De minas y luchas

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La opinión de….

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Eduardo A. Vega

Hace un par de años, cuando mis pasos todavía circulaban por la escuela, recuerdo que mi profesora Adelaida de Amador me comentaba constantemente sobre el cambio climático y que debíamos informarnos más al respecto; inclusive, algunos alzaban la ceja más de lo debido ante la mención de lo que en ese entonces se consideraba una locura pasajera, “un hecho transitorio”.

La indiferencia que vi en esos ojos es la misma que veo en las personas que hoy en día firman, de una manera inusitadamente rápida, las concesiones que se dan en este país para la extracción minera.

Al parecer, ni los que son más ni los que son menos han cambiado el hecho de que inefablemente nos aproximamos a las consecuencias –desprovistas en este momento de cualquier sentimentalismo, pero sí con un objetivismo aterrador– del mal uso de nuestros recursos naturales y de las reservas que yacían por tiempos inmemoriales y que ahora son sacadas de lo más hondo, por un dólar la hectárea. ¡Oh sí, un balboa la hectárea! El mismo precio de un refresco de cola. Triste comparación, tanto como la realidad misma.

Pero, quizás en este momento no nos parezca tan grave, si al fin y al cabo vivimos lejos de eso y ¿que más da, no? Lastimosamente la naturaleza no “juega vivo”, la naturaleza juega al equilibrio constante y mantenido frágilmente por los seres animados e inanimados que la conforman. Bien lo demostró un video que presentó la ambientalista Raiza Banfield, en donde se observan las aguas contaminadas, provenientes de las minas localizadas en Coclé, que caían en la costa de Colón. Increíble, ¿no? Más increíble aún es que dichas aguas contengan cianuro. Recientemente se ha venido promoviendo la llegada de cruceros a Colón, pero ¿qué verán los turistas dentro de algunos años? Nada, porque al paso de las mineras eso quedará. Nada, absolutamente nada. Eso es, también, lo que nosotros hacemos por tratar de evitarlo.

Hace unos años, inclusive ahora, se promovía Panamá como un país verde; los habitantes de otros países venían para escapar de sus urbes, para respirar un aire limpio y tomar una de las mejores aguas del mundo. Había orquídeas, había una multitud de especies endémicas. Hablo en pasado porque seguimos un camino que trae un progreso escudado en la oportunidad de empleo, empleos que tienen que ser renovados constantemente porque “los beneficiados” pronto adquieren enfermedades producidas en las minas donde trabajaban, y como muchas veces son zonas apartadas, así mismo padecen. Son seres que como la tierra en donde se encuentran los metales que explotan, tienen una vida promedio corta.

Lo más cómodo siempre será aplaudir y felicitar a quienes se enfrentan a estas empresas, sin embargo en este caso eso no es suficiente, no basta. Hay que actuar, o mañana no habrá porque pelear.

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Publicado el  14 de diciembre de 2009 en el diario LA PRENSA, a  quien  damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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