Dicen que viene la cosa

La opinión del Abogado y Profesor Universitario…

CARLOS AUGUSTO HERRERA
cherrera255@hotmail.com

El nuevo Código Procesal Penal pletórico de garantías procesales, está a la vuelta de la esquina, dicen que con más ventajas que el que está en boga, cercenado por una equivocada aplicación tradicionalista, preñada de ignorancia por desalmados empíricos, educados o mal educados, pero seguimos con la lucha para corregir los excesos por el desabrigado tratamiento del Ministerio Público a las partes por ese abultado poder y el desmesurado abuso inquisitivo, abanderado como un estandarte abrumador, como concepto que se reduce a inquirir, indagar, investigar profundamente algo, pero el pecado está en que su aplicación se convierte en una actividad exagerada que raya en lo déspota, total esto proviene de la Santa Inquisición entorchada por las iglesias católica, luterana y calvinista dedicadas a combatir las herejías con la inmolación de los pecadores, con la equivocada concepción de que se expiaban los pecados en las piras públicas.

Nos dicen que con el nuevo sistema se emparejarán las cargas y quienes tomarán las decisiones jurisdiccionales serán los jueces de garantías, ya el Ministerio Público no podrá detener ni ordenar actividades que rayan en abuso. Por ejemplo, un allanamiento legal de morada es un asunto delicadísimo que se debe aplicar por excepción, luego de comprobar que es imprescindiblemente necesario (estado ideal), pero en estos momentos se ha convertido en una regla común que la Policía utiliza a los corregidores y jueces nocturnos o el propio Ministerio Público,  que poco interés le toman a las consecuencias legales y morales y mucho menos a los derechos humanos (estado real). Esta es nuestra realidad nos guste o lo contrario.

Vale la pena que analicemos el artículo 17 del nuevo Código Procesal Penal, el cual se refiere a la validez de la prueba. Aquí empieza a exigir que para que tenga el valor legal debe ser obtenida por medios lícitos y practicada por organismos jurisdiccionales. Ya sabemos que los funcionarios del Ministerio Público no encajan en este propósito de la norma que comentamos, entonces todas estas actividades se tendrán que realizar ante los jueces.

El artículo sataniza a las pruebas obtenidas por medio de torturas, amenazas o violación de los derechos fundamentales de las personas. La otra cuestión es que niega las pruebas obtenidas por información que se origine mediante un procedimiento o medio ilícito.

En la actualidad tenemos unas extravagancias que consisten en recibir informaciones anónimas que transcriben los investigadores en escuetos informes, pero que la dan tal fuerza legal que involucran a cualquiera y lo llevan al proceso y los fiscales los sindican y los jueces abren causa y hasta los condenan.

El artículo 922 de nuestro código Judicial reza de la siguiente manera: ‘No hará fe el dicho del testigo si resulta que no ha declarado de sus propias y directas percepciones, salvo los casos en que la ley admita declaración sobre el conocimiento formado por inferencia; pero en este caso se deben expresar los fundamentos de ésta’. Lo anunciado sobre ese indicio telefónico no tiene sentido, si en el universo probatorio no se mezclaron el caudal y es cuando se debe inferir, con base a la sana crítica, para poder determinar la probabilidad de la implicación. Lo cierto es que los fiscales detienen provisionalmente y empieza el calvario de días, meses, años hasta que resultan absueltos. Esto pasó con tres audiencias celebradas el año pasado en la que representé al acusados y en los juicios en que los fiscales se sintieron seguros de que condenarían, un argumento que me dejó mucho más confundido.

El asunto es que con el Código Penal actual, tenemos en el artículo 130 la siguiente advertencia procesal:   ‘El Estado estará obligado a la reparación civil cuando el imputado sea sobreseído o absuelto, si ha permanecido en detención provisional por más de dos años’.

Bueno, vamos a tratar de mejorar la prevención delictual, la rehabilitación del condenado y en la represión del delito, tener mucho cuidado con esas investigaciones insulsas, lo que probablemente debe mejorar con el sistema de garantías que está por nacer.    Aunque me parece que muchas de las garantías vocingleadas a los cuatro vientos las tenemos en el actual Código, pero una cantidad de funcionarios le voltea la mirada.

El otro artículo que comentaremos en este breve espacio es el 22, el cual regula sobre lo relativo a las autoridades judiciales y del Ministerio Público, a las que conminan el deber de motivar de manera jurídicamente, de una forma ‘congruente, clara y precisa, sus decisiones judiciales, salvo las de mero trámite.   La simple mención de las pruebas y la petición de las partes o de exposiciones genéricas no suple la motivación jurídica’. Vea usted cómo brilla aquí ese principio de valoración de la prueba mediante la sana crítica. Ojalá esto se cumpla.

 

Este artículo se publicó el  13  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Democracia mancillada

La opinión del Periodista y Productor de TV…

JOSÉ  MIGUEL  GUERRA
jmguerra@cableonda.net

Más que perder la cabeza, los custodios y policías del Centro de Menores de Tocumen perdieron la humanidad, hoy la patria está de luto. Toda muerte es lamentable y más cuando un grupo de sanguinarios fueron los que tomaron la decisión de cómo hacer justicia sin estar autorizados para ello.

¿Cómo se le hace entender a los policías que ellos no son autoridades, que son agentes que reciben órdenes y que solo pueden hacer los que las leyes le permiten? En eso se basa el trabajo policial. Resulta inútil tener academias de policía de tropa o de oficiales, si no entienden que esto es su razón de ser. Éste periodo presidencial pasará a la historia como el más represivo, tal vez más represivo que el de la dictadura, la única diferencia entre el periodo de la dictadura y éste es una menor cantidad de muertos (hasta ahora), pero, en esencia, es más represivo que el noriegato.

Por todos lados vemos cómo sargentos, agentes, oficiales, etc. hacen lo que les da la gana, retienen ciudadanos sin órdenes, aplican el pele-pólice sin una ley u orden que lo ampare, los casos contra los periodistas son interminables, en fin esta dictadura disimulada parece ir creciendo.

¿Y dónde están los que hace un mes estaban horrorizados por el escándalo en el Ministerio Público?, poco o nada han dicho, la Cámara de Comercio, el CoNEP, los defensores de los valores cívicos y morales, la conferencia episcopal y tantos otros que han pasado agachados y no se han manifestado abiertamente en contra de la masacre del 9-1-2011.

Los empresarios están más pendiente de sus ganancias y luchando unidos contra el pago de los impuestos municipales, los otros, si los ven, me los saludan.

Esto me recuerda muy bien los años de la dictadura, cuando los acaudalados y los nuevos ricos hacían billete con los dictadores de turno y nada pasaba en Panamá, solo fue cuando un loco como Noriega se salió del circulo que comenzaron a protestar, pero, cuando estaban haciendo billete de verdad todos miraron para otro lado.

Un ejemplo que les puedo contar es el del fraude electoral de 1984, se reprimió y se robaron las actas de la sede de la ADO en el teatro Metro, cinco años después, ya cuando había pasado la invasión, fue que los antiguos socios de Noriega pasaron las imágenes de ese hecho, pero, en 1984 todos asistieron a la toma de posesión de ‘Fraudito’ y no les importó con el fraude.

Hoy, nadie pregunta por qué la Policía solo invierte en armas letales, cuando en todas partes del mundo los policías están tratando de usar los equipos no letales; a nadie le importa con las retenciones arbitrarias de fin de semana, donde la policía dice que capturaron a presuntos delincuentes el viernes a las 6 de la tarde, los muestran por televisión y el lunes cuando se cumplen las 24 horas los dejan libres sin una explicación.

¿Hasta dónde vamos a llegar con estas amenazas a periodistas, a la gente que hace opinión, etc.?

Estamos constantemente presionados, los que trabajan para un medio, no se atreven ni a subir la cabeza; los que hacemos opinión, ya la mayoría no tenemos medios convencionales donde expresarnos; los dirigentes gremiales, ante la debilidad de ellos mismos, han quedado oprimidos tratando de que no los despidan y preservando su sustento económico.

Esto es una lucha que en democracia jamás habíamos visto, ¿cuál es nuestro futuro, el de nuestro país, será que no se podrá decir nada que disguste a los gobernantes, algún asesor habrá dicho que ese es el mejor estado para gobernar?

Qué triste realidad la que nos tocó vivir, si fuese esa la postura oficial, y qué vergüenza para los que han preferido pasar agachados.

 

Este artículo se publicó el  12  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La crueldad

La opinión del Abogado y Profesor Universitario en la materia…

CARLOS AUGUSTO HERRERA
cherrera255@hotmail.com

Para que un sujeto se deshumanice debe evolucionar desde su estado de conciencia primario hacia la madurez, en un largo trecho que se consolida con los años, y como dicen los poetas, explicar este fenómeno que se llega hasta los confines del espíritu, lugar en donde anidan los sentimientos del alma.   Todos somos sutilmente diferentes.   Eso se marca en las tendencias del comportamiento desde niños hasta la pubertad avanzada. Amar y odiar son los extremos conceptuales por donde procede el ser; es el resultado de las aptitudes cotidianas, que se sopesan al medir los valores ante las conductas. ¿Por qué alguien es malo? Esta respuesta tiene un mundo de variables.

Dicen que todos nacemos buenos, pero nos dañan las malas experiencias adquiridas en la vida. Puede ser que el resentimiento provoque un acto de venganza, que no es otra cosa que la satisfacción que se alcanza cuando se infiere un daño o agravio para devolver una agresión.

Dentro de la organización social tenemos que alcanzar una convivencia y en la relación, la colocación social entre los pocos que mandan y aquella mayoría que obedece. LEWIS Y TOWERS nos apoyan con pensamientos como que la ‘psicología moderna ha tenido un éxito extraordinario al descubrir las situaciones concretas de frustración, o de inferioridad, o de temor que originan la agresividad por una parte y los síntomas de retraimiento por la otra’. Se plantea de manera científica, lo que ahora hemos dicho con nuestras palabras, aunque tenemos que avanzar con el concepto sobre la crueldad. Se habla del perverso y sobre el deprimido. En Wikipedia, se define al perverso como una forma de personalidad anormal, en la que se destaca una continua y progresiva agresividad y destructividad que puede ser en su perjuicio o lo que tiene alrededor, porque el paciente libera sus tendencias o instintos.

Un maligno puede tener en cambio, un comportamiento anormal de una forma transitoria o permanente; puede ser congénito, cuyo elemento esencial es la conducta histérica; o simplemente esa actitud es adquirida por el resentimiento, odio, fracaso, económico o profesional.   El histérico es aquel que se sofoca y pierde el control y en lo grave produce convulsiones, además de definirlo como una enfermedad y es propio de los fanáticos en especial, los religiosos.   Un recordado pastor me explicó hace años en Windsor, Canadá, que todos tenemos en el pecho un péndulo que nos indica si lo que hacemos es bueno o malo, pero eso es para los que gozan de la capacidad de discernir, porque los enfermos mentales graves no saben lo que hacen.   Los fanáticos son aquellos que no razonan.

Visto de una manera u otra lo anotado anteriormente, tenemos que pareciera que estas actitudes rencorosas se pueden heredar también. Así llegamos a la tortura, y como aparece en Wikipedia, define esta perversión como la de provocar una daño físico o material al golpear, rotura de huesos, desgarros musculares, castración, aplastamiento, cortes, descargas eléctricas, desfiguración, quemaduras, aplicación de temperaturas extremas, ingestión de productos químicos o elementos cortantes, baños con substancias químicas cáusticas, ahogamiento, violación, privación del sueño o posturas corporales incómodas.

Podemos agregar la envidia, que es una modalidad perversa, pero sin los evidentes daños materiales, sin el menoscabo del efecto que puede producir. Encontramos distintos enfoque sobre la perversidad ahora congénita, como aquellas sonadas películas como ‘Semilla de maldad’.

Otra definición coloca al perverso en niveles mentales, sea alto, mediano o nulo. Dicen que el inteligente esconde en su personalidad su verdadero comportamiento. Otras variables señalan la cobardía o la insatisfacción sexual cegada por esa creencia de inferioridad.

Afortunadamente tenemos mecanismos científicos para detectar estos males del comportamiento y también están muy bien definido los controles de selección, para aquellos casos en donde existe la pasibilidad de control de personal. Por ello se han reglado laboralmente y hasta los niveles penales, aquello del acoso sexual. Los depredadores de niños están en el lugar que se concentran los párvulos, por ello son imprescindibles las reglas de comportamiento de los mayores y en especial esa selección de subalternos.

Otro asunto muy importante son los cuerpos de policía, ejército y fines. Aquí hay un estadio de control por la cadena de rangos, pero lo más sintomático es la concentración de poder en una persona, que le permita llamar la atención, obligar, someter agredir, que si el uniformado es cruel, sin dudas se va a satisfacer.   El contrapeso es una debida supervisión y dentro de ellos cumplir estrictamente con los procedimientos. El uso de la fuerza empieza por persuasión hasta el uso de instrumentos letales.

Todo esto tiene un mecanismo, claro que existe la discreción, porque todos los casos no son iguales y hay que recordar que en estos enfrenamientos está la propia seguridad del agente.

Este artículo se publicó el  6  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

La verdad desnuda o una defensa a destiempo

La opinión de…

Dicky Reynolds O’Riley

Cuando pensé que lo peor había pasado, aún reverberan en mi conciencia las imágenes de la paliza de la Cárcel Modelo o en términos eufemísticos “La calle de honor” o simplemente, “el correctivo”, en el código, no escrito, de la retórica policial. Hecho deleznable bajo cualquier punto de vista.

Situación que deploro. Quince años después me persiguen esos fantasmas y las ulteriores consecuencias en mi vida privada, profesional, demeritándolas, sin darle valor o crédito a otras actuaciones más loables de mi existencia. Siento el escarnio de la vindicta pública que me ha condenado.

Ese estigma que me acompañará hasta mi última morada. No quiero imaginar mi final lapidario, quizás diga aquí yace el “Torturador de la Modelo”, Noir du merd o “Un Noriega de bolsillo”. No soy “San Dicky” y no me motiva conmoverlos de pesar y mucho menos de lástima ni tampoco atizar el fuego de la morbosidad que recae en un tema tan humano como el trato hacia una persona privada de su libertad, no importa por qué motivos esté restringida.

Cuando se inició todo este periplo judicial para encontrar a los responsables de la barbarie de la Modelo –como han adjetivizado en la opinión pública los medios de comunicación social este hecho–, los agentes instructores de otrora no tuvieron posturas para sindicar a los verdaderos responsables, a quienes mostré con pelos y señales. Me negaron el derecho de carearme con ellos para restregarle la verdad en el rostro. Creyeron que era importante no afectar la renovada imagen policial que venía ya señalada por sus desaciertos en materia de derechos humanos en tiempos no tan remotos. Nefasta decisión. Sabíamos que el tigre no iba a ser vegetariano.

Hay una realidad, soy “reo convicto”, infame honor me persigue, una especie de letra escarlata. Se preguntarán ¿Por qué rompe el silencio hasta ahora? Tardía autorreinvidicación. ¿Temor o complicidad? ¿Sacar provecho mediático para exorcizar sus demonios? U otras conjeturas, que, cada quien es libre de hacer. Mi candidez fue pensar que los jueces serían equilibrados y justos, que se practicarían las pruebas, más allá de las solas vistas televisivas y las declaraciones de los agentes policiales, quienes por ese temor reverencial no se atrevieron a señalar a sus jefes y prefirieron “cargar con el muerto”.

Sumado a la complicidad de quienes editaron y sacaron de contexto mis deposiciones para favorecer a sujetos innombrables, que, luego por efectos de las leyes del karma, se vieron señalados en otros acontecimientos bochornosos que trascendieron a las esferas administrativas y penales. Pequé de ingenuo, pero pecado al fin y al cabo que me somete diariamente al acicate como responsable.

La confabulación de siniestros personajes que se aprovecharon de mi sentido de lealtad a idearios políticos, al punto de arriesgar mi vida y mi honor por el partido. Me dejé llevar por la falsa sensación de amistad de los que decían esta tormenta pasará, solo resiste. No lo niego, me desinteresé de mi suerte en lo judicial y he aquí las consecuencias. Me dejaron solo en el baile, como se dice en el argot panameño, mientras que los policías cerraron filas con sus unidades, principio rector de la institucionalidad.

No se puede llorar sobre la leche derramada. Ya no puedo evitar ser tema de debate, por que aquí no cabe el término, como se dice en derecho, que este asunto es “cosa juzgada”. Creía en la máxima que rezaba: “A los amigos no hay que darle explicaciones, porque no las necesitan y a los enemigos tampoco, porque no los convencerás”. En realidad, estoy cansado que me estén asoleando todos los días en los medios, aunque sé que estos son los frutos de decisiones propias y ajenas. Cargo esa enorme roca como Sísifo en su tragedia griega.

Motivo estas reflexiones, extraídas del inventario de mi vida, como introducción al hecho de la masacre del Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen, acaecido el pasado 9 de enero, solo comparable con el suceso de la Modelo, porque ese fue el preámbulo de esta dantesca escena.

Nuestra sociedad, con su doble moral, critica a la Policía, pero tampoco quiere leyes que trate a los menores infractores como a los niños cantores de Viena, se queja de los beneficios que le da su condición de minoridad. Hay quienes, solapadamente, han aplaudido el clásico “bien hecho”, por mal portados. Somos dados al actuar efervescente, situación que disipa soluciones estructuradas, permanentes y a largo plazo, sobre todo en el tema del internamiento y resocialización de las personas. Nos acordamos de ellos cuando surgen eventos como este y una vez neutralizada la disconformidad, epitelial, de la opinión pública no se vuelve a hablar del asunto.

Mi preocupación, sin sesgo, resentimiento ni actitud de bandolero redimido, va encaminada en el sentido que se haga una investigación, prolija y sin ambages de estos hechos y, más allá de la condena mediática, que el largo brazo de la ley alcance a los verdaderos responsables. Si ello no se lleva a cabo, la justicia estará pagando las consecuencias por su andar timorato, ya bajo cuestionamiento. Creo, que, sin pecar de inmodesto, tengo la catadura moral para decirlo. Dicho en términos más románticos, la voz de la experiencia.

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Este artículo se publicó el 5 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El pecado de ser joven

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La opinión del Profesor…

Sebastián Vásquez Bonilla 

Entiendo que toda actividad o iniciativa humana, por el sólo hecho de ser humana, es imperfecta, por lo que su aplicación podría no favorecer o perjudicar a alguien. Es por ello que nuestros medios de comunicación están saturados de objeciones a todo tipo de acciones con connotaciones sociales, vengan éstas o no del gobierno. Por esa razón en una ocasión critiqué a los que de todo se quejan, olvidándose de las buenas intenciones que posiblemente tengan aquellos que al menos han tomado la iniciativa de hacer algo.

 

Traigo a colación lo anterior porque deseo manifestar mi queja por el uso del llamado “pele police”, pero no porque estoy en desacuerdo con su utilización, sino porque considero que su uso es excesivo y discriminatorio, en particular hacia los jóvenes.

Entiendo la instalación de un retén policivo en un área donde ha ocurrido un acto delictivo. Lo que no puedo aceptar es que se ubiquen con carácter permanente en puntos estratégicos, mucho menos cuando los operativos se realizan en horas de mucho tránsito vehicular. Me pregunto a quienes capturan si los maleantes saben que están allí. La policía debe canalizar los pocos recursos que cuenta en acciones más productivas.

Sobre el famoso “pele police”, tengo entendido que en otras latitudes la policía busca los delincuentes distribuyendo sus fotos entre cada uno de los miembros de la institución. En Panamá se le pide identificación a cualquier ciudadano para saber si es delincuente.  ¡No puede ser!   Nos encontramos doblemente asediados, por los delincuentes y por la policía, donde los jóvenes pagan la peor parte.

He sido testigo de cuán exhaustiva es la requisa de un automóvil cuando éste es ocupado por jóvenes.   Durante varios días también fui testigo del hostigamiento al que fueron objeto los jóvenes que caminaban por la Gran Terminal,   aun cerca de las 10 de la mañana, cuando posiblemente se dirigían a sus trabajos en dicho lugar. Fue evidente la expresión de frustración en algunos de ellos, porque hasta yo me preguntaba ¿por qué no se van a molestar donde están los maleantes?   Uno de esos jóvenes no se tomó la molestia de guardar su cédula en la cartera y la mantuvo casi a la vista de su bolsillo delantero, listo para mostrarla.

He podido observar que la actitud de los policías depende de la forma en que se visten los jóvenes, particularmente si llevan pantalones cortos o gorra, y mientras más negrito es el “pelao” peor es el asunto; lo cual es una clara violación a sus derechos humanos y constitucionales.     Expreso mi crítica porque tengo la percepción de que no hay buenas intenciones con estas acciones, sino que lo que se busca es protagonismo, donde la policía sólo quiere hacer ver a la mayor cantidad posible de personas que está trabajando.    Como a mí no me prestan atención, tendré que aceptar con resignación si alguien me dice que yo “ya no despierto ni sospechas”.

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<>Artículo publicado el 24  de enero de 2011   en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Lo más preciado de toda sociedad son nuestros niños

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La opinión del Sociólogo,  Maestro en Ciencias Sociales…

Luis Carlos Herrera

¿La Policía Nacional de Panamá lo entiende? El valor más preciado en toda sociedad son las personas, debido a la capacidad intelectual tenemos: el Canal de Panamá, agua potable, electricidad y otros beneficios que producto de la invención como sociedad podemos vivir de mejor manera.

Ahora de este valor más preciado, los niños ocupan un sitial muy importante; pues de ellos es el futuro y la posibilidad que en un mañana se conviertan en personas que van a contribuir al desarrollo de nuestra sociedad.

Por lo tanto como sociedad se entiende que un niño al cometer un acto que atenta contra las reglas de la sociedad (algún delito), debe ser sometido a un proceso de rehabilitación. Es decir independientemente de la falta o delito cometido, se trata de recuperar a ese niño en beneficio de la sociedad.

No se trata de que el niño frente a una falta cometida quede impune, se trata de entender que ese niño puede ser el futuro Einstein, el futuro Newton, o que pueda encontrar la cura a un sin número de enfermedades.

Por lo tanto, nuestra labor como sociedad es orientar a todos nuestros niños en el buen camino y no simplemente desecharlos o tratarlos como “basuras sociales” por haber cometido un delito.

Es evidente que simplemente no podemos saber el futuro del niño, sin embargo hay que insistir en que depende de nosotros como sociedad orientarlos y formarlos lo mejor posible en todos los sentidos.

Lo observado en las imágenes de lo sucedido en el centro de rehabilitación de menores debe ser motivo de una reflexión muy profunda en todos los niveles.   No solo se trata de separar del cargo a ciertas personas, no solo se trata de poner el dedo en mandos medios de la Policía Nacional de Panamá.

Se trata de preguntarnos ¿qué formación está recibiendo la Policía Nacional de Panamá?   Cuando no hay respeto por la vida humana. Es impactante el observar la reacción social de todos los policías, frente a lo que está ocurriendo (se están quemando vivos nuestros niños), una actitud fría, indiferente, de risas y de felicidad pues se lo merecen por portarse mal.

Esto no es un ejército que está en un momento de guerra y debe estar preparado psicológicamente de ver muchas vidas humanas perderse.   Estamos frente a la Policía Nacional, que se supone debe proteger la vida de todos y todas.   ¿Qué formación ideológica está recibiendo la Policía Nacional? ¿Quién está o bajo que directrices esta la formación ideológica de nuestra Policía Nacional de Panamá? Y adicional ¿Cómo lo están haciendo?

Tengo la esperanza , que dentro de la ideológica nacional hay personas correctas que lucharán internamente para hacer los cambios necesarios y oponerse cuando hay acciones y/o directrices que atentan contra el valor más preciado de toda sociedad -la vida-.

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<>Artículo publicado el 19  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Sangre en las venas

La opinión del Sociólogo, Escritor y Educador…

Raúl Leis R. 

Mientras escribo estas líneas ha muerto otro niño quemado en los sucesos del Centro de Cumplimiento de Tocumen, pues según la Convención de los Derechos del Niño se entiende por niño todo ser humano menor de dieciocho años de edad.   No tiene sangre en las venas ni merece llamarse humano, quien justifique lo ocurrido, y quien no se indigne y clame por justicia ante tamaña iniquidad.

Esa misma convención obliga a los Estados en su Artículo 37 que todo niño privado de libertad sea tratado con la humanidad y el respeto que merece la dignidad inherente a la persona humana, y de manera que se tengan en cuenta las necesidades de las personas de su edad, por lo que no pueden ser sometido a torturas ni a otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. No se impondrá la pena capital ni la de prisión perpetua sin posibilidad de excarcelación por delitos cometidos por menores de 18 años de edad.

Lo que los hechos permiten apreciar es que lo ocurrido viola flagrantemente este artículo, tanto por las golpizas y perdigonazos, y por la aplicación de facto de la pena capital con alevosía, premeditación y ventaja. El Centro de Cumplimiento con una capacidad para 70, tenía 150 jóvenes detenidos, pues la justicia continua enviando a jóvenes al hacinamiento en condiciones indignas para seres humanos y menos para niños.

Se está creado un clima permisivo para el abuso de la fuerza y la arbitrariedad aupado por Ley 74 del 27 de octubre del 2010 exime a los policías de la detención preventiva y suspensión provisional del cargo público que desempeña hasta que concluya el proceso. Además los discursos oficiales de alto nivel animan este clima, ejemplo cuando un Ministro afirma a los policías   “A los que intenten fugarse deben tirar a matar”; otro califica de indios salvajes, borrachos a trabajadores bocatoreños en huelga, o un Presidente declara la guerra a la delincuencia así “En nuestro gobierno les espera el hospital, la cárcel o el cementerio”.

El abuso de autoridad o de poder, es el exceso indebido en el ejercicio de la función pública, y es el delito que comete quien investido de poderes públicos realiza en su gestión actos contrarios a los deberes que le impone la ley, por lo que afecta la libertad de las personas, las intimida o les causa vejámenes, agravios morales o materiales, y peor, la muerte.

En la antigua Roma, Catón el Mayor le pregunta al Senado, quienes querían organizar una especie de policía:   “¿Quis custodiet ipsos custodes?” (¿Quién va a vigilar a los vigilantes mismos?).   La respuesta es construir el país que aspiramos, una nación de leyes y de instituciones cimentadas en los derechos de los ciudadanos.   Donde funcione la democracia y la justicia, con fuerzas policiales profesionales, eficaces, sujetas a mecanismos de control transparentes e idóneos, respetuosas de los derechos humanos. Para ello debe aplicarse la selección, formación de los agentes de orden público, la investigación penal y administrativa de autoridades involucradas en violaciones a los derechos humanos, y la creación de sistemas de control internos y externos idóneos.

<>Artículo publicado el  19  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Horno para pobres

La opinión de…

 

Rafael Candanedo

Las llamas de un horno crematorio alcanzan hasta los 900 grados centígrados. Esa temperatura convierte el más hermoso y plantado cuerpo en unas onzas de ceniza. En una hora, el calor exuberante desarrolla su función de procesador de desechos.

Soportan esos rigores cadáveres, cuyos familiares, por comodidad e higiene, optan por esa metamorfosis. La piel resulta en jirones, aunque la primera candela se concentra en la caja torácica.    Prótesis hay a prueba de todo.

El tormento de los jóvenes infractores no fue tan abrasante. La diferencia: los siete, en ese espacio 4×4 (metros), estaban vivos. Retornamos a la pira,   aquella hoguera en que se quemaban cuerpos muertos, y también vivos, como sacrificio.

En la sala de espera -esperando sin esperanza- del horno crematorio, se quema el espíritu del doliente, pues es un tránsito sin retorno. El silencio es aterrador.   A diferencia de la celda 6, donde el grito es desgarrador y el suplicio recuerda al poeta Virgilio en los sufrimientos que observó en el recorrido por las estaciones del infierno.

Aberración que espantaría -o alegraría- al Marqués de Sade. Sadismo y negación de ayuda, en una. Crimen de lesa humanidad. Ofende y lastima la conciencia nacional, tan apaleada en los últimos tiempos.   Por su aberrante naturaleza, como se define, de manera técnica, este delito “ofende, agravia e injuria a la Humanidad en su conjunto”.

-Marqués de Sade, palidezca.

Ante quien estaba obligado a salvarles el pellejo, los adolescentes clamaban:

-Viejo, echa agua.

La respuesta:

-¿Querían ser hombrecitos?… ¿Agua?… ¡Muéranse!

En este horno,  la autoridad,  a través de agentes del Estado, presencia la chamuscada e impide que sea sofocado por los bomberos el infierno. Ni los filmes animados son tan descriptivos e ilustrativos de la realidad penitenciaria, del abuso, el irrespeto a cualquier derecho, y, sobre todo, el reino de la impunidad.

La impunidad es galopante. El Código Penal prevé la opción de detención inmediata de responsables en casos de esta naturaleza. Ha prevalecido el artículo manzana de la discordia de la Ley Chorizo y sus sucesoras que otorga privilegios a los agentes policiales acusados y que están bajo investigación.

Nuestro Estado es signatario de convenciones en favor de los derechos humanos, y, de manera especial, a favor de la niñez y la adolescencia. Quienes están privados de libertad padecen el hacinamiento, la mora judicial y maltratos físicos. Es deber de la autoridad garantizar la vida de esas personas e incrementar los cuidados cuando se trata de jóvenes sin mayoría de edad.

Tras la masacre de Tocumen, así lo ha recordado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), aquellos polvos trajeron estos lodos.   Se le ha insuflado un poder enfermizo a los servicios policiales y de seguridad.   Bajo el argumento de atender la inseguridad ciudadana, se ha organizado un sistema de represión, en el cual el agente se siente todopoderoso y está consciente de que, ante cualquier abuso, le espera un indulto, como se ha suscitado de manera masiva en los últimos meses.   La impunidad lo protege.

De 15 a 17 años son las víctimas del horno de Tocumen.   Son los hijos de todos nosotros. Habían abandonado el aula. Dos habían concluido hace poco el sexto grado de la educación primaria. Habían crecido, en su mayoría, en barrios y familias disfuncionales.

Retratan un país con recursos, con alto crecimiento económico, y con una desigualdad que espanta. Entre las peores en el mundo. Quienes gobiernan adeudan, no solo un plan científico de seguridad ciudadana, sino una política social activa, en la que haya un mayor aprovechamiento de las capacidades y talentos de los segmentos vulnerables.  No al horno para pobres.

 

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Este artículo se publicó el  26  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¿Proteger y servir?

La opinión de…

 

 

Rafael Pérez Carrillo

La verdad es que con las diferentes actuaciones de la Policía Nacional no me siento protegido ni bien servido. Hemos visto en los últimos años cómo los agentes del SPI golpean a manifestantes enfermos o disparan a mansalva y matan a un inocente que se encontraba cerca de los hechos. También vimos en Bocas del Toro a los agentes antidisturbios hacer gala de su puntería disparando perdigones directamente a los ojos de los manifestantes.

Como si no existiera el derecho a la libre circulación en este país y bajo el mando del actual jefe (un ex militar), la policía hace retenes en cualquier lugar y a cualquier hora para hacernos perder el tiempo a los que trabajamos y pagamos impuestos, que a su vez pagan sus sueldos.

En el tramo final del Corredor Sur ponen de guardia a unos policías disfrazados de negro con armas de grueso calibre, cuya función, meramente decorativa, no la entiendo. Sólo hay que ver los noticieros diariamente para darse cuenta de cómo aumenta la delincuencia mientras seguimos con los retenes y los policías decorativos.

Pero la razón principal de este artículo es lo ocurrido el pasado 9 de enero en el Centro de Cumplimiento de Menores.   De verdad que hay que ser demasiado estúpido o demasiado cruel para pensar que el introducir dos bombas lacrimógenas en un cuarto cerrado no traería consecuencias catastróficas.

Lo peor es que al parecer la segunda premisa es la verdadera, ya que por la inacción de los policías, al ver cómo se quemaban vivos los jóvenes y los comentarios de fondo que se escuchan en el video, da la impresión de que los policías estaban disfrutando de este sádico escenario.   Más preocupante aún es ver que, por la edad de estos policías, no pueden ser residuos de la dictadura militar, sino más bien pertenecen a la nueva generación de policías de este país, pero, por lo visto, con las mismas costumbres del pasado.

Creo que las autoridades deben hacer introspección de todos estos acontecimientos, hacer un alto y recapacitar, porque el rumbo que está tomando la Policía Nacional recuerda más a las desaparecidas Fuerzas de Defensa que a una policía seria de un país democrático.   Si queremos tener resultados diferentes tenemos que hacer cosas diferentes. ¿Será que necesitamos un jefe de policía que sea realmente un civil y no un ex militar? Podría ser un comienzo para darle un sentido más profesional y humano y menos “militaroide” a la policía.

Al principio de su gobierno, el Presidente dijo que se podía meter la pata; espero que también se pueda sacarla, porque en materia de la Policía Nacional vamos bien, pero bien mal.

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Este artículo se publicó el  21  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Solo una vez, pero con segunda vuelta

La opinión de…

 

Rubén Darío Paredes

Aunque no es el tema de este artículo, durante su redacción ocurrió el vergonzoso y salvaje asesinato y trato cruel e inhumano de siete menores privados de libertad, bajo la responsabilidad del Tribunal de Menores y el Ministerio de Gobierno y Justicia.

Este acto bestial y aberrante con agravantes, ya con cinco defunciones, y con la intención evidente de complicidad, paternalismo y tolerancia con cálculos políticos demagogos, propiciado por las más altas autoridades del Gobierno Nacional, constituye la prueba más difícil por resolver del recién inaugurado procurador y el fiscal Guevara.

Este proteccionismo equivocado que induce a los uniformados a arrogarse hasta el derecho a matar mediante leyes creadas por el gobierno del presidente Martinelli, a quien más daño está causando desfigurando su imagen ante la ciudadanía, es precisamente a la Policía Nacional, como un cuerpo prepotente y represivo contra su propio pueblo, que retrotrae episodios negros de la guardia norieguista.   Esta conducción no inteligente de la Fuerza Pública podría estar gestando el embrión de un monstruo Leviatán que de repente crezca y se trague a sus propios creadores, tal como sucedió el 11 de octubre de 1968.

Ahora, a las reformas constitucionales: El Presidente con frecuencia en declaraciones inexactas expresa cosas que luego resultan no ciertas.   Cuando se le preguntó sobre sus planes de restaurar el túnel abandonado que utilizaban los norteamericanos en el cerro Ancón y en el que invertirían unos $3 millones, respondió que “era un invento y que por su mente nunca había pasado esa idea”. A la semana el ministro de la Presidencia, Papadimitru, convocó en el propio túnel a una conferencia de prensa para anunciar la restauración, y los fondos ya estaban incluidos en el presupuesto de 2011.

Por otra parte, la controversia con la embajadora Barbara Stephenson, que se agravó con los cables de Wikileaks, sugiere que el Presidente tiene fuerte vocación por las escuchas y espionaje telefónico contra sus adversarios políticos. ¡No es cierto que el crimen organizado ventile sus asuntos por teléfono! Luego, descalifica los cables y dice que “son bochinches”.    Ante la duda, sugeriría convocar otra conferencia de prensa nacional e internacional, en el cerro Ancón, en las instalaciones del Consejo de Seguridad, y permitir libre desplazamiento a los periodistas con acceso seguro y sin restricciones a todos los edificios y casas que allá existen. Entonces sí despejaríamos la duda sobre las declaraciones del Presidente cuando respondió a los medios: “Jamás se me ha ocurrido intervenir los teléfonos de alguien…”.

Ahora bien, cuando un estadista presenta ante su pueblo la iniciativa de reformar la Constitución o nuevo contrato social , según Jacobo Russeau, se espera que su intención reformadora sea satisfacer anhelos y aspiraciones del pueblo, corrigiendo vicios y debilidades del contrato, para modernizar y fortalecer la democracia por la vía del “balance y separación de los poderes en la República”.

Sin embargo, esta vez es diametralmente opuesto a la convocatoria de las reformas de hace 28 años, en abril de 1983, que consistió en “desmilitarizar la constitución de 1972 y escoger los diputados de la Nación por la vía electoral”, cuando fue eliminado el artículo 2, en el que a la Guardia Nacional se le reconocía jerarquía y peso constitucional igual a los Órganos Ejecutivo, Legislativo y Judicial.   Esta vez solo escuchamos reformas para introducir la posible reelección del presidente Martinelli y la segunda vuelta, 100 para los 70, beca universal, etc. Este manejo político de mala calidad, sin ningún brillo patriótico, exhibe un oportunismo y glotonería por conservar el poder y dormir con el presupuesto nacional bajo la almohada de los que detentan hoy el poder sin rubor ni sonrojo.

Mientras el pueblo esperaba un discurso mejor elaborado del Presidente, que lo proyectara como el verdadero dirigente explicando que había llegado la gran oportunidad del reimpulso de la Patria y de construir los resortes constitucionales, “pesos y contrapesos” para regular los concursos públicos por méritos al margen de los intereses políticos, para crear el método novedoso de escoger y nombrar en lo sucesivo al procurador, contralor, magistrados de la Corte Suprema, el fortalecimiento de la carrera policial y respeto a su escalafón como lo señala el artículo 305 de la Constitución y designación de los jefes de la fuerza pública cada quinquenio, y así terminar juntos los panameños en un ambiente de plena armonía y civismo, de anclar constitucionalmente la real separación de los poderes del Estado y fuerza pública y terminar de una vez con el desfile cada cinco años de presidentes que al llegar al Palacio nos convierten a todos en un santiamén en sus súbditos o rehenes, y bailen a su antojo e intereses el órgano Legislativo y el Judicial.

Finalmente, como sentencia superior, no debemos temer a la reelección de los presidentes y demás cargos de elección popular, siempre que sea por una sola vez y con el ejercicio novedoso de la segunda vuelta. Sin embargo, se necesita del presidente gestos de desprendimiento y buena fe, y que se comprometa a honrar e incluir en el documento reformador que se someterá en referéndum al pueblo panameño lo ya expresado: concursos para seleccionar a los procuradores, contralores, miembros de la Corte Suprema y jefes de la fuerza pública que emerjan de la institución a base del escalafón cada quinquenio, como lo contempla el artículo 305.

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Este artículo se publicó el 24  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Un país sin Policía

La opinión de…

Paco Gómez Nadal

Ya que este país se dio cuenta tarde de los despropósitos que conlleva tener Ejército, ahora debería plantearse a tiempo eliminar a la Policía Nacional por orden constitucional y pedirle a Bosco Vallarino que organice las tropas de Boy Scouts para traernos orden y seguridad.    Hoy, no sabemos si en Ancón han llegado a trabajar en labores administrativas los agentes de policía acusados de homicidio por la muerte de cuatro muchachos en el Centro de Cumplimiento de Tocumen.

Lo hacen sin miedo. Trabajan seguros de que su jefe directo, el silencioso Gustavo Pérez, y su jefe supremo, el ministro de ¿Seguridad? José Raúl Mulino, los protegerán hasta el final y que si, por un error, judicial, fueran condenados, el presidente de esta mafiocracia les concederá un indulto (como ha hecho con otros agentes involucrados en actos delictivos).

También en estos días sabemos que la Policía ha desplegado un gran operativo para detener a los desgraciados que robaron a la selección tica y que empañaron la imagen del país.   Es decir: quemar adolescentes en un centro de rehabilitación no enturbia el buen nombre de la patria; constatar que muchos agentes de policía, de migración y aduanas son cómplices de tráficos ilícitos en el aeropuerto internacional, tampoco.

Vemos a los diligentes agentes de la autoridad “cuidando” el carril exclusivo de mentira (hombro y medio) dedicado al improvisado Metrobús, quizá colaboren también repartiendo botellas de agua a los sedientos (ya que están acostumbrados a cuidar los camiones de Coca Cola y de otras empresas que embotellan la poco agua sana que sale de Chilibre).

Lo que pasó en Tocumen es de una gravedad extrema, aunque la mitad del país le reste importancia porque las víctimas no eran más que “maleantes”.     El ministro Mulino, en una de sus bravuconadas, no se indigna con los hechos, sino que se pelea con su colega de Gobierno Roxana Méndez y ésta, tierna ovejita contratada para promover la imagen suave de su amigo Ricardo, no sabe ni qué responder y pone a Hincapié a pelear en los medios para no asumir la responsabilidad.

Nada nuevo. Este Gobierno ha perfeccionado la técnica de la irresponsabilidad política practicada por sus antecesores. Sólo Luis Cortés ha pagado con su cargo el error en el escudo impreso en los pasaportes; pero no hay un solo responsable material o intelectual de los sucesos de Bocas del Toro que haya pagado por lo acontecido; ni uno que responda por la crisis de la basura; por la crisis del agua; por el hundimiento del acceso al puente Centenario; por las mentiras sobre los operativos en Darién; por la persecución a líderes de la sociedad civil; por las decisiones en asuntos ambientales que están hipotecando a las futuras generaciones…

Aquí no hace falta más Policía. Lo que es necesario es algún juez que trabaje y que tenga las agallas de enfrentarse al poder, que demuestre que todos somos iguales a la hora de asumir nuestras responsabilidades, que de una vez por todas acabe con la impunidad oficial, con este hacer y decir lo que les dé la gana sin que pase nada. Tendrán que ser los jueces, porque los ciudadanos bebieron “dormitrón” y no hay quién los despierte, quién los haga ver que tienen derechos y que los pueden exigir. Aquí no hace falta Policía porque no hay nadie que altere el orden público, que salga a las calles a exigir lo elemental (agua y comida), excepto Eladio y Jované.

Aquí no hace falta esta Policía, lo que necesitamos es un cuerpo de funcionarios ejemplares, honestos y sensibles, y no un grupo de machotes a los que por mucho que se les cambie el color del uniforme (jugosos contratos) será difícil cambiarles el alma.    La culpa no es de ellos.   Los agentes de la Policía son tan excluidos y tan pobres como los muchachos a los que dejan quemarse y en la institución,   soy testigo,   hay hombres y mujeres honestos y valerosos,   pero son la minoría y están solos ante el apoyo que reciben las manzanas podridas de sus superiores.

Las familias de los muchachos asesinados en el Centro de Cumplimiento de Tocumen ya saben que en la búsqueda de justicia no les acompañará el Estado que debería protegerlos. Mucha suerte y toda mi solidaridad.

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Este artículo se publicó el 18  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¿Policías o verdugos?

La opinión de…

 

Carlos Antonio Harris Jiménez

En el momento en que escribo esta entrega, las noticias nos informan que han muerto cuatro de los menores que fueron víctimas de los excesos criminales de policías y custodios que actuaron como verdugos, aplicando una pena de muerte a quienes cumplían penas de prisión, impuestas por los tribunales competentes.

Cuando observé en la televisión las horrendas escenas en las cuales menores encerrados en medio de llamas suplicaban clemencia y auxilio porque sus cuerpos estaban ardiendo y su sistema respiratorio colapsando, y en las mismas escenas se apreciaba a policías nacionales disfrutando lo dantesco de estas, luego golpeando a estos menores cuando finalmente lograron salir, me imaginé que se trataba de una pesadilla, pero reaccioné cuando escuché el grito “muéranse”.

No puedo guardar silencio cómplice en una situación que se presenta en nuestro país poniendo a nuestra democracia, a nuestra justicia y a nuestra libertad, en peligro de extinción.

En mi condición de hombre, padre, cristiano y profesional del derecho y de panameño, que como muchos arriesgó su vida y la de su familia en la lucha contra la dictadura militar, tengo que gritar en estos momentos de angustia para esas familias que hoy sufren el desesperado dolor de haber visto morir a sus hijos, de la manera más repugnante posible, que, desafortunadamente tenemos que reiniciar la lucha contra gobernantes que no sienten respeto alguno por la vida humana.

Lo anterior lo afirmo porque lo que vimos en la televisión a partir del día del crimen es suficiente material probatorio para encarcelar a todos los que en ese momento permitieron que esos jóvenes fueran víctimas de las llamas sin mover un dedo para tratar de salvarlos de su calvario. Tras más de una semana del horrendo crimen, las autoridades del Ministerio Público informan que se ha indagado a dos personas, cuando -como he dicho- hay material probatorio suficiente para encarcelar a muchos. También es muy triste y preocupante la indiferencia con que las fuerzas vivas de este país han aceptado el abominable crimen que el país tuvo que presenciar.

Yo espero un comunicado del Consejo de Gabinete, con la firma de todos los ministros de Estado y del presidente de la República, en el que repudien el crimen cometido por unidades de la Policía Nacional. ¿Dónde está el comunicado de la Asamblea Nacional condenando la actuación criminal de unidades de la Policía Nacional, cuando esa asamblea a cada rato se pronuncia por cualquier situación que ocurra en otro país? ¿Dónde están las asociaciones de profesionales? ¿Dónde están los educadores, los grupos que durante la dictadura luchamos por la democracia, la justicia y la libertad? Hay que salir a las calles con acciones pacíficas de protesta para enseñar a las autoridades que no podemos seguir permitiendo la brutalidad policial que constantemente muestran los medios noticiosos y espero que ahora no digan que esos medios son los responsables de la situación.

Sentimos repugnancia cuando escuchamos a algunos panameños, enfermos de enanismo mental y espiritual, decir que lo sucedido es correcto porque las víctimas son delincuentes. Delincuentes posiblemente, agrego, producto de la descomposición social que vive el país, precisamente por culpa de esos mismos enfermos de mente y de espíritu.

Dios quiera que el Presidente entienda lo inconveniente de mantener al frente de la Policía Nacional, institución que por mandato constitucional debe salvaguardar las vidas de los habitantes, a un individuo que en los tiempos de la dictadura fue entrenado en un grupo especial de las Fuerzas de Defensa para matar.

Yo invito a mis conciudadanos decentes a iniciar las protestas, llevando en nuestro vestido diario a partir de la publicación de esta entrega y mientras nos organizamos, un cintillo negro, en señal de duelo nacional, por otra masacre un 9 de enero en nuestro país, pero en esta ocasión, no por la soldadesca gringa, sino por nuestra propia Policía Nacional.

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Este artículo se publicó el 20  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.  Es resaltado es del Editor.