Ecosistemas y economía

La opinión de….

Jairo A. Vásquez Pravia


Los sistemas ecológicos y económicos de nuestro planeta están vinculados. A medida que las dimensiones del sistema económico mundial crecen en relación con el acervo de recursos naturales terrestres y marinos, la dinámica de ambos sistemas se afecta y se torna más discontinua. Las externalidades negativas aparecen en la medida en que las capacidades de adaptación y de carga de los ecosistemas son sobrepasadas por la extracción de recursos naturales para la satisfacción de las necesidades económicas de la población mundial.

Todos nosotros, especialmente los más pobres y vulnerables, dependemos de la riqueza natural para proveernos de servicios básicos, tales como agua fresca, alimentos, materiales para la construcción de viviendas, medicamentos, entre otros, sin embargo se estima que dos tercios de los ecosistemas mundiales ya han sido fuertemente impactados por la acción humana, reduciendo así su capacidad de brindar a largo plazo los bienes y servicios ambientales que necesita la humanidad para seguir existiendo, tal y como lo hemos hecho hasta ahora.

La biodiversidad biológica constituye el anclaje vital para nuestra existencia y el desarrollo económico de todos los países del globo. Por ejemplo, el valor actual del comercio de los recursos pesqueros oceánicos mundiales se estima en 5.9 billones de dólares, es decir, representa un valor 600% superior al estimado para el año 1976. Sin embargo, las tasas de captura mundiales de especies como el atún, sardinas, entre otras, se encuentran en pleno y sostenido descenso y cerca del 75% de los bancos pesqueros comerciales a nivel mundial ya se han agotado, o bien, ya están por debajo de su nivel de sostenibilidad.

De seguir esta tendencia, un componente fundamental para la seguridad alimentaria mundial se perderá irremediablemente y todos sufriremos.

La ausencia de metodologías comprensibles para proveer datos de valoración económica sobre biodiversidad y los servicios que esta presta, los cuales puedan ser fácilmente transmitidos y comprendidos por gobernantes y tomadores de decisiones en el sector privado, ha impedido grandemente mayores esfuerzos para la protección, mantenimiento y restauración de hábitats y especies en muchas partes del mundo, dado que hasta ahora no hay consenso sobre cómo poder incorporar esta valiosa información a los análisis costo-beneficio de proyectos de inversión pública y privada, que pueden ir desde la construcción, por ejemplo, de un acueducto rural hasta aeropuertos, puertos y desarrollos urbanísticos a gran escala.

Y esto es un error que ustedes estimados lectores y yo tendremos que pagar en el mediano y largo plazo.

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Este artículo se publicó  el  28 de marzo de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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Una hoja en la tempestad

La opinión de….

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Jairo A. Vásquez Pravia

¿Qué es la biodiversidad? Pareciera tener una respuesta sencilla, pero las apariencias engañan. La biodiversidad es algo tan simple, como las bacterias que habitan en nuestros intestinos, el pececillo de la quebrada, las arañas que tienden su tela en los rincones de una casa, o algo tan complejo, como los genes que son el código para crear un ser humano, los bosques de Darién o de la isla de Coiba, la inmensidad del océano Pacífico. A fin de cuentas, es la variedad de vida en la Tierra, en todos los niveles, desde los genes, pasando por organismos individuales a especies, hasta vastos hábitats, así como todos los vínculos e interacciones entre todos y cada uno de los seres vivos que los componen.

La biodiversidad se encuentra íntimamente ligada al clima, pero estas interacciones no son apreciables a simple vista. Por ejemplo, cuando los bosques son talados, tanto el clima local como el global son afectados, dado que la remoción de árboles causa cambios en los niveles de humedad y temperatura, así como el carbón retenido en estos es liberado a la atmósfera. Se calcula que al deforestarse y quemarse una hectárea de bosque tropical húmedo, se envían aproximadamente unas 500 toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera.

Más alarmante aún, se estima que un solo día de deforestación en nuestro planeta equivale a la huella de carbono, generada por 8 millones de personas viajando ese mismo día, al mismo tiempo a la ciudad de Nueva York. Así como el cambio climático afecta a la biodiversidad, así también cambios en la biodiversidad pueden afectar el clima mundial. Quizás más significativamente, cambios en el uso de la tierra que conllevan a una reducción de la biodiversidad, igualmente traen un incremento en las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Se ha calculado que un tercio de todo el dióxido de carbono, liberado entre 1850 (aproximado inicio de la Revolución Industrial en Inglaterra y Estados Unidos) y principios de este siglo, ha tenido como origen la destrucción de bosques a partir del cambio en el uso de la tierra.

Cerca de un tercio de toda la superficie de nuestro planeta es utilizado para la producción de alimentos. Aproximadamente, unas 7 mil especies de plantas han sido cultivadas y recolectadas para alimentos por los humanos, desde que la agricultura inició hace unos 12 mil años. En la actualidad, solo unas 15 especies de plantas y ocho especies de animales suplen el 90% de toda la comida que consume toda la población mundial anualmente. Si por cosas del destino se redujera la productividad de nuestra biota más estratégica, las consecuencias serán terribles para todos en muy poco tiempo.

Si bien no ha sido al ritmo dramático de los demás países centroamericanos, la pérdida de cobertura boscosa de la República de Panamá ha sido notable durante las últimas cinco décadas. Por ejemplo, solo entre 1950 y 1960 esta se redujo de un 68% a un 58%. De acuerdo con datos oficiales de la Anam, la cobertura boscosa actualmente representa el 44% de la superficie total del país, siendo deforestadas aproximadamente unas 75 mil hectáreas por año en promedio, para dar paso a la ganadería extensiva, monocultivos, proyectos hidroeléctricos y urbanísticos, carreteras, en fin, lo que conocemos como desarrollo.

A diferencia de muchos países de la región con sectores agrícolas e industriales mucho más complejos, y a la vez mucho más emisores de GEI, Panamá posee condiciones ideales para implementar una política de mitigación de los efectos del cambio climático a un mucho menor costo y en menor escala que aquellos, en atención a su demografía, patrones de consumo de energía, cobertura boscosa todavía apreciable, entre otras. Queda de nosotros hacerla realidad, y si bien los que estamos aquí ahora no vemos sus beneficios completos, las futuras generaciones de panameños nos lo agradecerán profundamente.

El cambio climático es un problema global, pero cada uno de nosotros tiene la capacidad necesaria para aportar a su mitigación por más pequeñas que sean nuestras acciones.

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Artículo publicado  el 20  de febrero de 2010  en el Diario La Prensa, a quien damos, lo mismo  que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Por qué el agua es negocio de todos

La opinión del Economista……

Jairo A. Vásquez Pravia

La República de Panamá es conocida a nivel mundial no sólo por contar con un suministro de agua potable de primer nivel en comparación con países vecinos, sino también por derrocharla de manera cuasi escandalosa. Somos el país de Latinoamérica que mayor consumo de este recurso mantiene per cápita, el cual asciende a 108 galones diarios en promedio, distribuidos entre consumo e higiene. De acuerdo con estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una persona puede vivir con 21 galones de agua potable por día.

Podemos todos en un futuro no muy lejano utilizar fuentes de energía totalmente distintas a los combustibles fósiles, pero todavía no hemos inventado un sustituto perfecto para el agua dulce cruda o potable en su infinidad de usos. El agua dulce es el bien más esencial para la vida socioeconómica de un país.

Reflexionemos sobre esta realidad: 33 de las 105 ciudades más grandes del mundo como Nueva York, Los Ángeles, Sao Paulo, entre otras, obtienen una proporción significativa de su agua dulce directamente de áreas protegidas, que pueden ir desde un bosque hasta toda una cuenca hidrográfica Al menos otras 5 ciudades obtienen agua de fuentes que se originan en cuencas distantes que también incluyen áreas protegidas. En adición, al menos otras ocho obtienen agua de bosques que son administrados de forma tal que se da prioridad a su regulación del ciclo hidrológico. Recordemos esto cada vez que observemos un árbol en cualquier lugar.

Es fundamental comprender cuánta agua necesitamos los humanos para sostener nuestro diario vivir. Por ejemplo, se requieren de unos 2,700 litros de agua para producir una camiseta de algodón, un poco más de 4,000 litros para producir un kilo de trigo hasta 16,000 litros para producir un kilo de carne de res. Sólo el 54% de la escorrentía accesible de agua dulce a nivel mundial es apropiada para el consumo humano. Para el 2025, dos tercios de la población de nuestro planeta podría tener serios problemas con el suministro de agua dulce potable.

Todas las grandes, medianas y pequeñas empresas en nuestro país serán afectadas directa o indirectamente por la incertidumbre, tensiones y dilemas en su uso del recurso hídrico disponible durante las siguientes décadas. La escasez relativa de un recurso por lo general allana el camino a su mejor administración.

La histórica coyuntura que se genera al llevarse a cabo el proyecto de ampliación del Canal de Panamá, al mismo tiempo que se empiezan a sentir los efectos del cambio climático a nivel mundial, debe ser motivo más que suficiente para implementar finalmente una verdadera gestión integrada del recurso hídrico que involucre en la práctica a empresas, al ciudadano común y a la administración pública. Nuestro futuro como país irremediablemente dependerá de que esto se concrete.

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Publicado el 14 de enero de 2010 en el Diario El Panamá América, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Regulaciones ambientales, ¿un freno a la competitividad económica?

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La opinión de…..

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Jairo A. Vásquez Pravia

Durante la última media década, el proceso de liberalización de los mercados ha cambiado su enfoque de reducción arancelaria, la cual efectivamente se ha gestado en buena parte del mundo hacia la eliminación de barreras arancelarias al comercio mundial, entre las que destacan las regulaciones ambientales. Dado que muchas regulaciones nacionales, tales como las normas de calidad ambiental y los estudios de impacto ambiental para diversos proyectos de inversión pueden ser consideradas como barreras arancelarias al comercio, la discusión sobre la extensión y el impacto de las normas ambientales se ha expandido en las mesas de negociación de todos los acuerdos de libre comercio de reciente data.

De acuerdo con el índice de competitividad mundial preparado por el Foro Económico Mundial para el periodo 2009-2010, la República de Panamá alcanzó la posición 56, por debajo de países como Chile (30) y Costa Rica (55), pero por encima de economías más grandes como México (60), Uruguay (65) , Colombia (69) y Argentina (85). Si observamos los países que lideran el escalafón como Finlandia, Estados Unidos, Dinamarca, Singapur, Suiza, Islandia, Noruega y Australia, coincidentemente son los que poseen regulaciones ambientales más estrictas y actualizadas, lo cual no ha sido obstáculo para seguir liderando el proceso de globalización.

Por otro lado, muchos países en vías de desarrollo, en especial México y los países centroamericanos, durante los últimos años han dedicado esfuerzos para flexibilizar sus regulaciones ambientales en aras de atraer mayores flujos de inversión extranjera en el marco de acuerdos de libre comercio; empero, siguen sin mostrar un mayor crecimiento económico ni mejoras en su competitividad ni distribución de la riqueza, y lo más preocupante de todo, haciéndose irremediablemente más dependientes del flujo de remesas extranjeras de su fuerza de trabajo emigrante hacia Estados Unidos. En el caso de México, estas remesas representan la segunda fuente de divisas luego de las exportaciones de petróleo crudo y sus derivados, mientras que para El Salvador son desde hace casi 15 años su principal fuente de divisas.

Al contrario de la percepción de muchos, Panamá es considerado uno de los países latinoamericanos con regulación ambiental de mayor alcance y, sin embargo, mantiene uno de los flujos de inversión externa directa más consistentes durante los últimos años, pasando de unos 603.4 millones de dólares en el año 2000 hasta unos 2 mil 401 millones de dólares para el año 2008, de acuerdo con estadísticas de la Contraloría General de la República.

Las regulaciones ambientales no pueden ser vistas como simples controles de la contaminación o estándares de manejo de recursos naturales, capaces de ser flexibilizados de un solo plumazo por la burocracia estatal en aras de la consuetudinaria excusa de fomentar la inversión nacional y atraer la extranjera en beneficio del país.

Ellas proveen las reglas fundamentales para el comercio internacional y sirven como una mitigación necesaria contra las fallas de mercado en el orden económico global.

La construcción de una sensibilidad ambiental en el régimen de libre comercio de forma pensada y sistemática debería ser de interés, tanto en el mundo económico como en el ambientalista, los cuales nunca deben ser mutuamente excluyentes per se, si buscamos un desarrollo sostenible.

En un ambiente donde crecientemente se reconoce que el camino a un efectivo y justo intercambio de bienes y servicios en un mundo cada vez más globalizado no está libre de riesgos, las regulaciones ambientales tienen un rol que jugar en preservar un mejor entorno para el mejoramiento de la competitividad económica de cada país.

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Publicado  el   6   de  enero  de 2010  en   el  Diario  La  Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.