El virus de Panamá

La opinión de…

Octavio Gutiérrez

No pertenezco a ningún partido político, nunca he pertenecido a alguno ni soy seguidor de ninguno; tampoco tengo ni he tenido contratos con el Gobierno, soy empleado de la empresa privada y desde que comencé a trabajar lo he sido.

Confieso ser, en parte, responsable de lo que pasa a nuestro querido Panamá, yo voté por el actual gobierno, llevé a mi esposa temprano y la convencí de votar por este gobierno; creí en las promesas y creí que tenían verdadero interés de cambiar los rumbos de nuestra nación; confié en varias de las personas que ocupan ministerios, las que en tiempos de la dictadura arriesgaron su vida, su familia y sus bienes para defender la democracia y las libertades de nosotros como ciudadanos.

El Dr. Miguel Antonio Bernal (con él, la mayor parte de las veces no estoy de acuerdo) dijo en su programa de radio: “Dios mío, qué pecado como sociedad hemos cometido los panameños para merecer estos gobiernos”.

Yo creo que no fue pecado, el problema es que tenemos algún virus en los edificios gubernamentales; personas civilistas se convierten en censores de las libertades civiles y no solo las dictan, sino que las apoyan y defienden. Mi candidato a presidente en las elecciones de 2004 dice ahora que la única forma de buscar dinero para las insaciables arcas del gobierno es aumentar los impuestos a la población, dinero que, por lo que veo, es para garantizar la ganancia a las empresas extranjeras que ahora son buenas y antes eran dudosas y malignas.

Él, que decía que tenía las fórmulas para bajar la canasta básica de alimentos, el precio de la gasolina y demás costos a la población, ahora resulta que se le olvidó cómo hacerlo, y las personas que él escogió para gobernar con salarios que pagamos todos nosotros no tienen ni idea de cómo hacerlo.   La que criticaba todos las mañanas, la inoperancia y la falta de comunicación entre ministerio y educadores ahora no escucha, no habla y no le gusta que le pregunten.

La solución a nuestros problemas está en fumigar estos edificios, comenzando por el Palacio Legislativo, el Palacio de las Garzas y todos los ministerios, principalmente el de Gobierno y Justicia, el Ministerio de Economía y Finanzas, finalizando en la oficina del director de la Policía Nacional (en este caso, creo que más que fumigación, debe ser un exorcismo o algo más fuerte).

Es vital que nuestros doctores fabriquen una píldora para que nosotros, los ciudadanos, que vamos a votar en las elecciones no olvidemos las caras y nombres de los diputados, representantes y alcaldes que apoyaron estas decisiones, que aumentaron nuestro costo de vida, que aprobaron las leyes que nos afectan, que limitan nuestras libertades y que permiten que empresas inescrupulosas se hagan ricas a costa de nuestra vida, de nuestros recursos y del futuro de nuestros hijos.

Así, recordándolos, no votaremos por ellos nuevamente ni por sus amigos ni defensores.   Cuando los veamos en la calle, sin guardaespaldas y sin el tropel de los periodistas, no los determinemos, quitémoles la mirada en señal de repudio; no los pongamos en posiciones de liderazgo social ni escuchemos o veamos sus programas de radio y televisión; convirtámolos en parias sociales y tal vez los que vienen detrás de ellos en esas posiciones políticas se den cuenta y se inmunicen del virus del poder, la soberbia y el engaño.

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Este artículo se publicó el 25 de agosto de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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