La minería y el agua

La opinión de…

 

María de los Ángeles Castillo

Desde hace un mes el tema de la minería metálica me embarga y me quita el sueño. Mientras que las reformas al Código Minero estuvieron en la mente de los que nos gobiernan desde hace meses, este tema ha sido una preocupación permanente de los ambientalistas y de las comunidades que habitan en los alrededores de estos yacimientos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación nos señala en su documento extractivo de nuestra primera Estrategia Nacional del Ambiente de Panamá que “el progresivo proceso de transformación de los bosques en los últimos 30 años, el cual se ha desarrollado al margen de la consideración a la capacidad potencial de los suelos, está planteando un escenario distinto al que debería experimentar el país, en el marco del mejor uso social, ecológico y económico de la tierra”.

Este instrumento de trabajo y de política ambiental sigue indicando: “Este proceso no manifiesta un cambio de estrategia en las actividades productivas, sino que, por el contrario, experimenta una significativa desvalorización de la riqueza natural del país mediante la eliminación del bosque para substituirlo por una condición de inercia y destrucción, en contradicción con el principio del mejor beneficio alternativo”.

La innegable riqueza de nuestra biodiversidad no es valorada. Pareciera que se desconoce el patrimonio biótico, paisajístico, cultural y del agua de nuestro país. Esto nos lleva a desconocer su valor, por lo que su conservación está lejos y la pérdida, cerca.

Los suelos tropicales son extremadamente vulnerables, luego de la pérdida de la cobertura vegetal y del suelo rico en nutrientes quedan superficies que se pierden por las grandes y frecuentes precipitaciones o a merced de sequías y los vientos. Los bosques son el sostén y los grandes administradores del agua.

La erosión, que la entendemos como el transporte de material por un medio dinámico, como el agua o el viento, es uno de los efectos más importantes de la pérdida de vegetación. El transporte de sólidos por las escorrentías tiene como destino final los cuerpos de agua, sean ríos, lagos o mares.

Las consecuencias de sobra las conocemos: deterioro de las aguas por turbiedad y arrastre de todo tipo de residuos y desechos; pérdida de la biota acuática, ya que los mencionados contaminantes interfieren en los sistemas respiratorios de animales y plantas; el deterioro de grandes e importantes ecosistemas, como el coralino y los estuarios, que como es sabido, son los grandes criaderos y propulsores de vida marina y la protección de las costas.

Entonces, la conservación y el aprovechamiento razonable de nuestras riquezas es el pilar para construir un Panamá custodio y administrador de su patrimonio natural y cultural para la humanidad y las generaciones futuras. Ni todo el cobre, ni el oro, ni la plata del mundo podrán recuperar nuestra biodiversidad. Si priorizamos la vía económica de la gran explotación transnacional minera metálica, perderemos el agua, nuestro principal recurso económico.

Ofertemos a la Humanidad un Panamá verde, con orgullo, del lado de los que luchamos por un planeta que busca la sustentabilidad, ofrezcamos a nuestro pueblo lo mejor: suelos verdes sin residuos tóxicos, cuerpos de agua con galerías de bosques y sin descargas de aguas residuales, preservemos nuestro principal recurso, el agua. Estoy segura de que todos deseamos ver a nuestra gente saludable y rodeada de sus fantásticos parajes con recursos manejados y aprovechados en pro de Panamá.

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Este artículo se publicó el 1 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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La construcción de una pesadilla

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Yo nací en Bocas del Toro, donde pasé muchos años de mi vida, empezando por todos los de mi infancia y mocedad. Explico esto no para gloriarme,   sino para que se entienda lo que viene a continuación.    En esos años, como todos mis paisanos, bebí únicamente deliciosa agua de lluvia. No había otra. Afortunadamente, la naturaleza era pródiga con nosotros. Llovía con una frecuencia a veces desesperante para los muchachos, que no podíamos jugar en la calle; pero todos sabíamos que una semana sin que cayera sobre nosotros un aguacero torrencial, era una sequía y nuestros padres nos racionaban el agua. Recuerdo que nos bañábamos con una velocidad vertiginosa. Pero a la sazón, la selva virgen nutría pródigamente al régimen de lluvia, y las sequías (o lo que nosotros llamábamos así) nos fastidiaban una vez cada tres o cuatro años, durante cinco o seis días.

La población del país era muy escasa por entonces, y la mano del hombre no le había infligido a la naturaleza un daño irreparable (la peor plaga de nuestro planeta es el hombre, que, entre todos los seres vivos es el único capaz de destruirlo).

En 1944 vine a vivir a la capital. En aquel tiempo, el agua de las dos ciudades terminales tenía la justificada fama de ser la mejor del mundo (aunque a veces, en mis ataques de nostalgia, añorara el agua que en mi pueblo natal compartíamos generosamente con los gallinazos).

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició el éxodo masivo de los campesinos hacia las ciudades (un fenómeno global, exhaustivamente estudiado por especialistas de todas las latitudes). Ellos no tenían la culpa de haber nacido y crecido en la cultura del peladero. Y se inició la tala masiva de árboles bajo nuestras propias narices.

Y la población seguía creciendo desaforadamente con personas convencidas de que los árboles fueron hechos para derribarlos. No fue culpa de los flamantes campesinos (me complace admitir que los descendientes de aquellos pobladores están aprendiendo a respetar el árbol. Confortables chalets han ido reemplazando las casas brujas, y sus patios empiezan a ser embellecidos por las mismas especies que arrasaron sus abuelos.

No son muchos, pero revelan que algo ha empezado a cambiar en nuestro pueblo. Justicia poética: muchos de los ecologistas descienden de los enemigos de la naturaleza. Aunque tratan de salvar los árboles, otros continúan asesinándolos con el apoyo de nuestras lamentables autoridades. La más reciente hazaña de estos bárbaros ha sido la destrucción de una arboleda que se pavoneaba hermosamente a la vera de Calle Quinta. Pese a la protesta de los vecinos, fue arrasada por los nuevos agentes del peladero para construir una casa tan fea como su dueño.

¿Qué vamos a hacer con un país cuyo presidente actual es un agente de los enemigos de la naturaleza? Hace muy poco, él mismo, o sus paniaguados, autorizaron a una empresa extranjera a destruir un bellísimo bosque a fin de que estos delincuentes puedan saquear unas briznas de oro, cuyo precio ruego a Dios que se haya caído al piso cuando se dispongan a venderlo.

Desde mi infancia he oído un cuento que viene al caso. Un campesino (no diré de dónde para evitarme problemas), agobiado por el calor del mediodía, se refugió bajo un frondoso árbol. Cuando se hubo refrescado, se dirigía a su casa. De pronto se dio media vuelta, y dijo: “Jó, que lindo palo pa tumbarlo”. El cuento en verdad no tiene ninguna gracia, pero caracteriza mejor que un tratado la mentalidad durante mucho tiempo prevaleciente en nuestros campos. (Capítulo aparte merecen los empresarios y constructores que han convertido nuestra ciudad en una visión de pesadilla).

A propósito de cuentos: voy a relatarte uno que no tiene nada que ver con nuestro tema, pero quiero premiarte con él por la paciencia con que has seguido esta lata. Es un cuento que vi–leí hace 70 años, por lo menos, y se me quedó grabado para siempre en la sesera.   Al fondo del cuadro se ve a un caballero que está saboreando con deleite un huesecillo. En el primer plano dos señoras, que ostentan, a guisa de adorno, un hueso fijado a la cabeza de cada una de las dos no recuerdo con qué. Una de ellas, muy orgullosa, le dice a la otra, señalando al mondador de dientes: –¡A mi marido le encantan los niños!

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Este artículo se publicó el 15  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autro, todo el crédito que les corresponde.

La educación forestal en Panamá

La opinión de….

Carlos Gómez

Según el Plan Nacional de Desarrollo Forestal de la Autoridad Nacional del Ambiente, Panamá contaba para el año 1947 con aproximadamente 70% de cobertura boscosa. Para el año 2000 esta cifra se redujo a 44.9%. Actualmente la deforestación se sitúa en más de 2 millones de hectáreas. Esta situación nos obliga a repensar qué queremos hacer con estos recursos forestales remanentes.

En esto juega un papel preponderante el profesional forestal. La mayoría de los especialistas forestales nacionales con que cuenta el país provienen de todas partes del mundo, producto de una política de mediados de la década de 1970, en la que se establecieron una serie de carreras prioritarias para el desarrollo nacional, incluyendo la forestal. En Panamá usted puede encontrar especialistas forestales de Europa, Latinoamérica, Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, no hemos aprovechado al máximo este conocimiento forestal de nivel mundial.

El impacto del desarrollo económico en todos los países del orbe sobre los ecosistemas naturales es significativo, poniendo en peligro la estabilidad ecológica del planeta. El cambio climático es el fenómeno más inmediato, que requiere de acciones integrales para mitigar su impacto. El rol de las ciencias forestales se convierte entonces en una alternativa de importancia para contribuir efectivamente a este problema global. Este rol se vuelve más crítico ya que Panamá lidera la Estrategia de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación que impulsan las Naciones Unidas y el Banco Mundial, en la cual debemos fortalecer nuestra capacidad técnica para hacer frente a este compromiso ambiental.

En Panamá no tenemos tradición en materia forestal por lo que actualmente no hay una oferta académica para estudiar carreras relacionadas con los recursos forestales y el desarrollo de programas de investigación en esta área. Se han hecho algunos esfuerzos limitados, pero sin resultados a largo plazo. Es imprescindible que nuestras universidades evalúen esta posibilidad de incluir en su oferta académica carreras forestales a varios niveles.

Con esto, estaremos elevando la capacidad de respuesta, tanto en el sector público como privado, para manejar científicamente los recursos forestales, tan valiosos para el desarrollo económico. Recordemos que los bosques están vinculados directa o indirectamente en todas las actividades que desarrollamos. Por ejemplo, la industria del turismo promueve espacios naturales tales como parques nacionales; los ríos dependen de los bosques para mantener su caudal y brindarnos agua potable y electricidad; la producción alimentaria depende del rol protector del bosque al evitar la erosión y mantener las fuentes hídricas; los bosques son pantallas protectoras que brindan hábitat a muchos organismos dañinos para el ser humano (hanta virus) y muchos otros.

Pero el bosque también es fuente de empleos y divisas cuando se planifica su uso correctamente. Puede generar bienes como madera y productos no maderables, además de los servicios ambientales. La plantación de árboles es una actividad económica de alto impacto en el medio rural. En Panamá se han reforestado unas 75 mil hectáreas con resultados muy alentadores.

Tenemos un futuro forestal muy promisorio si logramos aumentar la superficie de plantaciones con especies nativas y exóticas por lo menos en 500 mil hectáreas en los próximos 15 años. Con estos nuevos bosques estaremos dando respuesta efectiva a la pobreza en zonas rurales marginadas; mejorando el entorno natural e incorporando a la economía tierras degradadas que hoy no tienen uso. Nadie está en contra de plantar un árbol, entonces unamos esfuerzos para lograr que Panamá sea un oasis verde con oportunidades para todos. Ese es el reto para el sector público, privado y la sociedad en general.  La educación es un factor clave.

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<> Este artículo se publicó el 28  de octubre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/gomez-carlos-a/

¿Hasta cuándo ‘yes man’?

La opinión del Explorador y Conservacionista….

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LUIS   PULEIO

Antes que todo, pido disculpas por usar términos en inglés (anglicismos) en el decurso de este artículo.   Me veo forzado a emplearlo, porque es lo que folclóricamente más se entiende para destacar la complaciente genuflexión de algunos altos directivos, que llevan sobre sus hombros la responsabilidad de salvaguardar los bosques de Panamá del desaforado urbanismo, en menoscabo de nuestros parques nacionales y sus áreas de amortiguamiento.

Con estupor, me enteré de la noticia aparecida en el diario La Prensa, el sábado 28 de agosto, del periodista, José Arcia, donde señala   ‘La sala tercera declara legal una resolución de la ARI, por la cual se adjudica lote cerca del Parque Camino de Cruces, resolución No 01-04 del 8 de enero de 2004 a favor del lote No-35 para proyectos urbanísticos’.

Pero lo más indignante es la postura de la ANAM, de no asumir responsabilidad alguna en defensa de los bosques de Clayton, que debieron revertir al Parque Camino de Cruces una vez retirada la última estaca colonialista. Es un desparpajo también por parte de la ANAM escudarse tímidamente bajo el criterio de que el lote de selvas que será urbanizado está fuera de los límites del parque.   ¿Acaso no saben los directivos de la ANAM que cada quinquenio aparecen nuevas leyes que modifican los linderos del parque?

En lo personal, no veo en la entidad rectora de los recursos naturales del país el que surjan voces técnicas y científicas recomendando y deteniendo todo proyecto que atente contra la cobertura boscosa y el ambiente.

En cierta ocasión, un funcionario de la ANAM me respondió en el transcurso de un acalorado debate que ‘nosotros, la ANAM, somos una entidad de gobierno y no podemos decirle ‘no’ al propio gobierno, cuando éste, no importa qué parcela de bosque o de área protegida, nos pida para la realización de tal o cual proyecto’.

Yo ahora respondo, ¿hasta cuándo ‘yes man’?

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<> Este artículo se publicó el 25 de octubre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/puleio-c-luis/

Oportunidad de inversión verde

La opinión de…

Carlos Gómez 

Los bosques aportan bienes como la madera y los productos no maderables, además de servicios como la captura de carbono, protección del suelo, agua y biodiversidad, entre otros. Por otro lado, el clima tropical ofrece el mejor ambiente para el crecimiento de árboles. La larga estación lluviosa permite un crecimiento tres veces mayor que en clima templado.

Se pueden plantar árboles con fines de conservación y producción. En Panamá hemos reforestado cerca de 75 mil hectáreas, pero hay cerca de 2 millones de hectáreas sin bosques, que debemos reforestar. En esta tarea, el Gobierno debe aportar y promover los mecanismos financieros para que la empresa privada realice esta titánica labor. En Chile, Brasil y Uruguay la estrategia de establecer incentivos para plantar árboles ha dado buenos resultados, aumentando sustancialmente la cobertura forestal, generando empleos, divisas y recuperando suelos degradados.

En Panamá, con la Ley 24 de Incentivos a la Reforestación de 1992 (modificada en 2005), se generaron unos 600 mil empleos en su mayoría temporales, con valor estimado en 165 millones de dólares. Entre 1993 y 2004 se invirtió en este sector la suma de $313.7 millones, de los cuales $100 millones fueron aportados por el plan de incentivos del MEF, y $213.7 millones por inversionistas privados. Hay que evaluar esta experiencia para identificar nuevos incentivos, como el bono forestal, para aprovechar las ventajas competitivas.

En Panamá, tenemos las condiciones para lograr mejores resultados. Podemos declarar el área central del país como “polo de desarrollo forestal” y establecer un plan masivo de reforestación en el que participen las comunidades, empresas privadas, las ONG y el Gobierno.

Las inversiones en plantaciones forestales son unas de las más seguras. Hay organizaciones internacionales que manejan fondos de pensiones de largo plazo para invertirlos en negocios forestales. El interés de invertir en plantaciones forestales se debe a que a medida que crecen, ganan valor por este crecimiento y por la ganancia de valor implícita en la mejora de la calidad de la madera con el paso de los años. Una alternativa para Panamá puede ser la reforestación de 100 mil hectáreas en un plazo de cinco años, a razón de 20 mil ha/año con la inversión inicial de $100 millones (por cada dólar invertido se recuperan cinco). Los fondos pueden ser del Seguro Social y del Fondo Fiduciario. Esta inversión, además de generar ingresos importantes (para jubilaciones), generaría miles de empleos en áreas rurales deprimidas y recuperarían tierras degradadas. Esta nueva masa boscosa ayudaría a la agricultura, el ecoturismo, energía y salud.

Históricamente en Panamá la relación exportación/importación de productos maderables ha sido desfavorable. Para 2007 este déficit era de $188 millones. Esto es una oportunidad para desarrollar la industria forestal basada en la plantación de especies valiosas y de rápido crecimiento para el mercado local. Una industria nacional manufacturera tendría como resultado inmediato la oferta de productos a precios razonables, que potenciarían otras actividades y servicios como la vivienda, construcción, obras civiles, embalajes de exportación y, eventualmente, producción de energía a partir de desechos madereros, entre otros.

Ya se conoce la capacidad multiplicadora e inductora del sector forestal, el desarrollo de las plantaciones forestales comerciales a escala industrial tendrá como impacto inmediato el desarrollo de actividades de servicio en zonas rurales (transporte, carga y descarga, viveros, prestadores de servicios en plantaciones y cosecha, entre otros). Adicionalmente, el sector también aporta y promueve mejoras en infraestructuras, carreteras y servicios básicos en estas zonas.

El impacto ambiental de esta iniciativa es significativo en la baja de la presión sobre los recursos madereros del bosque natural y la recuperación de grandes superficies en vías de degradación, erosión y abandono, con su secuela de migración y pobreza. Además, estos bosques tendrían un impacto positivo para mantener la conservación de las cuencas hidrográficas, productoras de agua para consumo y energía.

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Este artículo se publico el 7 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Los bosques urbanos

La opinión de…..

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Carlos Gómez

El tema de los bosques urbanos ha cobrado relevancia en los últimos años en Panamá debido en parte a la construcción de diversas infraestructuras, producto del crecimiento económico que experimenta nuestro país.

Esta situación exige que se revalúe y se planifique en forma adecuada las zonas arboladas de las ciudades en todo el país. Con el ánimo de aportar ideas para mejorar la gestión de nuestras áreas verdes urbanas, he aquí algunas consideraciones.

Desde el punto de vista de la ingeniería forestal, cuando hablamos de árboles en las ciudades nos referimos a la silvicultura urbana. En muchos países el tema tiene diversas denominaciones, por ejemplo, muchos especialistas forestales urbanos utilizan indiferentemente las expresiones “cultivo de zonas verdes urbanas” y “silvicultura urbana”, o “ingeniería forestal urbana” (Miller, 1997).

Las definiciones más amplias consideran bosques urbanos toda zona forestal influida por la población urbana. En un sentido más restringido, la silvicultura urbana se refiere a los árboles y zonas arboladas en las ciudades: árboles de jardines y huertos, árboles de calles y parques, bosquecillos remanentes y que crecen en tierras baldías y abandonadas (Unasylva, No. 200, FAO).

También podemos hablar de arborización urbana que se refiere a la acción de poblar o repoblar con árboles un sitio determinado, que puede ser un espacio público (plazas, parques, avenidas y calles) o un espacio privado (jardines privados) cuya finalidad es contribuir al confort ambiental y bienestar psíquico y psicológico de la población urbana, como también proporcionar belleza a la ciudad (Biondi & Althaus).

Los árboles son un componente importante en nuestras comunidades, sin embargo, la plantación, mantenimiento y protección requiere la inversión de recursos que incluyen tiempo y dinero. Las mismas pueden minimizarse con la educación ambiental y una eficiente gestión municipal en la que se promueva la participación de toda la sociedad en general. Estos costos pueden variar dependiendo de la ubicación, plantación de especies ornamentales a utilizar, mantenimiento y remoción, reparación de infraestructuras, daños por fenómenos naturales, programa de administración, entre otros.

Algunas sugerencias técnicas que pueden ser implementadas para una adecuada gestión de estos espacios verdes son:

1. Establecer con carácter obligatorio la lista de especies ornamentales permitidas en áreas urbanas. Tienen que ser árboles con un adecuado follaje, sistema radicular, altura, tipo y tamaño de flores y hojas, entre otros requisitos. Por ningún motivo se puede permitir plantar árboles frutales ni maderables. Esto evitará pérdidas de vidas, infraestructuras, elevados costos de remoción y obstrucción de alcantarillas que pueden causar inundaciones.

2. Establecer un plan de mantenimiento anual, bianual o quinquenal, dependiendo de las especies plantadas, en el cual se incluyen las actividades de poda, fertilización, tala necesaria, etc. Las ONG y los clubes cívicos pueden apoyar a las autoridades municipales en este plan. También la empresa privada. En casos de árboles con un estado fitosanitario riesgoso, es necesario hacer una evaluación exhaustiva del estado de su tronco, raíces y ramas para ver si es necesario removerlo. Para esto existen diferentes equipos especializados computarizados que diagnostican la salud de los árboles.

Los beneficios de los bosques urbanos son múltiples, entre los cuales se pueden mencionar los ambientales, materiales y sociales. Finalmente, se recomienda elaborar un plan municipal de áreas verdes urbanas que incluya programas de participación y educación del público, parques públicos, árboles en calles y residencias, cinturones y vías verdes, entre otros.

Tenemos la suerte de vivir en un país tropical en el cual tenemos a disposición cientos de especies de árboles y arbustos ornamentales que pueden embellecer nuestras ciudades, empecemos a utilizarlos.

El establecimiento y manejo de áreas verdes no es simplemente un proyecto implantado en un medio metropolitano, es una parte integral de un todo más amplio, unida a los entornos social, económico, ambiental, político, biofísico, espiritual y cultural de desarrollo urbano.

Es precisamente por la interdependencia de las áreas verdes urbanas con otros aspectos de la vida en una ciudad, que resulta imperativa la participación de la población de todos los estratos económicos y sociales en el diseño e implementación de dichas áreas. “Arboricemos nuestras ciudades y reforestemos nuestros campos”.

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Este artículo se publicó el  8  de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Parques amenazados

La opinión del Jurista…..

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Harley J. Mitchell Morán

Durante los últimos meses he observado súbitas transformaciones en el quehacer público panameño, la más preocupante es aquella que nos hace presa del retrógrado dilema de decidir entre mayor seguridad ciudadana y menor conservación de los ecosistemas. Noticias, rumores y movilizaciones públicas y privadas provocan una inseguridad sin precedentes hacia las áreas protegidas y todas se relacionan con una supuesta respuesta gubernamental al problema más acuciante para la población que es el control del crimen.

Súbitamente es necesario aumentar las intervenciones al Parque Natural Metropolitano ubicando un cuartel de policía que además de mayores edificaciones, necesitará nuevas vías de acceso para funcionar; la consulta pública de la apertura del Tapón del Darién que afectaría el Parque Nacional Darién, Sitio de Patrimonio Mundial, para construir una vía que ayudaría a detener los movimientos de personas en condición jurídica irregular; y finalmente, otro sitio de Patrimonio Mundial, el Parque Nacional Coiba, se ve amenazado por la instalación en su predio de una base aeronaval, la cual necesitaría para su funcionamiento de nuevos asentamientos humanos y mayor circulación de naves, aviones y personas.

Todas las actividades mencionadas suponen la modificación o derogación de las respectivas leyes que crean estas áreas protegidas, pues todas condicionan la presencia de asentamientos humanos en su interior u obras civiles como las señaladas, además de prohibiciones relativas a la tala o remoción de tierras, es decir, según el ordenamiento jurídico vigente, todas serían ilegales de ejecutarse hoy sin cambios legislativos que significarían disminuir la protección de porciones considerables de estos ecosistemas, ante actividades no compatibles con su protección. Cada norma, en su regulación o motivación, señala sus objetivos, en ninguna se señalan usos como los descritos.

La capacidad para albergar vida de los ecosistemas que subsistan a estos cambios, de darse, disminuirá. ¿Impactar de tal manera estos sitios garantiza la seguridad nacional?   Por supuesto que no, lo único que se garantiza con estas medidas es la fragmentación de los hábitats afectados. Ningún instrumento de gestión ambiental (como el estudio de impacto ambiental), remediará o aumentará el estado de conservación de estos parques, por su fragilidad. ¿Por qué deben usarse estas áreas para estos fines, porque son tierras estatales? ¿Porque los grupos de presión que las defienden son escasos y débiles? ¿Se ignora, por los tomadores de decisiones, el esfuerzo de generaciones de panameños, que desde el sector público y el privado, han trabajado arduamente para el mantenimiento de los equilibrios ecológicos de aquellas áreas? Hay una institución pública que tiene el deber de recordar todo esto al resto del gobierno.

Sin estar en contra de medidas de seguridad eficaces y ecológicamente viables para defender mi país, me pregunto ¿Cuál fue la participación de la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam) en estas decisiones? Tres parques nacionales gravemente amenazados hoy dependen de la colaboración conjunta de la Anam y los ciudadanos para mantener y aumentar sus niveles de conservación y evitar su menoscabo ¿Cuál será la decisión de la Anam?

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Este artículo se publicó el  28  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.