Amor y agresión a la mujer

La opinión de…

Luis Francisco Bernal R.

La violencia intrafamiliar tiene que ver con todo un sistema sociocultural que es violento y que se manifiesta de manera particular en la socialización masculina, haciendo referencia al sistema patriarcal, cuyo principio, desarrollo y evolución se ha dado sobre la base de un sistemático ejercicio de la violencia, a cargo sobre todo de los varones.

Un entorno desfavorable en la niñez es el principal determinante en la aparición de la agresividad del adulto, un ambiente en la infancia en el que exista alcoholismo, golpes, amenazas a la vida o promiscuidad. Las personas que, directa o indirectamente, suscitan o provocan la imagen del padre frustrante se convierten en el blanco de la agresividad destructiva. Estos varones adoptan los patrones de conducta de sus padres (a veces de sus madres) o la figura que lo represente, haciendo aquello que ellos mostraron como forma de manejar el estrés y el enojo. Los varones con problemas de control aprenden que la violencia es la única vía posible para la resolución de conflictos. Sin embargo, puede aprender a transitar otro camino.

¿Por qué los hombres golpean? La primera razón: ¡les da resultados! La violencia pone rápido final a una discusión emocional o una situación que se está escapando de su control.

Es también una forma de descargar la frustración generada, fuera o dentro, del hogar.   Aunque es efectiva en el corto plazo la violencia tiene una larga lista de desgraciados y prolongados efectos que pueden aparecer desde el primer incidente o después de meses o años de relación, como miedo o desconfianza, rechazo al contacto, disminución de la autonomía en la pareja y, eventualmente, la destrucción de la relación.

Otro factor determinante en la agresión del varón hacia la pareja, lo encontramos en lo que la sociedad nos dice sobre un “verdadero hombre”. Veamos: Un verdadero hombre siempre se mantiene frío, racional, conoce las respuestas; nunca rehúye una pelea, tiene una carrera exitosa y gana mucho dinero; es capaz de mantener a su familia, es duro y fuerte, nunca expresa sus sentimientos. Nunca falla. ¿Cuántos hombres pueden mantener esta imagen? No muchos.

Los hombres se sienten muchas veces acorralados por esas expectativas, que no dejan lugar para cometer errores. No obstante, hay que reconocer que los hombres en el camino de la socialización también poseen la capacidad de encontrarse a sí mismos y de expresar el dolor o la ternura, muy especialmente en sus relaciones con mujeres o niños (as).

Estudiar el cerebro y sus efectos en la conducta, me ha dado una gran esperanza en el cambio de los hombres con problemas de control, quienes poseen como todos los seres humanos una gran capacidad para cambiar.

Es indispensable indicar que las distintas razones que hemos expuesto, tanto genéticas, psicodinámicas o socioculturales, por las cuales el hombre puede presentar una conducta violenta hacia su compañera, bajo ningún concepto debe tomarlas como excusa para continuar con estas desgraciadas y funestas actitudes. Usted debe establecer una relación de pareja igualitaria, equitativa, solidaria y de respeto mutuo. Todo esto empezará a darse al reconocer que se ha comportado en forma abusiva con su compañera, expresarlo a un profesional idóneo y asistir a un grupo de apoyo.

Que tus pensamientos, tus palabras y tus manos al dirigirte a la mujer que el Creador te puso en el camino solo sean para la gran hazaña de proteger su corazón. Esto forma parte de ser un ¡verdadero hombre!

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<> Este artículo se publicó el 25  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

En busca de Dios

La opinión del Educador….

Ricardo Cochran Martínez

Jacques Monod mencionó alguna vez “que el hombre está solo ante la inmensidad del universo de donde apareció por azar”. Yo no lo pienso así.

Hoy, en la actualidad, la ciencia ha podido establecer asombrosas realidades que han escapado a nuestra mente y que nos acercan de alguna manera, no totalmente aclaro, a ciertas ideas religiosas. No somos productos del azar. En el universo nada ocurre por casualidad y ello lo sabe la ciencia veamos.

La física ha descubierto que toda la materia que nos rodea está conectada a un nivel sub-atómico, por lo cual cada parte, por muy pequeña que sea, es parte de un todo.

De igual manera lo que nos resulta ser una eternidad cuando hablamos de periodos geológicos inmensos, para la historia de la evolución de nuestro planeta vienen a ser tan sólo días. Ejemplo desde la extinción de los dinosaurios hace 75 millones de años a la aparición del hombre una eternidad en cuestiones evolutivas un salto sorprendente.

En la física sabemos que la existencia de un universo producto de un big-bang o de un universo constante el cual desde su centro se está renovando eternamente generando más materia y energía, es muy posible.

En los sesenta la posible prueba apareció con la denominada “radiación de fondo”.

El movimiento de traslación que conjuntamente recorre el sistema solar a través de la galaxia y que ciertamente corrobora aun más el postulado de Copérnico y Galileo sobre el movimiento del planeta y no un estaticismo que lo colocaba como centro del universo está plenamente probado que nunca fue así. Fue un duro golpe al “orgullo del hombre” no al de Dios.

Cada uno de estos postulados son evidencias de un universo desconocido para nosotros hasta bien entrado el siglo XIX.

Los planteamientos anteriores hubieron sido una completa herejía supongamos, en el siglo XVI, les hubiesen costado posiblemente la vida a estos científicos.

El punto es que nosotros hemos estado siempre ante un universo desconocido en donde muy infantilmente establecimos que las cosas en el mundo y en el cosmos se generaban a partir de cierta “magia” la cual solo había que invocar a través de métodos de bárbaros.

Al parecer nuestra ignorancia es enorme.

El mundo y el universo se desarrollan constantemente a través de “procesos” los cuales dependen a su vez de ciertas condiciones para que se completen.

Una de las finalidades del Universo mismo, es generar “vida y razón” y al parecer están dadas todas las condiciones para que cada universo en una faceta específica genere “inteligencia”.

El universo al parecer tiene ciclos de reproducción que tardan miles de millones de años, de manera “natural”, guiados por un orden interno y absoluto que es a su vez un ciclo eterno.

Lo que sí es cierto es que los científicos, sobre todo los físicos, están descubriendo propiedades inimaginables que posee la materia y además han propuesto que existe ciertamente un “orden universal y natural” para la generación de todo lo que existe y existirá según un código, que busca siempre crear vida, crear la razón.

Concuerdo más con Hegel, con lo de la razón absoluta o universal, después de todo no estaba tan loco.

Han sido nuestras mentalidades y nuestra poca falta de investigación científica lo que ha hecho perdurar mitos y leyendas desastrosas en las cuales concebimos a Dios desde la misma perspectiva del hombre común.

Bien decía Protágoras que si las vacas pudiesen hablar dirían que su dios tiene forma de vaca.

Ello es cierto el mundo y el universo posee estructuras, organización y condiciones que desconocemos en su totalidad y que apenas con esta tecnología hemos ido descubriendo la punta del iceberg.

Nos queda considerar que ciertamente debe existir una fuerza sacra y misteriosa, benefactora del hombre a la cual llamamos Dios, pero que nuestra mente y entendimiento distara mucho aun, de comprender como opera o “ve” el universo.

<>Artículo publicado el 21 de septiembre de 2010 en el diario El Panamá America, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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El amor: locura y razón

La opinión del estudiante universitario…

Pedro J. Sarasqueta S.

Escribir sobre el amor romántico es caer en redundancias. Todos sabemos cómo se siente, todos conocemos la magia que el amor crea en nuestros corazones, en lo más profundo de nuestro ser. Más irónicamente por ser algo tan familiar, tan conocido no nos atrevemos a estudiar en profundidad su naturaleza. Una naturaleza dualista, que como una moneda, tiene dos lados.

Este humilde intento de describir el amor se inspira en el trabajo de Éric Rohmer, cineasta francés, conocido por su estilo lento, filosófico, ardiente de desmembrar los secretos del amor, su profunda naturaleza. En películas como “Pauline en la Playa” y “Noches de Luna Llena“ Éric Rohmer busca la esencia de este sentimiento humano.

El amor nace de dos fuentes: una irracional, instintiva, que se puede describir como locura. ¿Quién no ha estado locamente enamorado? Otra racional, decidida, hija de la pura razón. ¿Quién no se ha decidido a sólo amar una persona? Por un lado está el deseo carnal, esa indescriptible fuerza que nos hace desear a alguien más que a cualquier otra cosa en el universo, un poder que pareciera ser sobrenatural, más allá de lo explicable, resultado de millones de año de evolución.

Pero por si sólo esto no constituye amor, ya que ese sentimiento no está limitado a una sola persona, ese sentimiento siempre nos puede atacar, en cualquier lugar, en cualquier momento. Por el otro lado para que de esa locura nazca el amor, el verdadero amor, tenemos que tomar una decisión racional. Tenemos que decidirnos por esa persona que nos hace sentir esa locura, esa decisión no la puede tomar el corazón, la tenemos que tomar conscientes de todo el rabo de consecuencias que trae consigo. Sin esa decisión fría, premeditada, el sentimiento irracional lleva por cauces que al final de la jornada llevan muy probablemente al desencanto, incluso al odio o la infidelidad.

El ideal de la mujer, el hombre de la vida pareciera ser entonces algo que es en parte innato y por el otro construido. Innato porque sin la locura no hay base para poder tomar la decisión de amar. Construido porque sin la decisión consciente siempre estaremos a la merced de un sentimiento que no podemos controlar. Cualquiera es potencialmente el amor de nuestra vida, pero sólo al decidirnos hacemos del potencial una realidad.

Amemos con el alma y con la cabeza. La naturaleza intrínseca del amor lo requiere. Tal vez por eso el amor jamás nos dejará de fascinar, conmover, impulsar; su dualidad toca las esferas más importantes del ser humano, su capacidad de sentir, su capacidad de pensar.

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Este artículo se publicó el  6  de julio de 2010 en el diario  El Panamá América,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El síndrome del protagonista

La opinión de….

Luis Enrique Povea Castellón

Pongo como título así, a mi escrito, a criterio y a manera de poder expresar ciertos padecimientos de la sociedad panameña y del mundo entero.

La clase profesional media de hoy no es la misma que hace 20 años. Gracias al desarrollo y a la apertura de una educación dirigida a sectores de la sociedad que antes eran privados de su acceso, hoy componen un sector profesional medio y educado.

Es así, como doctores, ingenieros, abogados, comerciantes, economistas y demás profesionales que antes eran los “hijos de la cocinera” dieron el salto a un mejor nivel de vida, colaborando con un país en desarrollo.

Si bien es cierto la educación en estos individuos fue clave en sus vidas, vemos en algunos casos que otra parte de su formación –no menos importante– en el sentido más personal e íntegro de la persona no ha sido desarrollada: Hablamos de sus valores y emociones. Vemos a profesionales de distintos sectores cometiendo actos inescrupulosos para logro de un determinado beneficio, sin establecer las mejores prácticas y valor alguno con su entorno. Su integridad, que debiera ser intrínseca y servir de legado, es muy precaria; donde la familia muchas veces ejerce un rol importante como antecedente.

Hoy el significado de un hombre va totalmente a la inversa, primero se busca forzadamente el aspecto y logro material, para llegar a una avanzada edad a cultivar el deteriorado aspecto espiritual.

Se transmiten, en la sociedad, valores que no son los más adecuados. El profesional, muchas veces, lleva una vida económica poco prudente, donde se olvida de su responsabilidad personal de proyectar los mejores valores hacia los demás. El pobre, a su vez, repite en el mismo sentido las mismas actitudes, incrementando su riesgo social en un ambiente un tanto árido.

Buscamos aligeradamente el reconocimiento sin hacer los méritos necesarios, mirando qué tiene el de al lado. No podemos dejar que el aspecto puramente material dé forma y sentido a nuestras vidas. Debemos buscar la gloria en los aspectos que nos den salud mental y espiritual. Buscar algo que regocije el alma, para hacerla más virtuosa, haciéndonos partícipes en el desarrollo con los demás.

Cuesta un poco que la intelectualidad se ponga de moda. Deberíamos entender que ésta es una moda infinita, la que nos intenta librar de cometer imprudencias y nos brinda sustento y personalidad.

La identidad se encuentra en uno mismo, siendo auténticos para luego transmitírsela de la mejor forma a la sociedad. No a la inversa, como hoy en día se hace.   Debe ser viable e incluso utópico que una sociedad, que logre identificar su verdadero rol, pueda generar ideas y colaborar con el individuo y viceversa. Son dos actores que ojalá puedan coexistir.

Les dejo una frase que mi padre me ha dado como gran enseñanza y que trato todos los días de poner en práctica: “No intentes ser un hombre de éxito, intenta ser un hombre de valor”.

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Este artículo se publico el 2 de julio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Sólo el hombre trabaja

La opinión del Médico, Escritor y Académico Numerario de la Academia Panameña de la Lengua…

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Dr. José Guillermo Ros-Zanet

Sólo el hombre trabaja. Y tiene empleo. Y más.   Sólo el hombre sufre desempleo, y mal empleo.

El animal, inmerso (atado) en el entorno natural, no realiza un trabajo. Es utilizado como una herramienta del hombre… Y tampoco vive su vida. Su vida le es vivida por la naturaleza.

Lo que el comprador de fuerza de trabajo compra en el mercado laboral no es trabajo sino capacidad de trabajar.   Y esta acción y esta distinción no parecen ser posibles en el mundo animal.

Sólo el hombre trabaja. Y lo hace para obtener (al actuar negativa o positivamente sobre la naturaleza) los bienes que le permitan satisfacer sus necesidades y deseos… Y sólo el hombre vive su vida, y la conduce hacia el bien o hacia el mal, hacia la construcción o hacia la destrucción, hacia la creación o hacia los acabamientos… Y hacia este último lugar pareciera conducir hoy el hombre su vida, su hacer y su destino.

El animal no vive su vida; pero, tal vez, vive en mayor armonía con la naturaleza, en comparación con el hombre.

El animal especializa su vivir para ADAPTARSE a la naturaleza… El hombre especializa su trabajo para TRANSFORMAR la naturaleza (muchas veces para agredirla, para contaminarla, para expoliarla), para convertirla en duro mundo… En el hombre, la especialización deviene división del trabajo… En el reino animal la evolución lleva a algunas especies a diferenciaciones funcionales, a veces extremas, como ocurre con las hormigas y las abejas: especialización (división) del trabajo”, dentro de la propia especie (obreras, reina, soldados, etc.). Es una división no sólo funcional, sino también estructural (diferenciaciones físicas) dentro de una sola especie…

Sólo el hombre trabaja… “Este pan y este vino, fruto de la vid (de la tierra) y del trabajo del hombre”…

El trabajo, el poder acceder a un puesto de trabajo, a un empleo, se considera como un derecho fundamental… Pero en nuestro tiempo tener acceso a ese puesto de trabajo libremente elegido, bien remunerado y amparado socialmente, se hace cada vez más problemático… Y recordemos que el trabajo dignifica (debe dignificar) al hombre; y el Desempleo disminuye la dignidad humana, la armonía y la salud social. Y personal.

El mundo ha cambiado dramáticamente durante los últimos cuarenta años. Y sufre el Trabajo. El Trabajo se ha transformado en empleo; y el empleo, en el empleo precario, y hasta en empleo esclavo.

En nuestro tiempo (¿modernidad? ¿postmodernidad?) y circunstancia, sufre el empleo (el trabajo) formal y el pleno empleo.   El trabajo pasa hoy, tal vez, más trabajos que en cualquier otra época… Hoy tener trabajo no siempre significa tener empleo.   Y muchas veces, tener un empleo no significa tener un trabajo (el caso, en nuestro medio, de los funcionarios llamados “botellas” y “garrafones”)… El empleo formal disminuye, y da paso a un creciente empleo informal. Y crece el empleo precario; que deja al obrero, al empleado, al margen de importantes prestaciones sociales… (Y recordemos que el ingreso o salario medio per cápita influye sobre el nivel de vida. O está en relación directa con el mismo).

Y, por otra parte, al disminuir el empleo formal, la permanencia segura, la estabilidad en el puesto de trabajo (la intemporalidad), va dejando de ser la buena compañía del empleo, del puesto de trabajo.

Crece el empleo temporal, sobre todo en ciertos espacios (y, es claro que no me olvido de los trabajadores temporales, estacionales –las llamadas “poblaciones golondrinas”–: el caso de los cortadores de caña y de los cosechadores de café, de áreas rurales)… El empleo temporal (“de prueba”), crece sobre todo en las áreas urbanas, y por lo general, se prolonga indefinidamente, a saltos sucesivos, repetidos, pero sin generar permanencia ni protección social.

Hoy amplios sectores de producción disminuyen progresivamente la demanda de factores de producción; entre estos factores está, fundamentalmente, la mano de obra, la fuerza (humana) de trabajo… Hoy podemos decir que el triunfo de la tecnología intensiva y extensiva hace posible la derrota del pleno empleo.

El llamado neoliberalismo y los amplios fenómenos de globalización de la economía y de la producción, que condicionan y hacen posible, a su vez, la flexibilización del marco laboral legal y el debilitamiento de los sindicatos (de las bases sindicales; no, de las dirigencias), ponen hoy serios obstáculos a la buena salud del mundo del trabajo…

El llamado neoliberalismo y la globalización no son, necesariamente, males ni males en sí mismos… Lo que los convierte en males del tiempo y el espacio es la profunda crisis de “Eticidad” (esencia de lo ético) que recorre el mundo actual, y que parece conducir y presidir mucho del vivir, del pensar, del hacer (del trabajo y del ocio) del hombre contemporáneo… El ocio ocioso domina y predomina sobre el ocio creador.

Más “Eticidad” lleva a más productividad del hombre (del individuo), de las sociedades y de los pueblos.

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Artículo enviado el 15 de junio de 2010 para su publicación a Panaletras por el autor, a quien damos todo el crédito que le corresponde.

¡La virtud de la solidaridad!

La opinión del Pedagogo, Escritor y Diplomático…..

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Paulino Romero C.

El hombre es bueno en esencia. Tiene cualidades en potencia que pueden traducirse en fructificaciones de amor o convertirse en exteriorizaciones de odio, según sea la naturaleza del agente que provoque sus reacciones espirituales. Orientado mediante el consejo noble o la sugerencia bien intencionada, se manifiesta como un exponente de creaciones fecundas y de realizaciones provechosas. Pero, a veces, afectado por el escepticismo que le provocan las incongruencias vitales o los episodios condenables del convivir, se muestra descreído, huraño, agresivo y malicioso, negándose a todo cuanto reclama su colaboración venturosa.  El ser humano fue creado para vivir en sociedad. El aislamiento atrofia sus sentimientos, impide el ejercicio de sus virtudes y lo arrastra a la ignorancia, la ineficacia y la incivilidad.

Desde su gestación, el hombre necesita el favor de sus semejantes. En el nacimiento, en su desarrollo, en su educación, en el adiestramiento de oficios y profesiones, en la lucha del existir y en cada uno de los momentos de su proceso vital, ha menester de sus semejantes, en un juego intransferible de ayuda recíproca que asegura el goce del bienestar económico y espiritual. Todo ser organizado debe estar preparado para cumplir con los deberes de una armónica y fecunda convivencia social. Así, el dueño de una empresa debe tratar a los operarios como colaboradores efectivos y como seres humanos dignos de estimación. Patronos y obreros deben moverse en un clima de armonía, de respeto mutuo, de consideración recíproca y de generosa ecuanimidad. Capital y trabajo, dos denominaciones que son sujetos de una misma oración de mantenida y comprensiva cordialidad.

Los obreros también tienen deberes que los obligan para con el país. Deben comprender, de una vez por todas, que capital y trabajo, patronos y asalariados, no son términos antagónicos ni fuerzas enemigas que han de estar siempre enfrentándose; que no será con sabotajes ni huelgas ni acatando las consignas subversivas de los dirigentes politizados como defenderán sus legítimos intereses y cumplirán con lo que el país espera de ellos, sino contrayéndose a incrementar la producción para que aumenten los bienes de consumo y el poder adquisitivo de los salarios, poniendo así su parte de esfuerzo para que la recuperación nacional sea un día no lejano una realidad y no una siempre aplazada esperanza.

La virtud de la solidaridad se opone al egoísmo y su dimensión es siempre social en cuanto proyecta al hombre fuera de sí, ya como sujeto de obligaciones jurídicas, ya como ente depositario de inderogables deberes morales y humanos frente a los demás hombres. ¡Las virtudes necesitan cultivarse! Su ejercicio constante centuplica su fortaleza. No son flores de un día sino plantas perennes en constante fructificación.

¡La virtud debe ser como el oro que para ser puro no admite mezclas!

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Este artículo se publicó el  26  de abril de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La hora de la Iglesia

La opinión de…..

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Basilio Dobras R.

En la dinámica del universo hay dos fuerzas extraordinarias: la centrífuga y la centrípeta; la primera atrae los cuerpos hacia sí, la segunda los repele. Sin embargo, nadie duda del concierto y armonía que rige el universo; a nadie se le ocurre que estas mismas fuerzas pudieran desencadenar el caos y la destrucción de la humanidad.

Lo que es cierto es que el hombre en el curso de la historia ha dado señales inequívocas de que es él quien rompe el equilibrio de la naturaleza, poniendo en riesgo la vida en el planeta. Es la lógica del hombre la que puede hacer insostenible la convivencia humana por diversas razones, como la insensatez, la ambición o el egoísmo.

Pareciera que el hombre se inclinara más hacia aquello que nos separa, no hacia lo que nos debe unir, aunque siempre ha habido diferencias, las hay ahora y las habrá mañana.

En efecto, el mundo se debate entre fuerzas y corrientes que enfocan la vida desde diferentes perspectivas: fuerzas tendientes a la opresión o a la liberación, fuerzas que marginan y excluyen; fuerzas que propician la guerra y el odio; fuerzas que anhelan la paz, la solidaridad y la concordia.   ¿Cómo no esperar entonces que en el complejo tejido social haya conflictos, contrastes, diferencias? ¿Cómo no esperar que haya deterioro material, físico, moral y hasta espiritual?

Cito el caso concreto de la Iglesia católica, estremecida por el escándalo de los sacerdotes acusados de pederastas, y que ha tenido resonancia mundial. Impacta y duele que en el seno de la Iglesia, que es la casa de Dios, se hayan producido hechos tan bochornosos y censurables. Pero también impacta y duele que haya católicos que condenen a su Iglesia y hasta renieguen de su fe, porque las fuerzas del mal hayan hecho caer a algunos de sus miembros.

Claro que duele que tantos hermanos nuestros hayan sido abusados y maltratados física y emocionalmente; duele el drama que seguramente habrán vivido sus familiares. Bajo todo punto de vista es repudiable y censurable lo que hicieron los sacerdotes; pero esto no es razón para que por tales faltas se esté abanicando a los cuatro vientos que la Iglesia está en crisis, o que se den en vaticinar su destrucción.

No es comprensible ni razonable que los propios católicos asuman actitudes que no son cristianas, pues riñen, a todas luces, con el espíritu del Evangelio. Lo que ha ocurrido nos ha permitido ver una vez más el rostro humano de la Iglesia, sus fortalezas y sus debilidades, que no difieren mucho de las que se pudieran dar en el seno de la familia o de la comunidad, incluso, en el seno del Gobierno y sus instituciones.

Habría que preguntarse entonces si sería justo que condenemos a toda la familia, porque uno de sus miembros resulta ser un vicioso o un delincuente; si sería justo que asumamos que los gremios y los sindicatos son demoniacos porque entre ellos hay malas fichas; si sería justo que califiquen de inoperante la Constitución porque quienes deben hacerla cumplir fallan en su aplicación; en fin, si sería justo que acusemos a todos los estamentos del Gobierno de corruptos, porque algunos de sus funcionarios sí lo son.

En todo caso, ¿habrá algún iluso que pretenda renunciar a su familia, o a su empresa o a la misma Iglesia porque entre sus miembros se advierten signos de vicio y corrupción?

Definitivamente, nadie que sea sensato reniega de su familia o renuncia a ella porque uno de sus integrantes es pederasta, como ningún gobernante renunciaría a su cargo porque alguno de sus más cercanos colaboradores sea acusado de corrupto.

Hay que recalcar que toda criatura, hombre o mujer, nace con sus tendencias hacia el bien o hacia el mal. Nadie escapa a esta realidad, ni los creyentes ni los no creyentes; ni los santos ni los curas, pastores o ministros; ni reyes ni mendigos. En consecuencia, es verdad que nadie puede tirar la primera piedra.

Para los que somos católicos la Iglesia es nuestra gran familia: nos alegramos con ella, sufrimos con ella; caminamos con ella; oramos con ella y por ella y, de ser posible, morimos por ella. Por lo tanto, no la juzgamos ni la condenamos, aunque estemos claros en que el Evangelio nos manda a anunciar y a denunciar.

La hora de la Iglesia ha llegado; sigamos creciendo con ella en Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida.

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Este artículo se publicó el  23  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.