Ley de protección de menores

La opinión de…..

NOEMI L. CASTILLO J.

Panamá no tiene una estrategia nacional para la reducción de la violencia y la criminalidad, que proteja a los menores. El Comité de los Derechos del Niño ha hecho observaciones importantes con respecto de las reformas introducidas al Régimen Especial de Responsabilidad Penal para la Adolescencia, considerando que se advierte una “tendencia de ampliar el uso de la privación de libertad, como método preferente de control sobre las y los adolescentes, pese a que no hay evidencias en estudios nacionales que sugieran que el internamiento, en general, y el internamiento prolongado, en particular, condicionen favorablemente el cambio de conducta de las y los adolescentes infractores”… “También hay preocupación porque el Estado panameño no ha hecho lo suficiente para que el sistema de administración de justicia de menores se ajuste a los principios y normas establecidos en el Comité de los Derechos del Niño y otros instrumentos internacionales relacionados”. (UNICEF, 2011, P. 27).

La Constitución Política la República de Panamá (2004), establece la protección de menores como uno de los deberes fundamentales del Estado. También garantiza instituciones de justicia y resocialización especializada para adolescentes. Sin embargo, lo que se ha hecho hasta ahora es ampliar el número de delitos y aumentar la pena máxima de privación de libertad de los adolescentes, entre los 7 y 12 años, expresando que, al cumplir los 18 años, el joven que todavía no termina de pagar una sentencia, pasaría a los centros de detención para adultos. La Ley 6, del 8 de marzo de 2010, mantiene en 12 años la pena máxima, pero baja a 12 años la edad en la que un adolescente puede ser procesado.

En 2007, el Ministerio de Desarrollo Social presentó a la Asamblea Nacional, el proyecto de ley de Protección Integral de Niñez y Adolescencia, que se mantiene archivado. Las modificaciones discutidas y aprobadas en los últimos años se han focalizado en el tema de la responsabilidad penal de la adolescencia, dejando de lado la creación de un sistema de protección integral de los derechos de la niñez y la adolescencia, que articule “la formulación, monitoreo y evaluación de las políticas de protección, y organice los diferentes niveles de atención e intervención en el ámbito nacional y local”. (UNICEF, 2011, P. 28).

Con base a las estadísticas de criminalidad del Instituto Nacional de Estadística y Censo, a pesar del endurecimiento de penas, la conducta delictiva de los menores de 20 años ha experimentado un fuerte incremento a partir de 2009, lo que indica que la penalización no es la clave para reducir los casos delictivos. Las investigaciones demuestran que una política integral de prevención puede contribuir a disminuir la conducta delictiva de mejor manera que el endurecimiento de penas. Si queremos una sociedad más segura e igualitaria, necesitamos que los jóvenes se sientan protegidos para que ejerzan plenamente sus deberes y derechos ciudadanos. El futuro del país depende de una nueva generación de individuos trabajadores, creativos y productivos. Es necesario contar con una estrategia nacional para la protección de los menores.

<>  Este artículo se publicó el 24 de enero de 2014 en el diario La Prensa y fue enviado hoy 7 de junio de 2016 como mensaje a al chat de Facebook de este editor,  por Don Alberto Barrow.  Damos a la autora y a todos los medios que lo publicaron el crédito que les corresponde.

 

El silencio de los inocentes II

La opinión del Escritor…

MANUEL ORESTES NIETO
manuelorestes@gmail.com

 

Con el título de la Bitácora de Ebrahim Asvat del 20 de enero –precisamente el día en que se vio forzado a dejar la presidencia de La Estrella y El Siglo– escribo también abochornado de vivir estos tiempos sombríos en un país cada vez más contagiado de perversidad.   Ya son cinco jóvenes panameños muertos después de ser calcinados dentro de su celda. Sus custodios y policías los dejaban morir achicharrados y hervidos por dentro. Sus jefes jerárquicos enmudecieron y ellos, que tanto hablan de sus logros, se quedaron sin lengua.

Ante las escenas dantescas de este crimen cruel, ni el Jefe de la Policía, ni el Ministro Mulino que sólo sabe rugir, ni la Ministra Méndez, de voz inaudible, se dieron por aludidos, apenas balbuceos y trabalenguas para justificar lo injustificable.    Como si nadie hubiese muerto, han seguido tranquilamente el guión diseñado para, en efecto, intentar estirar la farsa del cambio.   La realidad es inversa: voltear un país urgido por salir de la pobreza, necesitado de educación y salud y convertirlo, no en un idílico paraíso, sino en un Panamá arrodillado, sometido y, como máximo record histórico –como les gusta jactarse– inscribirlo como propiedad privada.

Aunque los hechos ocurrieron bajo esta administración, olímpicamente se lavaron las manos y a estos muertos parece que no se les hará justicia.   Recordemos la destitución forzosa de Ana Matilde Gómez y las salvajadas de su siniestro sucesor Bonnisi, los magistrados incondicionales y las intromisiones consecutivas e incontables desde el Ejecutivo. La justicia ya violentada, además se esfumó, se la fumaron y brilla por su ausencia.

Es como aplicar a los menores la pena de muerte y montar luego una investigación difusa, para olvidar.   Lo que hacen son simulaciones, se ponen las máscaras y ejercen la mentira pública ante una sociedad al borde del precipicio.

Veremos si lograrán pasar la página de este horrendo crimen con saña y toletazos, que todo el país vio con rabia y en vivo por televisión, como han dejado en la nada a Changüinola y la indolencia que llevó a la muerte a Virgilio Castillo y Antonio Smith, que dejó decenas de ciegos y lisiados por perdigonazos.

Humo, soberbia y, en efecto, locura.   El eslogan de la campaña es la única verdad que han dicho, que están poseídos por una espeluznante locura. Hay que matizar.   Locura que se infecta así misma todos los días.    Desprecio y vanidad extremas; y como siempre, la oportuna justificación democrática: …ustedes nos eligieron para mandar, es decir, para hacer y deshacer desenfrenados; ¿no se acuerdan del cheque del 3 de mayo del 2009 que firmaron con los votos?

Pues bien, ahora le toca el pueblo… pero aguantársela completa… sin agua, sin seguridad, con basura, ineptitud y cinismo desde el poder… y que viva Panamá, con Shamah a las cabeza del carnaval y con el ministro Papadimitriu, el que mueve los hilos del poder y tiene capacidad de ventrílocuo y cancerbero a la vez; en fin,   ¡Yo el Supremo, mi trono y mis súbditos, en este país mío por los próximos cien años!.    Ese es el sueño de opio y la sopa borracha que alimentan vanidades y soberbias, aunque huela a sangre quemada y le echen tierra a lo que le hicieron a indígenas acribillados.

Adelante hay un becerro de oro macizo que han decidido capturar a toda costa para comérselo en un festín y que el pueblo se quede sin oportunidades de salir de la pobreza.    Ahora es manipulación a toda manivela.   Y de ñapa, hay que tragar esa cosa espantosa que se llama a sí mismo el búfalo sexual,   la degradación asquerosa en persona, el lambón hoy CD y mañana marciano, y al penoso alcalde y sus fantasías pueriles y lamentables porque sus errores letales pueden producir cualquier día de estos el colapso de la capital de nuestro país.

En el gobierno, persisten en el método fascista de que acallar volatiliza lo que no es conveniente que se difunda. Y han llevado al cadalso a la información libre. Asvat hizo lo posible; admirable, honesta y de sincera vergüenza ciudadana fue su Bitácora.

Sólo después de haber muerto el quinto joven el Presidente pone en vilo al mundo mediático, genera expectativa, viene, viene un anuncio importante y… que desilusión… lo siente mucho… Precisemos: en este doloroso asunto, nadie politiza nada, nadie divide ninguna sociedad. El país está estupefacto. Allí está ese día, por paradoja un 9 de enero, donde desataron un vil asesinato colectivo.    Y, por tanto, hay asesinos y, además, responsabilidades institucionales. No sólo los que actuaron físicamente. Como ya retumba en múltiples repudios a esta atrocidad: Esto no se puede quedar así.

 

Este artículo se publicó el 27 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,

La verdad desnuda o una defensa a destiempo

La opinión de…

Dicky Reynolds O’Riley

Cuando pensé que lo peor había pasado, aún reverberan en mi conciencia las imágenes de la paliza de la Cárcel Modelo o en términos eufemísticos “La calle de honor” o simplemente, “el correctivo”, en el código, no escrito, de la retórica policial. Hecho deleznable bajo cualquier punto de vista.

Situación que deploro. Quince años después me persiguen esos fantasmas y las ulteriores consecuencias en mi vida privada, profesional, demeritándolas, sin darle valor o crédito a otras actuaciones más loables de mi existencia. Siento el escarnio de la vindicta pública que me ha condenado.

Ese estigma que me acompañará hasta mi última morada. No quiero imaginar mi final lapidario, quizás diga aquí yace el “Torturador de la Modelo”, Noir du merd o “Un Noriega de bolsillo”. No soy “San Dicky” y no me motiva conmoverlos de pesar y mucho menos de lástima ni tampoco atizar el fuego de la morbosidad que recae en un tema tan humano como el trato hacia una persona privada de su libertad, no importa por qué motivos esté restringida.

Cuando se inició todo este periplo judicial para encontrar a los responsables de la barbarie de la Modelo –como han adjetivizado en la opinión pública los medios de comunicación social este hecho–, los agentes instructores de otrora no tuvieron posturas para sindicar a los verdaderos responsables, a quienes mostré con pelos y señales. Me negaron el derecho de carearme con ellos para restregarle la verdad en el rostro. Creyeron que era importante no afectar la renovada imagen policial que venía ya señalada por sus desaciertos en materia de derechos humanos en tiempos no tan remotos. Nefasta decisión. Sabíamos que el tigre no iba a ser vegetariano.

Hay una realidad, soy “reo convicto”, infame honor me persigue, una especie de letra escarlata. Se preguntarán ¿Por qué rompe el silencio hasta ahora? Tardía autorreinvidicación. ¿Temor o complicidad? ¿Sacar provecho mediático para exorcizar sus demonios? U otras conjeturas, que, cada quien es libre de hacer. Mi candidez fue pensar que los jueces serían equilibrados y justos, que se practicarían las pruebas, más allá de las solas vistas televisivas y las declaraciones de los agentes policiales, quienes por ese temor reverencial no se atrevieron a señalar a sus jefes y prefirieron “cargar con el muerto”.

Sumado a la complicidad de quienes editaron y sacaron de contexto mis deposiciones para favorecer a sujetos innombrables, que, luego por efectos de las leyes del karma, se vieron señalados en otros acontecimientos bochornosos que trascendieron a las esferas administrativas y penales. Pequé de ingenuo, pero pecado al fin y al cabo que me somete diariamente al acicate como responsable.

La confabulación de siniestros personajes que se aprovecharon de mi sentido de lealtad a idearios políticos, al punto de arriesgar mi vida y mi honor por el partido. Me dejé llevar por la falsa sensación de amistad de los que decían esta tormenta pasará, solo resiste. No lo niego, me desinteresé de mi suerte en lo judicial y he aquí las consecuencias. Me dejaron solo en el baile, como se dice en el argot panameño, mientras que los policías cerraron filas con sus unidades, principio rector de la institucionalidad.

No se puede llorar sobre la leche derramada. Ya no puedo evitar ser tema de debate, por que aquí no cabe el término, como se dice en derecho, que este asunto es “cosa juzgada”. Creía en la máxima que rezaba: “A los amigos no hay que darle explicaciones, porque no las necesitan y a los enemigos tampoco, porque no los convencerás”. En realidad, estoy cansado que me estén asoleando todos los días en los medios, aunque sé que estos son los frutos de decisiones propias y ajenas. Cargo esa enorme roca como Sísifo en su tragedia griega.

Motivo estas reflexiones, extraídas del inventario de mi vida, como introducción al hecho de la masacre del Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen, acaecido el pasado 9 de enero, solo comparable con el suceso de la Modelo, porque ese fue el preámbulo de esta dantesca escena.

Nuestra sociedad, con su doble moral, critica a la Policía, pero tampoco quiere leyes que trate a los menores infractores como a los niños cantores de Viena, se queja de los beneficios que le da su condición de minoridad. Hay quienes, solapadamente, han aplaudido el clásico “bien hecho”, por mal portados. Somos dados al actuar efervescente, situación que disipa soluciones estructuradas, permanentes y a largo plazo, sobre todo en el tema del internamiento y resocialización de las personas. Nos acordamos de ellos cuando surgen eventos como este y una vez neutralizada la disconformidad, epitelial, de la opinión pública no se vuelve a hablar del asunto.

Mi preocupación, sin sesgo, resentimiento ni actitud de bandolero redimido, va encaminada en el sentido que se haga una investigación, prolija y sin ambages de estos hechos y, más allá de la condena mediática, que el largo brazo de la ley alcance a los verdaderos responsables. Si ello no se lleva a cabo, la justicia estará pagando las consecuencias por su andar timorato, ya bajo cuestionamiento. Creo, que, sin pecar de inmodesto, tengo la catadura moral para decirlo. Dicho en términos más románticos, la voz de la experiencia.

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Este artículo se publicó el 5 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

‘Preciosa’ y el derecho a la vida

La opinión de…

Raúl Leis R.

Claireece Precious Jones. Negra. Pobre. Obesa. Solo 16 años de edad. Analfabeta funcional pues fue forzada a abandonar la escuela.   Violada por su propio padre y en cinta por segunda vez. Residente en un gueto neoyorquino junto a una madre despiadada, abusadora y maltratadora. Aislada del mundo, con una autoestima en el piso y sin apoyo de nadie. Ya empieza a cometer pequeños robos. Luego descubre algo terrible: la han contagiado del virus del sida.

Ella está tocando fondo y lo sabe, pero surge una oportunidad a través de un programa de educación alternativa de jóvenes y adultos, donde encuentra a la joven maestra Rain, quien a través de un proceso integral, participativo grupal, logra avanzar no solo en la lectura y los temas básicos educativos, sino en una trascendencia ética que le permite que Preciosa crezca en capacidad, dignidad, construyendo un nuevo e intenso camino de posibilidades de existencia.

Esto resume el guión de la película Preciosa (Precious) basado en la novela Push de Sapphire, ganadora de 50 premios de cine, y que debería ser vista y debatida en nuestro medio.   Pero no hay que ir muy lejos para encontrar situaciones similares e incluso peores en nuestro medio, y los recientes sucesos y situación actual del Centro de Cumplimiento de Menores así lo demuestran.

Los menores privados de libertad, tanto los que fueron asesinados a través de una ejecución extrajudicial como los que aun sobreviven en condiciones infrahumanas, son producto de una cadena de exclusiones sociales, económicas, políticas, generadas por la sociedad en que vivimos, asimétrica y desigual. Más de la mitad de la población panameña es menor de 25 años pero el 57% de los pobres tiene menos de 20 años.

Mucha de la responsabilidad de lo que sucede con muchos jóvenes es de nuestra sociedad que no les proporciona las necesarias oportunidades, los invisibiliza y hasta estigmatiza. También suma un acumulado de años de errores y desidias gubernamentales, agravado hoy por un gobierno de corte autoritario y prepotente, que ha apostado más al castigo que la prevención y resocialización, y ha blindado de impunidad a la fuerza pública, estimulando así desmanes y represiones como las ocurridas en Changuinola y Tocumen.

La situación la plasmó diáfanamente Justo Arosemena, hace siglo y medio, con palabras que tienen plena vigencia hoy en día: “El sistema penal es más propio para empeorar que para corregir a un delincuente.    Nuestros presidios son focos de infección física y moral, escuelas de perversidad, en donde el hombre todavía sano se corrompe, y el malvado se perfecciona en el crimen perdiendo el último resto de pudor […] Vista la urgencia, ¿cuál es la esperanza de una reforma completa, general y concienzuda de nuestro cuerpo de derecho?”.

El informe de la Asamblea Ciudadana (31 de enero) sobre las condiciones inhumanas de los centros de cumplimiento y custodia da cuenta del abandono y la indiferencia, y contiene valiosas recomendaciones inmediatas para superar el estado de cosas: Se declaran vigilantes ante esta crisis en el sistema carcelario que viola los derechos humanos de la población privada de libertad, así como del procesamiento de los responsables y culpables directos e indirectos del crimen cometido. Piden la demolición del centro de cumplimiento y la adecuación del Centro Arco Iris garantizando que sólo puedan atender a los reclusos para los cuales tienen la capacidad física y técnica. Un mecanismo institucional vinculante, con recursos y presencia de organismos de sociedad, con un plan a corto y mediano plazo para evitar que se sigan construyendo escenarios de improvisación institucional y de malgasto de recursos públicos.

Un eje de transparencia e integridad que permita prevenir actos de corrupción y tráfico de influencias. La capacitación de todo el personal del sistema en materia de derechos humanos, en especial los relacionados con los menores. Seguimiento de las mejoras al sistema en el que estén representados Gobierno, técnicos del sistema, organismos nacionales e internacionales de DDHH, y en el cual tengan voz permanente representantes de los reclusos.

Gente como Preciosa tiene derecho a la vida al igual que todas las víctimas de la violencia y la criminalidad, y nos enseña que, en conjunto con los cambios estructurales profundos a la justicia, la apuesta educativa es fundamental en el proceso de rescatar a nuestra niñez y juventud. Un modelo educativo que conjugue los cuatro grandes pilares del Informe Delors: “aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser”, a lo largo de toda la vida.

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Este artículo se publicó el 3 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Un acto de barbarie

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La opinión de la Maestra…

Ana Isabel Martínez 

Diversas opiniones y emociones han surgido en torno al caso de los jóvenes calcinados en el Centro de Cumplimiento. Aún parece escena de una película. ¿Qué opina usted? Esta es mi respuesta:

 

No es que se pretenda que a los detenidos en las cárceles los atiendan como a huéspedes en un hotel. Es simple y llanamente que, si somos capaces de sentir satisfacción o si, presenciamos con indolencia la terrorífica escena de seres humanos quemándose vivos, gritando desesperados, buscando con ansias una salida sin encontrarla, rogando por auxilio… sencillamente, nos estamos comportando como desalmados, canallas, brutos, bestias. Entonces, ¿con que moral juzgamos los actos delictivos? Según las circunstancias, ¿podríamos también comportarnos como asesinos poniendo como excusa nuestra comodidad o necesidades?

 

Si es así, entonces como sociedad, legalicemos la pena de muerte y reunámonos en la Plaza 5 de Mayo o en el Parque de Santa Ana, y disfrutemos al ver a los sentenciados patalear cuando son ahorcados o al observarlos saltar y gritar al quemarse vivos como en el tiempo de la Inquisición.

Realmente, el repudio a este acto no es por ellos, es por la parte humana que No hemos perdido quienes fuimos bien criados y no estamos envenenados aún, por la violencia.

 

Una cosa es que yo quiera que quien mató vilmente a mi inocente hija sea enjuiciado y cumpla la máxima pena por ese crimen, y otra cosa es que quiera que lo quemen vivo ante mis ojos y complacerme escuchándolo gritar y quejarse hasta morir. Eso es no tener corazón y gracias a Dios, muchos, aún lo tenemos. De momento por el dolor y la rabia, quería como golpearlo pero, a menos que hubiera perdido el juicio, no me atrevería a asesinarlo con mis manos.

 

Por otro lado, en cuanto a las madres de los detenidos que reclaman los derechos de sus hijos, lastimosamente, están del lado equivocado y su actitud refleja el por qué sus hijos tienen conductas delictivas. No les enseñan responsabilidad ni a enfrentar las consecuencias de sus actos ni a ganarse la vida honradamente.

 

Ellas deberían ser las primeras en castigar a sus hijos y en hacerles ver que lo que reciben en custodia: mal trato, malos olores, mala comida, golpizas, falta de atención médica… se lo buscaron y por lo tanto, tienen que enfrentarlo.

 

¡Pero, no! Se sacrifican por ellos, llevándoles arroz con pollo, mantas, cigarrillos. Y para colmo, protestan porque sus hijos están “sufriendo” malas condiciones.   Señoras, lo malo que hay en la cárcel debe ser su primer escarmiento para que aprendan de sus malos actos y no vuelvan a delinquir. ¡Entrenemos nuestra conciencia y aprendamos a educar a nuestros hijos!

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<>Artículo publicado el 31  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Cero tolerancia con el abuso de detenidos

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La opinión del Abogado…

Alberto E. Fadul 

Cinco fallecidos y dos aun pendientes de saber que les pasará; de seguro, se corta el sentir positivo sobre su delicada situación y los orígenes de la misma.   Que nuestro Señor les ampare. 

Lo ocurrido en el centro de detención de menores, dada las gravedades del caso y sus tristes secuelas, es porque nos hemos enterado de lo sucedido.    Sepa Dios cuantos horrores ocurren en las cárceles panameñas en cuanto al maltrato de los detenidos y no nos enteramos.

Los delitos tipificados en nuestro Código Penal con privación de la libertad, no indican que, en adición a la misma, los presidiarios serán maltratados, en ninguna forma, como consecuencia de esta. El hacinamiento y en general las condiciones carcelarias negativas, no son parte de la naturaleza del castigo por delitos cometidos.

Recuerdo como si fuese ayer, el comercial televisivo generado durante el periodo del difunto Presidente Endara mostrando, con lujo de detalles, el trato brutal de los encarcelados y los argumentos que sustentaron semejante barbaridad:   Si no quieres que te pase a ti, cuídate de cometer delitos con pena de encarcelamiento. ¡Qué horror! La situación no sufrió mejora alguna; todo lo contrario, está cada vez peor.

Nuestra Carta Magna nos expone la función de resocialización para los encarcelados.   Sus detalles son bastante claros y precisos. El resultado de su no aplicación: las cárceles son las escuelas de la criminalidad en todas sus agobiantes formas.    ¿Quiénes se preocupan del no cumplimiento de tales atribuciones? ¡Nadie! No lo hace la sociedad pues en ella solo hay un sentido de profundo disgusto: ¡El que la hace que la pague a como de lugar! ¿Se preocupa la iglesia? No, la política le es más interesante. ¿Qué hace la Defensoría del Pueblo?

Después de todo, la metodología para la resocialización es un derecho violado a diario. Claro ahora el peso de la ley le caerá a todos los involucrados. ¿Y luego qué? Es de esperar que la muerte de los jóvenes no sea en vano y sirva de algo para entrar en un proceso serio de recomposición a nivel constitucional, legal y reglamentariamente sujetos a una real necesidad.

Los presos son seres humanos que deben pagar por sus delitos, sin estar envueltos en una cultura de odio y abusos constantes de toda índole.

Presidente, esto también debe ser parte del cambio, hacia una sociedad más valorativa y consciente de que la equidad nos abarque a todos.

Mi más sentido pésame a los familiares de los fallecidos.   Ojalá no queden en el olvido.

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<>Artículo publicado el 23  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

 

Buenos hogares: ¿responsabilidad de quién?

La opinión del Abogado,  Criminólogo,  Odontólogo y Decano de la Facultad de Odontología de la Universidad de Panamá…

Omar O. López Sinisterra 

Siempre estamos discutiendo sobre en quién recae la responsabilidad de que existan jóvenes carentes de valores, sin estudios, sin empleo, delinquiendo etc., pero lo cierto es que este problema social cada día es mayor.

Tenemos que enmarcar nuestra sociedad en el ámbito de una economía de mercado en la que solo pueden participar los que tienen recursos.

Los que no cuentan con ellos tratan de conseguirlos de cualquier forma y obtener lo que desean de acuerdo a lo que Maquiavelo expuso en su momento como “El fin justifica los medios”.

La propaganda sistemática que empuja esta economía de mercados, lleva a nuestra sociedad la urgencia de poseer bienes materiales y que para nuestra juventud son necesarios para poder convivir y comunicarse.

En gran parte de nuestra sociedad, de nuestros hogares postergado, desposeídos o marginados, nuestros jóvenes se debaten en hogares cuyos padres no existen y cuyas madres desempleadas tratan de ganar el sustento muchas veces realizando acciones que caen en el narcotráfico, la prostitución y la mendicidad. ¿Cómo esperar que los niños y jóvenes frutos de estas circunstancias puedan vivir una vida digna y alejados de la violencia y la criminalidad?

Cada vez que debato o converso sobre el tema con otros profesionales o simplemente con padres de familia, traemos a colación frases como esta: “En mis tiempos esto no era así…nos daban rejo y era suficiente”. Los días lejanos carecían de una superpoblación potencializada con las migraciones internas y foráneas en busca de mejores días. La situación económica era un tanto más balanceada y con mayores programas de incentivos por ejemplo, en el ámbito agropecuario.

Hoy en día existe mucha pobreza tras bastidores en regiones campesinas, indígenas y urbano-marginales que esconden un escenario continuo de carencias y de tragedias que invocan fácilmente a la infracción de las leyes.

Hemos descuidado nuestros núcleos familiares en todos los niveles. La drogadicción arrasa con jóvenes de todos los niveles creando serios problemas en nuestra sociedad. La tecnología nos ha apartado de nuestros hijos. Viven en sus cuartos rodeados de computadoras, wii, play station y otros, inmovilizándolos y haciéndolos presa de ella. No ejercitan sus músculos, no conviven, sino que se internan en un mundo electrónico, lejos de su vida familiar y social.

La propaganda vende para algunos y otros delinquen para obtenerla. Tenemos que realizar un Plan de Acción Integral que nos permita recuperar nuestras familias, nuestros jóvenes y nuestra identidad. La responsabilidad sobre nuestros hogares y niños recae en todos nosotros, luchemos por preservarlos.

 

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<>Artículo publicado el  27  de enero de 2011   en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

“Sin causa de justificación”…

La opinión de…

Ariel Banqué Estrada 

“La pena constituye un medio de prevención general…, reinserción social y protección del detenido”, entonces es menester del Estado garantizar el respeto de la vida e integridad de los reclusos pues estos están bajo su custodia. En ese sentido, el fin del régimen penitenciario es lograr la convivencia ordenada y pacífica; así como llevar a cabo con eficacia el tratamiento de readaptación social del condenado. ¡Sí! también sabemos que la delincuencia y la inseguridad son un dilema que menoscaban el intelecto del ser humano que la sufre, no obstante, consideramos que a estos jóvenes presas de las pandillas, de las presiones de grupo, de las malas influencias, se les debe corregir enérgicamente, pero dentro de un marco de resocialización, la cual es ficticia en los centros penales, por desinterés de los Gobiernos.

 

¿Cómo estigmatizar  a este grupo social? si vivimos en una sociedad sin principios, sin valores de responsabilidad, respeto, honestidad, etc.… ¿A quién endilgarle la culpa?   El problema de la delincuencia existe por una serie de factores que los políticos, y timadores de la democracia no se preocupan por identificar y sanear. Sin duda alguna, quien cometa un delito “sea quien sea”, debe ser  sancionado dentro del rigor de la justicia, por transgredir la ley, pero, de ahí a que se consienta que seres humanos sean calcinados sin el mínimo esfuerzo de los presentes de inmutarse a socorrerlos, es una animalada y sobre todo cuando es orquestada por nuestros prestatarios del orden público.

 

Esto es reprochable, todavía más que las vulneraciones a garantías constitucionales, como la presunción de inocencia y el libre transito por el Pele Polis,  e injustificable pues los guardianes en los centros penales no deberán (según la ley), emplear la fuerza salvo en asuntos de legitima defensa –que no fue el caso-; para controlar y evitar evasiones –seguían encerrados los reos-; o para reducir su resistencia a una orden legal o reglamentaria impartida –lo que no amerita que se descarguen dos bombas lacrimógenas a una celda trancada con seres humanos dentro-.

 

Apelamos a los buenos oficios de la Fiscalía encargada de esclarecer los hechos, para que pueda responsabilizar al culpable de esta atrocidad, pues a pesar de su estatus delincuencial estos como seres humanos que son, le son innatos una serie de facultades que como mortales con dignidad, se les debe respetar,  sobre todo al estar vigilados por el Estado.

Hago la salvedad, que no soy apologista de delitos, pero hasta el más abyecto ser humano es “Digno” de ciertas prerrogativas  en su vida. Sostengo que el delincuente debe pagar sus actos, pero,  “Hay que darle al culpable la posibilidad de reparar lo malo que hizo” y no repeler con violencia, la violencia.

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Artículo publicado el 20 de enero de 2011 a las 0:26  en Facebook y etiquetado en nuestro muro por el autor.  También fue reproducido el 26 de enero de 2011 en el Diario El Panamá América, a quien damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Los jóvenes quemados no eran monstruos

Bitácora del Ex- Presidente del 24 de enero de 2011.

La opinión del Abogado, Empresario,  Docente Universitario y Ex Director de la Policía Nacional…

Ebrahim Asvat

En muchas emisoras radiales y foros de opinión he escuchado la versión inhumana de algunos panameños tolerando la inacción policial contra los menores de edad en el Centro de Cumplimiento de Tocumen.

Sin conocer quienes eran y generalizando como si todo adolecente en un centro de cumplimiento es un asesino múltiple o despiadado y por lo tanto no merece la compasión humana se llega a conclusiones equivocadas.

Inclusive jóvenes especialmente de la clase media y alta que es donde mayormente se utilizan las herramientas virtuales del internet transmiten correos señalando la calidad de homicida de uno de los quemados para justificar los asesinatos públicos cometidos por la Policía.

Verificando las causas de la reclusión de cada uno de estos jóvenes cuyos nombres prefiero omitir por su calidad de menores de edad encuentro lo siguiente:   Uno de los jóvenes fallecidos por las quemaduras fue recluido por posesión de arma de fuego.   Otro por el delito de hurto.  El tercero por robo y el cuarto por robo y cómplice de homicidio.

Como podrán entender ninguno tenía la categoría de matón,  sicario, asesino en serie o siquiera cometido un asesinato.

Y aunque algunos frente al ambiente de violencia generalizada en las zonas urbanas no tendrían reparos en aceptar las ejecuciones disfrazadas por parte de las autoridades, ni siquiera una de estas muertes tendría las características mencionadas.

Pero en nuestra incapacidad para analizar las realidades dentro de sus particularidades nos atrevemos a hacer estos tipos de declaraciones.   Muchas veces en son de proteger al gobierno de turno cuando lo que está en discusión es si la vida humana merece ese tipo de tratamiento.

En algunos Estados estos tipos de incidentes en centros de confinamiento han sido utilizado como medidas ejemplarizantes contra la delincuencia.   Se pretende demostrar a través de los medios audiovisuales  las condiciones infrahumanas  de los centros y la capacidad policial de tolerar las ejecuciones sumarias entre agrupaciones o las provocadas como medidas profilácticas.   El supuesto mensaje va dirigido a los delincuentes y se opta por conseguir el aplauso ciudadano como instrumento de consentimiento.  Para ello  la descalificación como seres humanos de los afectados es la precondición.  Después todo vale.     Ninguno de los adolecentes que fallecieron en el centro de cumplimiento merecieron esa suerte.

Dios nos libre de convertirnos en un país donde fuera de las instituciones de justicia se decida cual será la suerte de los seres humanos.

Se que en gobiernos de corte fascista como el nuestro es una opción.   Dar condolencia a los familiares,  catalogar a los que protestan como políticos y permitir que los asesinos sigan laborando no es suficiente.

 

 

Horno para pobres

La opinión de…

 

Rafael Candanedo

Las llamas de un horno crematorio alcanzan hasta los 900 grados centígrados. Esa temperatura convierte el más hermoso y plantado cuerpo en unas onzas de ceniza. En una hora, el calor exuberante desarrolla su función de procesador de desechos.

Soportan esos rigores cadáveres, cuyos familiares, por comodidad e higiene, optan por esa metamorfosis. La piel resulta en jirones, aunque la primera candela se concentra en la caja torácica.    Prótesis hay a prueba de todo.

El tormento de los jóvenes infractores no fue tan abrasante. La diferencia: los siete, en ese espacio 4×4 (metros), estaban vivos. Retornamos a la pira,   aquella hoguera en que se quemaban cuerpos muertos, y también vivos, como sacrificio.

En la sala de espera -esperando sin esperanza- del horno crematorio, se quema el espíritu del doliente, pues es un tránsito sin retorno. El silencio es aterrador.   A diferencia de la celda 6, donde el grito es desgarrador y el suplicio recuerda al poeta Virgilio en los sufrimientos que observó en el recorrido por las estaciones del infierno.

Aberración que espantaría -o alegraría- al Marqués de Sade. Sadismo y negación de ayuda, en una. Crimen de lesa humanidad. Ofende y lastima la conciencia nacional, tan apaleada en los últimos tiempos.   Por su aberrante naturaleza, como se define, de manera técnica, este delito “ofende, agravia e injuria a la Humanidad en su conjunto”.

-Marqués de Sade, palidezca.

Ante quien estaba obligado a salvarles el pellejo, los adolescentes clamaban:

-Viejo, echa agua.

La respuesta:

-¿Querían ser hombrecitos?… ¿Agua?… ¡Muéranse!

En este horno,  la autoridad,  a través de agentes del Estado, presencia la chamuscada e impide que sea sofocado por los bomberos el infierno. Ni los filmes animados son tan descriptivos e ilustrativos de la realidad penitenciaria, del abuso, el irrespeto a cualquier derecho, y, sobre todo, el reino de la impunidad.

La impunidad es galopante. El Código Penal prevé la opción de detención inmediata de responsables en casos de esta naturaleza. Ha prevalecido el artículo manzana de la discordia de la Ley Chorizo y sus sucesoras que otorga privilegios a los agentes policiales acusados y que están bajo investigación.

Nuestro Estado es signatario de convenciones en favor de los derechos humanos, y, de manera especial, a favor de la niñez y la adolescencia. Quienes están privados de libertad padecen el hacinamiento, la mora judicial y maltratos físicos. Es deber de la autoridad garantizar la vida de esas personas e incrementar los cuidados cuando se trata de jóvenes sin mayoría de edad.

Tras la masacre de Tocumen, así lo ha recordado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), aquellos polvos trajeron estos lodos.   Se le ha insuflado un poder enfermizo a los servicios policiales y de seguridad.   Bajo el argumento de atender la inseguridad ciudadana, se ha organizado un sistema de represión, en el cual el agente se siente todopoderoso y está consciente de que, ante cualquier abuso, le espera un indulto, como se ha suscitado de manera masiva en los últimos meses.   La impunidad lo protege.

De 15 a 17 años son las víctimas del horno de Tocumen.   Son los hijos de todos nosotros. Habían abandonado el aula. Dos habían concluido hace poco el sexto grado de la educación primaria. Habían crecido, en su mayoría, en barrios y familias disfuncionales.

Retratan un país con recursos, con alto crecimiento económico, y con una desigualdad que espanta. Entre las peores en el mundo. Quienes gobiernan adeudan, no solo un plan científico de seguridad ciudadana, sino una política social activa, en la que haya un mayor aprovechamiento de las capacidades y talentos de los segmentos vulnerables.  No al horno para pobres.

 

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Este artículo se publicó el  26  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Organizar la rabia

 

La opinión de…

 

Paco Gómez Nadal

Hay lágrimas de muchos tipos. No se crean que en temas lacrimógenos hay monopolios o absolutos, pero sí algunas categorías. Las lágrimas de alegría son un mordisco a un buen chocolate negro, caliente, con un punto amargo pero enseguida dispuesto a conquistar con dulzura. Estas a veces mutan a sonrisa disimulada y a veces a risa con carcajadas.

Hay lágrimas de dolor físico, involuntario chorro de agua salada que trata de aliviar el instante con húmedo acompasar de narices y glándulas. Las lágrimas de emoción, de ternura, parecen sacadas de una partitura de Bach, con esa solemnidad, lentitud y evolución propias de la música que conmueve a quien solo está ahí, quieto, dejándose permear.

Pero están las lágrimas de frustración, las de dientes apretados, las que contraen el cuerpo con trompicones propios de un motor dañado. Y estoy cansado de esas en estos días. Ya son demasiadas lágrimas.

Las he visto despeñarse por los rostros de mujeres (a los hombres nos prohibieron el necesario alivio de las penas)   frustradas porque en este país no pase nada después de que se haya asesinado a los adolescentes recluidos en el Centro de Cumplimiento de Tocumen, después de comprobar que las mamás de las víctimas no tienen plata ni para enterrarlos; frustración al fin por la injusticia llevada a su extremo y que no provoca una reacción en cadena de la sociedad.

La frustración es peligrosa. Más que Mulino y sus salidas de machito (detrás de un machito siempre hay un cobarde); más que Martinelli y sus disculpas en “cadena” y sin consecuencias políticas ni legales (cuando se tira de la “cadena” ya sabemos lo que pasa); más que la ruidosa indiferencia de la mayoría. La frustración es un sentimiento individual que no logra traspasar el ámbito de lo privado y que, muchas veces, sume a la persona que la vive en la depresión o, cuanto menos, en la tristeza.

La frustración por el momento dramático que vive el país (así es, sin eufemismos) hay que convertirla en rabia. Dice el estribillo de un tema del grupo David vs Goliath que hay que “defender la alegría y organizar la rabia”. ¿Qué significa este juego de palabras?

Lo primero es que la tristeza no sirve de nada excepto para escribir buenos poemas (si está acompañada de genialidad y de un par de rones) o generar compasión.   Hay que defender la alegría, la energía vital de este pueblo, la alegre tarea de cambiar nuestra realidad, de vivir y hacerlo desde la vereda en la que nos sabemos hermanos y ya, solo eso, debería provocarnos alegría. Lo segundo es que la rabia, a diferencia de la frustración, es un sentimiento externo, siempre es hacia fuera, siempre busca la forma de manifestarse. La rabia desorganizada lleva a reacciones extremas e inútiles, normalmente salpicadas de violencia o de inútil valentía. Pero la rabia organizada es la que logra los cambios que nuestra sociedad precisa.

Defendamos la alegría, transformemos la frustración en rabia y organicémosla para darle forma de pueblo y de ideas. No hay tiempo ahora para lamentarnos, sino para reaccionar, para impedir que mientras unos cuantos siguen haciendo dinero a costa de este Estado enflaquecido y desprestigiado Panamá se deslice hacia el gorilismo policial y la autocracia (tal y como ha confesado por escrito el Presidente).

Si aquí el único que manda es Martinelli (aunque debería aprender de la máxima boliviana de “mandar obedeciendo al pueblo”), organicemos la rabia para exigirle que asuma su responsabilidad sobre las persistentes violaciones de derechos humanos, sobre el desastre del agua (parece muy fácil echarle la culpa al cambio climático), sobre el deterioro de la seguridad en el país, sobre la conversión de la administración en el narcoestado que nos olemos o sobre el incumplimiento de sus promesas de campaña.

En Davos hace demasiado frío para pensar; quizá nuestra rabia organizada debería recordarle al presidente que este pueblo tiene sangre en las venas y que no quiere ver más de esa sangre regada en las calles… o en las cárceles.

Hemos empezado el año con muy malas noticias (la de la renuncia de Ebrahim Asvat ha confirmado lo peor) y ante este panorama: ni una lágrimas más, ni un instante más de silencio, ni un medio de comunicación censurado, ni una duda ante la urgencia de lo que se avecina.

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Este artículo se publicó el 25  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Atención, ministra Méndez

La opinión de…

Jorge Gamboa Arosemena

Los acontecimientos que padece nuestra sociedad degeneran en absurdos abominables como los de la quema de seres humanos, en el llamado Centro de Cumplimiento de Menores. Entiendo que la ministra Roxana Méndez ha dedicado, gran parte de su vida, al asistencialismo social, lo que denota una vocación especial.

Hoy día, la ministra Méndez está en un cargo político de mando y jurisdicción del Estado panameño, cargo que puede ser tumba o pedestal en ese ingrato escenario que es la política.

Toda la barbarie de las escenas fílmicas de la quema de estos menores infractores estoy seguro de que, aunque en el ejercicio de cargos como el de la ministra Méndez hay múltiples elementos de distracción del eje de los acontecimientos, por ese humanismo por ella externado, esa barbarie la tiene que tener indignada, por decir lo menos.

Debe tenerla en un conflicto de conciencia con actitudes de varios de sus compañeros de gobierno, como las del otrora civilista Mulino, que en lugar de acongojarse por exabruptos criminales como la represión de Changuinola y ahora la quema de menores, con saldo de muertos en ambos acontecimientos, espeta comentarios producto de la desorientación que causa el embriagarse de poder, atacando al viceministro Hincapié.

La ministra Méndez tiene el deber de ser el motor que, si a este gobierno le queda algo de buena voluntad, rehaga sus pasos mal andados y comience a rectificar. Este gobierno se salva de una repulsa popular porque la crisis es tan profunda que un pueblo con poca cultura política en todos los estamentos sociales -los de arriba, los de abajo y los del medio- no es capaz de discernir lo correcto.   Además, un pueblo con un espíritu subalterno logrado al haberse desvirtuado la participación democrática en política con el clientelismo apuntalado en la compra de conciencias y con una ilegal e inmoral propaganda demagógica abrumadora que tiene como fin ganar la aceptación del amo por el esclavo.

Tal vez la ministra Méndez pueda encontrar apoyo en esa tarea de revertir las abominaciones de este gobierno, en la sensibilidad que debiera tener otra dama del Gabinete, la ministra Molinar, porque ella debe conocer de cerca esta sociedad injusta que discrimina a etnias, a mujeres y a cuanto no cumple un anacrónico estereotipo del poderoso y porque además –entiendo- es laica comprometida.   La tarea que le solicito a la ministra Méndez es grande pero no imposible.

Si la intenta puede obtener solo dos resultados: que sus compañeros de gobierno enmienden y podamos dirigirnos hacia mejores días, sin autoritarismo, con respeto democrático al pueblo, o que la rechacen, con lo cual tendría que renunciar, denunciar y activarse en lo que estamos varios ciudadanos, denunciando y proponiendo un Panamá mejor donde los puestos sean dados por méritos y no por vínculos políticos, familiares o amicales, donde el erario se preserve con manejo a través de licitaciones y no de contrataciones directas, donde se priorice obras encaminadas a atender, realmente y no demagógicamente la pobreza de la mayoría y no la opulencia de la minoría.

Hay dos ejes que deben impulsarse: el eje de rescate a la familia que formaría buenos ciudadanos que no delincan desde la vida comunitaria ni delincan desde los cargos públicos;  sin una institución familia, que sea la forjadora de buenos ciudadanos, no podremos ordenar nuestra sociedad.

El otro eje, una reforma política donde los líderes sean servidores y no pelechadores, no se logrará mientras no tengamos mejores ciudadanos, pero mientras eso ocurre, como medida de contención al desgreño actual, se pueden establecer medidas para que contrarresten el clientelismo y la baja cultura política, como topes austeros para las campañas, que la propaganda en medios masivos sea racionada, que se elimine la reelección para todo cargo hasta que hayamos avanzado hacia una sociedad madura políticamente, que solo los puestos de los despachos superiores de las diferentes entidades sean de libre nombramiento y remoción y que todas las otras direcciones o jefaturas sean por concurso y sin filiación política desde un tiempo prudencial anterior al concurso. La ministra Méndez puede ser la última oportunidad de un gobierno antidemocrático, antinacional, antipopular, de tráfico de influencias, de improvisaciones, un gobierno que de cambio no tiene nada.

Que la abominación de las imágenes y voces de los menores quemándose nos muevan a todos y tengamos una aliada en la ministra Méndez. ¡Basta ya!

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Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.