De la extinción a la sostenibilidad

La opinión de….

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Javier Arias Iriarte

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.Las noticias sobre incidentes donde se ven involucrados animales y plantas consideradas especies en peligro y que pertenecen a listas rojas son cada vez más frecuentes en el país.

Esto sucede porque la situación económica empuja a las comunidades a presionar los recursos, cuyo tráfico se convierte en actividad de un creciente mercado ilícito que beneficia a unos pocos y que termina por recrudecer la pobreza en los grupos humanos más vulnerables.

Hace unos días, funcionarios de la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam) retuvieron en el Aeropuerto Internacional de Tocumen 28 estuches, cada uno con 24 pares de espuelas para gallos de pelea, confeccionadas de un material llamado carey, proveniente de una tortuga marina que lleva el mismo nombre (Eretmochelys imbricata). Esta especie está en una lista internacional de animales en peligro de extinción.

También en Herrera se incautó un enorme cargamento de huevos de tortuga proveniente de Los Santos, y en Bahía Azul, comarca Ngäbe Buglé, funcionarios decomisaron casi 50 arpones y artificios de pesca de embarcaciones que desarrollan la práctica de atrapar tortugas. En el Alto Chagres y Darién se ha reportado la cacería y venta ilegal de diferentes especies.

En Darién, la deforestación el cambio de uso de suelo y la cacería furtiva presionan los nidos de águilas harpías; mientras en las costas de esa provincia, de Los Santos y Chiriquí, se practica la mutilación de tiburones para aprovechar la aleta y exportarla a mercados asiáticos donde se procesa.

Estas acciones corresponden a un ciclo donde entran en juego condiciones económicas, prácticas culturales con componentes sociológicos para condicionar factores hacia una realidad que afecta la biodiversidad del país y las perspectivas posibles, incluso como valores competitivos en función del desarrollo sostenible.

Este panorama que hemos encontrado en el ambiente panameño, nos obliga a iniciar el desarrollo de planes de conservación de las especies en peligro que son más significativas. Por eso es que iniciamos con el águila harpía un ejercicio de evaluación del estado de conservación para analizar con los actores involucrados las posibilidades concretas de un trabajo productivo.

Igual lo planearemos con los jaguares, las tortugas, anfibios y los tiburones en una primera etapa. Es necesario estudiar su estado, consolidar un plan consensuado y en un esquema de investigación, educación y fiscalización y control, podemos incrementar y mejorar el estado de las poblaciones de estas especies en peligro.

Pero tenemos también el reto de enseñar a las comunidades que un águila harpía viva es más valioso en términos de sostenibilidad, que convertido en un producto del mercado del consumo. Se requiere crear un espacio de inversión comunitaria, estimular la producción sostenible y fortalecer las economías locales para reducir la pobreza.

En la medida que generemos actividades productivas alrededor de estas especies en peligro, podemos sacarlas de los registros de alerta y convertir a las comunidades en sus custodios para crear perspectivas sociales con un mayor nivel de sostenibilidad.

Esta visión debe ser comprendida y avalada por autoridades locales, alcaldes, diputados y el Órgano Ejecutivo. Así llevamos a una escala estatal una política ambiental que puede cambiar nuestro destino económico y posicionamiento internacional como nación celosa de su patrimonio natural.

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Publicado el 15 de septiembre de 2009 en el diario La Prensa; a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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