La hora de la Iglesia

La opinión de…..

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Basilio Dobras R.

En la dinámica del universo hay dos fuerzas extraordinarias: la centrífuga y la centrípeta; la primera atrae los cuerpos hacia sí, la segunda los repele. Sin embargo, nadie duda del concierto y armonía que rige el universo; a nadie se le ocurre que estas mismas fuerzas pudieran desencadenar el caos y la destrucción de la humanidad.

Lo que es cierto es que el hombre en el curso de la historia ha dado señales inequívocas de que es él quien rompe el equilibrio de la naturaleza, poniendo en riesgo la vida en el planeta. Es la lógica del hombre la que puede hacer insostenible la convivencia humana por diversas razones, como la insensatez, la ambición o el egoísmo.

Pareciera que el hombre se inclinara más hacia aquello que nos separa, no hacia lo que nos debe unir, aunque siempre ha habido diferencias, las hay ahora y las habrá mañana.

En efecto, el mundo se debate entre fuerzas y corrientes que enfocan la vida desde diferentes perspectivas: fuerzas tendientes a la opresión o a la liberación, fuerzas que marginan y excluyen; fuerzas que propician la guerra y el odio; fuerzas que anhelan la paz, la solidaridad y la concordia.   ¿Cómo no esperar entonces que en el complejo tejido social haya conflictos, contrastes, diferencias? ¿Cómo no esperar que haya deterioro material, físico, moral y hasta espiritual?

Cito el caso concreto de la Iglesia católica, estremecida por el escándalo de los sacerdotes acusados de pederastas, y que ha tenido resonancia mundial. Impacta y duele que en el seno de la Iglesia, que es la casa de Dios, se hayan producido hechos tan bochornosos y censurables. Pero también impacta y duele que haya católicos que condenen a su Iglesia y hasta renieguen de su fe, porque las fuerzas del mal hayan hecho caer a algunos de sus miembros.

Claro que duele que tantos hermanos nuestros hayan sido abusados y maltratados física y emocionalmente; duele el drama que seguramente habrán vivido sus familiares. Bajo todo punto de vista es repudiable y censurable lo que hicieron los sacerdotes; pero esto no es razón para que por tales faltas se esté abanicando a los cuatro vientos que la Iglesia está en crisis, o que se den en vaticinar su destrucción.

No es comprensible ni razonable que los propios católicos asuman actitudes que no son cristianas, pues riñen, a todas luces, con el espíritu del Evangelio. Lo que ha ocurrido nos ha permitido ver una vez más el rostro humano de la Iglesia, sus fortalezas y sus debilidades, que no difieren mucho de las que se pudieran dar en el seno de la familia o de la comunidad, incluso, en el seno del Gobierno y sus instituciones.

Habría que preguntarse entonces si sería justo que condenemos a toda la familia, porque uno de sus miembros resulta ser un vicioso o un delincuente; si sería justo que asumamos que los gremios y los sindicatos son demoniacos porque entre ellos hay malas fichas; si sería justo que califiquen de inoperante la Constitución porque quienes deben hacerla cumplir fallan en su aplicación; en fin, si sería justo que acusemos a todos los estamentos del Gobierno de corruptos, porque algunos de sus funcionarios sí lo son.

En todo caso, ¿habrá algún iluso que pretenda renunciar a su familia, o a su empresa o a la misma Iglesia porque entre sus miembros se advierten signos de vicio y corrupción?

Definitivamente, nadie que sea sensato reniega de su familia o renuncia a ella porque uno de sus integrantes es pederasta, como ningún gobernante renunciaría a su cargo porque alguno de sus más cercanos colaboradores sea acusado de corrupto.

Hay que recalcar que toda criatura, hombre o mujer, nace con sus tendencias hacia el bien o hacia el mal. Nadie escapa a esta realidad, ni los creyentes ni los no creyentes; ni los santos ni los curas, pastores o ministros; ni reyes ni mendigos. En consecuencia, es verdad que nadie puede tirar la primera piedra.

Para los que somos católicos la Iglesia es nuestra gran familia: nos alegramos con ella, sufrimos con ella; caminamos con ella; oramos con ella y por ella y, de ser posible, morimos por ella. Por lo tanto, no la juzgamos ni la condenamos, aunque estemos claros en que el Evangelio nos manda a anunciar y a denunciar.

La hora de la Iglesia ha llegado; sigamos creciendo con ella en Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida.

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Este artículo se publicó el  23  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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