que la postura sobre la identidad de Cristo es la principal diferencia teológica entre judíos y cristianos.
Sobre todo porque el término “mesías” implica redención sociopolítica, para entonces y además moral y espiritual para los cristianos.
Pero al igual que los judíos de esa época, (y de esta también), en Panamá como sociedad andamos a la caza de un mesías.
Nuestro pueblo espera desde siempre una especie de héroe mítico que resuelva con superpoderes la vida de todos y los problemas del país.
Anhelamos un caudillo, que sea capaz de unirnos frente a la adversidad, planear nuestra economía familiar, resolver la forma como manejamos en las calles, recoger nuestra basura, barrer nuestras calles y luego nos obligue a mantenerlas, o mejor dicho las mantenga limpia, y en buen estado.
Pero sin que eso signifique elevarnos costos o esfuerzos.
Queremos que de la nada, por “obra y gracia” de no sé qué espíritu, alguien al que no conocemos bien, y que tenga un origen cuasi metafísico surja con la capacidad de crear con su verbo, de someter nuestra voluntad para que tengamos el país que soñamos, pero que no nos atrevemos a forjar.
Esperamos que ese mesías nos redima de la pereza mental de nuestros estudiantes, de la indiferencia de los educadores, de la desvinculación de los padres de familia. No obstante, según nosotros, la educación es mala por sí misma, sin razones vinculadas a las personas.
Según nuestra esperanza mesiánica, el redentor deberá resolver el asunto del despilfarro de los recursos médicos y el problema de los que tiran basura en cualquier lado.
Pero nadie parece dispuesto a comenzar a cambiar de actitud, todo depende de que aparezca el mesías.
Así, cada cinco años esperamos encontrar dentro de la oferta electoral a ese mesías, le buscamos entre los partidos y pensamos que le encontramos, pero pronto descubrimos que todos los problemas siguen creciendo, porque, en efecto, el problema somos nosotros mismos.
Hoy, muchos saldrán a poner su fe en otro “mesías”, y antes de que caigan muchas lunas sabrán que otra vez se equivocaron. El mesías que necesitamos ya está entre nosotros. Cada mañana al levantarnos, usted y yo, podemos verle al espejo.
La redención mesiánica llegará cuando aquel al que miramos en el espejo decida cambiar. En fin, Panamá no necesita un mesías, el país necesita que ¡despertemos!
Publicado el 3 de mayo de 2009 en el diario La Estrella de Panama.