Horno para pobres

La opinión de…

 

Rafael Candanedo

Las llamas de un horno crematorio alcanzan hasta los 900 grados centígrados. Esa temperatura convierte el más hermoso y plantado cuerpo en unas onzas de ceniza. En una hora, el calor exuberante desarrolla su función de procesador de desechos.

Soportan esos rigores cadáveres, cuyos familiares, por comodidad e higiene, optan por esa metamorfosis. La piel resulta en jirones, aunque la primera candela se concentra en la caja torácica.    Prótesis hay a prueba de todo.

El tormento de los jóvenes infractores no fue tan abrasante. La diferencia: los siete, en ese espacio 4×4 (metros), estaban vivos. Retornamos a la pira,   aquella hoguera en que se quemaban cuerpos muertos, y también vivos, como sacrificio.

En la sala de espera -esperando sin esperanza- del horno crematorio, se quema el espíritu del doliente, pues es un tránsito sin retorno. El silencio es aterrador.   A diferencia de la celda 6, donde el grito es desgarrador y el suplicio recuerda al poeta Virgilio en los sufrimientos que observó en el recorrido por las estaciones del infierno.

Aberración que espantaría -o alegraría- al Marqués de Sade. Sadismo y negación de ayuda, en una. Crimen de lesa humanidad. Ofende y lastima la conciencia nacional, tan apaleada en los últimos tiempos.   Por su aberrante naturaleza, como se define, de manera técnica, este delito “ofende, agravia e injuria a la Humanidad en su conjunto”.

-Marqués de Sade, palidezca.

Ante quien estaba obligado a salvarles el pellejo, los adolescentes clamaban:

-Viejo, echa agua.

La respuesta:

-¿Querían ser hombrecitos?… ¿Agua?… ¡Muéranse!

En este horno,  la autoridad,  a través de agentes del Estado, presencia la chamuscada e impide que sea sofocado por los bomberos el infierno. Ni los filmes animados son tan descriptivos e ilustrativos de la realidad penitenciaria, del abuso, el irrespeto a cualquier derecho, y, sobre todo, el reino de la impunidad.

La impunidad es galopante. El Código Penal prevé la opción de detención inmediata de responsables en casos de esta naturaleza. Ha prevalecido el artículo manzana de la discordia de la Ley Chorizo y sus sucesoras que otorga privilegios a los agentes policiales acusados y que están bajo investigación.

Nuestro Estado es signatario de convenciones en favor de los derechos humanos, y, de manera especial, a favor de la niñez y la adolescencia. Quienes están privados de libertad padecen el hacinamiento, la mora judicial y maltratos físicos. Es deber de la autoridad garantizar la vida de esas personas e incrementar los cuidados cuando se trata de jóvenes sin mayoría de edad.

Tras la masacre de Tocumen, así lo ha recordado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), aquellos polvos trajeron estos lodos.   Se le ha insuflado un poder enfermizo a los servicios policiales y de seguridad.   Bajo el argumento de atender la inseguridad ciudadana, se ha organizado un sistema de represión, en el cual el agente se siente todopoderoso y está consciente de que, ante cualquier abuso, le espera un indulto, como se ha suscitado de manera masiva en los últimos meses.   La impunidad lo protege.

De 15 a 17 años son las víctimas del horno de Tocumen.   Son los hijos de todos nosotros. Habían abandonado el aula. Dos habían concluido hace poco el sexto grado de la educación primaria. Habían crecido, en su mayoría, en barrios y familias disfuncionales.

Retratan un país con recursos, con alto crecimiento económico, y con una desigualdad que espanta. Entre las peores en el mundo. Quienes gobiernan adeudan, no solo un plan científico de seguridad ciudadana, sino una política social activa, en la que haya un mayor aprovechamiento de las capacidades y talentos de los segmentos vulnerables.  No al horno para pobres.

 

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Este artículo se publicó el  26  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Se prohíbe leer Condorito

La opinión de…..

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Rafael Candanedo


Exijo una explicación.. frase conspirativa para alguien del Ejecutivo.   No deben permitirse esos excesos. A la nueva dependencia de espionaje se le encomienda que identifique al autor de semejante protesta.   Reflauta. Con una eficiencia inusual, se ha llegado ante Condorito.

Como puede atentarse contra la empresa privada, las relaciones comerciales internacionales y la libertad de expresión, a unos honorables diputados se les ha ocurrido que sea frenado el pajarraco mediante la incorporación del inciso a una ley sobre la protección de los pájaros preñados.

Con urgencia y sin que se note, releo, a marchas forzadas, las tiras cómicas, y me detengo en la mirada de la bellísima Yayita, convertida de campesina tímida en una protestona de primera marca y compradora compulsiva.

El inciso contra Condorito ordena la recolección de las revistas y libracos, tanto de las bibliotecas públicas y particulares, como de las librerías, supermercados y estancos callejeros. Perdemos a la escultural Yayita, sin embargo es de beneficio la desaparición de predadores de marca mayor: el borrachín Garganta de Lata, el mentecato Huevoduro y el pesado Pepe Cortisona. No hay mal que por bien no venga. (Ni cito más refranes, no sea que quieran guillotinarlos).

Sacar de circulación determinados vocablos es una idea que es abanicada por honorables que están convencidos de que la demostración social puede detenerse con una reforma léxica. Como si se tratase de una botella tirada al mar, se creará por ley el retiro a un baúl de palabras como manifestación, demostración, volanteo, boicot, abucheo (salvo que sea contra Melitón), disgusto, descontento, desazón, marcha, paro, desencanto, tranque, concentración, pito y paila, motín, piqueteo, sentada, huelga de hambre, huelga con comida y huelga decir.

Para evitar que sorprenda a los parroquianos, esta reforma léxica tendrá como fachada el simpático proyecto para el repoblamiento de batracios y otros vertebrados afines.

El trueque de la protesta por el mensaje oficial a través de los medios de comunicación social no quita el sueño a los honorables. No es trabajo difícil. Se lleva a cabo con gente y con plata. Siempre hay voluntarios para este trabajo y la plata no escasea.   Más difícil es acallar a un caricaturista.  A un locutor o comentarista le quitas el micrófono, y lo inmovilizas. O a través de un virus que le cause un catarro por años. Se complica impedirle al caricaturista que mueva la mano para llevar a cabo su boceto, sobre todo en una época en que, en la computadora, crea sus diseños hasta con soplidos.

Cualquier iniciativa debe tener la apariencia de legalidad. Si alguien sospecha que se frenará la libertad de expresión, entonces la fachada se deteriora. Inmovilizar las extremidades inferiores del caricaturista es una idea que es barajada. “Hay que protegerles las manos”, propondrá, entusiasta, uno de los creadores del futuro artículo legal.

País de protestones. El bostezo, la mirada, escupir y sacar la lengua son otras formas. Alguna gente ha empezado a eliminar letras y sílabas en determinadas palabras: en “diputado”, por ejemplo, le mutilan las sílabas con consonante “d”; cercenan de un tajo la última sílaba de “ministro” y en nombres como “Martinelli” le quitan la “t”. Habrá que saber qué persiguen.

Mientras se idea un párrafo para que la gente no omita letras y sílabas, un honorable que sabe de informática planea incorporar un inciso en una antigua ley sobre catastro, desempolvada para ese único fin, que se propone acabar con la protesta vía chat.

No debe sospecharse que se inhibe la protesta virtual, sino que, por otras razones, se cancelará el chat. Ese es el objetivo de sus gestores.

El “camarón” del César no solo debe serlo, sino parecerlo.

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Este artículo se publicó el  16  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.